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Israel J. Espino

Extremadura Secreta

Si te pica el alicante, llama al cura y que te cante

 

Ilustración: Borja González

Con esta tajante sentencia aseveraban nuestros abuelos la muerte inexorable del desgraciado al que mordía un “alicante”, otro de estos temibles ofidios legendarios a los que el pueblo teme y la ciencia exonera, como el eslabón. Vive en las  ruinas de las casas abandonadas, en los establos poco cuidados y en los  tejados viejos de pueblos como El Carrascalejo, donde en mis largas tardes de verano infantil encontré más de uno reptando  entre pedazos rojos de cántaros y tejas rotas.

Afirman los entendidos en bichos que en realidad el “alicante” no es más que  la culebra de herradura (Hemorrhois hippocrepis), fácilmente identificable por un dibujo en forma de rosario que atraviesa su dorso. Y no solo no es mortal de necesidad, sino que ni siquiera es venenosa, aunque parace cierto que no duda en atacar cuando se ve acorralada, e incluso emite bufidos y propina latigazos con la cola.

Pero cuando al pueblo se le mete algo en la cabeza no hay quien se lo quite, y al alicante no solo lo han hecho mortífero, sino también ciego, como a otros reptiles casi mágicos que arrastran su vientre por los suelos extremeños. Así, se sigue afirmando aquello de que :

 

“Si la víbora oyera

y el alicante viera

no habría hombre

que al campo saliera.”

No lejos de Carrascalejo, en el pueblo de Mirandilla, se cuenta todavía de boca en boca la historia de “el cúlebre” y una mujer que vivía en un chozo y tenían una hijo pequeño al que amamantaba. El niño no crece, y amanece cada día con escamas en la boca. La pobre mujer deduce que es una “alicante”, quien cada vez que ella se duerme amamantado a la criatura succiona su pecho, introduciendo al mismo tiempo su cola en la boca del pequeño para que no llore. Un buen día decide poner ceniza en el suelo para seguir el rastro de la serpiente. Así encuentran su escondrijo y consiguen matarla, salvando al mismo tiempo la vida de su hijo, casi muerto de inanición.

¿Les suena la historia? Es que ya la contamos en otro artículo, referido a otras bichas, donde contamos además como defenderse de las serpientes mamadoras.

 

 

 

 Y si no quieres arroz, toma dos tazas, porque en Fregenal de la Sierra, en la calle de la Pantaruja, fueron  dos los alicantes que entraron al unísono en la habitación de una mujer lactante y comenzaron, al mismo tiempo, a mamar de sus pechos. No me lo invento yo, que se lo cuenta un anciano del pueblo al antropólogo Ismael Sánchez Expósito con pelos y señales. Menudo espectáculo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Leyendas y creencias de una tierra mágica

Sobre el autor

Periodista especializada en antropología. Entre dioses y monstruos www.lavueltaalmundoen80mitos.com www.extremadurasecreta.com


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