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Manuel Pecellín

Libre con Libros

MÉRIDA

Escasos hombres consiguen una identificación tan plena entre su misma
personalidad y el territorio donde vieron la primera luz como José
María Álvarez Martínez. Nacido en Mérida (1947), este doctor en
Filología Clásica ha pasado buena parte de su existencia dedicándola
al estudio de Emerita Augusta. Sus labores como historiador ,
arqueólogo y cronista de la capital de Extremadura hallan quizás la
expresión máxima en la dirección que ostenta del maravilloso Museo
Nacional de Arte Romano y las muchas actividades por este centro
desarrolladas. Si existen las moiras griegas o el fatum de los
latinos, se diría que Chema Álvarez , hijo de un prócer emeritense,
estaba genética y culturalmente vocacionado al estudio de las huellas
de Roma en su principal colonia lusitana, así como a establecer
documentadamente cuanto allí viene ocurriendo a través de los siglos.
Para comprobarlo, baste recorrer las páginas de los dos primeros
volúmenes (…Y los Reyes se fueron con la niebla. Retazos del tiempo de
Navidad, y Ahora que han florecido los cantuesos) de una tetralogía
proyectada, que culminará con el volumen dedicado al estío. La parte
tercera es la obra aquí presentada. Según bien se sabe, esta
modulación de la propia escritura acorde con las estaciones del
calendario cuenta con numerosos precedentes (inolvidables son las
Sonatas de Valle Inclán) y entre los autores extremeños la siguió ha
poco José J. Barriga en su formidable Calleja del altozano.
Luces de otoño recoge las evocaciones del autor en acontecimientos por
él vividos durante esa época de las “Autumn Leaves”. Si se exceptúan
los recuerdos de su formación universitaria en Sevilla y los viajes a
Berlín, por razones de estudio amistad, amén de alguna excursión
juvenil a Elvas, Madrid y Guadalupe, casi todas las páginas del libro
versan sobre Mérida. Seguro que allí ha de encontrar sus más
numerosos y emocionados lectores.
En efecto, José María Álvarez, nostálgico de épocas pasadas, como buen
aficionado al mundo grecolatino, va dando melancólica relación de los
usos y costumbres, personajes, sucesos, celebraciones, descubrimientos
arqueológicos, fiestas populares profanas y religiosas, gastronomía e
incluso corridas de toro o partidos de fútbol , fenómenos en todos los
cuales este emeritense convicto y confeso participó desde su niñez
con singular entusiasmo. Al referirlos, no pocas veces se deja
arrastrar por su enorme cultura clásica y lo mismo adjunta un apunte
sobre la historia del puente romano (tema de su tesis doctoral), que
ilumina los orígenes romanos de este festejo o señala los precedentes
culturales de tal y cual situación. Sin olvidar oportunas
referencias a otros escritores (Larra, Laborde, Jesús Delgado
Valhondo, Rafael Rufino Félix) que se ha ocupado también de Mérida.
Merced a su pluma, participaremos literariamente en el desarrollo de
las excavaciones del Templo de Diana; la inauguración del gran Museo;
las añoranzas gitanas de la Feria Chica; la dulzura iniciática de las
pitarras; el ágape vegetal de la chaquetía; una recogida de setas por
las dehesas de Cornalvo; las golosinas de los “tosantos” ; las
procesiones de Semana Santa; los alegres escarceos de la tuna, una
visita al mausoleo del gran Juan de Ávalos o los debates culturales
del Liceo. Y siempre acompañados por multitud de personas allí
comprometidas (profesores, hortelanos, músicos, políticos,
arqueólogos, cocineros, dulceras, comerciantes, deportistas médicos,
sacerdotes), que el memorialista trae cariñosamente a escena con
nombre y apellidos, rindiéndoles homenaje de amistad y consideración.
Para reforzar la palabra escrita, numerosas imágenes vienen a
enriquecer un libro tan personal como sugerente . Por último, no
conviene perderse el prólogo que, al menos en este caso, contra las
advertencias de Unamuno, es bastante más que una faena de aliño. Lo
suscribe José Luis de la Barrera, compañero del autor en labores
arqueológicas.

José María Álvarez Martínez, Luces de Otoño. Mérida, Gráficas Rejas, 2012.

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