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Autor: Alista
la Tía Cabalganta, una asesina en serie de leyenda
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Israel J. Espino | 14-09-2017 | 9:05| 6

 

Ilustración: Borja González

Ilustración: Borja González

Unas tienen la fama y otras cardan la lana. Y es que si hablamos de mujeres  extremeñas que asesinan a un hombre después de otro en venganza por un abandono amoroso, pronto se nos viene a la cabeza el arquetipo por excelencia: la Serrana de la Vera.

 

Sin embargo, la provincia de Badajoz también tiene su propia “serial killer”, a la que todavía se recuerda en el pueblo de Táliga en las noches de tormenta y de cuyo molino aún quedan en pie algunos muros entre higueras salvajes.

La Tía Cabalganta, cuyo nombre real se ha perdido en el tiempo, era una joven hermosa y divertida que tuvo la mala fortuna de enamorarse de un forastero que apareció en el pueblo durante las fiestas patronales de Táliga. Tras muchas promesas de amor eterno y de matrimonio inmediato, el forastero desapareció una mala mañana, abandonándola ultrajada y con el corazón roto.

Desde entonces, despreciada y rechazada por los vecinos del pueblo a causa de un sentido del honor mal entendido, fue mudando el carácter, los modales y la personalidad, llegando a ser temida y aborrecida por sus convecinos.

La Tía Cabalganta decidió abandonar el pueblo y establecerse en un molino abandonado junto a la rivera de Táliga. Allí buscó una nueva vida, aislada del resto del mundo y adquiriendo un carácter cada vez más hostil. Según cuentan los pastores, ganaderos y habitantes de cortijos cercanos, solían verla recogiendo productos del campo para calmar el hambre. Incluso alguno llegó a afirmar que era frecuente verla frente al molino con un gran caldero, a la luz de la luna llena, musitando conjuros y elaborando pócimas, lo que le acarreó en los contornos la única mala fama que le faltaba: la de bruja.

Lo cierto es que su resquemor hacia los hombres se convirtió en inquina y odio hacia los forasteros, y parece ser que habilitó una de las habitaciones del molino, ubicado en el camino que va de Higuera de Vargas a Barcarrota, para recoger a los viajantes que por allí pasaban.

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El molino de la Tía Cabalganta, en Táliga (Israel J. Espino)

 

Muchos fueron los que pensaron que era su día de suerte cuando encontraron cama limpia y posadera hermosa, pero ninguno, según la leyenda, salió con vida de aquel lugar. Antes del alba, la Tía Cabalganta los degollaba. Después, los enterraba en un huerto cercano.

Cuenta que fueron quince los hombres asesinados por la Tía Cabalganta, y que los frutos del huerto eran los más hermosos de la zona, y aunque en el pueblo se murmuraba sobre las desapariciones del molino, nadie se atrevió a denunciarla por miedo a su supuesta condición de bruja.

Pero el miedo de los vecinos desapareció una fría noche de tormenta junto a La Tía Cabalganta. Cuentan que los relámpagos y los truenos hacían tambalearse los cielos negros, y       que la lluvia caía tan fuerte que parecía que se habían abierto las compuertas del infierno.

Nadie sabe que ocurrió con ella, pero tampoco nadie volvió a verla con vida. Algunos afirman que un rayo justiciero la calcinó; Para otros, se ahogó con la crecida de la rivera, y la corriente impetuosa se llevó lejos su cuerpo, aunque no su recuerdo.

Porque tiempo después, un vecino que se dirigía a su trabajo afirmó haber visto, junto al huerto donde enterraba a sus víctimas, a una mujer esbelta y hermosa, con los vestidos convertidos en jirones, huyendo entre los matorrales perseguida por los espectros de unos cuerpos degollados.

 

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Encantadas de San Juan: La Velasca
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Israel J. Espino | 22-06-2017 | 11:50| 6

 

 

Borja Gonzalez ilustrador

Ilustración: Borja Gónzalez

Las aguas de la fuente de la Velasca, o de San Blasco (como se la llamó en tiempos remotos) fluyen a la vera de la cañada del Moro, a la búsqueda del arroyo del Buey, discurriendo por una vaguada cercana a la ermita que entonces llamaban de San Blas, y hoy de San Roque. Hay que salir por esta calle de Cabeza del Buey, cruzar la carretera y tomar un camino de tierra llamado “camino de la Velasca”. Unos metros antes de llegar a la depuradora, sale un pequeño sendero a la derecha que lleva directamente a la fuente encantada.

El lugar es solitario y algo mágico, especialmente cuando el sol comienza a descender y los oscuros nubarrones anuncian tormenta sobre la sierra del Pedregoso.

En esta fuente encantada, vive un mora maldita por su padre, mago iracundo, una mora cuya leyenda  el poeta Manuel José Quintana recoge en un romance de 1826, en el que cuenta como el pastor Silvio, pese a las advertencias que le hacen los más ancianos del lugar, permite que la noche lo sorprenda junto a la fuente. De repente, del pozo comienza a surgir una bruma, y de la bruma la figura tumbada de una bella agarena que con la media luna brillando en sus cabellos, dormita sobre una hermosa alfombra árabe digna de las Mil y Una Noches. A medida que la mora despierta de su largo sueño, su figura se torna cada vez más sólida y perfecta. La encantada le suplica al pastor que la salve, entregándose a ella en el pozo. Le ofrece riquezas, amor y placeres, y el pobre Silvio, obnubilado por esos ojos negros, se arroja a los brazos de la bella mora. Su grito y su chapoteo desesperado en las oscuras aguas del pozo son los últimos sonidos que se escuchan en el silencio de la noche…

La fuente de la Velasca (A. Briz)

La fuente de la Velasca (A. Briz)

Otras voces afirman que la bella muchacha es una joven musulmana a la que un rey cristiano hizo prisionera. Cuenta la leyenda con ribetes de cantamora y sirena que una noche de invierno, aprovechando la oscuridad y la ausencia de su dueño, se decide a escapar del castillo. Aterida de frío, vaga toda la noche.

Al amanecer, unos labradores de la zona comprueban que sus mulas se espantan cuando se acercaban a un pozo sin brocal. Acuden, atraídos por la curiosidad, y descubren unos hermosos vestidos de mujer flotando en sus aguas.

Desde aquel día cuentan que en las noches de San Juan se escucha un irresistible canto de mujer, que atrae la atención de los incautos que osan acercarse por la zona y los llama desde las aguas oscuras del pozo de la Velasca.  Y se afirma que pocos han sobrevivido para contarlo, porque atrapados y trastornados por el encanto de su voz y la belleza de su figura, se ven impulsados a lanzarse tras ella a la quietud de sus aguas.

Plaza de la fuente de Cabeza del Buey (A. Briz)

Plaza de la fuente de Cabeza del Buey (A. Briz)

A principios del siglo XIX nuestro querido  Publio Hurtado asciende a la mora Velasca a la categoría de reina, y le asigna una dedicación exclusiva: bordar unas babuchas para el profeta Mahoma,  pero con una labor tan minuciosa y delicada que tendrá tarea hasta el día del fin del mundo.

En Cabeza del Buey todavía se habla de la mora encantada, y algunas ancianas del pueblo, le contaron a Manuel Garrido Palacios cómo unos ladrones murieron del susto al ser testigos de la aparición de la encantada, y de como un gracioso que se dedicaba a hacerse pasar por la moracantana  para asustar a las mozas que iban a por agua,  terminó desapareciendo un día como por arte de magia. En el pueblo no dudaron ni por un momento que había sido la mora la que se lo había llevado…

Otra versión la cuenta el cronista oficial de Cabeza del buey , Vicente Serrano, quien  afirmaba que ni reina mora ni morita de a pie. Que las habitantes del Pozo son tres princesas hijas de un rey moro y de una cristiana prisionera, princesa también para más señas.

El abuelo cristiano de las niñas, rey castellano, enterado de su existencia, decide mandar a tres caballeros para rescatarlas de las garras musulmanas. Disfrazados de árabes, consiguen sacarlas de la fortaleza y huyen con ellas camino de Castilla. El amor no tarda en surgir entre las doncellas y los caballeros, pero el rey moro, enterado por sus astrólogos y magos del rapto de sus hijas, consigue darlos alcance justo al lado del pozo que nos ocupa. Viendo el rey lo felices que se encuentran sus hijas con los cristianos y su enconada oposición a volver al castillo, las arroja al pozo y las maldice :

– ¡Vivid en espíritu, tened esa fuente como cárcel, consumíos en deseos, mostraos sólo de noche y que quien os viere se espante, hasta que alguien predestinado os liberte del encanto y os saque de ella!

Cuentan que tras la Reconquista  apareció un antiguo pergamino contaba el secreto para deshacer la maldición de las tres princesas moras hechizadas en la fuente. Sólo se las puede desencantar tres amigos valientes que se acerquen a la fuente en la noche de San Juan, pronunciando, cada uno,  una de las frases mágicas que llevan implícito el nombre cristiano de las princesas:

 

-Ana, tu madre me manda.

-María, tu madre me envía.

-Inés, salid las tres.

 

Una última versión afirma que en una ocasión tres mozos llegaron a desencantarlas de esta manera, y que las princesas emergieron por ese orden de su cárcel acuática, y bailaron y danzaron bajo la luna y las estrellas, sobre el agua, como hacían , en ese mismo instantes, y a más de 30 leguas de distancia, las encantás de Montijo.

Pero cuentan que al ir a bautizarlas, desaparecieron en la nada.

Y con ellas, el hechizo de la fuente de la Velasca.

 

 

 

 

 

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El diablo anda suelto en Las Hurdes
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Israel J. Espino | 06-04-2017 | 10:33| 6

Ilustración: Borja González

 

Las Hurdes es una comarca mágica en las que los seres mitológicos, aún hoy, parecen  campar a sus anchas. Algunos, como el Macho Lanú, o las lamias, de los que ya hemos hablado en otra ocasión,  tienen una parte diabólica, aunque sea las patas o los cuernos, pero poca gente sabe que el mismo Diablo (o al menos su arquetipo)  sigue apareciéndose a los extremeños en los intricados valles de esta tierra legendaria.

No es nada nuevo. Ya en   1600 el carmelita Juan Nieremberg en su “Curiosa Philosophiae”, cuenta, refiriéndose a la comarca de las Hurdes,  que:

“Existe en este reino un áspero valle infestado de demonios, un lugar que los pastores creen habitado por salvajes, gente ni vista ni oída de lengua, de usos distintos a los nuestros, que andan desnudos y piensan ser solos en la Tierra. Algún testigo declaró haberles oído voces góticas y otras imposibles de entender.”

De hecho, en las crónicas carmelitanas se han conservado casos de ermitaños luchando con el demonio, y el cronista Padre José de Santa Teresa cuenta el ataque del demonio a un ermitaño.

Hasta México llegaron noticias de la obra del maligno contra los ermitaños de las Batuecas. El carmelita Juan de Jesús María Robles, cuenta en su “Guía Interior”, escrita hacia 1636, algunos casos de obsesión demoniaca en el desierto de las Batuecas desconocidos para los cronistas españoles.

 Y lo espectacular es que el Diablo se sigue apareciendo. En 2013, investigando en Las Hurdes, Luis Guerrero, de Casares, me contaba como su amigo el Tío Juanito venía de Asegur y se sentó, cansado como estaba, en el límite de los pueblos, sobre un guijarro. Encendió el yesquero, prendió el cigarro y de pronto “se le aparece al lado un tío negro, silencioso”. El Tío Juanito lo mira y comprende inmediatamente que no es de este mundo. Arroja al suelo el cigarro recién encendido, y echa a correr hacia el pueblo mientras un estruendo atrona el valle. Sus gritos resuenan en las escarpadas rocas:

 

–       ¡Cabrón!… Es el diabloooo!!!!

La Tía Clementina llegó a ver a dos diablos en una noche (Angel Briz)

 La tía Clementina también me contó, al día siguiente, como ella se encontró no con uno, sino con dos diablos en el valle de Aceitunilla. Negros como la pez, con dos cuernos enormes y ojos como ascuas encendidas. Ella se encomendó a la virgen y a todos los santos y pudo pasar entre ellos. Ahora, a sus casi cien años, asegura convencida que de no haberlo hecho ahora estaría muerta.

Su marido había muerto y Clementina volvía con su hermano Evaristo de Hervás. Era ya la una de la noche. Al llegar a Nuñomoral su hermano le ofreció colchón en su casa, pero Clementina, teniendo a los hijos pequeños durmiendosolos en Aceitunilla, y temiendo que se quemasen porque dormían al lado de la lumbre, decidió subir a pesar de las horas.

Según se sale del pueblo, en el barrio de la Loba, ve en un lombo unas “hogueras de lumbre” en un trozo de olivo.  Clementina me mira a los ojos y recuerda:

– “Llegando a la curva me entraron unos escalofríos por el cuerpo…y me decía el pensamiento: Rece usted el Padrenuestro y la Salve y acuérdese usted de la Virgen de la Peña y del Dios del Cielo, porque la matan esta noche”.

La mujer llevaba una bolsa de ajos en las manos, y en el valle vio “dos hombres, uno a cada lado, con dos cuernos enormes, negros cono la pez… aquello no era cosa buena. Se veían cuatro ojos grandes, y yo decía, ¡Dios mío! ¿Cómo pasaré yo por allí?…”

Clementina rememora y menea la cabeza, como si todavía se estuviese enfrentando a ese dilema:

–           “Yo pase temblando con los ajos en la mano, y cuando pase y llegue a la prensa se me podía torcer la ropa, y salía sudor como si hubiese salido de un charco… Ahí no hay cosa buena, en ese valle…”.

La carretera hacia Aceitunilla, escenario de numerosos encuentros (A. Briz)

Pero no solo Clementina vio al Diablo. Su cuñado Borrajera también lo vio. Fue a hacer carbón y en la Sierra, en la Bodoya, cuando escuchó unos lamentos o ruidos. Sin pensarlo, contestó a las voces. De pronto, un estruendo que iba destrozando las jaras avanzó raudo hasta el. Y apareció un hombre alto, negro como la pez y con dos cuernos, que comenzó a tirarle encima las cepas y el carbón que llevaba. Su cuñado se tapó con el pan que llevaba, y no se atrevió asomar la cabeza hasta que aclaro el día. “El diablo le dijo que no volviese nunca mas a hacerle burlas, y que se libraba porque venía el día”, me contaba Clementina. Su cuñado, al volver, pálido y demudado, contó la historia, enfermó y al poco tiempo murió.

El Tío Cristino de El Gasco también recordaba como a un vecino suyo se le apareció el demonio en una carbonera. Era muy negro y tenía las uñas largas, y no se fue de su lado hasta que amaneció.

El marido de Araceli también se encontró con el diablo (Israel J. Espino)

Son numerosos los encuentros con el demonio en las abruptas y bellas tierras de Las Hurdes. Araceli A. , de Asegur, me confirmaba que había habido muchas personas que habían visto a ese extraño ser. Incluso su marido, cuando venía de enterrar a un hijo suyo, se había encontrado en la carretera de Aceitunilla con luces misteriosas y con “con un tío negro como la pez”. Ella tiene claro que hay momentos en los que es mejor no recorrer los caminos:

–        “Y es que hay horas malas en el día y horas malas en la noche, sabe usted…”

 

 

Asiento con la cabeza ante su sabiduría popular, sin saber realmente cuales son las horas buenas, aunque intuyo las malas…

 Y es que los hurdanos, repletos de sapiencias ancestrales, saben más por viejos que por diablos. Mucho más.

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Santa Lucía del Trampal, el santuario celta de la diosa Ataecina
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Israel J. Espino | 12-02-2017 | 8:58| 6

Pocos lugares hay en  España que derrochen tanta magia como el enclave en el que se levanta la basílica visigoda de Santa Lucía del Trampal, sacralizado desde antiguo a las diosas del inframundo.

Adaegina o Ataecina era una diosa infernal adorada por los antiguos íberos, lusitanos, y celtíberos, una de las deidades ibéricas más importantes. Era la diosa del renacer, la fertilidad, la naturaleza, la luna y la curación, a la vez una diosa madre de la muerte y de la regeneración, del renacimiento y de la vuelta a la vida, diosa telúrica relacionada con el mundo subterráneo o infernal, cuyos poderes curativos y fértiles se manifiestan a través de las aguas subterráneas de determinadas fuentes o manantiales de orígenes profundos.

En Extremadura, región con grandes influencias célticas, existen numerosos lugares donde está clara esta vinculación de Adaegina o Ataecina con el agua de determinadas fuentes a las que se han atribuido desde entonces ciertas propiedades sanadoras o de la fertilidad.

 El lugar dónde se han encontrado el mayor número de dedicatorias a esta diosa céltica (medio centenar) es en los muros, suelos y alrededores inmediatos de la ermita visigoda de Santa Lucía del Trampal, cercana a la localidad cacereña de Alcuéscar, evidentemente levantada en el mismo lugar donde existió un antiguo santuario dedicado a la Dea Sancta Adaegina,  un lugar sagrado que posteriormente fue cristianizado en el siglo VI d. C.

Muchos santuarios indígenas se situaban en enclaves naturales de especial belleza, como este, que pudo haber sido un santuario a cielo abierto, en plena dehesa, limitado tan solo por una cerca de piedra que lo rodeaba.

Exvoto a Ataecina (Angel Briz)

Allí se colocaban las aras, sencillos altares de piedras con un texto grabado, con la figurita de una cabra sobre ellas, símbolo de la diosa, y a sus pies era sacrificado el animal para ser después consumido durante la fiesta religiosa. La cabra, exvoto a esta diosa prerromana y telúrica, se ha encontrado en otros parajes extremeños tan mágicos como Los Barruecos.

Posible ara celta en Santa Lucía del Trampal (Angel Briz)

Una de estas aras se encuentra en la actualidad en una de las paredes exteriores de Santa Lucía, formando parte del santuario cristiano, evidenciando el sincretismo de creencias que tanto abunda en estas tierras.

No es casualidad que por encima de la ermita visigoda de “El Trampal” aflore un caudaloso manantial de aguas termominerales, al que acuden muchas personas de la comarca para llevársela, convencidos de sus poderes curativos y sanadores, y que según cuentan los lugareños, antiguamente servía al pantano de Proserpina, en Mérida. Y Proserpina, nada casualmente,era el nombre romano de la diosa  Ataecina, a la que se veneraba en el Trampal.

Basílica visigoda de Santa Lucía del Trampal (Angel Briz)

Sin saberse aún el porqué, el monasterio fue abandonado en torno al año 850, tal vez debido a una conversión general al islamismo, ya que se relaciona con este momento un hallazgo de difícil explicación: una sepultura de rito islámico en el crucero de la iglesia.

Abandonado el monasterio se inició la ruina de su iglesia, permaneciendo olvidada durante cuatrocientos años. Tras la reconquista del territorio en el año 1230 todavía pasó siglo y medio hasta que, en época gótica, un nuevo monasterio recuperó la explotación agrícola y recuperó la iglesia. Se repusieron en granito las columnas del crucero, se cubrió la nave con una armadura sobre nuevos arcos y se construyó una capilla funeraria.

El proceso definitivo de ruina de Santa Lucía del Trampal procede, siglos después con la desamortización de Mendizábal, de tal manera que a mediados del siglo XX el único empleo del edificio era el de establo y choza para refugio de campesinos.

Hasta los años ochenta del siglo XX esta iglesia, derrumbada y oculta, había pasado casi completamente desapercibida como una ruina que yacía en un valle rodeada de vegetación. Sin embargo, aunque abandonada, no era desconocida, puesto que hace décadas se hacían romerías desde el pueblo.

Y es que la memoria popular no olvida tan fácilmente a sus dioses.

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Los fuegos mágicos de navidad: tueros, gamonas y jogarás
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Israel J. Espino | 23-12-2016 | 9:53| 6

 

Ilustración: Borja González Hoyos

El fuego ha marcado siempre la relación del nombre con la magia. El solsticio de verano y el solsticio de invierno son los dos puntos críticos en el camino aparente del sol por el cielo, y desde el punto de vista del hombre primitivo, nada podía ser más apropiado que encender fuegos en la tierra en estos momentos, cuando el fuego y el calor de la gran luminaria empieza en los ciclos a menguar o crecer.

En la Extremadura moderna, el antiguo festival ígneo del solsticio de invierno ha sobrevivido en las vieja costumbres del tuero, las gamonas o las jogarás.

El tío Francisco Dominguez, “El de la Gaita” recordaba ante el etnólogo Félix Barroso como en la alquería hurdana de La Fragosa hacía una gran hoguera en la nochebuena: La jogará. La hoguera era para calentar a los antepasados. Se iba por la tarde a la sierra y se traían matas y cepas de brezo y plantas olorosas. Por cada difunto que hubiera en el último año entre los parientes había que traer un haz.  La hoguera era muy grande, que las llamas subían hasta el cielo, y allí, alrededor de la lumbre, se hacía la rueda y se comía y se bebía, y se cantaba y se bailaba alrededor de la hoguera.

No es difícil ver en este baile circular alrededor del fuego la danza ancestral que reproduce las maravillas cíclicas y cósmicas, especialmente en el solsticio de invierno, cuando el sol necesita impulso para volver a crecer, cuando por fin se espantan las sombras, cuando comienza el fin de la estación oscura céltica, cuando la luz del Sol Invictus comienza a ganar su partida a las sombras del invierno.

Tío Goyo Iglesias Pizarro, tamborilero del pueblo de Cambroncino, relataba a Barroso  cómo ellos tenían claro que “la jogará” es la que le da vida al sol, que en el invierno no tiene fuerza,

“y pol esu moh  agarrábamuh de lah mánuh y jaíamuh cumu un corondel alreol de la lumbre, cumu si juesi un sol y le jarreábaumuh güénuh vardahcázuh al monti”.

A las hogueras, entre baile y baile, las atizaban para que saltasen chispas y humo. Mas tarde, con la cristianización, la creencia de de que el calor desprendido servía para calentar a los antepasados convive en un claro sincretismo con la que afirma que era para calentar “al niño Dios”.

Los bailes en torno a las hogueras, antiguos rituales (Angel Briz)

Para Barroso, hasta es posible que la “jogará” “acotara un espacio que pasaba a ser sacralizado, con el fin de conjurarlo y quedarlo libre, en el venidero año, de alimañas, brujas y otros seres maléficos”.

Y que estas hogueras de Navidad, a las que se les atribuyen propiedades mágicas, purificadoras, curativas y fertilizadoras también están muy extendidas por tierras extremeñas.

Son muchas las localidades extremeñas que celebran el ciclo navideño encendiendo hogueras, y en torno a ellas se cantan villancicos y canciones navideñas, se come y se bebe. La lista de localidades en las que se encienden candelas, hogueras, “jogarás” (en las Hurdes) o luminarias se haría amplísima. Algunas de ellas son: Tamurejo, Aldeacentenera, Sierra de Fuentes,  Herrera de Alcántara, Cedillo, Albalá, Herrera del Duque, Villanueva del Fresno, Cheles, Alconchel, Peloche, Fuenlabrada de los Montes, Helechosa, Valdecaballeros…

Las gamonas o antorchas iluminan las noches mágicas (Angel Briz)

Los vecinos de   Villanueva del Fresno, días antes de Navidad recogen varas secas, las conocidas “gamonas”, que la noche del 24 prenderán en sus calles y en una gran hoguera central que se mantendrá encendida toda la noche de Nochebuena y el día de Navidad.

En Azuaga se llaman “gamones”, y siguiendo una larga tradición, en la noche del 24 de diciembre las hogueras iluminan multitud de calles a cuyo regocijo se reúne la vecindad. Al son de panderetas, zambombas, cánticos y villancicos, los más jóvenes encienden sus “hachas de gamones”, antorchas cuya lumbre y olor ofrecen más calor a la noche.

La encina, nuestro árbol sagrado, tenía que tener protagonismo en estos rituales solsticiales. En Albalá son “los quintos” los que “arrancan las encinas”en otoño, cuando desaparece la bellota, seleccionando las más antiguas, que se llevaran al llano de las escuelas, donde esperarán para a ser prendidas por el fuego purificador el día 24 de diciembre.

Al atardecer, congregado todo el pueblo en el lugar, se procede a la encendida de la Hoguera por los quintos con gran alborozo. Ha empezado la Nochebuena. La hoguera permanecerá prendida hasta que quede consumida por el fuego el último tizón de la más gorda de las encinas.

Lo mismo ocurre en Aldea del Cano, donde se festeja “El tuero”, una encina grande y seca que los quintos de cada año eligen por su belleza y la trasladan al pueblo para ser quemada en la noche del 24 de diciembre, en la “Nochebuena”.

En otros lugares de la cristiandad moderna, el antiguo festival ígnico del solsticio de invierno ha sobrevivido en los hogares extremeños de puertas para dentro en la vieja costumbre del leño de navidad.

Antiguamente en muchos municipios cacereños se encendía el día 24 de diciembre el llamado “leño de Navidad” en el que se cocinaba la cena de esa noche. Según señalan Heliodoro Alvarez y Antonio Paniagua, tras la “Misa del gallo” era apagado y ese leño se guardaba pues conservaba las propiedades de protección y sanación. Así, por ejemplo, los tizones procedentes del leño se arrojaban a los sembrados para que dieran una buena cosecha.

La costumbre, dese luego, no es exclusiva de Extremadura, y estaba extendida por Europa, donde como recoge el antropólogo Sir James Frazer se creía que el tizón  que se pone el fuego la víspera de Navidad y continúa poniéndose en el fuego un rato cada día hasta la noche duodécima, puede, si se guarda bajo la cama, proteger la casa del incendio y del rayo durante un año entero. El mismo tizón evita a los habitantes de la casa tener sabañones en los talones durante el invierno, cura al ganado de muchas enfermedades y, por si fuera poco, si se deja un trozo de ese leño en el bebedero de las vacas, las ayudará a tener terneras. Y hasta las cenizas del leño son mágicas, ya que si son desparramadas por los sembrados, salvarán al trigo del añublo.

En Inglaterra, además, el lugar donde se guardaba estaba protegido del demonio, lo que no era moco de pavo en aquellos tiempos en los que el diablo acechaba en cada esquina.

Con todas estas cualidades, no sé cómo estamos perdiendo las sanas costumbres de empuñar hachas ardientes por las calles, bailar en círculo a la luz de las hogueras y cocinar en fuego sagrado.

Luego nos quejamos de que nos va como nos va.

 

 

 

 

 

 

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Sobre el autor Israel J. Espino
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