Hoy

img
Autor: manuelpecellin
HOMENAJE A LA MÚSICA
img
Manuel Pecellín | 29-03-2017 | 11:15| 0

 

 

Sin música, la vida sería un error, escribe Nietzsche en El crepúsculo de los ídolos (tremenda obra, a la que puso por subtítulo Cómo filosofar a martillazos). “Todo lo que no es música se confunde en el silencio”, sugería Gregorio González Perlado, alineándose con la demanda de Verlaine: “De la musique avant tout”.  El más iconoclasta de los pensadores alemanes pensó primero que las composiciones de R. Wagner encarnaban su propio ideal, aborreciéndole después para entusiasmarse con creadores como Bizet, cuya Carmen representaría mucho mejor sus ideas sobre la voluntad de poder, el eterno retorno, el entusiasmo por la vida o el superhombre (niño que juega siempre, sin conciencia del mal), el triunfo de lo báquico sobre lo dionisíaco.

El lema nietzscheano figura en la entradilla de la obra que ganó el XVIII Certamen de Relatos Cortos “Rafael González-Castell”, premio anual mantenido contra viento y marea merced a la solicitud del Ayuntamiento de Montijo y los afanes de la familia que le da nombre, con la insustituible Piedad González-Castell en cabeza. Carlos del Pozo (Madrid, 1963), su autor, es licenciado en Derecho y pertenece al Cuerpo Superior de la Administración de Justicia, para la que trabaja desde Cataluña, sin omitir el cultivo de la literatura. Tiene publicados libros de viaje (Raíles sobre la mar), crónicas periodísticas (Los años del Abreviado), biografías (Lo que Pilar(Narvión) ha dicho), así como un notable conjunto de novelas, algunas también premiadas: La vida que se cumplió; Mercedes, el joven poeta y una comedia de Miguel Mihura; Mudanzas y despedidas; Háblame del paraíso azul y Montevideo no se acaba. Sus textos figuran también en diferentes antologías.

Que, según ocurre cada año, escritores de esta proyección se decidan a participar en el concurso montijano dice mucho a favor de los organizadores del evento. Según resaltaban al presentar la obra Manuel Gómez Rodríguez, alcalde del municipio, y su concejala de Cultura, María Jesús Rodríguez Villa,  tanto su Corporación como las que le precedieron (aunque de diferente adscripción política) vienen apoyando decididamente este Premio porque todos se enorgullecen de Rafael González-Castell – personaje digno de estudio- como una seña de identidad de Montijo.

Están tocando nuestra canción es la compilación de ocho relatos homogéneos, cada uno de los cuales se construye en torno a una composición más o menos famosa y su respectivo intérprete: “La mujer que yo quiero”, “Ramito de violetas”, “El muerto vivo”, “Procuro olvidarte”, “Vivir así es morir de amor”, “La flor de la canela”, “Gwendoline” y “La chica de ayer”. Redactadas en primera persona, para incrementar el aire autobiográfico que las impregna (aunque Del Pozo proclame el carácter ficcional de las misma), el sujeto literario evoca anécdotas que ha vivido junto a algunos de los cantantes, amigos o compañeros/as en determinados conciertos, recitales, tertulias y guateques, al son de sus músicas preferidas. Es, sin duda, donosa evocación de la dorada juventud, con apuntes sociológicos de la España que le tocó vivir.

Todos llevamos dentro canciones con las que nos identificamos por encima de las demás, capaces de  pellizcarnos el corazón, estremecernos, irritarnos o hacernos soñar con tantas cosas.  Constituyen algo así como la “banda sonora” de nuestra existencia. Seguramente las de Carlos del Pozo son las antes señaladas.  En ellas nos reconocemos varias generaciones de españoles. Y si es verdad,  en atisbo de Javier Cercas, que todo relato tiene un “punto ciego” en el que creador y lectores coinciden, estas narraciones abundan en los mismos, más perceptibles quizás si se las repasa con la oportuna música de fondo.

El volumen se ha impreso en los talleres de la Diputación provincial.

 

Carlos del Pozo, Están tocando nuestra canción. Montijo, Ayuntamiento, 2017

 

 

Ver Post >
EL DRAMA DEL EXILIO
img
Manuel Pecellín | 25-03-2017 | 10:15| 0

El exilio es un fenómeno seguramente tan antiguo como la humanidad, más identificable desde que en el neolítico el hombre se asienta en lugares que va a considerar propios: tribus, agrupaciones sociales, pueblos que se ven forzados por otros a salir del hogar de sus mayores para salvar la vida o encontrar mejores fórmulas de subsistencia.  Entre nosotros, así lo sufrirían hispanogodos, andalusíes, judíos, moriscos, constitucionalistas, liberales, republicanos … por no decir las multitudes emigradas durante siglos al Nuevo Continente o las contemporáneas rumbo a Europa, por no decir el continuo flujo interior desde las regiones pobres a las más ricas (no siempre las mismas a lo largo de la historia).

Mucho sabe de exilios Velbor Côlic, natural (1964) de Modrica, pequeña población al norte de Bosnia-Herzegovina, en la antigua Yugoslavia. La locura bélica que arrasó buena parte de los Balkanes, también hubo de sufrirla este hombre, que había estudiado literatura en Sarajevo y Zagreb. Periodista, trabajaba en la radio como responsable de las emisiones de rock y jazz, sin omitir la creación. Redujeron su casa a cenizas; perdió los originales de algunas obras y, alistado por fuerza en el ejército, vio morir, muchas veces en las circunstancias más horribles, a innumerables personas. Su novela Los bosnios (Le Serpent à Plumes, 1994),  también editada por Periférica, 2013, constituye un testimonio escalofriante de aquella locura.

Côlic desertó (1992), fue encarcelado, pudo huir y, tras duro peligro, logró llegar a Francia, : “Tengo veintiocho años y llego a Rennes con tres palabras de francés por todo equipaje: Jean, Paul y Sartre. También llevo mi cartilla militar, cincuenta Deutsche Mark, un boli y una gran bolsa de deporte, color verde aceituna, de marca yugoslava. Su contenido es escaso: una manuscrito, algunos calcetines, un jabón deforme (parece una rana muerta), una foto de Emily Dickinson, una camisa…, un rosario, dos postales de Zagreb (sin usar) y una cepillo de dientes”. Así comienza su obra sobre el exilio, donde evocará lo más relevante de cuanto le acaece hasta convertirse en un  escritor famoso.

Sin duda, quien tras atravesar Croacia, Eslovenia, Austria y Alemania, acude al centro de acogida para solicitantes de asilo en Rennes, llega mucho mejor preparado que la mayoría, pero no sin tremendos desgarrones psicológicos.  No mucho le ayudarán a recomponerse el recurso al alcohol, el sexo, los viajes u otras evasiones, de las que se van dando cuenta en estas páginas, no sin un enorme sentido del humor. (Abundan los chistes, algunos bastante malos o muy conocidos). Poco a poco, este “Hemingway de los Balkanes” – recuerda irónicamente que así lo calificaba la crítica- , que se dice poeta y filósofo, amén de narrador, va a convertirse en figura de las letras. Contribuyen la buena acogida, como la estancia durante un año en el Parlamento de los escritores de Estrasburgo, y el rápido éxito editorial. Hoy reside en Bretaña, impartiendo talleres de escritura.

No obstante, tendrá que convivir con los fantasmas invasores de su espíritu, un aluvión de huesos secos y fosas comunes, de torturas, violaciones y horrores miles desencadenados por la guerra (con más de 100.00 víctimas y 1.800.000 de personas desplazadas). Se comprende que lo asalten y nos los dibuje en cualquier pasaje de Manual de exilio, texto fragmentario,  donde historia, periodismo, poesía y filosofía alternan con el relato autobiográfico. Y eso pese a que el autor se dice ya reconciliado con la humanidad.  Para sobrevivir, son impagables las lecciones recibidas de gente como de los gitanos Mehmet Bairami o Joszef Farkas; el hábil carterista José Miguel “El Mariposa”; el sabio Nikola o tantas amigas encontradas en París, Milán, etc. También algún encuentro ocasional, como el que tuvo con S. Rushhdie, otro que tanto sabe de persecuciones y de quien se hacen un magnífico retrato.

 

Velibor Côlic, Manual de exilio. Cómo aprobar su exilio en treinta y cinco lecciones. Cáceres, Periférica, 2017

Ver Post >
ROMANCES DEL CID
img
Manuel Pecellín | 22-03-2017 | 8:22| 0

 

El 23 de abril de 2010, día bien idóneo,  asistíamos en la Biblioteca de Extremadura, bajo la dirección entonces de  Justo Vila, a un acto singular: Fernando Serrano Mangas (+) entregó a la Consejera de Cultura, Leonor Flores, una joya bibliográfica, un ejemplar desconocido hasta la fecha de la Hystoria del muy noble y valeroso caballero Ruy Díez de Bivar en romances, en lenguaje antiguo  (Lisboa, Antonio Álvarez, 1605), recopilación preparada por Juan de Escobar.

Al parecer, el Dr. Serrano, que no quiso desvelar a los curiosos periodistas los intríngulis de la compra, había adquirido a buen precio tan rara pieza en la tienda de un “alfarrabista” de Lisboa y tuvo a bien donarla a los cada vez más ricos fondos de la BIEX. (“Sebo o alfarrabista é o nome popular dado a livrarias que compram, vendem e trocam libros usados”, leemos en Wikipédia).

La editorial Castalia había publicado, ya póstuma (1973),  la edición que de dicha obra dejase dispuesta D. Antonio Rodríguez-Moñino para la “Colección de Romanceros de los Siglos de Oro”. Llevaba un prefacio de otro gran especialista, Arthur Lee-Francis Askins, hoy profesor emérito de la prestigiosa Universidad de Berkeley y autor de numerosos estudios sobre el tema.

La reedición que ahora presentamos recoge aquel texto, precedido por un breve apunte de dicho investigador, amén de un preámbulo que firma José J. Labrador Herraiz, coordinador de la serie Romanceros patrocinada por el Frente de Afirmación Hispanista. Ha tenido a bien incluir un extenso pasaje en que Justo Vila evoca sus amistosas relaciones con Fernando Serrano.

Sigue el facsímil del volumen que preparase Escobar, reproduciéndolo no del ejemplar que guarda la BIEX (con lagunas, pese a la magnífica labor restauradora hecha por Pedro Barbáchano a partir de la donación), sino según el otro ejemplar de la princeps hasta hoy localizado. Lo conservan en la Biblioteca Houghton de Harvard, donde llegaría el año 1922, donado por J.B. Stetson, procedente de la colección de Fernando Palha.  (Aunque Moñino habla de otro ejemplar, que estaría en la Universidad de Gotinga, al parecer nunca ha figurado allí. Ni se conoce el paradero de otro, subastado el 1996 en Londres por Christie`s, al nada módico precio de remate de 5.290 libras). Sólo se ha aumentado ligeramente el tamaño de las letras, para facilitar su lectura.

Se dice que el romance constituye la poesía española por excelencia, en sus modalidades múltiples. Sin duda, los denominados de “gesta” y con protagonismo del mayor de nuestros héroes medievales tuvieron que ser forzosamente muy numerosos, más aún tras la invención de la imprenta. “El conocimiento de los textos, respaldado en esencia por las publicaciones de Rodríguez-Moñino y sin duda facilitado por la actual sencillez de acceso a ellos, sumado al cada vez más amplio repertorio de materiales de trabajo que aparece en revistas y libros, ha favorecido enormemente el estudio del romancero desde las perspectivas literarias y bibliográficas”, escribe Lee-Francis Askins (pág. 28).

La compilación de Escobar (tal vez un andaluz residente en Lisboa) fue la antología del Siglo de Oro que tuvo más reimpresiones. Askins pergeña en su estudio el núcleo de las peripecias y antecedentes bibiográficos de la misma. Ahora podemos disfrutar de la edición princeps (facsimilada) merced a la generosidad de Serrano, la clarividencia de Vila y los buenos oficios de mecenas, investigadores y editores.

 

Hystoria del muy noble y valeroso caballero El Cid Ruy de Biuar…México, Frente de Afirmación Hispanista, 2017.

 

 

 

Ver Post >
LA FORTUNA DE PIZARRO
img
Manuel Pecellín | 16-03-2017 | 9:15| 0

Francisco Pizarro y los suyos (cuatro hermanos y otros familiares pasarían con él a América) consiguieron amasar en Perú una inmensa fortuna,  oportunamente invertida en la Península (Trujillo y su alfoz, sobre todo), acrecentada por razones matrimoniales.

Cuenta minuciosa de sus bienes han establecido en este volumen de 360 páginas los investigadores Francisco Cillán, Julio Esteban Ortega, José Antonio Ramos Rubio y Óscar de San Macario Sánchez, cada uno de los cuales  cuenta con numerosas publicaciones, tanto individuales como colectivas. Lleva prólogo de Hernando Orellana-Pizarro González, presidente del Patronato de la Fundación Obra Pía de los Pizarro y está dedicado a un amigo común, ya fallecido, Manuel Vaz-Romero Nieto.

Los autores no se limitan a dar cuenta de tan rico patrimonio atendiendo especialmente a la “recopilación de los inmuebles monumentales vinculados a la familia, algunos verdaderas joyas arquitectónicas, con amplias referencias a su historia, cronología, arquitectos y canteros, y con un abundante y detallado material gráfico, testimonio, más importante si cabe, para aquellos en peligro de perderse definitivamente”, según destaca el prologuista.

La obra constituye también una revisión de las leyendas y tópicos, por supuesto negativos, cuando no errores de bulto,  que la leyenda negra propala sobre la figura principal, Francisco Pizarro. Hasta dónde pueden erigirse los enemigos del conquistador del Tawantinsuyu  (el enorme imperio de Atahualpa, tan cruel como el que más) lo expresan  los versos  de Neruda en el Cántico general:

                                   Diez mil peruanos caen

                                      bajo cruces y espadas,  la sangre

                                      moja las  vestiduras de Atahualpa.

                                     Pizarro, el cerdo cruel de Extremadura
hace amarrar los delicados brazos
del Inca. La noche ha descendido
sobre el Perú como una brasa negra…

 

Mucho más respetuoso con el gran guerrero se mostraría el norteamericano Charles Cay Ramsey (1879-1922), a quien se debe la gigantesca estatua que, donada por su viuda María Harriman, preside desde 1929 la bellísima plaza de Trujillo. Tanto de ésta, como de la broncínea figura allí asentada, se incluyen sendos estudios.

En algunas páginas se echa de menos una labor de lima, que elimine incorrecciones sintácticas;  datos erróneos (v.c. “el andaluz Hernando de Soto”, pág. 80) y conceptos repetidos (algunos con párrafos idénticos, v.c. páginas 124-25). Por no decir ese “se representaba a Francisco Pizarro no ha caballo…” (pág. 268).

El apéndice documental  permite conocer textos tan sugerentes  como el testamento de Pizarro (diferentes versiones); la larga epístola de su hermano Hernando a Carlos V (1535) o las impagables escrituras  (1537)  para la erección  en Trujillo de una iglesia y una capellanía  (Hospital de la Concepción) en Trujillo.

 

Cillán Cillán, Francisco y otros, Los Pizarro conquistadores y su hacienda. Trujillo, Palacio de los Barrantes-Cervantes, 2016.

 

 

Ver Post >
VIAJE POR EXTREMADURA
img
Manuel Pecellín | 11-03-2017 | 11:31| 0

 

Conscientes del atractivo, e incluso la importancia que supone  “la mirada del otro”  para cuantos se interesan por establecer la identidad de un pueblo, región o país, los responsables de la fundación Ortega Muñoz vienen fomentando un sólido proyecto: cada año invitan a un personaje para que visite nuestra Comunidad y recoja sus impresiones en un texto a tenor del gusto del huésped elegido. Cada uno de los que hasta ahora habían visto la luz constituye un canto a los valores paisajísticos, culturales, humanos que aún se conservan en Extremadura, o en determinadas zonas de tan dilatado territorio, así como un estímulo para seguir esforzándose por mejorar este sufrido terruño.

Así lo lograron el escritor húngaro László Krasznahorkai con El último lobo; el filósofo alemán Peter Sloterdijk, en El Reino de la Fortuna (más el ensayo adjunto de Isidoro Reguera, Extremadura, Renacimiento, Fortuna) o el catedrático salmantino Fernando R. de la Flor con Las Hurdes, el texto del mundo. No me parece que la obra de Antonio Moreno esté  (Alicante, 1964) a la altura de las anteriores. El título mismo, “Estar no estando”, sugiere que vino, no vio mucho y, desde luego, apenas supo vencer sus propios fantasmas interiores. Es decir, que su relato del viaje desde Mérida a Baños de Montemayor viene a contar casi lo mismo que si lo hubiera hecho por otros lugares, más o menos parecidos, de la geografía española. Porque lo que al autor le interesa sobre todo no es cuanto a su alrededor surge según asciende la Vía de la Plata, sino lo que en él se ilumina ante estímulos apenas atendidos. O sea que, terminada la lectura, conocemos mucho mejor la infancia, familia,  amistades, aficiones literarias, inquietudes espirituales del autor, que el paisaje y el paisanaje ocasionalmente visitados. Poco ayuda su desinterés intelectual hacia posibles fuentes de información, manejando tan escasa como añeja bibliografía, reducida al viejo Madoz y poco más.

Indudablemente, la escritura de Antonio Moreno es de alta calidad, con una prosa pulida a lo largo de su afortunada carrera lírica. La luce las pocas veces que se decide por describir dehesas, lagunas, bosques, ríos o poblaciones y, bastante menos, al evocar sus antiguas vivencias o reproducir las mínimas conversaciones que decide mantener con gentes del lugar o compañeros de camino.

“Extremadura o la soledad” fue lema que acuñó Pedro de Lorenzo, hace lustros. Más lo proclamaría hoy el olvidado novelista, considerando la despoblación creciente de las áreas rurales. Esa sensación de vacío  humano es lo que impresiona a Moreno,  capaz de recorrer   los caminos de la dehesa durante horas sin toparse con persona alguna. El asunto se agrava por su propia decisión de dedicarle horas mínimas a Mérida; casi ninguna a Cáceres y cero a Plasencia. Para colmo, la fecha elegida (septiembre 2014) fue inusualmente lluviosa en Extremadura, fenómeno que favorece los  pastos, cultivos y montanera,  pero induce al recogimiento del personal.

Los que él encuentra, salvo cierto pastor,  algún tahonero, están en los bares, tiendas o refugios para peregrinos, amén de un puñado de  animosos extranjeros  que suben hacia Santiago. Salvo excepciones,  la percepción del caminante, incómodo ante la pobreza e insalubridad de casi todos los establecimientos, es claramente negativa. Mejor impresión parecen producirle las personas que lo atienden, cuya serenidad e incluso competencia lingüística elogia. Lástima no se decidiese a romper más a menudo sus propias elucubraciones y compartir detenidamente la palabra con tantos como podrían ilustrarlo sobre los avatares de la vida cotidiana. “Estuvo no estando”. Pero para ese viaje no hacen falta alforjas.

 

Antonio Moreno, Estar no estando. Badajoz, Fundación Ortega Muñoz, 2016

Ver Post >

Últimos Comentarios

ipasga_4406 01-02-2017 | 17:20 en:
SOR CELINA
olallalau_12 20-05-2016 | 10:54 en:
LAURA OLALLA
frameve_6499 29-04-2016 | 17:03 en:
LUCILIO VANINI
Emilomoya 27-02-2016 | 23:46 en:
REVISTA ESPAÑOLA

Otros Blogs de Autor