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Autor: Alista
La Chicharrona de Las Hurdes, Señora de las Matanzas
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Israel J. Espino | 05-12-2017 | 6:02| 6

 

La Chicharrona, bajando de la sierra (Jorge Armestar) GALERIA DE FOTOS

La Chicharrona, bajando de la sierra. (Jorge Armestar) GALERIA DE FOTOS

 

VER GALERÍA COMPLETA AQUÍ  (AUTOR: JORGE ARMESTAR)

Sopla un viento helado y cortante que desciende desde la sierra de las Corujas, una montaña mágica y legendaria en la comarca extremeña de Las Hurdes. Allí, al pie de su cumbre, tiene su gruta la Chancalaera, hermanastra mitológica de la Serrana de la Vera, harpía extremeña mitad mujer y mitad ave que seduce a los hombre para luego matarlos.   Pero hoy la Chancalaera permanece oculta en su guarida, porque quien desciende de la sierra es otra extraña figura femenina: La Chicharrona.

Su nombre, “Chicharrona”, le viene por su relación con uno de los rituales más enraizados en la cultura rural extremeña: La Matanza. Con la ella llegan las mantecas, y con las mantecas del cerdo se hacen los chicharrones, unos deliciosos bollos de harina y azúcar.

Suele encarnarse cada año en alguna vecina hurdana, habitualmente moza de cierta belleza y con las características que la tradición y el legado de los antepasados asignan a este personaje, una mujer de cabellera rubia y larga. Es La Chicharrona una mujerona silvana y mitológica, vestida de pieles de cabra, que cubre su pajiza cabellera con un viejo gorro de piel de zorra o pelo de lobo, y que calza unas enormes “chancáh”, una especie de zuecos o antiguas almadreñas. Lleva las pieles animales sujetas por un cinturón ancho, de donde cuelgan cencerros y calabazas vinateras. En su cuello, grandes collares formado por mazorcas de maíz ya desgranadas y chorizos enroscados.

En sus manos, los símbolos de su poderío: una vejiga de cerdo rellena de agua y un garrote, emblema de la mujer salvaje. En su regazo el símbolo fructificador de un fardel con castañas, nueces e higos pasos. De su zurrón sobresale un pergamino enrollado: La licencia. Y aún trae más en su bolsa encantada: el frío invernal.

 

En el zurrón lleva el frio

Que reparte a manos llenas

Traigamos el aguardiente

Compadre, siga la fiesta

 

Y es que si la Chicharrona baja a las alquerías hurdanas es porque hoy es 8 de diciembre, cristianizado como el día de la Inmaculada Concepción, “La Pura”, La Virgen de las Matanzas. Es el día en que los aires fríos se adueñan de esta parte del mundo, y la fecha indicada desde tiempos inmemoriales para que La Chicharrona descienda de sus dominios mágicos con la licencia para que los humanos puedan iniciar los rituales matanceros.

 

“De entre la nieve branca

abaja la Chicharrona,

licencia trae pa matar

el cebón y la cebona”

 

Antiguamente, cuando La Chicharrona llegaba a la aldea con los primeros rayos del amanecer, la esperaban los niños tocando zambombas hechas con pucheros viejos o haciendo sonar tapaderas de latón y ruidosos cencerros. La señora de las Matanzas lanzaba al aire los frutos secos, y perseguía con sus rústicas armas a los chavales que se burlaban de ella.

 

Los vecinos reciben a la Chicharrona con antiguos cantares (Jorge Armestar) GALERIA DE FOTOS

Los vecinos reciben a la Chicharrona con antiguos cantares (Jorge Armestar) GALERIA DE FOTOS

Ahora que ya casi no quedan niños que la esperen le sale al paso el tamborilero, y en las calles del pueblo la reciben los ancianos con coplas vetustas y antiguas tonadas que hablan del frío seco que trae la Dama Salvaje, de las alquerías hurdanas, de la sierra mágica y del momento mítico en el que los dos mundos se encuentran. Y somos los adultos, lugareños y foráneos, los que nos acercamos a besar a La Chicharrona, con el convencimiento de que traerá suerte a nuestras vidas y carne a nuestras despensas.

Antiguamente los muchachos recorrían las casas recolectando comida para la “jogará”, la hoguera comunitaria, en la que se asaban patatas, chorizos en aceite y restos de la matanza anterior.

Los vecinos besan a la Chicharrona, en el convencimiento de que les traerá fortuna y condumio (Jorge Armestar) GALERIA DE FOTOS

Los vecinos besan a la Chicharrona, en el convencimiento de que les traerá fortuna y condumio (Jorge Armestar) GALERIA DE FOTOS

Este año se ha escoltado a La Chicharrona hasta la era de lanchas de la alquería de El Mesegal, que con tan buena voluntad limpiaron los vecinos de la aldea. Allí la aguarda El Chicharrón, macho cabrío antropomorfo ataviado con pieles y coronado por cuernos que comienza un lúbrico cortejo que cristaliza en una danza ancestral al son de la gaita y el tamboril.

Danza lúbrica y ancestral entre el Chicharrón y la Chicharrona (Jorge Armestar) GALERIA DE FOTOS

Danza lúbrica y ancestral entre el Chicharrón y la Chicharrona (Jorge Armestar) GALERIA DE FOTOS

Ya no quedan muchachos que corran por las calles haciendo resonar los valles con ruido de cencerros, entrechocar de latas y estrépito de zambombas, ya no crece el clamor cuando la noche cae sobre las casas hurdanas, porque el ruido, de todos era sabido, espantaba a las brujas para que no vinieran “a maliciar la chacina”.

Dicen que todavía quedan casas en las que, cuando la oscuridad y la noche ya se han enseñoreado de los valles hurdanos, se hacen los “seranos” las tertulias nocturnas donde se cuentan cuentos y se cantan coplas.

Y ya en la noche cerrada, cuando las últimas luces se apagan y el silencio se adueña de la aldea, los hombres duermen, pero los ritos no acaban. Porque en algunas viviendas “dejaban un pote de castañas cocidas con un cacho de tocino, arrimado a la lumbre. Y es que decían -cuenta Félix Barroso, etnógrafo y rescatador de tradiciones hurdanas- que, cuando todos estaban dormidos, entraba La  Chicharrona a cenar en las casas. Había que tenerla contenta para que el año próximo también trajera la licencia y el tiempo frío y seco para poder hacer las matanzas”.

Este ritual, curiosamente, tiene una enorme similitud con otros que hemos encontrado durante la Edad Media en lugares tan alejados como Centroeuropa, antiguos ritos italogermánicos en los que las familias depositaban ciertas noches del año comida y bebida para la Dama Abundia, con el convencimiento de que con este ágape nocturno se ganarían la benevolencia de las Buenas Damas y la abundancia de la familia para todo un año.

Pero del Cortejo de las Damas Buenas hablaremos en otra ocasión. Con la licencia, por supuesto, de La Chicharrona. Faltaría más.

 

 

 

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la Tía Cabalganta, una asesina en serie de leyenda
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Israel J. Espino | 14-09-2017 | 9:05| 6

 

Ilustración: Borja González

Ilustración: Borja González

Unas tienen la fama y otras cardan la lana. Y es que si hablamos de mujeres  extremeñas que asesinan a un hombre después de otro en venganza por un abandono amoroso, pronto se nos viene a la cabeza el arquetipo por excelencia: la Serrana de la Vera.

 

Sin embargo, la provincia de Badajoz también tiene su propia “serial killer”, a la que todavía se recuerda en el pueblo de Táliga en las noches de tormenta y de cuyo molino aún quedan en pie algunos muros entre higueras salvajes.

La Tía Cabalganta, cuyo nombre real se ha perdido en el tiempo, era una joven hermosa y divertida que tuvo la mala fortuna de enamorarse de un forastero que apareció en el pueblo durante las fiestas patronales de Táliga. Tras muchas promesas de amor eterno y de matrimonio inmediato, el forastero desapareció una mala mañana, abandonándola ultrajada y con el corazón roto.

Desde entonces, despreciada y rechazada por los vecinos del pueblo a causa de un sentido del honor mal entendido, fue mudando el carácter, los modales y la personalidad, llegando a ser temida y aborrecida por sus convecinos.

La Tía Cabalganta decidió abandonar el pueblo y establecerse en un molino abandonado junto a la rivera de Táliga. Allí buscó una nueva vida, aislada del resto del mundo y adquiriendo un carácter cada vez más hostil. Según cuentan los pastores, ganaderos y habitantes de cortijos cercanos, solían verla recogiendo productos del campo para calmar el hambre. Incluso alguno llegó a afirmar que era frecuente verla frente al molino con un gran caldero, a la luz de la luna llena, musitando conjuros y elaborando pócimas, lo que le acarreó en los contornos la única mala fama que le faltaba: la de bruja.

Lo cierto es que su resquemor hacia los hombres se convirtió en inquina y odio hacia los forasteros, y parece ser que habilitó una de las habitaciones del molino, ubicado en el camino que va de Higuera de Vargas a Barcarrota, para recoger a los viajantes que por allí pasaban.

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El molino de la Tía Cabalganta, en Táliga (Israel J. Espino)

 

Muchos fueron los que pensaron que era su día de suerte cuando encontraron cama limpia y posadera hermosa, pero ninguno, según la leyenda, salió con vida de aquel lugar. Antes del alba, la Tía Cabalganta los degollaba. Después, los enterraba en un huerto cercano.

Cuenta que fueron quince los hombres asesinados por la Tía Cabalganta, y que los frutos del huerto eran los más hermosos de la zona, y aunque en el pueblo se murmuraba sobre las desapariciones del molino, nadie se atrevió a denunciarla por miedo a su supuesta condición de bruja.

Pero el miedo de los vecinos desapareció una fría noche de tormenta junto a La Tía Cabalganta. Cuentan que los relámpagos y los truenos hacían tambalearse los cielos negros, y       que la lluvia caía tan fuerte que parecía que se habían abierto las compuertas del infierno.

Nadie sabe que ocurrió con ella, pero tampoco nadie volvió a verla con vida. Algunos afirman que un rayo justiciero la calcinó; Para otros, se ahogó con la crecida de la rivera, y la corriente impetuosa se llevó lejos su cuerpo, aunque no su recuerdo.

Porque tiempo después, un vecino que se dirigía a su trabajo afirmó haber visto, junto al huerto donde enterraba a sus víctimas, a una mujer esbelta y hermosa, con los vestidos convertidos en jirones, huyendo entre los matorrales perseguida por los espectros de unos cuerpos degollados.

 

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Encantadas de San Juan: La Velasca
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Israel J. Espino | 22-06-2017 | 11:50| 6

 

 

Borja Gonzalez ilustrador

Ilustración: Borja Gónzalez

Las aguas de la fuente de la Velasca, o de San Blasco (como se la llamó en tiempos remotos) fluyen a la vera de la cañada del Moro, a la búsqueda del arroyo del Buey, discurriendo por una vaguada cercana a la ermita que entonces llamaban de San Blas, y hoy de San Roque. Hay que salir por esta calle de Cabeza del Buey, cruzar la carretera y tomar un camino de tierra llamado “camino de la Velasca”. Unos metros antes de llegar a la depuradora, sale un pequeño sendero a la derecha que lleva directamente a la fuente encantada.

El lugar es solitario y algo mágico, especialmente cuando el sol comienza a descender y los oscuros nubarrones anuncian tormenta sobre la sierra del Pedregoso.

En esta fuente encantada, vive un mora maldita por su padre, mago iracundo, una mora cuya leyenda  el poeta Manuel José Quintana recoge en un romance de 1826, en el que cuenta como el pastor Silvio, pese a las advertencias que le hacen los más ancianos del lugar, permite que la noche lo sorprenda junto a la fuente. De repente, del pozo comienza a surgir una bruma, y de la bruma la figura tumbada de una bella agarena que con la media luna brillando en sus cabellos, dormita sobre una hermosa alfombra árabe digna de las Mil y Una Noches. A medida que la mora despierta de su largo sueño, su figura se torna cada vez más sólida y perfecta. La encantada le suplica al pastor que la salve, entregándose a ella en el pozo. Le ofrece riquezas, amor y placeres, y el pobre Silvio, obnubilado por esos ojos negros, se arroja a los brazos de la bella mora. Su grito y su chapoteo desesperado en las oscuras aguas del pozo son los últimos sonidos que se escuchan en el silencio de la noche…

La fuente de la Velasca (A. Briz)

La fuente de la Velasca (A. Briz)

Otras voces afirman que la bella muchacha es una joven musulmana a la que un rey cristiano hizo prisionera. Cuenta la leyenda con ribetes de cantamora y sirena que una noche de invierno, aprovechando la oscuridad y la ausencia de su dueño, se decide a escapar del castillo. Aterida de frío, vaga toda la noche.

Al amanecer, unos labradores de la zona comprueban que sus mulas se espantan cuando se acercaban a un pozo sin brocal. Acuden, atraídos por la curiosidad, y descubren unos hermosos vestidos de mujer flotando en sus aguas.

Desde aquel día cuentan que en las noches de San Juan se escucha un irresistible canto de mujer, que atrae la atención de los incautos que osan acercarse por la zona y los llama desde las aguas oscuras del pozo de la Velasca.  Y se afirma que pocos han sobrevivido para contarlo, porque atrapados y trastornados por el encanto de su voz y la belleza de su figura, se ven impulsados a lanzarse tras ella a la quietud de sus aguas.

Plaza de la fuente de Cabeza del Buey (A. Briz)

Plaza de la fuente de Cabeza del Buey (A. Briz)

A principios del siglo XIX nuestro querido  Publio Hurtado asciende a la mora Velasca a la categoría de reina, y le asigna una dedicación exclusiva: bordar unas babuchas para el profeta Mahoma,  pero con una labor tan minuciosa y delicada que tendrá tarea hasta el día del fin del mundo.

En Cabeza del Buey todavía se habla de la mora encantada, y algunas ancianas del pueblo, le contaron a Manuel Garrido Palacios cómo unos ladrones murieron del susto al ser testigos de la aparición de la encantada, y de como un gracioso que se dedicaba a hacerse pasar por la moracantana  para asustar a las mozas que iban a por agua,  terminó desapareciendo un día como por arte de magia. En el pueblo no dudaron ni por un momento que había sido la mora la que se lo había llevado…

Otra versión la cuenta el cronista oficial de Cabeza del buey , Vicente Serrano, quien  afirmaba que ni reina mora ni morita de a pie. Que las habitantes del Pozo son tres princesas hijas de un rey moro y de una cristiana prisionera, princesa también para más señas.

El abuelo cristiano de las niñas, rey castellano, enterado de su existencia, decide mandar a tres caballeros para rescatarlas de las garras musulmanas. Disfrazados de árabes, consiguen sacarlas de la fortaleza y huyen con ellas camino de Castilla. El amor no tarda en surgir entre las doncellas y los caballeros, pero el rey moro, enterado por sus astrólogos y magos del rapto de sus hijas, consigue darlos alcance justo al lado del pozo que nos ocupa. Viendo el rey lo felices que se encuentran sus hijas con los cristianos y su enconada oposición a volver al castillo, las arroja al pozo y las maldice :

– ¡Vivid en espíritu, tened esa fuente como cárcel, consumíos en deseos, mostraos sólo de noche y que quien os viere se espante, hasta que alguien predestinado os liberte del encanto y os saque de ella!

Cuentan que tras la Reconquista  apareció un antiguo pergamino contaba el secreto para deshacer la maldición de las tres princesas moras hechizadas en la fuente. Sólo se las puede desencantar tres amigos valientes que se acerquen a la fuente en la noche de San Juan, pronunciando, cada uno,  una de las frases mágicas que llevan implícito el nombre cristiano de las princesas:

 

-Ana, tu madre me manda.

-María, tu madre me envía.

-Inés, salid las tres.

 

Una última versión afirma que en una ocasión tres mozos llegaron a desencantarlas de esta manera, y que las princesas emergieron por ese orden de su cárcel acuática, y bailaron y danzaron bajo la luna y las estrellas, sobre el agua, como hacían , en ese mismo instantes, y a más de 30 leguas de distancia, las encantás de Montijo.

Pero cuentan que al ir a bautizarlas, desaparecieron en la nada.

Y con ellas, el hechizo de la fuente de la Velasca.

 

 

 

 

 

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El diablo anda suelto en Las Hurdes
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Israel J. Espino | 06-04-2017 | 10:33| 6

Ilustración: Borja González

 

Las Hurdes es una comarca mágica en las que los seres mitológicos, aún hoy, parecen  campar a sus anchas. Algunos, como el Macho Lanú, o las lamias, de los que ya hemos hablado en otra ocasión,  tienen una parte diabólica, aunque sea las patas o los cuernos, pero poca gente sabe que el mismo Diablo (o al menos su arquetipo)  sigue apareciéndose a los extremeños en los intricados valles de esta tierra legendaria.

No es nada nuevo. Ya en   1600 el carmelita Juan Nieremberg en su “Curiosa Philosophiae”, cuenta, refiriéndose a la comarca de las Hurdes,  que:

“Existe en este reino un áspero valle infestado de demonios, un lugar que los pastores creen habitado por salvajes, gente ni vista ni oída de lengua, de usos distintos a los nuestros, que andan desnudos y piensan ser solos en la Tierra. Algún testigo declaró haberles oído voces góticas y otras imposibles de entender.”

De hecho, en las crónicas carmelitanas se han conservado casos de ermitaños luchando con el demonio, y el cronista Padre José de Santa Teresa cuenta el ataque del demonio a un ermitaño.

Hasta México llegaron noticias de la obra del maligno contra los ermitaños de las Batuecas. El carmelita Juan de Jesús María Robles, cuenta en su “Guía Interior”, escrita hacia 1636, algunos casos de obsesión demoniaca en el desierto de las Batuecas desconocidos para los cronistas españoles.

 Y lo espectacular es que el Diablo se sigue apareciendo. En 2013, investigando en Las Hurdes, Luis Guerrero, de Casares, me contaba como su amigo el Tío Juanito venía de Asegur y se sentó, cansado como estaba, en el límite de los pueblos, sobre un guijarro. Encendió el yesquero, prendió el cigarro y de pronto “se le aparece al lado un tío negro, silencioso”. El Tío Juanito lo mira y comprende inmediatamente que no es de este mundo. Arroja al suelo el cigarro recién encendido, y echa a correr hacia el pueblo mientras un estruendo atrona el valle. Sus gritos resuenan en las escarpadas rocas:

 

–       ¡Cabrón!… Es el diabloooo!!!!

La Tía Clementina llegó a ver a dos diablos en una noche (Angel Briz)

 La tía Clementina también me contó, al día siguiente, como ella se encontró no con uno, sino con dos diablos en el valle de Aceitunilla. Negros como la pez, con dos cuernos enormes y ojos como ascuas encendidas. Ella se encomendó a la virgen y a todos los santos y pudo pasar entre ellos. Ahora, a sus casi cien años, asegura convencida que de no haberlo hecho ahora estaría muerta.

Su marido había muerto y Clementina volvía con su hermano Evaristo de Hervás. Era ya la una de la noche. Al llegar a Nuñomoral su hermano le ofreció colchón en su casa, pero Clementina, teniendo a los hijos pequeños durmiendosolos en Aceitunilla, y temiendo que se quemasen porque dormían al lado de la lumbre, decidió subir a pesar de las horas.

Según se sale del pueblo, en el barrio de la Loba, ve en un lombo unas “hogueras de lumbre” en un trozo de olivo.  Clementina me mira a los ojos y recuerda:

– “Llegando a la curva me entraron unos escalofríos por el cuerpo…y me decía el pensamiento: Rece usted el Padrenuestro y la Salve y acuérdese usted de la Virgen de la Peña y del Dios del Cielo, porque la matan esta noche”.

La mujer llevaba una bolsa de ajos en las manos, y en el valle vio “dos hombres, uno a cada lado, con dos cuernos enormes, negros cono la pez… aquello no era cosa buena. Se veían cuatro ojos grandes, y yo decía, ¡Dios mío! ¿Cómo pasaré yo por allí?…”

Clementina rememora y menea la cabeza, como si todavía se estuviese enfrentando a ese dilema:

–           “Yo pase temblando con los ajos en la mano, y cuando pase y llegue a la prensa se me podía torcer la ropa, y salía sudor como si hubiese salido de un charco… Ahí no hay cosa buena, en ese valle…”.

La carretera hacia Aceitunilla, escenario de numerosos encuentros (A. Briz)

Pero no solo Clementina vio al Diablo. Su cuñado Borrajera también lo vio. Fue a hacer carbón y en la Sierra, en la Bodoya, cuando escuchó unos lamentos o ruidos. Sin pensarlo, contestó a las voces. De pronto, un estruendo que iba destrozando las jaras avanzó raudo hasta el. Y apareció un hombre alto, negro como la pez y con dos cuernos, que comenzó a tirarle encima las cepas y el carbón que llevaba. Su cuñado se tapó con el pan que llevaba, y no se atrevió asomar la cabeza hasta que aclaro el día. “El diablo le dijo que no volviese nunca mas a hacerle burlas, y que se libraba porque venía el día”, me contaba Clementina. Su cuñado, al volver, pálido y demudado, contó la historia, enfermó y al poco tiempo murió.

El Tío Cristino de El Gasco también recordaba como a un vecino suyo se le apareció el demonio en una carbonera. Era muy negro y tenía las uñas largas, y no se fue de su lado hasta que amaneció.

El marido de Araceli también se encontró con el diablo (Israel J. Espino)

Son numerosos los encuentros con el demonio en las abruptas y bellas tierras de Las Hurdes. Araceli A. , de Asegur, me confirmaba que había habido muchas personas que habían visto a ese extraño ser. Incluso su marido, cuando venía de enterrar a un hijo suyo, se había encontrado en la carretera de Aceitunilla con luces misteriosas y con “con un tío negro como la pez”. Ella tiene claro que hay momentos en los que es mejor no recorrer los caminos:

–        “Y es que hay horas malas en el día y horas malas en la noche, sabe usted…”

 

 

Asiento con la cabeza ante su sabiduría popular, sin saber realmente cuales son las horas buenas, aunque intuyo las malas…

 Y es que los hurdanos, repletos de sapiencias ancestrales, saben más por viejos que por diablos. Mucho más.

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Santa Lucía del Trampal, el santuario celta de la diosa Ataecina
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Israel J. Espino | 12-02-2017 | 8:58| 6

Pocos lugares hay en  España que derrochen tanta magia como el enclave en el que se levanta la basílica visigoda de Santa Lucía del Trampal, sacralizado desde antiguo a las diosas del inframundo.

Adaegina o Ataecina era una diosa infernal adorada por los antiguos íberos, lusitanos, y celtíberos, una de las deidades ibéricas más importantes. Era la diosa del renacer, la fertilidad, la naturaleza, la luna y la curación, a la vez una diosa madre de la muerte y de la regeneración, del renacimiento y de la vuelta a la vida, diosa telúrica relacionada con el mundo subterráneo o infernal, cuyos poderes curativos y fértiles se manifiestan a través de las aguas subterráneas de determinadas fuentes o manantiales de orígenes profundos.

En Extremadura, región con grandes influencias célticas, existen numerosos lugares donde está clara esta vinculación de Adaegina o Ataecina con el agua de determinadas fuentes a las que se han atribuido desde entonces ciertas propiedades sanadoras o de la fertilidad.

 El lugar dónde se han encontrado el mayor número de dedicatorias a esta diosa céltica (medio centenar) es en los muros, suelos y alrededores inmediatos de la ermita visigoda de Santa Lucía del Trampal, cercana a la localidad cacereña de Alcuéscar, evidentemente levantada en el mismo lugar donde existió un antiguo santuario dedicado a la Dea Sancta Adaegina,  un lugar sagrado que posteriormente fue cristianizado en el siglo VI d. C.

Muchos santuarios indígenas se situaban en enclaves naturales de especial belleza, como este, que pudo haber sido un santuario a cielo abierto, en plena dehesa, limitado tan solo por una cerca de piedra que lo rodeaba.

Exvoto a Ataecina (Angel Briz)

Allí se colocaban las aras, sencillos altares de piedras con un texto grabado, con la figurita de una cabra sobre ellas, símbolo de la diosa, y a sus pies era sacrificado el animal para ser después consumido durante la fiesta religiosa. La cabra, exvoto a esta diosa prerromana y telúrica, se ha encontrado en otros parajes extremeños tan mágicos como Los Barruecos.

Posible ara celta en Santa Lucía del Trampal (Angel Briz)

Una de estas aras se encuentra en la actualidad en una de las paredes exteriores de Santa Lucía, formando parte del santuario cristiano, evidenciando el sincretismo de creencias que tanto abunda en estas tierras.

No es casualidad que por encima de la ermita visigoda de “El Trampal” aflore un caudaloso manantial de aguas termominerales, al que acuden muchas personas de la comarca para llevársela, convencidos de sus poderes curativos y sanadores, y que según cuentan los lugareños, antiguamente servía al pantano de Proserpina, en Mérida. Y Proserpina, nada casualmente,era el nombre romano de la diosa  Ataecina, a la que se veneraba en el Trampal.

Basílica visigoda de Santa Lucía del Trampal (Angel Briz)

Sin saberse aún el porqué, el monasterio fue abandonado en torno al año 850, tal vez debido a una conversión general al islamismo, ya que se relaciona con este momento un hallazgo de difícil explicación: una sepultura de rito islámico en el crucero de la iglesia.

Abandonado el monasterio se inició la ruina de su iglesia, permaneciendo olvidada durante cuatrocientos años. Tras la reconquista del territorio en el año 1230 todavía pasó siglo y medio hasta que, en época gótica, un nuevo monasterio recuperó la explotación agrícola y recuperó la iglesia. Se repusieron en granito las columnas del crucero, se cubrió la nave con una armadura sobre nuevos arcos y se construyó una capilla funeraria.

El proceso definitivo de ruina de Santa Lucía del Trampal procede, siglos después con la desamortización de Mendizábal, de tal manera que a mediados del siglo XX el único empleo del edificio era el de establo y choza para refugio de campesinos.

Hasta los años ochenta del siglo XX esta iglesia, derrumbada y oculta, había pasado casi completamente desapercibida como una ruina que yacía en un valle rodeada de vegetación. Sin embargo, aunque abandonada, no era desconocida, puesto que hace décadas se hacían romerías desde el pueblo.

Y es que la memoria popular no olvida tan fácilmente a sus dioses.

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Sobre el autor Israel J. Espino
Periodista especializada en antropología Entre dioses y monstruos http://extremadurasecreta.com/

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