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CORAZÓN DE JESÚS el barrio de una calle
Diego Algaba Mansilla 21-01-2014 | 9:26 | 0

Foto s.Garcia

Foto S. GARCIA

Llegan cuando todavía no ha salido el sol, sigilosamente, solos o en grupo. Vestidos con el traje verde de camuflaje, toman café, algunos copa y así adquieren valor antes de encañonar la pieza, antes de apretar el gatillo. Luego, más tarde, cuando ya ha salido el sol, se oye en la calle el murmullo jadeante de corredores, grupos de atletas que llegan atravesando los caminos desde la Granadilla y regresan por carretera.
Al Corazón de Jesús se puede ir andando, corriendo, en bici, aunque la mayoría van en coche. Está a unos 7 km de Badajoz. El Corazón de Jesús tiene una  calle que empieza con dos bares y termina en una ermita donde dicen misa los domingos. En la calle, además de los almacenes de muebles Refolio, viven familias en casas de una sola planta. He visto cómo mujeres mayores sacan las pilistras a la puerta para que sus hojas adquieran el brillo que sólo da el agua de lluvia. Cuando llegas al Corazón de Jesús por carretera, lo primero que se ve son los bares.
Mírian trabaja en uno de ellos desde la 6 de la mañana hasta las 4 de la tarde. No sé si es empleada o propietaria; siempre luce peinado de peluquería aunque cuando lea esto, dirá que no, que se lo hace ella. Los fines de semana los clientes llegan cada vez más temprano para leer el HOY. Mírian, a los seis o siete vecinos que se disputan el periódico, los llama periodistas. El bar es como la biblioteca; nunca hay un HOY disponible. Mirian marca distancias con el cliente desconocido. A mí me trata que ni fu ni fa. No soy del barrio pero me conoce, ya no me habla de usted pero no se permite las bromas que con los habituales, con esos que van a tomar café copa, y algún puro en la puerta.
Cuando se llena el bar, Mirian, deja de hablar, de sonreír, se concentra. Ella sola hace el trabajo de varios: pone el pan en el tostador, hace café, sirve copas, cocina los aperitivos, cobra las consumiciones, aguanta los piropos… En el bar también paran a desayunar, antes de la visita, familiares de presos, y preso con permiso de fin de semana. La cárcel está cerca.
El otro bar es el Cortijo, no sé cómo se llama su dueño ni tampoco el del hombre que siempre está en la esquina con el vaso de vino lleno. Me gusta la barra alta de piedra, los adornos camperos como ese yugo, sin bueyes y sin flechas. El bar tiene aspecto de cortijo con paredes rugosas y deformes, con un gotelé blanco gigante donde se respira un aire gélido que el recinto y los clientes hacen cálido. En el Corazón de Jesús, la melodía serena del silencio, y la presencia constante de la naturaleza, se mezclan con el ruido de los coches que van y vienen por la carretera, de otros lugares, de otras historias. Mientras, los vecinos viven con calma al ritmo lento que le marca el campo, el tic tac del sol y de la luna.

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TOMÁS Y EL GALEÓN
Diego Algaba Mansilla 30-10-2013 | 8:33 | 4

El Galeón, el bar donde he desayunado estos últimos años, cerró como consecuencia de esta situación que esta dejando a tanta gente en el camino. Lo peor de su cierre, para mi, es que ya no veo a Tomás. A Tomás lo conocí a esa hora temprana en la que la dura la realidad comienza a anular los sueños. Intensos instantes que duran lo que tarda en enfriarse un café hirviendo. Tendría más de 70 años. Cuando llegaba al bar se sentaba junto a mi. Echaba en la taza un poco de gasolina,coñac; Yo, le cedía el periódico; Él, se ajustaba las gafas; comprobaba el cupón. A continuación, comentaba, en voz alta, la noticia que le causaba mas impacto. Tenía una habilidad especial para sacar entre las páginas del HOY lo más destacado del día.Después del café, se colocaba el sombrero y salía del bar para recorrer durante toda la mañana las calles pacenses, sin rumbo. Un día iba a San Francisco, otro a la Estación, a San Roque… El único objetivo que tenía era rebajar el número de asteriscos de su analítica. Se aficiono al senderismo urbano desde que el médico de cabecera le recomendó que anduviese una hora diaria. Le gustaba observar la ciudad. Hacía el trayecto de un tirón, sin volver a repostar gasolina hasta el día siguiente.

Ya no veo a Tomás. Cuando cierran un bar algo de uno se va, a veces se pierde el contacto para siempre con personas a las que has cogido cariño, notas en la piel su ausencia, la falta de esos momentos, de esas pequeñas cosas que son las que nos hacen sentir vivos. De Tomas conocía su rutina como su propia familia. Ahora,los clientes del Galeón, andamos desperdigados, como pollos sin cabeza,los bares no solo son de los dueños también son nuestros.
Busco en otros locales el calor que me daba la esquina del Galeón, esa entrañabilidad perdida,la confianza, la seguridad de lo conocido. En otras barras me siento extraño, como si no perteneciera a ellas. No acabo de encontrar mi sitio. No encuentro el rincón desde donde desperezarme del sueño de la noche y empezar a mirar el mundo y donde aprender de gente como Tomas. Tomás pertenece a ese grupo invisible de personas mayores que entre ironías y bromas dicen sentencias que no hay que dejar escapar para que la vida sea más tuya, más llevadera. Conociendo las cosas es como se manejan. pero igual que los amores,las cosas, no hay que forzarlas, llegan solas, que si no luego pasa lo que pasa. mientras llega mi bar me conformo con una diferente cada día. Maldita crisis.

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MUDANZAS
Diego Algaba Mansilla 25-02-2013 | 8:33 | 1

Muchos artículos de Plazas Alta los he encabezado con la frase “salgo de casa” así he escrito : sobre el bar del chino;Juan, el frutero; Carlos y Mercedes, propietarios de ultramarino Ortiz; del gitano;de la ferretería; del Viti, el más singular de los tendero que conozco y hasta del kiosco donde compro el HOY.

He cambiado de piso y un paisaje desconocido se despliega ante mis ojos con la visión lánguida de la nostalgia y la chispeante del futuro. Desde aquí volveré a salir de casa para entrar en el bar Marwan, el Anemois,el Entrecinas, la Sucursal que ahora es un italiano, en la calle de atrás esta la Cosa Nostra, buen nombre para los tiempos que corren. Junto a la nueva casa me llama la atención un establecimientos de auto-lavados de perros que no se si dará para un articulo,a no ser que los perros se laven solos; quizás, por eso, en el paseo, corren, ladran y mean a sus anchas. También hay una peluquería unisex, un supermercado donde un educado matrimonio despacha todos los días de la semana. Siempre me han gustado las tiendas de barrio en las que un tendero utiliza papel de estraza, lápiz en la oreja y buen humor. Al final de la avenida hay una Iglesia que antes estaba en una cochera y un Centro de Salud que todavía es rojo ahora que quieren pintar todos con el color azul Capio.

Escribo desde una casa nueva que aun no es un hogar. Salgo a disfrutar de los amaneceres a un balcón que todavía no siento como propio. Estoy inseguro, temeroso, me asomo con el cuerpo hacia atrás antes de superar el vértigo que solo el tiempo cura. Tengo vecinos nuevos a los que no conozco. Ya no coincidiere en el ascensor con Juanjo, ni Laura, ni Maria Angeles, ni con sus hijos cuando vienen del judo.

Hace poco que se fueron los trabajadores de mudanzas el Melli. He encontrado el ordenador entre bolsas y cajas en la habitación donde las almacenaron y que parece la de un activo Diogenes.

Los del Melli trabajan con rapidez. Un enjuto muchacho igual carga un armario que lo desarma con la habilidad de los que están acostumbrados a trabajar bajo la presión del despido. -Yo no sería capaz de hacer eso ni en un día, le digo. Y contesta. -Maestro, cada uno en lo suyo. Me pregunto si yo, en lo mio, tengo la misma destreza que él con un destornillador en la mano. Pongo los cojines a mi sillón, el portátil encima de las piernas y me pongo a escribir para sentirme menos extraño en la casa nueva.

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