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Manuel Pecellín

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LOCUS AMOENUS

A la hora de analizar este libro, se imponen algunos apuntes biográficos de la autora Frances Hodgson Burnett(Manchester,1849 –New York, 1924). La muerte temprana de su padre, rico joyero, arruinó la economía doméstica, teniendo que irse con la madre y hermanos a Estados Unidos (1865). No obstante, la futura gran novelista mantendría siempre el recuerdo del jardín familiar inglés como el locus amoenus. Así quedará en bastantes de sus muy numerosas obras, y concretamente en la que presentamos. Al principio, no lo pasaron bien en USA. Pero la joven, lectora voraz, comienza pronto a ganarse la vida publicando en prensa poemas y relatos cortos. Inicia así una carrera plagada de títulos y éxitos, tanto de crítica como de público. Adquiere especial renombre como escritora de literatura infantil, distinguiéndose por sus reivindicaciones de los derechos de autor. La teosofía, el espiritismo y, claro está, la jardinería atrajeron también su atención.

“Príncipes perdidos, niños en la extrema pobreza que heredan una gran fortuna, ricos y nobles que lo tienen todo, pero que han de descubrir aún qué es la amistad, el amor y la belleza de la vida, huérfanos que encuentran su familia en desconocidos; amores peligrosos y desgraciados, y amores tan puros y luminosos que perduran más allá de la muerte; juramentos de lealtad que se mantienen frente a toda adversidad, rebeliones secretas contra gobiernos sanguinarios, batallas, misteriosas reuniones clandestinas, intriga, fantasmas, aventuras…Esa es la literatura de Frances Hodgson Burnet”, leemos en el preliminar de esta edición (pág. 9).

El Jardín Secreto es seguramente su obra más conocida, con numerosas adaptaciones para cine (ya desde la época muda), televisión y otros espectáculos. Obra clasificable como literatura juvenil, por la edad de los principales protagonistas, es considerada un clásico de la literatura inglesa, con versiones a casi todas las lenguas. La que ahora nos ofrece Cátedra es realmente magnífica, labor de Ana Belén Ramos. Singular esfuerzo ha tenido que realizar la traductora para transmitir el rasgo lingüístico más notable de la novela. Según su costumbre, Hodgson Burnett presenta a los personajes utilizando el habla del lugar y clase socioeconómica a la que pertenecen. En este caso, la curiosa manera de expresarse que tienen las amas de casa, criadas y trabajadores de Yorkshire, cuyos rasgos acabarán adoptando incluso los jóvenes dueños. La editora altera graciosamente la ortografía de numerosos términos o expresiones, marcados en cursiva, e introduce a menudo palabras obsoletas (se explican en un glosario final) para mejor reflejar la modalidad lingüística de aquel condado inglés.
Hasta allí conducen, desde la India donde naciera, a una huérfana preadolescente, tan maleducada como sensible. La frialdad del tío que la acoge, un latifundista atrapado por otras frustraciones, contrasta con la cálida actitud de la familia de la sirvienta. Todo comienza a cambiar (realmente, estamos ante una perfecta “Bildungsroman”) cuando la orgullosa niña conoce en la enorme mansión al simpático Dickon, un rapaz humilde, capaz de entenderse con los animales e incluso las plantas, y otro a quien va a ir transformando como ella misma: el orgulloso primo Craven, un precoz “rajá”, enfermo psicológico, mimado hasta la exasperación, con berrinches incontrolables.
Los tres descubren en el enorme palacio un jardín al que todos tienen prohibido entrar desde la muerte del ama. El petirrojo del viejo jardinero (¡qué atractivo personaje!) desempeña un papel fundamental en el hallazgo. Poco a poco, según van trabajando, los antes insufribles aristócratas se robustecen en cuerpo y espíritu, humanizándose, haciendo que todo cambie a su alrededor.
La novela, escribe Ana Belén Ramos en el estudio introductorio, implica “un importante mensaje ambiental en la que la metáfora del jardín se convierte en el espacio que nos enseña a ser nosotros mismos. El jardín está lleno de símbolos sobre la vida, la muerte, la enfermedad, la salud… y aporta una singular visión para que los jóvenes avancen por sus acompañar a nuestra juventud a reconsiderar la Tierra como un universo rico y lleno de enseñanzas para ser más humanos”.
Función terapéutica la del jardín para las dolencias tanto físicas como psicológicas. El texto, en que la crítica ha localizado influencias de Cumbres borrascosas y Jane Eyre, y sin duda tiene grandes dosis de autobiografía, permite diferentes lecturas simbólicas. Todas llevarán a la misma conclusión: estamos ante una obra inolvidable.

Frances Hodgson Burnett, El jardín secreto. Madrid, Cátedra, 2013

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