Se baja el telón ficticio de la 59 edición del Festival de Mérida y es momento, no sólo de balances, sino de degustar los sabores y sinsabores de este verano. Entre el público fiel y la prensa asidua hay cierto halo de melancolía con el fin del certamen. No soy crítico teatral, ni tampoco el mayor experto en el Festival, pero llevo muchos años disfrutándolo y trabajándolo. Una edición que ha dejado un gran sabor de boca. Con dos espectáculos para el recuerdo y cinco montajes más que han estado a gran nivel.
Y como parece que siempre hay que poner ‘peros’ yo los pondría sobre todo, en los problemas de sonido que han existido en algunos montajes. Problemas que se han subsanado conforme pasaban las representaciones, pero que evidentemente se dejan notar, y mucho, en los montajes. Pero vayamos al grano:
La gran producción era Hécuba, protagonizada por Concha Velasco. No defraudó. Un montaje caro, clásico, a mi juicio demasiado, pero que daba respuesta a las necesidades del público emeritense. Un ‘dramón’ que puso al festival, a nivel mediático, en las portadas de los medios de todo el mundo. Concha Velasco se quitó la espinita que tenía con el Festival de Mérida y además, la vuelve a situar como una de las grandes de la escena española. Al final Teatro Romano y Concha Velasco han realizado un ejercicio de reciprocidad artística que ha beneficiado a ambos.
La gran sorpresa: Los Gemelos. A priori, y entre la prensa especializada, no eran muchas las expectativas puestas en un texto bastante pobre, el de Plauto, y que ya había sido representado, sin mucho éxito, sobre la arena del Teatro emeritense. Pero de repente llega Florián Recio, Damián Galán y Paco Carrillo para presentar una locura con sentido. Un montaje descarado, limpio y festivo que no sólo ha convencido al público, sino a la crítica más dura del certamen.
Para mí la obra más arriesgada, sin duda, fue FUEGOS. Un estreno mundial sólo apto para paladares exquisitos. Con unas interpretaciones magistrales, destacando a Carmen Machi y Nathalie Poza, y un texto lleno de contenido. Se trata de uno de esos montajes a los que tienes que acudir con papel y boli. Texto y dirección deliciosa. Ha sido el espectáculo con menos espectadores de esta edición, pero sin duda, uno de los que pasará a la historia de quienes lo vieron.
Otro riesgo que salió exitoso: Las Tesmoforias. Primera vez que se representa en el Festival ‘on’, y con éxito. Más de 8.000 personas rieron con el texto de Juan Copete, algo extenso. Y la versión limpia de Esteve Ferrer. Un montaje en el que Pablo Viña y Ana Trinidad estuvieron sublimes y que comenzó una exitosa cuenta atrás del certamen. (Obvio lo del acento extremeño porque esa etiqueta no me gusta…de momento no he dicho que Hécuba sea madrileño…puesto que los regionalismos no son, ni mucho menos, ninguna cualidad a destacar. Ójala siga siendo así).
Entre medio hemos disfrutado de la Medea del Ballet Nacional, gran aperitivo para abrir el certamen, que en cierta medida nos predispuso a disfrutar de un Festival apasionante. Y Julio César, que venía rodada por varios festivales y que en Mérida cuajó sobremanera sobre todo con sus dos monólogos, los de Tristan Ulloa y Sergio Peris Mencheta. Teatro de gran nivel.
No me olvido de El Brujo. He sido crítico con él porque me sigue pareciendo una fórmula de trovador agotada, al menos por su parte, porque para el público no. Volvió a llenar y a hacer reír a las caveas del Teatro emeritense. Aunque creo que El Brujo puede dar más de sí.
Y con estos mimbres más de 70.000 personas han disfrutado del Festival de Mérida en el Teatro Romano. Otros cientos lo han hecho en el Templo de Diana y el Foro romano con el excelente trabajo de TAPTC?Teatro. No voy a ser yo quien los descubra, pero sin ellos el Festival estaría cojo. Han reunido a cientos de personas para ver teatro amateur. Y esto, en estos tiempos, es no sólo para aplaudir, sino para reconocer. Felicidades a todo el equipo de Taptc? Teatro por promover, difundir y amar nuestro Festival.
Pasacalles, cine…bueno un poco de todo. Mi valoración es positiva. Al menos esa es mi sensación. El año pasado no la tuve, terminé algo descafeinado…Pero el equipo de Jesús Cimarro está recuperando el público, y esto no tiene más aristas que discutir.
Para la próxima edición yo pediría más presupuestos. Montajes que cuenten con lo mejor de la escena española y actividades que recuerden que el FESTIVAL DE MÉRIDA lleva 60 años en pie, levantando los textos clásicos miles de años después.
Por delante aún: LOS CERES, si no llueve. Y meses de trabajo para que el Consejo de Ministros declare el Festival Bien de Interés Cultural. Con ello entrarían como patrocinadores grandes empresas a quienes el certamen les desgravaría en Hacienda. Sea como fuere,la Cultura en Mérida es economía, puestos de trabajo, formación e idiosincrasia. Es, identidad. Y hay que mantenerla de la mejor manera posible. Como anhelo: reconciliar la anterior generación del Festival, que tanto trabajó por el certamen, con la actual…tiempo al tiempo.