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Etiqueta: hombre
El niño de los finales atroces
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Marcos Ripalda | 30-01-2017 | 18:29 |0

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Respecto a la primera pregunta le diré, más que nada para que me deje en paz, que no hay nada comparable para el ego de un hombre como lo de verse recompensado por el más alto nivel, aún sabiendo que lo máximo que ha hecho la más alta autoridad es mandar a unos pobres infelices a una muerte segura, porque me juego el pescuezo a que eso lo sabían, tan tontos no son, que los enviaban a una muerte segura, claro, muertes que se hubieran evitado si el alto comisionado se hubiera encargado del asunto, pero no fue el caso ese día, qué mala pata, así que, como están las cosas, nadie querrá recordar el final horrible que tuvieron aquellos hombres ni, por supuesto, la incompetencia de generales, coroneles y demás autoridades que jamás han pisado un campo de batalla y que por ésta y otras razones, que vendría de perlas enumerar, conste, serán bien recompensados por las instancias militares y civiles pertinentes.

Tras escribir el final de su novela, el niño de los finales atroces dejó pulsada la tecla correspondiente al punto y la pantalla se lleno de muchos puntos. Tres eran puntos suspensivos, pero

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Leche condensada
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Marcos Ripalda | 15-09-2016 | 18:27 |0

La mujer a renglón seguido se desdice de cada mentira que el hombre con falta del calcio le descubre, así que el hombre con falta de calcio decide atacar por otro flanco menos evidente —aunque igual de inútil— y añadir un párrafo más a esta discusión de gato de escayola. Por eso espera pacientemente, cafetera en mano, a que la mujer a reglón seguido le proponga otro acertijo. Es eso, o pasar página.

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Juventud sin Dios
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Marcos Ripalda | 28-03-2016 | 17:00 |0

El hombre monta en la bicicleta y se pega un trompazo de manual nada más salir de su jardín.
Unos niños que han observado toda la secuencia —y que lo vieron venir, todo hay que decirlo—, se empiezan a descojonar mientras el hombre se convulsiona en el suelo.
Como las convulsiones van a menos conforme se suceden los segundos, los niños se van desentendiendo del hombre y se ponen a jugar con el balón, que es lo que les apetece y las novedades duran lo que duran.
El hombre no lo sabe, pero le quedan 36 segundos para morirse.
Hubiese bastado un bolígrafo en la tráquea, un estudiante de medicina, una enfermera del montón, un aprendiz de churrero, un oficial de primera.
El duro balón de reglamento lanzado hacia una escuadra imaginaria le da en la cocorota al hombre, que no dice nada porque han pasado ya los 36 segundos.
Uno de los niños —el más flaco, un zagal eléctrico de tez cenicienta— le advierte a otro niño —más entrado en carnes, con los codos rebosantes de arañazos— que darle al vecino no otorga puntos extras.
Por si acaso, el niño seboso le da otro balonazo en el melón al hombre y suena toc.
Un niño despistado aulla gol.

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Del barro venimos
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Marcos Ripalda | 08-02-2016 | 11:12 |0

El hombre con la cara llena de barro pulsa el interruptor de la luz del almacén y sorprende a su aprendiz y al perito —que ha venido a comprobar la vigencia del seguro— en una postura que puede calificarse de extremadamente difícil para según qué edades. Como no quiere molestar, el hombre con la cara llena de barro vuelve a pulsar el interruptor de la luz y deja a los dos tortolitos a oscuras, a lo suyo.
A este hombre con la cara llena de barro no le importa en absoluto que sean dos hombres los que se están dando el lote, aunque supone que el descubrimiento (la constatación) de las preferencias amatorias de su aprendiz sarasa, le va a traer más de un quebradero de cabeza en el futuro.
El primero en salir del almacén es el aprendiz, que va remetiéndose la camisa de cuadros por dentro de los tejanos bien prietos y que le marcan la huevada sin que parezca importarle que pueda quedarse impotente por el aplastamiento innecesario de las gónadas.
Pocos segundos después, sale el perito, que va tan endomingado como cuando entró, que parecía que hubiese acabado de salir del salón de belleza recién afeitado, depilado, duchado, perfumado.
El perito, qué duda cabe, es

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La tangente
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Marcos Ripalda | 28-01-2016 | 10:58 |0

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al hombre le dice su doctor de toda la vida que le queda media hora de vida, pero que no se preocupe, que con el precario material quirúrgico del que dispone, puede abrirle el cráneo y sacarle los malos pensamientos que lo llevarán a la tumba si no se da prisa, y no pierde la oportunidad para comentarle que ha sido una suerte encontrar la causa de tanta desazón y de tanto estreñimiento últimamente, cuando el hombre  —lo lee en su historial— es más bien de digestiones fáciles.
El hombre, por no llevarle la contraria al doctor, que asistió a su madre en el nacimiento de su hermana, la pequeña —lo que tal vez explique que esté tarada desde su nacimiento, cuando la familia supuso entonces cierta lentitud en el habla porque era una chica sensible (y no una insensible de mucho cuidado)—, le dice que lo disculpe, que le está dando un infarto ahí mismo y que no sabe si lo superará ahora que otras preocupaciones le invaden la cabeza.
El doctor, blandiendo un bisturí que no ha sido esterilizado desde el año de inauguración del centro de salud, quince años atrás, le practica al hombre una incisión

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La propina
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Marcos Ripalda | 31-08-2015 | 15:52 |0

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El hombre recuperó el raciocinio cuando le dijeron que le tocaba pagar a él. Hasta ese momento había bailado con todas las señoras, las que estaban empotrables y las que tenían un empujón, y hasta con aquella pelirroja con sobrepeso que se reía haciendo gárgaras. El hombre no había tenido en cuenta que con aquello de cuidarse, del crossfit de los cojones y el pilates del demonio, muchos comensales no habían bebido lo necesario para olvidar, y por eso le estaban recordando lo de que le tocaba pagar; a él, que no había pagado en su vida nada más que un sello para una carta que le mandó a su padre, que en paz descanse, para pedirle más dinero. El hombre no compró entonces ni el sobre ni el papel, que se trajo de la oficina donde trabajaba y algún que otro rotulador, una grapadora, cuadernillos, un pisapapeles de mierda que nadie echaría en falta.
Este hombre que pretendía irse sin pagar las copas, trabajaba, sí, y se guardaba el sueldo íntegro porque no lo iba a gastar en tonterías, y menos en invitar a todos estos desgraciados de la segunda planta, así que se las tenía que ingeniar una vez más

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De empotradores, centímetros de menos y féminas que mueven los cocos
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Marcos Ripalda | 22-07-2015 | 10:03 |0

El hombre que baila tangos pero nunca bachata ni salsa se ha dejado seducir (en su imaginación) por la mujer que nunca baila tangos y sí bachata y salsa si el hombre mide más de ciento ochenta y dos centímetros. Y aunque el hombre que baila tangos pero nunca bachata ni salsa mide apenas ciento setenta centímetros, se atreve con la bachata porque de él tira una fuerza superior que le tiene estrujado el paquetón. La mujer que nunca baila tangos y sí bachata y salsa si el hombre mide más de ciento ochenta y dos centímetros observa al torpe retaco —según su simplista y caprichosa forma de catalogar a los hombres que no alcanzan los ciento ochenta y dos centímetros—, acercarse mientras ella no deja de cimbrear la cintura y se le mueven los cocos al compás, y que da gusto verla, oye. El hombre que baila tangos pero nunca bachata ni salsa sí que está bailando algo parecido a la bachata, así que se va aproximando más y más a la carnosa hembra que le tiene cautivado y no se percata, como tampoco lo hará —para la necesaria caramelización de su vanidad— la mujer que nunca baila tangos y sí bachata y salsa si el hombre mide más de ciento ochenta y dos

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Hombre preguntando
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Marcos Ripalda | 29-05-2015 | 09:34 |0

—Eso de ahí es. Está doblando la esquina. Lo verá en seguida. No tiene pérdida. Un poco más adelante. Ya le dije.
—Sí, ya sé. Nada más llegar allá, doblo a la izquierda. Es esa esquina, ¿verdad?
—Eso es. Doblar y ahí mismito es. Si es que no tiene pérdida.
—¿Y sabe usted si están?
—Eso ya no se lo puedo decir. Pruebe.
—Toco la puerta y…
—Y entre, echao pa´lante, que dicen.
—¿Quién lo dice?
—Oh, es una forma de hablar.
—¿De quién?
—Una frase hecha, cosas que se dicen para rellenar. Muletillas se llaman.
—¿Entonces entro?
—No, primero llama y si están, entra. Aunque la puerta puede que esté abierta. Si es el caso, empuje, que ellos no tardarán en volver.
— Y me siento allí y espero.
—Exacto. Se sienta usted. Sillas hay.
—¿Y si no vienen?
— Vendran, vendrán.
—Yo no sabría que hacer si ellos, por un casual…
—Ellos tienen que venir. Venir vienen, seguro… ¡Si ni siquiera sabe si están!
—Es por no molestarles.
—Usted me está tomando el pelo.
—¿Perdone…?
—Que se cree usted que soy tonto.
—¿Qué tiene que ver eso con su pelo?
—Es otra frase hecha, hombre de Dios.
—No creo que vengamos de

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El niño vestido de hombre
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Marcos Ripalda | 09-03-2015 | 11:00 |0

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El niño había perdido toda esperanza de encontrar el camino de vuelta. Su madre le había advertido, mientras tendía la ropa en el patio, que se perdería. Claro que el niño esto no lo escuchó. Estaba más pendiente de encontrarse a sí mismo que de perderse. Si el niño hubiera tomado aquel estrecho sendero, habría visto las luces y a sus hermanos dándose tortazos antes de cenar. La noche apenas había llegado y el niño ya estaba perdido. Se había desorientado cerca del pozo, que no era más que una mancha negra, más negra, incluso, que la noche. Frío no tenía el niño, pero hambre sí. El niño miró a la luna. Parecía de tela y, si no fuera porque estaba muy alta, la habría tocado con su manita. No quería llorar el niño porque temía que lo oyese algún monstruo, aunque siempre le decía la madre que los monstruos solo existen en los cuentos, pero el niño había visto alguna vez de lo mucho que eran capaces los mayores y algunos niños. Cerca del pozo estaba la casa, recordaba el niño. Tendría que encontrar el camino solo. Pensó si le oiría antes mamá que el monstruo y no quiso arriesgarse. Su

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El diluvio
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Marcos Ripalda | 22-07-2014 | 11:21 |0

El hombre tranquilo permanece sentado sobre el edredón mientras la mujer que quiere salvarse achica el agua que ya está alcanzando, pese sus esfuerzos, la parte baja del somier. El hombre tranquilo le susurra a la mujer que quiere salvarse que no se esfuerce y que se deje llevar. Porque cuando el agua les cubra por completo y sean una sola cosa, dejarán de existir, y disfrutar, gozar es lo único que debe importarles. Pero la mujer que quiere salvarse no quiere oír que va a morir. Por eso, sigue achicando agua, a pesar de que sabe tan bien como el hombre tranquilo que disfrutar, gozar es lo único a lo que aferrarse. El hombre tranquilo se incorpora y toma de la mano a la mujer que quiere salvarse, la desviste sin que ella diga una sola palabra y hacen el amor como si estuvieran a punto de morir y el orgasmo les permite respirar bajo el agua para siempre.

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Sobre el autor Marcos Ripalda
MARCOS RIPALDA es licenciado en Periodismo, diseñador gráfico y cuentista postirónico, término que él mismo acuñó con el beneplácito de su madre. Nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1976, ha sobrevivido en Madrid como profesor y maquetador de revistas, folletos y felicitaciones navideñas. Actualmente es el responsable de Diseño del diario HOY. CARMURA LENTEJA es ilustradora. Abandona el blog en mayo de 2017 para dedicarse a otros menesteres.

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