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Manuel Pecellín

Libre con Libros

La revolución y nosotros que la quisimos tanto

Fernando Rosa (Badajoz, 1942), catedrático de Matemáticas en el IES Rodríguez-Moñino, es figura bien conocida y respetada en la ciudad. A sus labores docentes ha venido añadiendo otros trabajos culturales, tras muchos años de militancia política. En unión con su compañero Justo Cabezas había publicado obras de carácter profesional, como Informática I: cuestiones generales y sistema operativo MS-DOS e Informática 2: Procesadores de texto Open Acces, Writing Assistant. Últimamente nos había sorprendido con Sinfonía española de palabras, poemario de carácter experimental, donde la pasión por el lenguaje lo induce una y otra vez a juegos sorprendentes. Se ha decide ahora por otro género, el narrativo, donde también supera las vacilaciones lógicas del autor novel.

Anocheceres es ante todo, pero no únicamente, como se dirá, un libro de memorias. Sin atenerse de forma estricta al discurrir lineal de los acontecimientos vividos durante un periodo determinado de su existencia, a saber los años del tardofranquismo y la transición (que no ruptura) a la democracia, Rosa refiere con sencillez, incluso humildad, el ingreso en el PTE, donde desarrollaría a ritmo casi frenético un trabajo tan generoso como comprometido. Conciliar enseñanza y exigencias familiares con las continuas reuniones de célula, mítines, pintadas nocturnas, pegadas de carteles, elaboración y tiradas de octavilla, “saltos” callejeros, debates de ponencias, ventas de bonos y periódicos, asambleas interminables, participaciones en comités (de partido, de colegio, antinuclear) exige tener una voluntad de hierro y una compañera tan generosa como Amparo, a quien en el libro se cede a menudo la palabra. También la toman otros personajes íntimamente ligados al autor, v.c. su hermano de leche, militante en el mismo grupo revolucionario, con lo que el texto se impregna de una visión caleidoscópica sobre aquella Sevilla a finales de los sesenta y primera mitad de los setenta del pasado siglo.

Allí discurrió la vida del novelista, tras licenciarse en la Complutense y sacar las oposiciones a Instituto. Más tarde se trasladaría Badajoz, pero eso es ya otra historia, que seguramente algún día nos cuente, aunque aquí ya se recogen no pocas estampas de la ciudad, pues nunca dejó Rosa de venir (a veces con misiones políticas) a la tierra en que nació. Incluso podrí extenderse a los seis años que enseñase en el Instituto Español de Lisboa, experiencia asimismo aquí evocada. El novelista, que se declara hoy agnóstico y se ríe un punto de tesis antes consideradas dogmas indiscutibles, mira con benevolencia los posibles errores, reconociendo a la vez la extraordinaria generosidad de tanta gente como luchó por conseguir la transformación de aquella España dictatorial, injusta e impresentable en el contexto europeo. Sin duda, los mayores reconocimientos son para cuantos pagaron con la vida sus afanes revolucionarios, así como proyecta desprecio absoluto contra los torturadores, chivatos y cómplices del régimen. Prototipo de esa calaña, es Antón, el Cano, un policía extremeño corrupto y violentísimo, en torno al cual las víctimas van urdiendo venganza feroz. Personaje sin duda literario, aunque desgraciadamente no inverosímil, su tratamiento permite al novelista moverse con entera libertad por la historia contemporánea de España, guerra civil incluida.

Menos interés ofrecen los numerosos boletines, panfletos, declaraciones etc. , a veces muy extensos, que se guardan en el archivo del escritor y éste ha optado por reproducir literalmente. Cuando se libra del rigor historicista y deja libre la pluma, por ejemplo en las magníficas descripciones del paisaje andaluz o pacense, las cotas de calidad se elevan de inmediato. El uso reiterativo de los nombres propios en abreviaturas (fáciles de deducir algunos; incógnitas, otros) hace sufrir al curioso lector.

 

Fernando Rosas Muñoz, Anocheceres en Sevilla, Madrid, Badajoz, Ibiza… Almería, Editorial Círculo Rojo, 2015

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