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Autor: apachon
“…Hasta el apuntador”
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Alejandro Pachón Ramírez | 22-04-2017 | 12:22| 0

Con Keanu Reeves pasa algo parecido que con Colin Farrell, suelen caer mal, al menos a mí, así que no hubiera ido a ver “John Wick: Pacto de sangre” de no haber leído previamente que era la segunda entrega de una película de culto que ni siquiera se estrenó en cine en nuestro país. Los textos de expertos y aficionados me animaron y, efectivamente, valía la pena. Lo bueno de la película no son sólo sus barrocas secuencias de tiroteos y luchas, sus escenarios y su laconismo existencial, sino el entorno casi fantástico en el que se mueve : el de una super organización criminal, la Gran Mesa, que controla a todas las mafias del planeta, desde las italianas a las rusas y que tiene una cadena de hoteles por todo el mundo , en realidad cuarteles neutrales, donde los asesinos de élite se pertrechan de armas, documentos e incluso vestuario.  John Wick es uno de sus sicarios más letales.

Al aficionado al género lo que le gusta es que muera hasta el apuntador, como se decía antiguamente. La primera película que me impactó en este sentido -descartando cine histórico o bélico tipo “El Alamo”- fue “Grupo Salvaje” (Sam Peckinpah, 1969). La masacre final es la mejor y más intensa secuencia de muertos por disparos en la historia del cine, iniciada con el degollamiento de Angel, el joven mejicano, y culminando con la soledad de Robert Ryan entre carroñeros mientras suena la canción “La golondrina”.

Luego hemos visto muchos tiroteos inacabables e inverosímiles, especialmente porque a veces no se tiene en cuenta la capacidad de munición de los cargadores, ni la resistencia física a los disparos en partes no vitales. Esto el cine oriental lo ha justificado mediante el uso de armas de los enemigos abatidos y el de los chalecos anti balas, hallazgos que proceden del mundo del vídeo juego, otra forma de catarsis.

Efectivamente, ha sido en  China, Hong Kong, Corea y Japón donde más se ha desarrollado el género “Hasta el apuntador” con Takashi Miike, Takeshi Kitano, John Woo o Ringo Lam y títulos como “Violent Cop”, “Ichi the Killer” o “Una bala en la cabeza”.

Muchos, en forma de “remake” o de sus hallazgos en coreografías de violencia han pasado al cine occidental con mayor o menor fortuna, siendo el productor francés Luc Besson y su serie “Venganza”, con Liam Neeson, el que mejor ha sabido utilizar el género. Género en el que no incluiría las películas protagonizadas por Jason Statham y similares, cuya esencia son las artes marciales y la inutilización del enemigo, no su muerte rápida y certera.

También en series de televisión, aunque con menor intensidad, hemos visto algunas de estas secuencias de tiroteos salvajes, especialmente en “24” y en “Fargo”, pero porcentualmente no ocupan tanto tiempo de metraje como las más clásicas del género.

Ahora tendría que venir la polémica acerca de si la visión de la violencia desenfrenada y ficticia es catártica y evita que la practiquemos en la vida real o, por el contrario, estimula a los cerebros más débiles a seguirla. Sea como fuere, siempre que una película me deleite con secuencias como la de la muerte de la jefa mafiosa en las catacumbas y el tiroteo posterior en “John Wick”, prefiero no entrar a debatir aspectos morales. No olvidemos que en épocas pasadas el mejor espectáculo público era asistir a una ejecución y ahí si que no había efectos especiales ni balas de fogueo.

 

 

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LA ULTIMA CIENCIA FICCION: MATERIAL RECICLADO
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Alejandro Pachón Ramírez | 08-04-2017 | 11:34| 0

 

También podría haber titulado este texto como “La sombra de Ridley Scott”, a la vista de dos títulos del género que están ahora en cartelera, pero podemos ampliarlo a algunas otras obras recientes.

Los dos títulos a los que me refiero son “Ghost in the Shell” y “Life” que en ningún momento tratan de ocultar sus referentes: “Blade Runner” y “Alien”, respectivamente. Digamos que ese es el ingrediente principal. En “Ghost in the Shell” la androide protagonista que añora su pasado humano es una hermana de los “replicantes” de la película de Scott, por no hablar de las calles de la ciudad de Neo Tokyo, con esos anuncios holográficos. Los condimentos de este producto proceden del “manga” en que se basa y que incluye mayor acción que en su ilustre precedente y un concepto más liviano del tono metafísico que alimentaba la novela de Philip K. Dick, “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”. El problema es que, entre peleas y saltos, no sabe uno si está viendo a Scarlett Johanson haciendo de La Viuda Negra de Los Vengadores o del robot “Lucy”.

En “Life”, la trama principal es la típica del monstruo extraterrestre, marciano por más señas, que se cuela en una estación espacial con las consecuencias que se pueden imaginar. El caso es que el asunto está bién llevado, si exceptuamos los momentos en los que los personajes hablan de sus vidas y añoranzas con textos bastante pueriles y “moñas”. Aquí al ingrediente principal de “Alien”, monstruo contra astronautas, hay que sumarle los hallazgos técnicos conseguidos en “Gravity” que es lo que le da empaque visual a una historia “déja vue”.

Pero no queda ahí la cosa. Títulos también recientes como “La llegada” o “Passengers” no son más que el pálido reflejo de “Encuentros en la tercera fase”, “2001: Una odisea espacial” o “Solaris”. Ni siquiera los más flamantes efectos especiales consiguen que  lleguen a la suela de los zapatos de las obras maestras antes citadas. De hecho, creo que algunos críticos han alabado “La llegada”  sólo “por ser vos quien soís”, es decir, por considerar a su director Denis Villeneuve como un autor de filmografía brillante que no puede permitirse hacer una cosa tan poco original y pretenciosa.

En cuanto a “Passengers” se trata de un intento fallido de mezclar una historia de amor con el mundo de Kubrick y Arthur C. Clarke, añadiendo unas gotas de mensaje ecologista a lo “Silent Running”.

Hay un montón de buenas novelas y relatos de Philip J. Farmer, Robert Heinlein o Isaac Asimov, por no hablar de autores más recientes, que están aún por filmar.  El problema reside en las oficinas de los ejecutivos de las grandes productoras, que sólo tienen en cuenta proyectos con referencias conocidas, secuelas, “remakes” y demás refritos, descartando cualquier riesgo causado por la originalidad.

Y, volviendo al maestro Ridley Scott, hay una escritora española que sí ha sabido llevar el mundo de “Blade Runner” a su terreno : Rosa Montero que en “Lágrimas en la lluvia” y “El peso del corazón” nos ofrece las andanzas detectivescas de una replicante, Bruna Husky, situándola en un Madrid futurista y con una excelente mezcla entre novela negra y reflexión existencial.

 

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EL BAR: TOCANDO FONDO
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Alejandro Pachón Ramírez | 25-03-2017 | 11:49| 0

El hecho de que los personajes de la última película de Alex de la Iglesia se pasen casi la mitad del metraje en el sótano de un bar y luego en las alcantarillas, tiene que ver con el encabezamiento de  este texto, aunque también alude a la decepción que he experimentado.

He sido un defensor y admirador del cine de este autor y siempre ha habido algo que me ha interesado en sus últimos títulos: la interpretación de Antonio de la Torre en “Balada triste de trompeta” y la música de Roque Baños; el señor de Badajoz y la apoteósis final con la gigantesca Venus de Willendorf de “Las brujas de Zugarramurdi” o el concepto “kistch” de los números musicales de “Mi gran noche”.

Pero esta vez me quedo sin nada a que aferrarme a causa de varios problemas de guión y de ritmo. En sus otras películas, el sentido del humor aportaba  el tono irónico a un entorno dramático; en “El bar”, pese a intentarlo, no logra ni hacerme sonreir. No funciona la “suspensión de la incredulidad” imprescindible para hacernos empatizar con una trama y un entorno muchas veces visto. Se pueden citar las referencias a “El angel exterminador” o “La niebla”, pero el arranque me recuerda más al de “El cazador de sueños”, también de Stephen King. El problema es que algunos de los personajes desaparecen antes de tiempo y, lo que podría haber sido una trama coral y claustrofóbica con un buen suspense se convierte en un típico producto de género que podrían haber llevado a buen puerto Jaume Balagueró y Paco Plaza (“Rec”), pero que Alex trata de convertir en una metáfora de la insolidaridad, el aislamiento y el egoísmo en la sociedad actual. Algo parecido a lo que contaba en “La comunidad”, sólo que con ingredientes más pobres.

Está muy bien, y no sólo físicamente, Blanca Suárez. Mario Casas se nos vuelve a presentar como un actor camaleónico, aunque su personaje no esté muy bien perfilado. Incluso sale un “freak” indigente que nos recuerda inevitablemente al “profeta” que vocea el apocalípsis por las  calles de Badajoz, aunque nuestro famoso “Piter Pa” del Casco Antiguo no bebe whisky Jameson ni ningún otro tipo de alcohol y está aseado.

Lo que ocurre es que “El bar” utiliza dos tonos diferentes que llegan a ser antagónicos. Un arranque prometedor cuyas posibilidades se cortan bruscamente cuando la acción baja al sótano y las cloacas que citaba al principio. Incluso el apartado de banda sonora, que normalmente es importante en la filmografía del director, queda aquí bastante relegado. Tanto por descuidar ese aspecto, como por alguna elipsis de acción quizás se adivine un presupuesto demasiado ajustado.

En fín, para volver a reconciliarnos con Alex de la Iglesia, basta con volver al principio de su filmografía y revisar (ahí tienen el enlace) el cortometraje “Mirindas asesinas”, también en un bar, aunque con bastante más gracia y mala uva.

 

 

 

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LAS EDADES DE KING KONG
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Alejandro Pachón Ramírez | 12-03-2017 | 12:18| 0

Hasta hace unos años estuvo por casa uno de esos muñecos de los calzados Gorila. No fueron los aviones ni el amor hacia una rubia los que acabaron con él, sino la carcoma. Cuando mi hijo era pequeño lo hacía pelear contra los airgam boys y los micro machines. Dicho simio, a principios de los sesenta, servía como expositor de aquellos zapatos inseparables del uniforme del colegio con los que regalaban una pelota verde que usábamos para jugar al frontón. Los zapatos y botas que mis padres nos compraban en Mérida, en calzados Mateos o en Sudón.

Era evidente su relación con el King Kong de Harryhausen y Schoedack, un título que todas las generaciones hemos visto, siempre en televisión, pero que, al igual que Tarzán, ha sufrido diversos avatares en forma de secuelas, revisiones y “reboots”.  Aparte del inmortal título fundacional, recuerdo otra de los mismos autores, “El gran gorila”, en la que el mono era más pequeño y vulnerable si cabe, que el rey Kong. Tampoco hay que olvidar un cómic inglés, aunque de autor español, aquí editado por Vértice,  “Mytek el poderoso”, que enlazaba con el género japonés de monstruos semirobóticos.

Les evito el comentario acerca de remakes posteriores como los de John Guillermin, Peter Jackson e incluso Marco Ferreri y me centro en “Kong. La isla de la calavera”, en cuya proyección me sorprenden de nuevo los conocimientos de los niños espectadores, esperando a que acaben los títulos de crédito, con la magnífica música de Henry Jackman, un evidente admirador de Goldsmith, para ver la típica secuencia epílogo en la que se alude a Mothra, Godzilla y compañía. Los chavales se conocen todo ese material sesentero.

En cuanto a la película me imagino que la idea base del guión parte de relacionar a Kong con Viet Cong, y a partir de ahí todo viene dado. Finales de la guerra de Vietnam, soldados quemados por la derrota -“no perdimos la guerra, nos retiramos”, dice el personaje interpretado por Samuel L. Jackson- y “Apocalypse Now” como referente icónico, argumental y musical. Y esa no creo que la conozcan los jóvenes espectadores a los que antes aludía.

Los demás ingredientes son del tipo “Depredador”, “Parque Jurásico” y una ideología políticamente correcta acerca del equilibrio ecológico, el respeto étnico y la eliminación de los connotaciones zoofílicas del original.

O sea que todos nos quedamos a gusto. Los chavales, porque saben desde el principio que el gran simio es el dios bueno que nos defiende de los monstruos de la Tierra Hueca (la famosa teoría paracientífica de los nazis) y  que la ciencia y la conservación de las especies están por encima de la violencia militar. Los mayores porque nos gusta la parodia que John C. Reilly hace del  general Kurtz, por los planos de los helicópteros sobre un sol inmenso y unos paisaje espectaculares y, aunque no suene “La cabalgata de las Walkirias” (hubiera sido demasiado obvio), hay música de los Creedence, de los Hollies y de Jefferson Airplane.

Después de Kong en el Empire State vendrían los gorilas de “El planeta de los simios”, una novela que me recomendó mi abuelo bastantes años antes de que se rodara la película, pero esa es otra historia.

 

 

 

 

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LOGAN. “No te vayas, Shane”
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Alejandro Pachón Ramírez | 04-03-2017 | 12:58| 0

Para los de mi generación, Logan, interpretado por Michael York, era el protagonista de una de ciencia ficción, “La fuga de Logan”, que luego se convirtió en serie de televisión. Para los amantes del universo Marvel, Logan es Lobezno, el personaje más carismático, humano y tridimensional de todos los X-Men. Acentuando esa vertiente dramática, la acción nos sitúa en un futuro próximo en el que Lobezno está perdiendo sus poderes, está cojo y usa gafas para leer. Los mutantes prácticamente han sido exterminados y nuestro protagonista tendrá que emprender una operación de rescate y huída, cuidando al ya decrépito profesor Xavier y a una niña mutante.

Una extraña familia en peligro, un largo camino por recorrer y el desencanto y la soledad como compañía de los que antaño fueron héroes de cómic. En fín, un western crepuscular que puede recordarnos el “Sin perdón” de Clint Eastwood, pero cuyo mensaje emocional queda patente en el homenaje que se le hace a otro western clásico : “Raíces profundas”, tanto en la banda sonora como con la inclusión de imágenes de la película protagonizada por Alan Ladd y, sobre todo, en una secuencia final que podría haber rozado lo sentimentaloide, pero que se convierte en una hermosa despedida y en un emotivo gesto icónico.

Normalmente un guión como éste, con héroe en decadencia, anciano inválido y niña, suele caer en lo blandengue, en el estilo Spielberg para entendernos, pero aquí, gracias al carisma y el escepticismo de los personajes, las insuperables escenas de acción – algunas recuerdan a Mad Max-  y la importante presencia de esos territorios desérticos de Nuevo México donde transcurre gran parte de la trama, nos sumergen en un acertado híbrido entre western, película de la Marvel y distopía crítica.

No olvidemos que muchos héroes de acción como Van Damme, Stallone, Willis o Schwarzenegger han intentado desencasillar sus carreras en algún momento recurriendo a tramas similares a la que nos ocupa, sea protegiendo a la viuda con niño a la que le quieren expropiar las tierras, ayudando a una familia a escapar de complots gubernamentales o incluso, como en el caso de Arnold, tratando de salvar a su hija zombi. Todos han fracasado en el intento de aunar sentimientos con acción

James Mangold sin embargo lo ha conseguido. Y, lo más importante, ha hecho que los espectadores menos aficionados al cine clásico sepan de la existencia de “Raices profundas” e incluso quizás la busquen para verla,  para entender las palabras finales de la niña y su profundo enraizamiento con la cultura norteamericana del western y la frontera.

Al final todos nos quedamos a ver los créditos mientras Johnny Cash canta una balada, esperando esa minisecuencia que suele haber al final de las películas Marvel. Pero aquí no hay epílogos ni anuncios de secuelas. Ni los necesita, porque creo que es la mejor y más seria película producida por Marvel hasta la fecha.

 

 

 

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Soy director en Historia del Arte, especializado en Música de Cine, crítico de cine, y director del Festival Ibérico de Cine de Badajoz. Retomo este blog con la intención de ofrecer de forma amena mi experiencia como historiador y crítico de cine y televisión, tanto en lo que respecta a la actualidad audiovisual reciente y futura, como al montón de vivencias relacionadas con el tema que en la segunda mitad del siglo pasado vivimos los de mi generación. No olvidaré aspectos periféricos e inseparables del cine comercial y las series de televisión como los video juegos o los cómics. En resumen, todo ese universo iconográfico que llena nuestros ocios e inquietudes, convirtiéndonos en “fans”, “freaks” o, sencillamente, en espectadores.