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Israel J. Espino

Extremadura Secreta

Los duendines extremeños

Ilustración: Borja Gonzáles Hoyos/

Extremadura mantiene (o mantenía hasta hace poco) una población relativamente estable de duendes. Al menos, eso es lo que se deduce por el avistamiento, en algunas ocasiones, de duendes bebés o duendines, y de duendes niños, algo que hace tiempo que no ocurre en otros lugares del mundo.

 Población estupenda de duendines la tiene en el mágico pueblo de Ahigal, donde el incansable investigador Jose María Domínguez Moreno nos cuenta por qué una vecina del pueblo,  María La Pascualeja, se pasó media vida sentada junto a un portón, esperando un encuentro duendil que nunca llegó.

María La Pascualeja se pasó la vida sentada esperando a que el duende volviese. (Jimber para Extremadura Secreta)

María La Pascualeja se pasó la vida sentada esperando a que el duende volviese. (Jimber para Extremadura Secreta)

 Un atardecer en el que María anda buscando algo de serraja para unos conejos enjaulados se le presenta un diminuto ser vestido de rojo, con capucha, gabuchas y orejas alargadas de ratón.

El duende le pide que le acompañe para curar a su hijo, ya que sólo un humano puede sanarlo de la extraña enfermedad que padece. María no puede negarse al angustioso requerimiento, y acompaña al duende hasta una cercana olivera. Este le manda que cierre los ojos, y que no los abra hasta escuchar el llanto de un niño.

 Cuando María oye el lloro abre los ojos y se encuentra en un salón subterráneo perfectamente iluminado que conduce a una habitación en la que se encuentra acostado el duendín enfermo. Cuando éste se percata de la presencia de María se tira de la cama, se le encadena fuertemente a los pies, le quita las roídas alpargatas, y se pone a chupar con avidez, uno tras otro… ¡los dos dedos gordos de los pies!. Y cuando el enanito enfermo ha lamido la mugre de los pinreles de María se encuentra, de pronto,  sano como una lechuga.

             El padre duende, en agradecimiento, le dice a María que coja como pago cualquier cosa que desee, pero ella, por vergüenza o por pudor, no quiere nada. No obstante, por aquello de no sentirse desagradecido, el duende le llena el mandil con la paja que había en un rincón. Para salir del cubil tiene que cerrar otra vez los ojos. Nuevamente está la Pascualeja junto a la olivera, ahora con el mandil totalmente empajado.

 

–          “Si por lo menos me hubiera dao una embrozá de cebá pa los conejos…, porque ¿pa qué quiero yo la paja?”, se dijo la buena mujer al tiempo de sacudir el delantal.

 

 Y es que si María la Pascualeja leyese Extremadura Secreta sabría de sobra que no hay que tirar la paja ni las astillas que te regalen los seres encantados, sean hadas, brujas o duendes.  Pero como María no nos había leído, llegó a casa y se acostó (al menos por una vez, con los pies limpios).

 Por la mañana, al ponerse el mandil sintió que algo caía al suelo y que tintineaba. Cuando se agachó a recogerlo no podía dar crédito: ¡ Era una paja de oro!.

 Sólo entonces María la Pascualeja comprendió su enorme perdida, al despreciar unas pajas que durante la noche se habían convertido en un auténtico tesoro. Corrió a la olivera, pero allí ya no quedaba nada.

 Y desde entonces María la Pascualeja pasaba las horas muertas sentada junto al viejo portón, esperando que apareciera otra vez el dadivoso duende y que requiriera sus servicios. Lo malo es que los duendes sólo se ponen malos una vez cada cien años, y María la Pascualeja se fue para el cementerio antes de que el duendín volviera a caer enfermo.

Ilustración: Borja González Hoyos

Ilustración: Borja González Hoyos para Extremadura Secreta

 

 Pero María no fue la única vecina de Ahigal que ayudó a un duendín y perdió un tesoro. Porque cuenta el ínclito Domínguez Moreno que una pastora, pariente de tío Desiderio Ratón, para más señas, se encontraba con sus ovejas y su bebé por los aledaños de la Casa de los Moros. Con la modorra de la siesta se sienta bajo una olivera cuando de repente se le presenta un duende saltarín más pequeño que un botijo.

 Le cuenta que se le ha muerto la duenda y ha dejado a su hijo a medio criar, y como no tiene a nadie que lo amamante solicita a la pastora que le de el pecho durante tres semanas.

 Cada día, por tres veces y a las horas convenidas, se acerca la pastora a la entrada de la cueva de la Casa de los Moros, que es donde viven estos diminutos seres, y el duende saca a su duendín para que se alimente.

Al cabo de las tres semanas el duendín esta lustroso y, puesto que ya puede echar mano de otros alimentos, comienza a rechazar el pecho de la pastora. El duende padre, agradecido, quiere pagarle de alguna manera la lactancia y le da un pan, redondo, amarillo y del tamaño de una camilla, recomendándole repetidamente que no lo parta hasta la mañana de San Juan, porque hasta ese día no estará cuajada la masa.

 

“De cumplir mi consejo– añadió-  conseguirás por añadidura una buena fortuna”.

 

Pero la pastora, (que para su desgracia tampoco leía nuestro blog),  no hizo caso a las recomendaciones del duende y no puede soportar la tentación de quitarle un coscurrino al pan una vez llegada a su casa.

Nada más pegarle el mordisco observa con enorme sorpresa que el pan se desinfla  y que por la parte del mordisco sale una ráfaga de aire que arrastraba una especie de polvo amarillo que proviene de su interior y que se esfuma como por ensalmo. Finalmente, la corteza también se pulveriza y desaparece.

 Tarde comprende la pastora que su curiosidad y desobediencia la han privado de una enorme riqueza. De haber esperado a San Juan, el pan del duende se habría convertido en un pan de oro.

 Otros duendes, ya mas creciditos pero niños aun, se entretenían a finales del  siglo XIX  en Calzadilla (no la de los barros, sino la del lagarto) tocando las narices, según cuenta Publio Hurtado,  a una moza del pueblo llamada Cipriana Manzano, cuando iba al por agua la Fuente del Pozo, un manantial ahora perdido, cubierto u olvidado, que se encontraba  a las afueras del pueblo.

Cerca de la fuente se le aparecía, día si, día también,  un duende niño brincando de acá para allá, zascandileando de tal manera que no podía ser alcanzado ni a pedradas.

Este duende niño llegó a ser  el terror de las aguadoras, no porque les hiciese nada, sino por el miedo que daba a las mozas la naturaleza sobrenatural del infante.

 A lo mejor la mágica criatura (y nunca mejor dicho) solo buscaba una amiga. O una madre. O un pie costroso que chupar, cualquiera sabe.

 

 

 

 

Leyendas y creencias de una tierra mágica

Sobre el autor

Periodista especializada en antropología. Entre dioses y monstruos www.lavueltaalmundoen80mitos.com www.extremadurasecreta.com


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