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Manuel Pecellín

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MI QUERIDO JUDÍO

Durante la segunda década del siglo XX, Viena continuaba siendo la ciudad más atractiva de Europa. Ninguna podía competir con la capital austríaca en el número y calidad de matemáticos, físicos, sociólogos, médicos, filósofos, escritores y artistas allí convecinos. Además de sus formidables individualidades (Wittgenstein, Freud, Klimt), el Danubio vio constituirse uno de los colectivos más influyentes de lA cultura contemporánea, el “Wiener Kreis”,  el “Círculo” donde participaron nombres tan relevantes como los de Otto Neurath, Hans Hahn,  Ernest Mach, Philip Frank, Herbert Feigl, Rudolf Carnap, Friedrich  Waisman, Kurt Gödel o Moritz Schlick. Este último, tal vez el auténtico aglutinador de aquella pléyade, fue asesinado (1936)en las escaleras de la universidad por un estudiante filonazi. Si la mayor parte de ellos salvó la vida, fue porque, ante los bramidos crecientes de la “bestia parda”, huyeron a Inglaterra y Estados Unidos (países que aprovecharon bien las enseñanzas de estos exiliados).

La mayor parte eran de etnia israelí, como tantos miles de vieneses. Como lo fue Hugo Bettauer, el autor de La ciudad sin judíos, también abatido (1925) por las balas de un antisemita de la extrema derecha. Natural de Baden (1872), periodista de amplios vuelos, vivió en Zúrich, Nueva York, Berlín, Munich y Hamburgo antes de ser asesinado en Viena. (Su hijo Helmut fue recluido el 1942 en Auschwitz, de donde nunca regresó).
Hombre de talante progresista, muy crítico con la sociedad de su época, pionero en la defensa de la emancipación de la mujer y dotado del típico humor de la etnia hebrea, Bettauer denuncia premonitoriamente  en La ciudad sin judíos (1922) los males que pronto habrían de recaer sobre  una Viena ( léase Austria y Alemania), proclive a caer en manos de socialcristianos y nacionalgermánicos, ante el silencio cómplice de los socialdemócratas. Son las tres corrientes que agrupan a la mayor de los ciudadanos no judíos (al menos, confesos), torpemente convencidos de que la raíz de  todos sus miserias (inflación galopante, paro, falta de viviendas, desórdenes públicos, corrupción) reside en los hijos de Judá. A propuestas del Canciller Karl Schwetfeger, la Cámara aprueba una “solución final”: la expulsión de los hebreos, que se lleva de inmediato a la práctica. Pronto, los males se agravan, sin tener ya un enemigo a quien culpar. ( Más bien, los antiguos conciudadanos comprenden que la única forma de salir de aquel atolladero es revocar la injusta ley y permitir que regresen las familias expulsadas, sin duda las más trabajadoras, inteligentes e incluso divertidas de la ciudad.
A Richard Gross se debe La traducción al castellano de esta ingeniosa novela, coral, pero con magníficos personajes (ninguno como Leo, el grabador judío, enamorado de una gentil), que Periférica publica con postfacio de Murray G. Hall, profesor emérito de la Universidad de Viena y gran conocedor de la obra de Bettauer. La versión cinematográfica de la misma se hizo ya en 1924.
Hugo Bettauer, La ciudad sin judíos. Cáceres, Periférica, 2015

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