El nombre de Iglesias Benítez aparece de modo casi ineludible cuando se habla sobre cualquier actividad relacionada con Extremadura. Nacido en Villalba de los Barros, maestro y licenciado en Geografía e Historia, emigró a Madrid, donde ejerce la enseñanza, labor que combina con una incesante actividad en múltiples áreas culturales. Sus generosos compromisos con los Hogares Extremeños, UBEx, Gudalupex, AEEX o Beturia Ediciones – por nombrar sólo algunas de las entidades en las que participa – lo conducen a multitud de territorios, siempre admirado merced su bonhomía a toda prueba.
Aun así, ha encontrado tiempo para labrar una obra lírica importante, conformada hasta hoy por seis poemarios y numerosas publicaciones dispersas en revistas, periódicos, boletines trabajos colectivos e incluso hojas volanderas. Cuando el amor me llama (Madrid, 1984), En esta lenta soledad del día (Madrid, 1988), Clamor de la memoria (Madrid, 1998), Retablo de amor profano (Badajoz, 2003), Ritual de la inocencia (Madrid, 2005) y Revelaciones (Cáceres, AbeZetario, 2007) son los libros a los que pertenecen los poemas aquí seleccionados. Se añaden también otros hasta ahora desperdigados en páginas de casi imposible acceso.
El volumen lleva un amplio preliminar suscrito por Pablo Jiménez, el poeta, ensayista y músico moralo, excelente conocedor de la obra de Iglesias. La extensión del prólogo proviene del estudio que se hace sobre la escritura del autor antologado y de cada de sus libros, amén las digresiones múltiples, todas interesantes pero quizás no imprescindibles aquí. Según el prologuista, dos rasgos distinguen la poética de su hermano-amigo: la búsqueda creciente de la desnudez expresiva y la claridad que, pese al cada vez más depurado lenguaje, mantuvo desde los orígenes (tan próximo entonces a sus maestros: Miguel Hernández, Blas de Otero o Luis Álvarez Lencero), hasta épocas últimas (más próximo a Juan Ramón Jiménez, Cernuda, Pessoa, Borges, M. Pacheco, Leopoldo M. Panero y otros también aquí reconocibles). Son notas especialmente relevantes cuando se escriben composiciones de amplio aliento, según acostumbra el autor (véanse poemas suyos como “Álvaro de Campos y Fernando Pessoa exponen a Ofélia de Queirós las opuestas razones de sus vidas”, o “Justiniano en presencia de Procopio, evoca a Teodora, en un club de carretera”, tan abundantes en Revelaciones). Iglesias difícilmente se ciñe al poema corto, a veces reducido casi a la mínima expresión, al chispazo expresivo, por relampagueante que resulte. Sin embargo, cultiva también con acierto fórmulas tan breves como el haikús, de los que aquí se seleccionan algunos publicados por la ERE en la colección 3X3 (2013). Si bien no desdeña el verso blanco y libre, mostró siempre clara predilección por los serventesios alejandrinos, tan sonoros, y los sonetos (de estos últimos pasan de 70 los antologados, casi todos de impecable factura).
Si los paisajes y personajes extremeños, la historia y problemas de la región, junto con la temática amorosa, resultan hegemónicos en las obras iniciales, Iglesias, sin renunciar a los mismos, ha ido abriendo cada vez más el abanico de sus intereses. Aunque se pueda decir que nada humano le es ajeno, es fácil percibir una atención creciente a las intimidades del propio sujeto lírico e incluso el mundo de la trascendencia.
El volumen se publica en la colección que, al cuido de Basilio Rodríguez Cañada y Ricardo Hernández Megías, ha reservado la editorial madrileña para los creadores extremeños.
José Iglesias Benítez, La voz y el tiempo. Antología poética 1983-2013. Madrid, Pigmalión, 2014.