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Manuel Pecellín

Libre con Libros

¿QUÉ ES EL HONOR?

La profesora Amor del Olmo, que dirige la Revista de Estudios Galdosianos (ya en la veintena de números) es la responsable de esta edición de El abuelo, obra de Pérez Galdós. Gran especialista en el creador canario, a quien considera autor fundamental de las letras castellanas y el único entre los canónicos apto para todos los lectores, le ha puesto un preliminar de cien páginas, donde no solamente analiza la obra reeditada, sino todo el opus galdosiano. Menos interesantes resultan el casi centenar de notas explicativas, muchas realmente superfluas. (¿Es preciso interrumpir la lectura para aclarar el significado de expresiones como “todo el monte es orégano”, “echar una arenga”, “ no caerá otra breva”, “fueron interno”, “agarrarse a un clavo ardiendo”, “la sin hueso” y otras similares?).
Escrita un año antes de que estallara el desastre colonial y la conmoción de todo el país, factores sin duda claves para entender la Generación del 98, esta novela dialogada tiene mucho de cuadro sociológico, sin que le falten apuntes autobiográficos, del regeneracionista militante que fue siempre Don Benito. El conde de Albrit, empecinado en salvaguardar su honor concebido según las antiguas tradiciones, torre caída de rancio tronco aristocrático, podría ser perfectamente el símbolo de aquella decadente España decimonónica, que sin embargo no había perdido del todo el pulso. Aún conservaba el viejo noble – regresado de América sin los soñados tesoros- energías para emprenderla a bastonazos con follones y malandrines, incluso cuando llevasen hábitos o clerical tonsura. Formidable protagonista de un drama familiar a la postre felizmente resuelto, parece ya imposible imaginarlo si no es bajo la figura que Fernando Fernán Gómez le prestase en el microfilm.
Aunque suele olvidarse, Galdós fue también un dramaturgo de éxito. Estaba convencido de que el teatro permite a los autores percibir más próximo e influir más fácilmente en el público, cosa fundamental para un regeneracionista como él, empeñado en promover cambios sociales a través de la pluma. Como, por otra parte, no consideraba inamovible la tradicional división de los géneros literarios, se dispuso a fundir los dos que frecuentaba más y componer una novela dialogada, El abuelo, fenómeno por lo demás –proclama en el prólogo – que tiene un antecedente extraordinario. Las acotaciones, mucho más amplias aquí que en las piezas representables, cumplen igualmente un papel fundamental.
Junto al agónico conde, otros personajes secundarios alcanzan también singular relevancia: Las dos nietas, Nell y Dolly, que encarnan la antítesis entre herencia genética y cultura recibida; Don Pío, el pobre maestro, tan diferente a los de la Institución Libre de Enseñanza, que Galdós admirase; el obeso párroco o el astuto prior de Zaratán, con los que alguien tan anticlerical como el autor no hace excesiva sangre. El médico de la aldea, alguien bien distinto al “médico rural” de su coetáneo Felipe Trigo, al que sí podría compararse Galdós en la creación de Lucrecia (atención al nombre, que nada es gratuito en el muy experto escritor), “la extranjera”, condesa viuda de Laín, adúltera y generosa, personaje femenino tan libre como sensible : Senén, el trepa insaciable; el alcalde del lugar y su mujer, que ofician de brutos o la pareja de antiguos colonos, paradigmas de una nueva clase social, devenidos por su astucia (e ingratitud) dueños de tantas posesiones del quijotesco Albrit, ya un anciano casi ciego (¡a sus sesenta años!) que ahora ha de acogerse a su poco generosa hospitalidad.
Los clásicos nunca mueren. Galdós lo es, por derecho propio, y en El abuelo, que se llevó pronto a escena (1904) con enorme éxito, alcanza una de sus cimas.

Benito Pérez Galdós, El abuelo. Cátedra, Madrid, 2013.

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