“Gran pagano,
se hizo hermano
de una santa cofradía;
el Jueves Santo salía,
llevando un cirio en la mano
-¡aquel trueno!-,
vestido de nazareno.”
Antonio Machado, Campos de Castilla, 1912.
Nadie entiende cómo al Diablo, como se conoce en San Blas a Francisco, le ha dado a sus cincuenta y cinco años por salir de costalero. Es inexplicable, afirma el vecindario.
Nunca ha pisado una iglesia ni ha puesto la otra mejilla en sus continuas peleas de taberna. Sus días se resumen en fútbol, cerveza y apuestas. Ha tenido hijos con varias mujeres y todos sus matrimonios han terminado como el rosario de la aurora. El Diablo es infiel, desea a la mujer del vecino, toma el nombre de Dios en vano y no santifica las fiestas. Come con gula, trabaja en la pereza y anda con soberbia. Su destino está escrito: directo al infierno, y por eso no le importa que le conozcan como el Diablo.
Una tarde de invierno gélida se presentó en el ensayo de una cuadrilla de costaleros con un costal, una faja y unas zapatillas de esparto. Por supuesto, fue aceptado, no hay juicios finales debajo del paso.
Desde entonces, el Diablo es fundamental para sus compañeros. Él solo carga como cuatro. Y cada noche santa, mientras expurga sus pecados a la forma heterodoxa, le siguen muy de cerca sus tres amantes con botellines de agua rebosantes de coñac.
Se escucha al Mesías, “mujeres de Jerusalén, no lloréis más por mí, llorad más bien por vosotras.”