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San Francisco

AMORES PROHIBIDOS
Diego Algaba 18-02-2017 | 9:26 | 0

En un banco en San Francisco se sienta un viejo solo. Apoya el bastón. Se quita la gorra con mano temblorosa y la pone en la piedra. Se pasa un pañuelo por la cara arrugada y luego lo mira como si hubiera quitado de su rostro algo, quizás esas arrugas como surcos, esos años vividos. Observa a los niños jugando y piensa en lo rápido que ha pasado todo y lo poco que ha disfrutado, quizás por esa cobardía a la hora de tomar decisiones. Esboza una sonrisa ante los juegos infantiles, luego  vuelve a su rostro el rictus serio de la vejez, de la soledad. Coge el bastón y se va despacio, encorvado, cojeando. Se marcha mirando su pasado, viéndose así mismo cuando era más joven al observar como se sienta en el mismo banco un hombre alto y delgado. Al poco tiempo llega y se sienta en el otro extremo una muchacha morena, perfumada, arreglada, impaciente. No se dicen nada, están nerviosos. Poco a poco van aproximando las manos, apenas rozan sus dedos, se miran, sonríen durante un momento, un instante en el que están solos en mitad del mundo, ese instante en el que la música suena en su interior y los colores empiezan a ser más intensos. No se tocan, y aunque no se besen se están besando con el fuego tórrido de la mirada en un largo y profundo beso. Están así un instante o un mundo entero hasta que ella retira las manos que quedan libres como testigos mudos, como dos ventanas cerradas con un postigo para asomarse,respirar y vivir. Se levanta y se va sin irse, sus pensamientos están donde su corazón, en el banco. Se va hacia otro lado, hacía otra vida, a su vida, a su rutina de años. No mira atrás porque sabe que si mira se vuelve para siempre y en casa la están esperando. Él se queda sentado mirando hasta que deja de verla, luego se levanta y empieza a caminar en sentido contrario. Se para, se mira la mano, la coge con la otra y sigue andando, despacio, lentamente, casi sin tocar el suelo, como levitando.

El banco se queda solo pero todavía caliente por el fuego de las manos entrelazadas. Se posan unas palomas blancas como palomas de la paz, como un poema de Alberti, como un dibujo de Picasso. Empieza a oscurecer. Hace frío. Se hace de noche.

 

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POR EL CAMINO DE LA HONESTIDAD
Diego Algaba 30-10-2015 | 10:32 | 0

Me acuerdo muchas veces de él. De sus pocas palabras pero certeras. De su mirada serena y bondadosa. Un espejo donde mirarme. Recuerdo cuando se jubiló. Creo que fue el inventor del senderismo urbano. Salía todas las mañana a andar por la ciudad a paso ligero, como decía él. Se le quedó grabada esa expresión después de hacer tres años de mili. Estuvo en la guerra. Pasó hambre, pero nunca le oí quejarse, ni darse golpes de pecho. Nació en un pueblo (Valle de la Serena).Vivió en el campo hasta que se traslado a Badajoz para que todos sus hijos estudiasen. Siempre se adaptó a la circunstancia sin rechistar. Cuando se jubiló te lo podías encontrar andando por San Roque, por la Estación… todos los días salía y siempre terminaba sentado en el banco de San Francisco, su banco.

Ya no fumaba, dejó un día sin más. “Voy a deja de fumar”, y dejó sin programas de desintoxicación, sin terapia de grupo, sin pastillas, a pelo, como hacían las cosas los hombre de entonces. Guardó el paquete de celtas y nunca más volvió a cogerlo. Bebía vino, como todos los hombres de su generación. Nunca lo vi borracho. Hoy me he acordado de él cuando he visto escrito a pluma en la portada de una carpeta con letras clara y serena: “papeles de Diego”. Mi padre, al contrario que yo, era muy ordenado con sus cosas y la de los demás. Siempre lo tenía todo guardaba en aquellas carpetas rojas que se cerraban con una goma.

Fuera ha empezado a llover. Hace frío. Una tarde de otoño para estar en una chimenea con un libro y la mujer amada, también para escribir, para escribir un artículo sobre la actualidad: Cataluña, la fecha para la aprobación de los presupuestos extremeños, las elecciones nacionales. Una tarde para opinar sobre las noticias que salen en el telediario. Telediario que él siempre veía y al que llamaba parte. Pero Hoy, viendo las noticias, me acuerdo de él. Un hombre cabal, sensato, un hombre bueno que hace que sea más difícil para mi escribir sobres lo que veo y leo: Acorex, Caja Rural,mordidas del 3%, Artur Mas, hoy pienso más en ese otro camino por el que anduvo y me enseño a andar, el camino de la sencillez y la honestidad.

 

 

Diego Algaba Mansilla

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SIN RUMBO
Diego Algaba Mansilla 07-03-2014 | 8:38 | 0

Salgo de casa, sin rumbo, con las manos en los bolsillos y los bolsillos vacíos. Hoy no llueve. El sol amenaza con estropear un día melancólico de brasero y poesía. Camino por una Avenida de Huelva impregnada del dulzor de Ansorena y de la monótona melodía del hombre del acordeón. Una Avenida que Garcia Salas,en esta misma sección, soñó sin coches. Paso por la Delegación del Gobierno, ese edificio que sirve de muro de lamentaciones a manifestantes sin respuestas. Llego a correos. Paso delante de los buzones con el rótulo casi borrado de: Badajoz, Provincia, resto de España, Internacional. En resto España se echaban, sin dudar, las cartas que iban a Cataluña. Buzones que ya no recogen correspondencia escritas a mano donde se podía descubrir más secretos en el trazo que en el texto.”Espero que a la llegada de esta estés bien yo bien gracias a Dios”. Me siento en el banco de piedra de San Francisco que cuenta la historia de Pizarro,siempre regreso a los mismo lugares, no todos los extremeños somos aventureros. Sigo sin rumbo. Me encuentro con Julio o quizás es su hermano, el que caminaba por el filo de la navaja decidió dar un salto al lado bueno aunque no estoy seguro que ese sea el bueno,recuerdo nuestras largas conversaciones, ya no habla como antes, solo lee el marca y se le nota mucho.
Sigo andando, me encuentro con Carmen un amor no correspondido que me duro toda la vida, como la literatura.
Sigo, me cruzo con gente desconocida que caminan despacio con la cara monótona de la derrota,de la resignación. Me encuentro a los que hacen fotos para facebok, los que montan en bicicleta por las aceras, los que fuman andando,los que madrugan, los que compran en el Corte Ingles, los que no compran en ningún sitio, veo a uno que no lleva móvil,los que no entran en los bares pero se asoman, a dos que se dan un abrazo varonil como los de un cantao y su guitarrista. veo cara de hombres buenos sin futuro, de canallas forrados, una chica con minifalda tira continuamente de la tela, pero la tela no da más de si. En la sala Vaquero Poblador se ven cuadros colgados que la gente mira desde la calle como antes miraban las pajaritas de papel que hacía aquel hombre orondo sentado junto a la ventana,cuando la sala era el casino. ya no hay palomas blancas, ni siquiera de papel, se las llevo el euro. sigo caminado hacia esta Plaza Alta los chinos han montado una frutería en el establecimiento de fotos. Ahí esta la catedral que merece un articulo para ella sola. La Ria ya no es la Ria se ha convertido en los 100 montaditos, donde estará ahora Angel de España aquel camarero que quiso ser artista y que cantaba en las verbenas de las ferias por Marife de Triana.Me cruzo con los que llevan traje con naturalidad,con los que piden, con los que no piden por vergüenza. como si fueran ellos los que tienen que tener verguenza. Me cruzo con la única desconocida con la que baile una vez una canción lenta en la boite Zurbarán, ni me mira. Compro por un euro el cuaderno gris de Josep Pla en la churrería de Moreno Zancudo. Termino en la Plaza Alta. Me encuentro con Porrina, dice “creía que no ibas a llegar nunca”,emocionado con la última llegada de Paco de Lucía no sabe que a mi me queda mucho para llegar, voy, lento, sin prisa.

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TOMÁS Y EL GALEÓN
Diego Algaba Mansilla 30-10-2013 | 8:33 | 4

El Galeón, el bar donde he desayunado estos últimos años, cerró como consecuencia de esta situación que esta dejando a tanta gente en el camino. Lo peor de su cierre, para mi, es que ya no veo a Tomás. A Tomás lo conocí a esa hora temprana en la que la dura la realidad comienza a anular los sueños. Intensos instantes que duran lo que tarda en enfriarse un café hirviendo. Tendría más de 70 años. Cuando llegaba al bar se sentaba junto a mi. Echaba en la taza un poco de gasolina,coñac; Yo, le cedía el periódico; Él, se ajustaba las gafas; comprobaba el cupón. A continuación, comentaba, en voz alta, la noticia que le causaba mas impacto. Tenía una habilidad especial para sacar entre las páginas del HOY lo más destacado del día.Después del café, se colocaba el sombrero y salía del bar para recorrer durante toda la mañana las calles pacenses, sin rumbo. Un día iba a San Francisco, otro a la Estación, a San Roque… El único objetivo que tenía era rebajar el número de asteriscos de su analítica. Se aficiono al senderismo urbano desde que el médico de cabecera le recomendó que anduviese una hora diaria. Le gustaba observar la ciudad. Hacía el trayecto de un tirón, sin volver a repostar gasolina hasta el día siguiente.

Ya no veo a Tomás. Cuando cierran un bar algo de uno se va, a veces se pierde el contacto para siempre con personas a las que has cogido cariño, notas en la piel su ausencia, la falta de esos momentos, de esas pequeñas cosas que son las que nos hacen sentir vivos. De Tomas conocía su rutina como su propia familia. Ahora,los clientes del Galeón, andamos desperdigados, como pollos sin cabeza,los bares no solo son de los dueños también son nuestros.
Busco en otros locales el calor que me daba la esquina del Galeón, esa entrañabilidad perdida,la confianza, la seguridad de lo conocido. En otras barras me siento extraño, como si no perteneciera a ellas. No acabo de encontrar mi sitio. No encuentro el rincón desde donde desperezarme del sueño de la noche y empezar a mirar el mundo y donde aprender de gente como Tomas. Tomás pertenece a ese grupo invisible de personas mayores que entre ironías y bromas dicen sentencias que no hay que dejar escapar para que la vida sea más tuya, más llevadera. Conociendo las cosas es como se manejan. pero igual que los amores,las cosas, no hay que forzarlas, llegan solas, que si no luego pasa lo que pasa. mientras llega mi bar me conformo con una diferente cada día. Maldita crisis.

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SAN FRANCISCO
Diego Algaba Mansilla 18-04-2013 | 1:44 | 0

san francisco

san francisco

Lo empezamos a frecuentar cuando lo llamaba San Paco, un nombre familiar para restarle solemnidad al respeto que le teníamos. Era el lugar por conquistar. La escuela en la que por primera vez nos sentamos en un velador con amigos y amigas abandonando las tardes de juegos infantiles. Era el primer paso para relacionarnos con el otro sexo. El templo prohibido y sagrado que nos introdujo en un mundo de adultos desde el día en el que nos sentamos por primera vez en los veladores sin protección paterna, siendo nosotros los que teníamos que sacar la cartera para pagar las consumiciones, ese líquido amargo que trago a tragos nos hizo despreciar los sabores infantiles y dulzones.
San Franciso era tan grande a los 18 que había que conquistarlo poco a poco para poder figurar en el meollo del bollo, en el grupo de los modernos: progres y camaradas que se movían con naturalidad entre mesas faldas y panfletos.
Los que eramos jóvenes queríamos ser adultos encendiendo cigarros sin saber fumar, aguantando la tos como un símbolo de falsa madurez que en muchos casos ni siquiera con los años llegó.
El siguiente paso para llegar a aquellos que llamaban “hacerse un hombre” era la mili. Con una cerveza en la mesa y un cigarro entre los dedos, esperábamos el día del sorteo sacando pecho sin importarnos si nos tocaba lejos, Ceuta, Melilla o Canarias, aunque, en el interior, sentíamos envidia por aquellos que tenían los pies planos o cualquier circunstancia que evitara entrar en el bombo verde del ejercito. No molaba ir a dar la vida por la patria a base de barrigazos en cualquier cuartel de una España sin autonomías. Por entonces, España se dividía en regiones que conocíamos con sus provincias y ríos después de haber cantado sus nombres delante de un mapa de España señaladas por el maestro con la palmeta de dar palmetazos. La mili: ese tiempo donde a base de calimocho intentábamos comprender, sin asociar al movimiento surrealista, que en un calabozo estuviera arrestada una bandera o una bicicleta porque alguna mando se había caído de ella en mitad del patio. San Francisco fue empequeñeciendo. Con los años se hacia más manejable y daba menos vértigo, ya dejo de darnos vergüenza bailar las canciones que sonaban en los días de fiestas.
Ahora, con el paso de los años, lejano aquel San Paco, vuelvo a San Francisco y leo la historia de Pizarro pintadas y escritas en el banco mas próximo al edificio de Caja Badajoz y recuerdo aquellos años cuando la palabra banco todavía no era homógrafa para nosotros. Eso era la tan deseada y desconocida madurez, pasar de vivir sin preocupaciones a vivir siempre preocupados. La felicidad consistía en conocer solo el banco de descansar cuando entro en nuestras vidas el otro se empezó a complicar todo.

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