Habíamos sido amigos de cuando se hacía la mili. Era un tipo grande, simpático. Yo siempre le acompañaba cuando tocaba acampada. No me daba la tabarra con putas ni cartas. Si se iba, se iba solo. Muchos días me despertaba muy temprano y me contaba alguna anécdota. La anécdota nunca era reciente. Contar lo que se dice contar, contaba más bien poco. Pero, ya digo, el tipo era legal y muy amable conmigo.
Con Tomás, sin embargo, no se entendió nunca. Pero ya que me pregunta le diré que a Tomás había que darle de beber aparte. Un bicho malo, pero no todo lo malo que podía haber sido. Yo he conocido a mal nacidos que eran peores. Por eso me sorprendió que se agarraran el Tomás y él. Tomás era casi tan alto pero menos corpulento. Lo tumbó en un visto y no visto y le dio en la cara hasta que se la puso morada. Tomás estaba como muerto. Sangraba por la boca y los oídos. Escupió varios dientes. Se levantó sabe Dios por qué. En el segundo asalto le arreó hasta que lo mató. Cuando uno se muere, se muere para siempre. Y el Tomás se fue, sí.
Esa misma noche lo trasladaron al calabozo.
No lo volví a ver más hasta anteayer, que se me acercó y me reconoció cuando estaba pidiendo un montado de lomo con pimientos. Nos dimos la mano: yo algo avergonzado por haberme olvidado de él tras casi cuarenta años y seis nietos; a él se le notaba que le había hecho ilusión encontrarme por la forma en que no me soltaba la mano. Estaba muy delgado y me pareció más alto que entonces, como si con el paso de los años en vez de menguar hubiese pegado un último estirón. Tras algunas preguntas de cortesía me contó porque se había ensañado con el Tomás de aquella forma. Habían sido el Tomás y él compañeros en la escuela. Tomás se estaba siempre burlando de los que consideraba más débiles o desamparados, no solo de él. Por eso pasó lo que pasó.
-Le golpeé por todas las que me hizo a mí, que las conté y las tengo apuntadas en este cuadernito, y todas las que le vi hacer.