Javier Divisa es el pseudónimo con el que irrumpe ambiciosamente en el mundo de las letras un joven escritor extremeño, buen conocedor de distintos países (Francia Inglaterra, India). Tiene estudios de letras; ha trabajado en oficios múltiples, desde enseñante a camarero y por ahora se dedica a la “business moda”. Tres son las ciudades a las que el lector es convocado en esta obra novel, tan prometedora: Madrid, París y Nueva Delhi (la última, bastante menos atendida). Y tres son los personajes masculinos sobre los que bascula el relato: un treintañero que se esfuerza por enseñar literatura española a jóvenes bachilleres bastante conflictivos (tampoco él es un docente modélico); su padre, viudo, con el pie ya en el estribo, desencantado, sardónico e irreverente, y un amigo común, otro navío ya casi roto, hombre cosmopolita, de experiencias miles, casualmente radicado junto al Sena. El profesor, cuyos afanes no parecen ir más allá de obtener sexo fácil de sus múltiples conocidas, irá narrando en primera persona las aventuras donde se ve envuelto. En torno a él aparecen y desaparecen, sin mucha consistencia, novias o ligues ocasionales: Beatriz, la poetisa; Patricia, con visiones sobrenaturales; Carlota, socióloga; Sofía, prostituta colombiana, e incluso una ama de casa, María. Cada una le facilitará el acceso a los ambientes donde desarrollan sus actividades, por las que el narrador fingirá interés con tal de conseguir lo único realmente atractivo para él. Bares, clubs y cines constituye su territorio predilecto (también las aulas, por razones laborales), aunque no le ilusionan).
No obstante, no estamos ante un persona disoluta, sino más bien alguien incapaz de comprometerse en forma radical con ninguna idea, institución, grupo o proyecto. Helio, nombre al parecer frecuente en su familia, es un sol menor, amante de alumbrar sólo hacia sus intereses, aunque pellizcos de generosidad se le escapen de vez en cuando, incluso malgrè lui, sobre todo frente a su áspero progenitor. Como Lázaro de Tormes, a quien recuerda a menudo, el joven es un egoísta pleno, si bien resulta capaz de compartir cosas con otros quizá más necesitados. Por lo demás, insiste en hacer análisis, muy sui géneris, de cuanto ocurre en torno a él. La obra está escrita con una prosa bien cuidada, en ocasiones brillante, de tono juvenil, desenfadado, a la que sólo algunos decaimientos ocasionales, fáciles de subsanar, afean (v.c., esas cinco subordinadas de relativo en una misma oración, pág. 37). De otro lado, la habilidad para describir ambientes y caracterizar personajes es muy apreciable. Me permito llamar la atención sobre esta nueva voz, que sin duda muy pronto volverá a sorprendernos con una segunda entrega.
Divisa, Javier, Tres hombres para tres ciudades. Madrid, Ediciones Amargord, 2013.