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Manuel Pecellín

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WELLINGTON, DUQUE ANTICONSTITUCIONALISTA

Arthur Wellesley (Dublín, 1769-Walmer, 1852), más conocido como duque de Wellington, es uno de los prohombres ingleses más famosos. Aunque también desempeñó, durante una larga vida, importantes cargos públicos (fue dos veces Primer Ministro del Reino Unido), su fama se debe sin duda a los éxitos logrados frente a los ejércitos napoleónicos, culminados con el triunfo en Waterloo. En la Península llegó a gozar de un renombre extraordinario como supremo de las fuerzas anglolusoespañolas aunadas en la Guerra de la Independencia contra los franceses. Galdós se refiere a él en “La batalla de Arapiles”, no sin un punto de ironía, como “aquel gran personaje, a quien todos los españoles considerábamos entonces poco menos que un dios”.

Menos conocidas son las actuaciones de este militar para impedir que la Constitución de Cádiz triunfara y acabase definitivamente con el absolutismo borbónico. Hombre de ideas conservadoras, apoyaría con su enorme peso las actuaciones antiliberales de un Fernando VII tan deseado como vengativo. Sin el apoyo del inglés, el “rey felón” habría tenido mucho más difícil restablecer y consolidar la política del Antiguo Régimen, desencadenando depuraciones, arrestos, castigos, cárceles, expropiaciones, exilios y todo género de represión contra los constitucionalistas.

Es la tesis argumentada en la obra “Wellington y la contrarrevolución en España”, donde Alberto Castilla se propuso llevar a cabo la “desheroización” (suyo es el neologismo) de quien tantos honores acumula. El autor, que cuenta con una larga trayectoria docente en España, Estados Unidos y América Latina, tiene entre sus numerosas publicaciones el libro Carolina Coronado de Perry. También en el nuevo se encontrarán referencias múltiples a Extremadura: el papel fundamental de los Diputados de nuestra Provincia en la Constitución de 1812 y que nuestro territorio fuese marco relevante de los enfrentamientos bélicos a los largo de la devastadora contienda.

Aunque Wellington pareció aceptar la obra de las Cortes de Cádiz (incluso él mismo llegaría a proclamar la Constitución en Madrid y otras ciudades ), era radicalmente contrario a los grandes principios que la inspiraban, concentrados en el de la “soberanía popular”. Algo lógico en un tory admirador de la oligarquía aristocrática y latifundista inglesa, asustada además por los excesos de la Revolución de 1789 . “Mientras España esté gobernada por principios republicanos, no podemos confiar en ninguna mejora permanente”, llegó a escribir a lord Bathurst (pág. 33), al mismo tiempo que le manifestaba su oposición a que se aboliese la Inquisición. Añádase la poca estima en que Wellington tuvo a los españoles y, sobre todo, a los dirigentes de nuestro país. Así se comprende los términos un despacho que en octubre de 1813 envió a su hermano, el embajador de Inglaterra :” Está claro que si no derribamos a la democracia de Cádiz, la causa está perdida” (pág. 37). Él jugará un papel imprescindible en el auténtico golpe militar que, meses después, daría Fernando VII, eliminado el régimen constitucional y desencadenando los más duros castigos contra los liberales. De todo ello proporciona el estudio sólidas pruebas. Ya Pérez Galdós, con el fino olfato de los escritores, adelantaría en “La batalla de Arapiles” (Episodios Nacionales): “El señor Lord no es muy amigo de la Constitución de Cádiz”.

Concluye la obra con una “Addenda: España y Portugal hacia la federación ibérica”, texto revisado de la conferencia que Castilla pronunciase en las IX Jornadas de la cultura de la República (Madrid, Universidad Autónoma, 14 abril 2011). Tal vez no resulte del todo lógica su inclusión aquí, pero constituye un excelente repaso de las razones esgrimidas por los partidarios de incrementar la unión entre las naciones ibéricas (cosa a la que siempre se opuso Inglaterra y, claro está, el duque de Wellington).

Alberto Castilla, Wellington y la contrarrevolución en España. Mérida, ERE, 2013

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