Antonio Pacheco (Olivenza, 1955) se dio a conocer en la república de las letras al ganar el III Premio de la Prensa de Badajoz con el poemario En la ciudad del agua, aparecido en 1983. El año siguiente se otorgaba el I Premio Constitución de poesía a su obra Tú para tristes momentos tristes. Después iría dando a luz otros títulos, entre los que cabe recordar Estaciones para una ceremonia (Diputación de Badajoz), Abril impronta primavera (Universitas Editorial) o Madrugada de los Ferrocarriles (I.C. El Brocense).
Solitaria rosa de tu aliento es un libro de absoluta unidad, legible todo él como una larga pieza amorosa en la que la voz lírica se conduele por la pérdida de la mujer amada. Lo prologa Manuela Holgado Flores, cuyo texto recuerda las fuentes en las que más gusta beber el autor: San Juan de la Cruz, Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y García Lorca, hasta conformar una voz personalísima en la que se conjugan emotividad, desnudez y riqueza metafórica. Yo añadiría al Quevedo enamorado y consciente de la decadencia última, junto con el Borges admirador de la poesía oriental. De todos ellos se perciben aquí marcas indudables.
Pacheco ha optado por poemas muy breves (algunos son auténticos haikus o tankas), ciñéndose a los materiales expresivos imprescindibles. Así, elimina de raíz las comas y en numerosas ocasiones reduce la estructura superficial de los enunciados a un solo sintagma, preferentemente el sustantivo, induciendo la comprensión de los lectores cómplices, atrapados de principio a fin por la belleza de los versos. “He perdido la brújula/de tus ojos. Ahora no sé/en qué lágrima habito”, concluye el poemario, en el que ha sido posible gozar multitud de imágenes bellísimas, tales como éstas, evocaciones de hermosas vivencias comunes, aún fulgentes en la memoria: “Se ha desmayado/tu ropa/entre mis manos” (pág. 39); “En ti/me desbordan/todas las nostalgias” (pág. 46) ; “Ante la cruel/metáfora del silencio/pulcramente doblado en las maletas” (pág. 59) o “Mi corazón/sobre finísimo horizonte de lenguas/se desangra” (pág. 82). El pulso del poeta, que se reconoce en latidos crepusculares (“Sólo queda deshilvanar/ríos y veredas/para saber que ya comenzó el regreso/de este viaje apresurada y definitivo”), se vuelve a acelerar con la memoria de los labios, las arenas, las almohadas compartidas. Trasmite así emociones tan cálidas como reconocibles, cuya hermosa formulación nos entusiasma.
Antonio Pacheco, Solitaria rosa de tu aliento. Sevilla, Punto Rojo, 2015.