Os presento el lugar donde voy a vivir los próximos meses, aunque aún me queden al menos dos viajes más a Asunción.
Tengo una habitación para mí sola dentro de un hangar que nos sirve de casa. En él también está la cocina, que compartimos los guardabosques, la educadora ambiental y yo.
Ayer hicieron asado de pescado; curiosamente, aquí no es muy habitual comer pescado, pero ha coincidido. Se come una vez al mes, o menos. Lo más típico, comer vaca. Pero estaba muy rica la boga que compartimos.
Preparando la comida. El gato Raúl (o también llamado Michito) está vigilando para que no se escape el pescado.
Hace frío. Por la tarde se nubló y empezó a hacer malo. Pero el pescado calentito, junto con el pan de mandioca que hizo Celia para mí, me devolvieron las energías para afrontar el trabajo de la tarde.
Pero lo que más me gusta es… que al levantarme y salir, lo primero que veo es una línea verde, llena de árboles, lianas, orquídeas y otras plantas epífitas, que crecen en el inicio del bosque. Literalmente, vivo a las puertas de la selva.
Realmente, vivir aquí es como estar de campamento todos los días.