Eugenio Fuentes (Montehermoso, 1958), escritor cada día más consolidado, Premio Extremadura a la Creación, ha venido a publicar casi simultáneamente dos obras, cada una dentro los géneros que más cultiva: el ensayo Literatura del dolor, poética de la bondad (Mérida, ERE) y la novela que aquí presentamos. Si aquel constituye un conjunto de lúcidas reflexiones sobre el género negro (especialidad del autor) y algunos de sus máximos creadores, la segunda se encuadra más bien en la modalidad de novela histórica. El autor opta esta vez por olvidarse del detective Ricardo Cupido y nos conduce a la última guerra civil española. La verdad, lo preferimos resolviendo crimenes ocultos que contando masacres bien conocidas, aunque la obra se adorne con todos los recursos de un excelente escritor.
El comienzo, redactado en primera persona, no puede ser más impactante, con personajes de rotundos gestos, según parecía demandarlo el clima de Madrid tras la rebelión franquista. Un sueño apocalíptico de Rubén, el joven pintor gallego que narra sus vicisitudes con los pinceles, presagia las inminentes catástrofes. Aunque no tiene ideas políticas definidas, ni pertenece a partido alguno, decide alistarse en los cuadros milicianos. Como la hace Marta, con su viola.
También a los pueblos llegan las noticias de la sublevación militar. Así ocurre en Breda, junto a la Raya con Portugal, en el suroeste cacereño, el lugar ficticio creado por Fuentes, como la Muralia de Bayal o el Monsalud de Ramírez Lozano. Duras son las condiciones que los campesinos (extremeños) vienen allí sufriendo, sin que la República las haya solventado. No obstante, están dispuestos a defenderla, enfrentándose a militares y falangistas, a los que comanda un general que es tratado por el narrador de modo inmisericorde (pp. 64-66). Contarán con la ayuda que les trae desde Madrid Guedea, comandante de milicias, que ha elaborado un plan para detener todavía en Extremadura al que parece imbatible columna, responsable de matanzas de civiles como la de Badajoz. El pintor y la violista, combatientes improvisados, llegan también y los hospedan en un curioso lugar, el mausoleo que De las Hoces, rico aristócrata, construye en memoria de su joven mujer. Allí figuran dos bodegones que compró al artista poco antes de estallar la guerra.
Pronto se oirán en la dehesa, huertos y olivares – magníficamente descritos- el tronar de los fusiles. Ahora bien, el relato bélico se interrumpe a menudo con evocaciones de la infancia de algún personaje, cuya memoria describe la lucha de viejos trabajadores con las innovaciones mecánicas; la llegada de la electricidad a Breda; el desarrollo de las ideas progresistas; la implantación de la República, el nacimiento de la Falange (muy bien explicada, con el relato de la visita que José hizo a Cáceres), etc. Ahora se enfrentan a muerte partidarios de unos y otros ideales. Entre la milicia paisana, sobresale la figura de Viriato, émulo del pastor lusitano homónimo. Y, en medio de los horrores de la guerra, en el duro Frente de Extremadura, va confirmándose el amor entre los dos jóvenes artistas, que a su modo siguen cultivando la pintura y la música en aquel pueblo rodeado. Al fin, lo toman las fuerzas nacionalistas, mejor armadas , organizadas y dirigidas. El mausoleo será el bastión último. Después, la muerte o las humillaciones públicas de los vencidos. Incluso Ugarte, el jefe de centurias, comprenderá que “no era eso” por lo que se sublevó, horrorizado él mismo por la vesania del cura manco y vengativo. Otros personajes secundarios no resultan menos atrayentes como el portugués Joâo, capaz de conducir su locomotora hasta Breda por vías imposibles para salvar a la novia. El amor en los tiempos del cólera no siempre triunfa.
Creo que la parte tercera y última añade poco, con esa ridícula visita del Caudillo cazador, aunque sirva para resituar a Marta en el exilio de Toulouse, casada con un francés, pero aún sensible a la llamada de los antiguos compañeros de utopía.
Eugenio Fuentes, Si mañana muero. Barcelona, Tusquets, 2013