“En la época en que comienza esta historia quedaban todavía gentes de otro tiempo que eran partidarios de la idea, y de la quimera, de que en los Balkanes había un gran país, un país unido y cohesionado, en otra Europa”. Así lo proclama el autor de esta compleja narración casi al final de la misma (pág. 427), no sin advertir que tras lo sucedido años antes, ya no era posible recomponer aquella valiosa amalgama de culturas. Acaso, reformar algunas pequeñas cosas en línea con su tesis: la antigua cohesión no era fruto de métodos coercitivos, sino de una competencia constituida a lo largo de muchas generaciones. Eso se llama fe en un pueblo, la misma que mantiene, pese a todo, el grupo de personas atraídas a “La noche del Morava” – nombre de una embarcación anclada en las orillas del viejo río balkánico – por el dueño de la nao. Se trata de un experto autor, ya cansado de escribir. Durante la velada nocturna que durará el relato, quiere referirle a sus amigos y una enigmática mujer las peripecias por él vividas en un viaje circular, odisea de carácter iniciático, con principio y fin en Porodin (ya en caracteres latinos, no ciríilos, irritantes para otros) a orillas del afluente del Danubio, tal vez Kosovo, encarnación de la estragada Serbia. Otros lugares simbólicos, como la Numancia española destruida por los romanos tras heroica resistencia, o una Samarcanda onírica, aparecerán en este alucinador periplo, que transcurre por los Balkanes, la Península ibérica, Austria y Alemania, hasta regresar a los orígenes.
El narrador es un álter ego del propio Peter Handke quien, según su costumbre, y ayudándose de otro relator intermedio, irá combinando en el texto reflexiones metaliterarias, descripciones paisajísticas y apuntes filosóficos sobre soledad el sentido de la historia y de la muerte; las relaciones hombre-mujer, especialmente problemáticas tratándose de un escritor; la psicología de las poblaciones; los recuerdos infantiles; los nacionalismos exacerbados; el ruido y sus víctimas; la crueldad estúpida (peor la infantil) o las paradojas de la política europea. Todo ello sin ocultar sus propias dudas, sueños y frustraciones, dejándose atraer en numerosas ocasiones , seguramente las más brillantes, por esa pulsión lingüística que remite a las raíces del surrealismo.
Natural (n. 1942) de Griffen, en la región fronteriza de Carintia, con hondas raíces familiares eslovenas, Handke reside en Francia y tiene una obra tan plural (novela, teatro, poesía, ensayo, periodismo, guiones de cine, traducción) como reconocida. No obstante, a este austríaco rebelde, iconoclasta e incómodo, muchos no le perdonan (v.c., las editoriales británicas rehúsan publicarle) la obstinada defensa de la antigua Yugoslavia o sus polémicas declaraciones sobre dirigentes como Milosević.
Autor de otros libros que conviene recordar ahora : Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina, o justicia para Serbia (1996) Die Kuckucke von Velika Hoca ( 2009), o Immer noch Stur (drama sobre la lucha de los partisanos eslovenos contra Hitler y sus cómplices croatas), Handke ha vuelto a escribir una magnífica novela, en la que no oculta sus opciones vitales, si bien atemperadas por la sabiduría y la piedad hacia los hombres allegadas con el transcurso de los años. La noche del Morava (Die morawische Nacht, 2008), excelentemente traducida por Eustaquio Barjau, es un texto personalísimo, no sé si con excesivas digresiones, cargado de sutiles sugerencias y multitud de juegos de lenguaje, escrito con una singular técnica de alejamiento, que nunca distancia al lector, por alguien que gusta parafrasear el adagio clásico y defender “ut poesis, prosa”. Constituye ante todo un emotivo canto a los Balkanes (palabra maldita para muchos) cuyo futuro podría no ser tan triste como algunos presagiaron.
Peter Handke, La noche del Morava. Madrid, Alianza, 2013.