El martes temprano por la mañana salgo con Alberto para ver aves y comprobar su fenología, es decir, la fase en la que están. Aún es final de invierno y todavía no se han activado; la actividad era muy baja, y la temperatura también. Doy todos los días las gracias a mamá por comprarme este pantalón tan bueno y tan calentito; por mucho que pensáramos que quedaba poco de invierno, Parguay se está empeñando en que no me lo pierda.
En el recorrido hemos visto bastantes aves, y he podido ver brevemente lo que es el Bosque Atlántico. Es increíble estar en la selva… me sentía un poco como si estuviera en Pandora.
El sendero discurría primero junto a la pequeña laguna artificial que alimenta el generador eléctrico. Aquí se pueden ver varias especies de cormoranes, pollas de agua y gallinetas, aunque a esa hora tan temprana aún no había muchas. Una neblina suave se levantaba sobre la superficie del agua dispersando el sol dorado, dando un aspecto mágico al amanecer.
Recorrimos el sendero Urutaú, que discurre en buena parte por el Bosque Atlántico para desembocar finalmente en una plantación de exóticas (pino resinero, Pinus pinaster) que ya se está eliminando.
En el camino pudimos escuchar varias especies de aves, pero pude fotografiar pocas. La vegetación a ambos lados era espesa, pero el sendero estaba bastante practicable. Lianas y enredaderas colgaban de las ramas de enormes árboles cubiertos de musgo; árboles milenarios, con grandes raices tabulares que afianzaban su enorme masa al suelo arcilloso. Alberto me dijo que los árboles que quedaban aún de ese tamaño eran porque su madera no era valiosa en el mercado.
El suelo estaba cubierto de hojas y de una pequeña capa de tréboles y otras hierbas rastreras. En cierto momento, un arroyo nos cortaba el camino. Cruzamos con cuidado sobre las piedras cubiertas de musgo, temiendo por nuestros equipos, pero no ocurrió nada.
Entre Alberto y yo llevábamos dos guías de aves, dos cámaras reflex, dos pares de prismáticos, una grabadora de alta fidelidad para grabar cantos, un micro direccional y un altavoz para hacer playback. Esto es especialmente útil cuando quieres atraer a un ave hasta una zona que sea fácil de fotografiar.
Me vino bien que hubiera poca actividad, pues así podía ir aprendiendo sus cantos, sus nombres y su aspecto poco a poco. De vez en cuando nos rodeaban bandadas de pequeños arañuelos coronados (Basileurus culicivorus) que me parecían grupos de limones alados y saltarines.
También tuvimos la suerte de ver un gran trepador oscuro, un ave de más de 25 cm de cabeza a cola, por el tronco de un árbol. Me dio la oportunidad de fotografiarlo varias veces antes de dar un saltito y desaparecer tan silenciosamente como había aparecido.
Finalmente llegamos a la plantación de pinos, donde pude ya quitarme el abrigo y las orejeras. La temperatura había subido fuera del boque, aunque tampoco demasiado.
El invierno se resiste a abandonar estos lares. Mientras, yo disfruto del fresco todo lo que puedo, porque sé que vendrán días más que calurosos.