El lunes me levanto temprano. Me da la sensación de no haber dormido apenas, pero es el cansancio acumulado. Alberto viene a recogerme con su nena para llevarme a la Terminal de Ómnibus donde subirme a un bus de “La Encarnacena” que me llevará a Encarnación, al sur del país. Recojo todo en las maletas, pago el hotel (¡un millón y medio de guaraníes!) y desayuno a todo correr. La cocina huele de maravilla y cuando pregunto qué es, la cocinera me saca un platito con chipas pulga.
Los chipas (llamadas las chipás coloquialmente) son unos bollitos de almidón de mandioca y queso paraguay y, en este caso, anís, que están de muerte. Me guardo media docena para el viaje (son muy pequeños, del tamaño de aceitunas gordas), apuro el zumo de naranja y voy a sacar el equipaje de la habitación.
Cuando llegamos a la Terminal, justos de tiempo, compro el billete y subo al bus sin apenas tiempo de fijarme en el lugar. Es grande, y los buses son modernos, de dos pisos. Me tranquiliza que a la maleta se le pone una pegatina con una copia que te dan a ti y que tienes que entregar al bajar para asegurarse de que la entregan a su dueño; es más seguro que los buses españoles, donde todo el mundo va en masa al maletero a recoger su maleta y se confia en el buen hacer de la gente. El bus es más cómodo que los que usaba para viajes similares de Badajoz a Salamanca durante este curso pasado. Van a ser 6 horas.
Cuatro de esas horas me las paso durmiendo. Es muy cómodo, aunque hace frío, y a pesar de haber amanecido en manga corta, tengo que ponerme dos mangas más y taparme con mi manta y el chubasquero. El bus lleva cinturón de seguridad, que no me quito en todo el trayecto, sólo cuando paramos a medio camino para descansar y comer algo en una venta.
El paisaje es espectacular. Las grandes estancias ganaderas con miles y miles de hectáreas en donde pequeños puntos te recuerdan que hay vacas dispersas por los pastos, entre los que se intercalan parches de bosque verde oscuro, y grandes ríos caudalosos que cruzábamos durante largos minutos… Se veían casitas ordenadas, en buen estado, con pinta de pueblos; nada que ver con el desorden de Asunción.
En algún momento sube un chipero con sus cestas de mimbre y los paños blancos inmaculados, y le compro una chipa tras asegurarme que no lleva maíz.
Al final llegamos a Encarnación. Me gusta, me recuerda a Trujillo (Extremadura, España), con negocios, calles limpias y ordenadas… La estación es pequeña; cuando me bajo pregunto por el próximo bus a Ciudad del Este, que me dejará en Bella Vista, una de las Colonias Unidas, donde me recogerán los guardabosques para llevarme a Pro Cosara, uno de los últimos grandes fragmentos del Bosque Atlántico que todavía se conservan. Compro un billete en “El Tigre”, que me asegura que en 10 minutos sale el próximo.
Los diez minutos paraguayos se convierten en media hora, en la que me dedico a observar a la gente que pulula por la estación: vendedores de chipas, de bocadillos, de chuches, de peines, de películas piratas y de todo lo habido y por haber. También había niños, muchos niños, con su maletín de madera de limpiabotas, mirando los pies de la gente y ofreciendo sus servicios. La mayoría de ellos tenía muy pocos años.
El bus de El Tigre ya no era tan moderno ni tan bonito como el de la Encarnacena. Olía a fruta fermentada, y los asientos estaban bastante sucios. Observo cómo suben y bajan los vendedores de gaseosas y de chipas, y cómo el copiloto, que viaja de pie con una mano en el tereré, va entregando paquetes en las paradas.
Al fin llego al restaurante Papillón, en Bella Vista, donde me esperan la educadora ambiental de Pro Cosara, Celia, y uno de los guardabosques, Gregorio, en la camioneta roja de la ONG.
Pero aún queda hacer la compra y llegar a Pro Cosara. El camino no es largo, pero es un camino, y lleva varios días lloviendo, por lo que hay lugares donde el barrizal casi nos hace salirnos y los baches nos hacen rebotar continuamente. Se hace de noche, y la temperatura desciende mucho; aunque estoy tiritando, disfruto del viaje viendo atajacminos (similares a nuestros chotacabras, que de noche cazan insectos en los caminos) y varias lechuzas. Los caminos estaban flanqueados por cañizares y bambuzales que impedían que los caminos se sequen por el día. En algunas partes veo parte de los cultivos por los que atravesamos: es trigo, uno de los cuatro cultivos anuales que se sacan adelante en estas tierras. Gregorio me cuenta que después del trigo se planta maíz, y luego la soja. El cuarto cultivo de de una leguminosa que regenera los campos, y que llaman nabo, pero no es el que se come.
A las 20:30, tras 12 horas de viaje, me bajo de la camioneta. Llevo 12 horas seguidas viajando, y es entonces cuando me doy cuenta de lo cansada que estoy.
Tras ir a visitar a la jefa de la ONG, Christine, decido dejar la actualización del blog para el día siguiente, ceno una tortilla de queso junto a Celia y Gregorio, y me acuesto. Mi habitación es una pequeña cabaña de madera dentro de un hangar. Me acuesto pensando que la manta de mi cama será suficiente, pero a la hora y pico me despierto helada, así que voy a la habitación donde me habían dicho que había más mantas. Con los ojos pegados, aparto lo que parece ser un chaleco antibalas y me quedo con todas las que encuentro, que resulta ser una sola manta, pero muy doblada. La pongo doble sobre mi cama y sumo mi mantita de viaje: en total, 5 capas de manta para poder dormir, además de mi camiseta térmica y un polar. La humedad es criminal.
Y por fin, puedo descansar.