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Cuando éramos romanos: De fantasmas, lémures y larvas
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Israel J. Espino | 20-05-2014 | 11:01

 

Ilustración: Borja González Hoyos

Cuando éramos romanos celebrábamos en estos días nuestra segunda fiesta de los muertos: Las Lemurias. En las noches del  9, del 11 y del 13 de mayo, toda la Lusitania con Emérita Augusta a la cabeza, reservaba sus miedos  para  conjurar a los espíritus que podían vagar sobre la tierra causando estragos entre los ciudadanos. Eran los lémures con espíritus vengativos y relaciona su origen con Remo (Remures, se habrían denominado en un principio), quien regresó para exigir venganza.

Y es que cuando éramos romanos existía, por un lado, la obligación ancestral de honrar a los difuntos y, por otro, el respeto temeroso hacia su regreso. Como ahora. Vaya.  Pero según cuenta Ovidio,

hubo una época, mientras libraban largas guerra, en las que los romanos hicieron omisión de los días de los muertos. No quedo eso impune, pues dicen que, desde aquel mal agüero Roma se calentó con las piras de los suburbios.

 

Apenas puedo creerlo,  pues dicen que nuestros abuelos salieron de las tumbas, quejándose en el transcurso de la noche silenciosa. Dicen que una masa vacía de almas desfiguradas recorrió aullando las calles de la ciudad y los campos extensos.

 

Después, de ese suceso, se reanudaron los honores olvidados de las tumbas, y hubo coto para los prodigios y funerales”.

El romano no muere con su funeral (A. Briz)

Y es que, convertidos en lémures, fantasmas abandonados y hambrientos, o en maliciosas y peligrosas larvas, los muertos rondaban nuestras casas. Por eso se hacían las Lemurias, que a diferencia  de las otras fiestas de difuntos, debió ser una celebración pública.

 A medianoche, el padre de familia hace  la figa protectora con los dedos en mitad de su frente, lava las manos con agua limpia de primavera, gira, coge nueve habas negras (que se cree alimentadas con sangre) y las tira a sus espaldas, sin volver el rostro y repitiendo cada una de las veces:

–       “Yo las arrojo, y con ellas  me salvo a mí y a los míos”.

Cuentan que los fantasmas, pensando reunir las judías, permanecían invisibles junto a los devotos que, aprovechando la ocasión, invitaban a los fantasmas a salir de la casa tocando agua y golpeando bronce, mientras gritaba nueve veces:

–       ¡Sombras de mis antepasados, marchaos!

Sin embargo,  la mayoría de las veces estos antepasados no eran malos, sino venerados y queridos. Eran los lares, protectores del hogar que incluso gozaban de una altarcillo propio donde siempre había una luz encendida.

El romano no teme a la muerte, sino a la mala muerte (A. Briz)

Según analiza perfectamente Alejandra Guzmán Almagro, mientras que los Manes son propiamente almas de los difuntos, ni buenos ni malos en principio, pero que deben ser venerados y asegurarse la quietud, los Lémures son las almas de aquellos difuntos que pueden regresar a reclamar algo a los vivos y las Larvas, aunque en su origen eran «genios», son transformados en espíritus malignos que nunca pertenecieron al mundo de los vivos.

Unos y otros yerran por los viñedos, los pozos y las estancias del hogar molestando a criadas, niños y animales, y propinando buenos sustos y amargos sinsabores.  Se le representa como esqueletos. Y se les teme. Mucho.

De hecho, cuando se funda Emérita Augusta, a principios del primer milenio, estos espíritus malignos no suelen ni siquiera nombrarse, con el fin de protegerse de ellos, aunque sin embargo se desarrollan extraordinariamente los ritos y celebraciones en torno a los moradores del infierno, unos rituales de los que, aunque conservamos retazos en los días de difuntos, hemos perdido en el tiempo su mayor parte…

Quizás nuestros lémures se estén revolviendo en sus tumbas y decidan volver para enseñarnos, de nuevo, la importancia de honrar a nuestros muertos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre el autor Israel J. Espino
Periodista especializada en antropología Entre dioses y monstruos http://extremadurasecreta.com/

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