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Apariciones antonianas
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Israel J. Espino | 09-06-2014 | 18:15

San Antonio, por el extremeño Zurbarán

Ya estamos casi a 13 de junio, día de San Antonio, santo que vale tanto para un roto como para un descosido, aunque básicamente para encontrar. Para encontrar lo que sea. Para encontrar las gafas que no aparecen, para encontrar la cabra que te falta, para encontrar el novio que te conviene y hasta para encontrar al niño que  has perdido.

El investigador Félix Barroso recoge en Casares de Hurdes el testimonio de J.M.M., quien afirmaba que se perdió un niño al que todo el mundo buscó. Al no encontrarlo, le “pusieron” el responso a San Antonio, y cuando por fin apareció le preguntaron con quién había estado, a lo que el muchacho contestó:

–       “Pues con San Antonio Bendito, que me estuvo cuidando, y cuando un lobo me fue a morder, San Antonio le pegaba en los dientes y le “jutaba” un perrino blanco y el lobo se iba“.

Tanto niño se perdía y tanta fe había en el santo, que tenía hasta responso especial para niños perdidos, como éste recogida en Alcuéscar, en 1902, por García-Plata de Osma:

Antiguamente los niños se perdían con mucha facilidad... (Jimber)

San Antonio bendito,

com’eg bonito,

arrebusca log niñoh

que s’han perdío.

Y es que el famoso y polimórfico responso a San Antonio, la oración mágica, la plegaria que se convierte en conjuro, entraña cierto ritual, según recoge Barroso. Hay que recogerse profundamente, caer casi en un éxtasis, como si se quisiera dotar a la mente del orante de una fuerza paranormal, capaz de actuar sobre el instinto del lobo, o la persona o animal perdidos. Aquél que se dispone a echar el responso debe alejarse de todo ruido, arrinconarse allí donde nadie lo vea ni lo oiga. La concentración debe degenerar casi en arrebato místico, pues es toda una voz angustiosa la que llama a gritos a los poderes sobrenaturales.

La experiencia de encomendar a San Antonio a los perdidos debió ser habitual en nuestros campos, porque otro caso parecido, pero esta vez con nombre y apellidos, le contaba F.M. al investigador José María Domínguez Moreno, asegurándole cómo

“cuando tío Vidal era chiquinino lo perdieron pal monte, sin que lo encontraran hasta por la mañana siguiente, y estaba acurrucao cuando lo encontraron, pero estaba contento. De mo que le preguntan que si no tenía mieo y no tenía ni pisca de mieu. Dicía tío Vidal a la gente que le preguntaba que cuando se queo solo vino un señor con un vistío mu largo, y venía con un niño chiquinino pa juegal con él. Aluego por la noche venía un perrón grandote y se tiraba a por él, pero el señor le daba con una soga pa los jocicos”. “ Y es que  l’habían rezao a San Antonio, que tenía la sotana, y el niño era el Niño Jesús, qu’es el mismo que tiene San Antonio en la ermita encima del libro, y el perrón grandote era un lobo que se quería comer a tío Vidal”.

 

Y lo mismo sucedió en el pueblo de Portaje, donde dos muchachos fueron a la dehesa del pueblo con su padre y su tío. Al atardecer el tío se volvió primero al pueblo, y el padre se fue al anochecer. Los chavales se quedaron, porque el padre pensó que habían vuelto con el tío, y el tío pensó que habían vuelto con el padre, y al llegar la noche los sorprendió solos. No pudieron encontrarlos hasta el día siguiente, en que aparecieron en la puerta de la ermita de la Virgen del Casar, donde afirmaban haber pasado la nboche con  San Antonio, que no dejaba que se le arrimaran los lobos, porque los espantaba con el perro blanco y con la cayada que tenía de la mano.

El Tio Venancio de El Cerezal le contaba  a Barroso cómo una vez se perdió una tía del tío Alonso y le echaron el responso. Estuvo toda la noche por el monte, y luego contó que San Antonio Bendito había estado a su lado todo el tiempo y que con la vara que llevaba la detenía cuando quería ir al río para que no se cayera en el agua.

Y H.M., de  Santibáñez el Bajo, aún recordaba una tarde se perdió un grupo de muchachos en la dehesa, entre los que se encontraban la Tía Leandra “La Güevera”, y ti María “La Tranquila”. Comenzó a oscurecer y no volvían, así que comenzaron a tocar las campanas para que la gente saliera a buscarlas, al mismo tiempo que le echaron el responso. Toda la noche los estuvieron buscando y no había forma de encontrar el rastro… Y ya al amanecer los hallaron cobijados en la caseta de don Agapito, ya en el término de Palomero. La gente les preguntó si no habían tenido miedo, y ellos contestaron tranquilos:

San Antonio se aparecía para proteger a los chiquillos (Jimber)

“-¡Qué va!, si ha estado con nosotros toda la noche un hombre con un perrino blanco…

A estas alturas de la película no hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que el hombre era el mismísimo San Antonio.

Los lectores avispados (que sois todos, lo sé), os habréis dado cuenta de que stas “apariciones antonianas” tienen siempre dos características:  Por un lado aparece la “noche”, con todo su bagaje de misterio y de miedo. San Antonio se convierte en una divinidad nocturna.

Por otra parte, a San Antonio le acompaña un perro pequeñito, casi siempre de color blanco. Este dato, como resalta Barroso, resulta cuando menos curioso, ya que en las diversas tallas de San Antonio jamás acompaña perro alguno a la imagen.  Sin embargo, y si lo pensamos bien, la presencia de este animal nada tiene de extraña, puesto que como afirma Domínguez Moreno es opinión generalizada que San Antonio es un pastor. El color blanco del perro, por otro lado, responde a la concepción de sacralidad que el pueblo le atribuye a los animales albos, a los que hace embajadores de la buena suerte.

Aunque hay veces que San Antonio no aparece con hábito ni con perro, sino con forma de niño. O al menos así se lo contaron en Las Hurdes al periodista e investigador Iker Jimenez le contaba Pedro Martín Alvarez como en 1966 volvía de Nuñomoral de dejar a su novia cuando, al pasar frente al cementerio de Aceitunilla, su motocicleta Ducati frenó en seco junto a la cancela. Echó pie a tierra y se quedó muy extrañado al ver una “sombra” en la puerta del camposanto. Viniendo de la carretera, ya se había dado cuenta de cómo una “chispa” o resplandor había surgido por esta misma zona. Pensando que era un reflejo de algo volvió a arrancar la moto, opero cual no sería su sorpresa cuando, al mirar de nuevo hacia la cancela, ve perfectamente la figura de un niño pequeño vestido con ropa muy blanca. El niño se quedó allí y, sin dejar de mirar a Pedro, fue girando la tapia del cementerio hasta desaparecer.

Cuando volvió a su casa, cada vez más descompuesto, su abuela sonrió al verle así de pálido y alterado, y cuando Pedro iba a comentarle lo que le había ocurrido, la anciana le dijo:

“No te preocupes; sin tu saberlo, te eché el responso de San Antonio Bendito, que se aparece por estos caminos en la figura de un niño blanco. Es tu protector contra los espantos y siempre te acompañará, así que no debes temer por nada”.

Imaginense la cara que se le quedó a Pedro. Y es que yo juraría que el niño blanco del cementerio de Aceitunilla tiraba más a “espanto” que a “San Antonio”.

De todas maneras aplíquense el cuento: para salir de noche por estos campos de dios y del diablo, no olviden el responso a san Antonio y la rebequita por si refresca. Que más vale prevenir que curar espantos.

 

 

Sobre el autor Israel J. Espino
Periodista especializada en antropología Entre dioses y monstruos https://lavueltaalmundoen80mitos.com https://meridasecreta.com

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