El estadounidense Howard Phillips Lovecraft (Providence,1890- 1937) ha pasado a la historia como uno de los grandes innovadores en la literatura de terror, cuyas dosis incrementaba en sus escritos utilizando los descubrimientos de la época, sin omitir la ciencia ficción. Así ocurre con esta novela corta. Su principal protagonista, Herbert West, es un médico muy bien formado, que desde los años de Universidad sueña con conseguir el elixir de la vida, un producto inyectable en vena capaz de devolver la existencia a los fallecidos. Para lograrlo, necesita una serie de elementos imposibles de conseguir sin la complicidad de otro colega amigo, precisamente quien se encarga de narrar en primera persona las vicisitudes de los experimentos realizados por los dos durante tres largos lustros. Decidido a todo el primero, pudibundo el otro, aunque igualmente responsable de la infernal mecánica que desencadenan, ambos están dispuestos a infringir cualquier norma moral o jurídica para lograr su propósitos.
West, de enorme potencia intelectual pese a su físico feble, enemigo del viejo catedrático conservador, el Dr. Halsey, parte de un tesis básica, mecanicista y atea: la vida nos es más que un feliz conjunción de fluidos, un proceso físico-químico que mantiene a los animales (también al hombre, por supuesto) hasta que la armonía se descompone. Bastaría inocular al fallecido los productos oportunos para resucitarlo, devolviéndole la perdida homeostasis. Claro que eso solo será posible contando con cadáveres muy frescos, sin pizca de putrefacción. Los galenos no dudará en adquirirlos con cualquier maña, robos en los cementerios incluidos, e incluso matando a los sujetos más idóneos (fuertes e inteligentes) para inyectarles sus productos. Excelente ocasión les presta al ofrecerse como cirujanos de las tropas americanas desplazadas a Europa durante la I Guerra Mundial.
Ahora bien, las reanimaciones no se producen según lo que calculan. Lovecraft derrocha ingenio literario para describir los monstruos nacidos de aquellas manipulaciones médicas, más temibles si los propios taumaturgos no acaban con ellos antes de que, según ocurre finalmente, el gran aprendiz de brujo resulte víctima de sus misma creación. Justa venganza contra quien había ido convirtiéndose en un galeno sin escrúpulos, que no duda en matar para reanimar y volver a matar.
La obra, escrita en los años veinte del pasado siglo (seguramente, la época más revolucionaria de la civilización europea), se publicó primero por entregas en una revista, lo que quizá condiciona su estructura en seis capítulos, cada uno de los cuales comienza resumiendo el anterior, una suerte de feedback nada desdeñable, donde el horror impera. La versión castellana se debe a Juan Cárdenas, que consigue una prosa limpia, que solamente incomoda alguna expresión tipo “es por ello que” (pág. 46).
H.P. Lovecraft, El resucitador. Cáceres, Periférica, 2014.