Rememora sin atisbo de emoción un episodio que hizo las delicias de sus padres. Era entonces un churumbel que apenas caminaba y ya le estaban jaleando para que se tirase un pedete. Solía hacerlo cuando comía garbanzos. Este era, según él, uno de los inconvenientes de tener buena memoria, de acordarse de todo por insignifcante que fuera. Lo recordaba todo, sí, y precisamente por eso, también lo perdonaba casi todo. Aunque su buena memoría no era nada comparada con la singularidad de su vecino del sexto A, que nació con la conciencia de que venimos al mundo para marcharnos y que, desde que puede alimentarse solo, vive encerrado en su laboratorio buscando la manera de que cuando le toque morirse, los demás lo hagamos también.