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Manuel Pecellín

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Poemas de Montano y el P. Sigüenza

En la inmensa obra de Arias Montano (1525-1598), cuantitativa y cualitativamente sin parangón, apenas ocupa lugar la lengua española. Siempre lamentaremos que la Biblia Políglota de Amberes, edición dirigida por el extremeño con encomiable  tino y no menor audacia, no incluya entre sus idiomas el castellano. (Será Casiodoro de Reina, nacido en Montemolín hacia 1523, quien realice la primera versión del Antiguo y Nuevo Testamento a nuestra lengua vernácula).
Si el de Fregenal fue pronto elogiado por sus cualidades para la creación, y hasta obtuvo alguno de lo máximo galardones de la época, sus magníficos versos estaban escritos casi todos en latín. Varias razones pueden explicar la preferencia hacia los clásicos que los humanistas europeo mostraban, con Erasmo al frente. (Se dice que el de Rotterdam abandonó el holandés incluso en la vida diaria, recuperándolo sólo a la hora de morir).
No obstante, Montano nos dejó varias composiciones poéticas en romance, suficientes para hacernos deplorar la escasez de las mismas. Las ha editado Ignacio García Aguilar, agrupándolas junto a las  de José de Sigüenza, discípulo predilecto del biblista, en una obra con 548 páginas que aparece, cómo no, en la ya impagable “Biblioteca Montaniana”. La extensión del volumen se debe a los estudios que de los autores y sus respectivos poemas se adjuntan.
La poesía castellana de D. Benito, aparte algunos sonetos ocasionales (excelentes, por lo demás), se suscribe a su maravillosa Paráfrasis del Cantar de los Cantares en modo pastoril, que tanto entusiasmaría a figuras como Fray Luis de León o Francisco de Aldana, no sin levantar las sospechas de la  siempre vigilante Inquisición. Dicho trabajo, que permaneció manuscrito hasta  el siglo XX, ha sido objeto de numerosas reediciones contemporáneas (recordemos las de Rodríguez-Moñino, Abdón Moreno, Gómez Canseco/Núñez Rivera o Ricardo Cabezas de Herrera, la de este último preparada para la Unión de Bibliógrafos Extremeños). Sin duda, la de Ignacio García Aguilar, que añade un aparato crítico muy completo y se sirve de numerosos estudios sobre el particular, mejora las anteriores. Resalta especialmente la formalización textual que, a imagen de las églogas de Garcilaso, realiza el extremeño, situándolo así en la vanguardia lírica de su época.
José de Sigüenza, fraile de El Escorial, fue allí discípulo y, más tarde, seguidor fiel e incluso defensor acérrimo de Montano. Aunque más reconocido como historiador de su Orden, compuso también un notable  y variado corpus de poesía castellana. Sonetos (uno, “A la muerte del doctor Arias Montano, su maestro”), villancicos, canciones marianas, coplas religiosas, himnos, paráfrasis en verso a los salmos, elegías, romances, panegíricos y hasta traducciones rimadas de partes de la Eneida fueron saliendo de tan bien cortada pluma. Salvado a la postre por la propia Inquisición frente a asechanzas malévolas de sus compañeros Jerónimos, Sigüenza no oculta sus deudas con Montano (a quien literalmente copia en no pocas ocasiones).
Los apuntes del editor ayudarán a conocer  los intríngulis de  ambas poéticas, depurándolas de atribuciones equívocas y  bien contextualizadas en aquel polémico reinado de  Felipe II.
Arias Montano, Benito y Sigüenza, fray José de, Poesía castellana. Huelva, Universidad, 2014

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