Hay un hecho histórico incontrovertible, que incluso los más acérrimos propagandistas de la “leyenda negra” española no pueden rechazar: la Inquisición hispana fue mucho más benévola con el fenómeno de la brujería que los tribunales civiles europeos. De hecho, nadie fue relajado al brazo secular por los inquisidores, como brujo/a, a partir de la segunda década del XVII, mientras que miles de hombres y, sobre todo, mujeres eran ejecutadas en Europa como reos de prácticas demoníacas. (Recomendamos la lectura del bien documentado estudio de Barbero Richart “La represión de la brujería en Alemania”, en Memorias de la Real Academia de Extremadura, III. Trujillo).
Ahora bien, no siempre fue así, como demuestra lo ocurrido con las llamadas “brujas de Zugarramurdi” por el lugar navarro de habla euskalduna donde surgió el inquietante fenómeno, al que Álex de la Iglesia acaba de dedicar su última película. Mucho más ajustado a los hechos que el fin, es el estudio de Mikel Azurmendi. El conocido antropólogo vasco, apoyándose en las investigaciones previas de Caro Baroja y las definitivas del danés G. Hennigsen (autor de El abogado de las brujas y The Salazar Documents), suscribe una relación de lo acontecido en aquellos valles pirenaicos, junto con el convincente análisis de las causas que lo provocaron, hasta culminar en el auto de fe de Logroño (noviembre 1610) donde arderían once cristianos de origen humilde, produciendo una enorme convulsión social que fue in crescendo cual una erupción incontenible y sólo el buen sentido de algunas autoridades religiosas alcanzarían a contener, por fortuna de forma definitiva.
Fueron cuatro las personalidades que contribuirían a terminar con aquella “locura brujeril” desatada en territorio vascuence: Salazar, un honesto y valiente inquisidor, que se opuso a las manipulaciones de otros colegas, hasta conseguir que el Santo Tribunal dictase la oportuna retractación pos las malas actuaciones practicadas, torturas incluidas, y el “edicto de silencio” sobre las juntas diabólicas (sabbat o aquelarres, según el término interesadamente inventado) como explicación de los maleficios. Venegas de Figueroa, obispo pamplonica, que se opuso a las decisiones del tribunal de Logroño y a la vesania del juez galo DeLancre, mucho más cruel que los inquisidores españoles, mientras apoyaba a sus clérigos “negacionistas” (los curas que negaban la existencia de brujos). El jesuita Hernando de Solarte, que predicó en las poblaciones pirenaicas afectadas y señaló pronto a la pobreza, la ignorancia y la dependencia social como factores desencadenantes del fenómeno brujeril. Y, finalmente, el extremeño Pedro de Valencia quien, desde la lejanía, conducido por su sentido común y muy escéptico con los relatos de los supuestos aquelarres y actuaciones demoníacas, propondrá en su “Discurso de acerca de los cuentos de las brujas y cosas tocantes a magia”, dirigido a la Inquisición, explicaciones basadas en factores naturales: sueños, fantasía, hambre, drogas, locura o mala voluntad. Sus víctimas habrían de ser tratadas como personas enfermas, más que como herejes o posesos.
Gracias a ellos, y seguramente a otros que quedarían en segundo plano, las hogueras judiciales para brujos/as se apagaron pronto en España, aunque las heridas provocadas por las primeras actuaciones permanecerán largo tiempo. La obra de Azurmendi, compuesta con tanto rigor como amenidad, es un magnífico análisis de lo acontecido.
Azurmendi, Mikel, Las brujas de Zugarramurdi. Córdoba, Almuzara, 2013.