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Manuel Pecellín

Libre con Libros

SANTA TERESA Y LA INQUISICIÓN

 

La obra da principio con el relato de una cacería desarrollada en Illescas el año 1572. La protagonizan dos cetreros, señores de la nobleza, miembros ambos del Santo Oficio. Al parecer, habían intervenido en el proceso contra el arzobispo Carranza, cuyo fallecimiento (falso) se anuncia. Esto da pie a una larga digresión sobre las causas y consecuencias que originaron aquel alto atropello.
La excelente prosa del  inicio decae pronto, salvo en determinados pasajes,  porque, como en los otros libros suyos, al autor no parece preocuparle mucho el estilo literario, sino el vigor de la narración. Por lo demás, en un lúcido epílogo, declara cómo concibe el género, exponiendo las claves a las que se atiene para escribir las novelas históricas: oportuna documentación, imaginación controlada, verosimilitud y puesta al día de los temas elegidos.
Aunque centrado en la figura de Santa Teresa, el gran asunto del libro es la Inquisición, para quien la de Ávila  resultaría siempre sospechosa por su afán renovador, espiritualidad  mística, éxtasis, contemplaciones y seguramente orígenes judeoconversos. (Fue con toda probabilidad  Reginaldo Montano, seudónimo de Casiodoro de Reina , n. Montemolín, c. 1523,  el autor de la  Biblia del Oso – primera traducción completa al castellano del Antiguo y Nuevo Testamento– el primero tambien en poner por escrito las artimañas del temible Tribunal en un libro célebre , Artes de la Santa Inquisición Española, que sólo pudo publicar, en latín, fuera de España (Heidelberg, 1567) y del que existen reediciones contemporáneas).
El lenguaje de la novela  no pretende imitar el habla del XVI, pero la acertada selección de términos  consigue un discurso arcaico muy pertinente. Es tal vez el mayor acierto literario de la  obra. Fenómeno especialmente perceptible en algunos pasajes (descripciones de ágapes, mercados pueblerinos, mundo clerical y monjil, dependencias inquisitoriales) y sobre todo en los  extensos titulares de los libros que la componen (once), de clara resonancia cervantina.
Ya en la página cien (el libro alcanza las 570) se  aborda el problema de los “alumbrados”. No resulta superfluo, pues como próxima a las tesis de dichos herejes se sospechará a la protagonista, que aún tardará en aparecer. Se percibe a los miembros de la Suprema muy preocupados ante un movimiento de raíces confusas y alcances peligrosos. Los responsables máximos del Tribunal se esfuerzan por entenderlo y no solamente para mejor reprimirlo. No les era fácil distinguir determinadas conductas de Teresa con las de otras religiosas apasionadas como Catalina de Cardona, la Beata de Piedrahita , sor Magdalena de la Cruz o María del Corro, también aquí presentes. “¿De dónde saldrá tanta loca, tanta ilusa, tanta iluminada?”, pregunta ( pág, 114)  Diego de Espinosa, Inquisidor general, a su mano derecha, Rodrigo de Castro, personajes los dos secundarios, pero muy atractivos de la novela. Tienen que hilar fino (están muy lejos de ser zafios verdugos) para separar el trigo de la paja; la herejía,  del dogma; al bribón, del reformista honesto.
Ya casi a mitad del la obra hace su aparición Teresa, que desde su primer libro (manuscrito) parecía próxima a los alumbrados.  Ahora bien, antes de dar a conocer su vida, se nos contará  la de otros oficiales y teólogos de la Inquisición o con ellas relacionados, como los extremeños Alonso de la Fuente  (el dominico debelador de iluminados) o Luis María Monroy, antiguo militar. Será a través de interrogatorios y pesquisas varias inquisitoriales como se vaya recomponiendo la biografía de la futura santa. Su figura se nos aparece más bien al trasluz, contrapuesta en numerosas ocasiones a personalidades que le son poco simpáticas, como la princesa de Éboli o el mencionado   Rodrigo de Castro, consejero del santo Tribunal y pronto obispo de Zamora.
Tendrá también importantes valedores y, sobre todo, la atinada exégesis del teólogo Báñez; la compresión del dominico fray Tomás Vázquez y  la benevolencia del nuevo  gran Inquisidor, Gaspar de Quiroga. Teresa es un río limpio, será el dictamen último. De ahí, la sentencia absolutoria a un proceso cuyos orígenes, contexto , desarrollo y resolución constituyen el auténtico tema de la obra, a mi entender, la más conseguida de Sánchez Adalid, después de El Mozárabe. Una cuidadosa revisión habría evitado las frecuentes erratas que se deslizan, especialmente en los textos latinos.
Sánchez Adalid, Jesús, Y de repente, Teresa. Barcelona, Ediciones B, 2014 diciembre.

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