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Autor: JDF8453
La felicidad y su ADN
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Juan Domingo Fernández | 15-02-2018 | 8:21| 0

LA felicidad nunca se sabe por dónde llega ni por dónde nos conduce al paraíso. Si lo supiéramos, ese país no tendría exiliados. La sabiduría popular cree que la salud, el dinero y el amor constituyen el ADN de la felicidad, si es que puede denominarse así ese inestable estado de la materia. La felicidad tiene más de fuego que de brasa, más de sentimiento pasajero que de emoción duradera. Y aunque al tratarse de un bien invisible pudiéramos creer que no puede medirse ni cuantificarse, la realidad demuestra lo contrario. En junio de 2013 la Asamblea General de las Naciones Unidas instituyó el 20 de marzo como Día Internacional de la Felicidad, fecha en que suele presentarse el Índice Mundial de Prosperidad Global, conocido como Informe Mundial de la Felicidad, que se elabora a partir de una macroencuesta entre más de 150 países donde los entrevistados puntúan aspectos relativos a calidad económica, entorno empresarial, gobernabilidad, educación, sanidad, seguridad y protección, libertad personal, capital social y medio ambiente.
En 2017 los noruegos resultaron ser los más felices del mundo. Un título que arrebataron a los daneses, que llevaban varios años destacando (junto con otro país nórdico, Islandia) como los campeones de la felicidad. España ocupó el puesto número 34. ¿Qué criterios hicieron que despuntaran Noruega y los otros países vecinos? Pues básicamente media docena: la libertad para poder elegir en la vida, la generosidad, la salud, los ingresos, la ausencia de corrupción y la decisión de invertir pensando en el futuro sin agotar los recursos del presente. Es decir, mirando al mañana.
En 2018, sin embargo, Noruega ha sido desbancada del primer puesto como país más rico, saludable y feliz del mundo por Nueva Zelanda. Según el Instituto Legatum –que elabora el informe– el nuevo campeón destaca sobre todos en los apartados «capital social» y «calidad económica» y después en «entorno empresarial» y «gobernabilidad». ¿Por qué pierde Noruega el primer puesto en la clasificación que logró durante siete años consecutivos? Según informa ‘ABC’, por un único apartado: «la gobernabilidad».
Así que la lista de los 25 países más ricos, saludables y felices del mundo es la siguiente: 1. Nueva Zelanda; 2. Noruega; 3. Finlandia; 4. Suiza; 5. Canadá; 6. Australia; 7. Holanda; 8. Suecia; 9. Dinamarca; 10. Reino Unido; 11. Alemania; 12. Luxemburgo; 13. Irlanda; 14. Islandia; 15. Austria; 16. Bélgica; 17. Estados Unidos; 18. Francia; 19. Singapur; 20. Eslovenia; 21. España; 22. Japón; 23. Hong Kong; 24. Malta y 25. Portugal.
En el caso de España, los subíndices «medio ambiente» y «seguridad» la sitúan entre los 15 mejores del mundo, pero la «inestabilidad política y social» lastran sus méritos e impiden que sea uno de los 20 países más prósperos.
Pero caben más preguntas: ¿Puede considerarse medianamente feliz un país con el nivel de paro que existe en España? ¿Se compensan unos apartados con otros? ¿Es posible hablar de la felicidad de un país en su conjunto, más allá de la de cada ciudadano? ¿Son fiables estos informes? Porque el escepticismo en materia de felicidad afecta al ámbito personal y al colectivo. Y viene de antiguo. No en vano el mayor descreimiento ya lo expresó Jonathan Swift: «La felicidad es el privilegio de ser bien engañado».

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Entre el algoritmo y el apocalipsis
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Juan Domingo Fernández | 08-02-2018 | 8:14| 0

EN nuestra época la principal preocupación no es el presente, sino el mañana; no lo que ocurre, sino lo que está por llegar, aunque a veces no llegue. Antes que reconocerle méritos a quien describe la actualidad y el ayer –poniendo luz y razón en hechos y circunstancias– le obsequiamos con nuestra complacencia a quien aventura sus apuestas por el porvenir. Aunque tal porvenir no llegue o se cumpla.
En esta época se enaltece con más entusiasmo al oráculo que al historiador. El vaticinio manda. Vivimos más pendientes de la predicción del tiempo o de las encuestas que de la crónica del temporal y del análisis pormenorizado de las elecciones. Nos interesa más la proyección teórica del sondeo que el resultado práctico de las urnas, aunque entre una y otro apenas se registre, por ejemplo, un parentesco tangencial o lejano…
Y cabe agregar circunstancias agravantes: la homegeneización acelerada –fruto de la globalización económica y las nuevas tecnologías– nos precipita de cabeza a eso que el filósofo surcoreano afincado en Alemania Byung-Chul Han, califica como «el infierno de lo igual». Un universo donde paradójicamente se aspira a la individualidad, a la diferenciación narcisista, pero en el fondo abocado a una igualdad ‘artificial’ que determinan los algoritmos y la nueva ingeniería social del sistema. ¿Qué sistema? Por supuesto el de las grandes corporaciones tecnológicas y económicas del mundo. Los verdaderos amos del cotarro.
Como explica muy bien Yuval Noah Harari en su libro ‘Homo Deus. Una breve historia del mañana’, en pocas décadas los vehículos estarán conectados a una red que controlará un algoritmo. El poder de los datos. El algoritmo no solo nos sugerirá qué libros leer o qué vino compartir en las reuniones familiares, sino que a través de las múltiples aplicaciones nos inducirá a decidir qué carrera estudiar, qué trabajo elegir, en qué ciudad (o país) buscar empleo, qué servicios adquirir, en qué tipo de medicina creer, a qué especialistas acudir, a quién votar…
Un estudio presentado recientemente en Davos prueba que más del 52% de quienes siguen prescripciones creadas por un algoritmo no cambia nunca de opinión o lo hace en muy pocas ocasiones respecto a cuestiones sociales importantes. ¿Qué significa dicho dato? Pues que más del 50 % de ese mercado de la opinión pública está blindado frente a opciones de gente que piensa de diferente manera… Equivale a entrar en un auditorio y saber que más de la mitad se inclinará por quien maneja el algoritmo. Como afirma Byun-Chul-Han en una magnífica entrevista publicada en ‘El País’: «Los macrodatos hacen superfluo el pensamiento porque si todo es numerable, todo es igual… Estamos en pleno ‘dataísmo’: el hombre ya no es soberano de sí mismo sino que es resultado de una operación algorítmica que lo domina sin que lo perciba».
¿No hay salidas? Creo que sí. El panorama es apocalíptico pero veremos si cuando llegue el mañana verdadero no acabamos invocando el viejo lamento: «¡Lo que habremos sufrido por lo que no ha pasado!».

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Puigdemont, Macguffin y la gallina
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Juan Domingo Fernández | 01-02-2018 | 8:43| 0

Todo lo que se ignora, se desprecia», advertía don Antonio Machado. Y aunque siempre hay ciertos ‘agujeros de ignorancia’ que se pueden tapar, lo malo es cuando el agujero, además de espacio hueco contiene un prejuicio, que es una verdad adulterada, un resabio, una falsedad. El aire que ocupa la ignorancia –el vacío– puede rellenarse con certezas, pueden sustituirlo la información, los datos, el conocimiento… Lo malo es cuando en el agujero anida un prejuicio. Por eso sostiene Diderot que la ignorancia está menos lejos de la verdad que el prejuicio. Mucho más que el ignorante yerra quien tiene la mente ofuscada por los prejuicios, quien se obstina en la prevención intransigente.
¿Y a qué viene tan largo preámbulo?, te preguntarás, mi buen Yorik. Pues al polémico asunto del mensaje de móvil de Puigdemont y el conseller huido Toni Comín. No voy a entrar en la porfía de si es legal o ilegal la grabación y difusión de esos mensajes. Todo eso ahora me parece secundario, anecdótico. Creo que se trata de uno de aquellos ‘Macguffin’ que utilizaba Alfred Hitchcock en las tramas de sus películas para hacer que avanzara la historia aunque se tratase de algo sin mayor relevancia en el resultado final. Una especie de recurso o truco para mantener el ‘suspense’: una argucia argumental.
Así que las diatribas sobre el mensaje grabado en el móvil de uno de los huidos a Bélgica se eleva a las alturas mediáticas igual que el humo de una escandalera y nos distrae a todos (como los ‘Macguffin’ de Hitchcock) de otras circunstancias y aspectos esenciales de los protagonistas: su condición de huidos de la justicia y presuntos delincuentes.
Este episodio de los mensajes (no su contenido) me recuerda la historia de la gallina en la selva, que ya he contado en otras ocasiones. Un grupo de exploradores somete a los miembros de una tribuna africana al experimento de proyectarles el documental de una boda regia en Europa. En la película se ven carrozas engalanadas, palacios, escenas de baile, gente arremolinada en las calles aplaudiendo al paso de los contrayentes… Al finalizar la proyección preguntan qué es lo que más les ha gustado. Nadie se atreve a hablar. Por el fin el jefe de la tribu dice: «La gallina. Eso es lo que más no ha gustado». Atónitos, los exploradores se miran desconcertados y deciden visionar de nuevo la película. Descubren que mientras la carroza avanza escoltada por vistosos jinetes se percibe apenas durante décimas de segundo el vuelo alicorto de una gallina. En ese detalle es en el único que repararon o al menos, el único que llamó su atención… Yo creo que esa ‘volandá’ de lo intrascendente, de lo secundario, es también la metáfora de una digresión informativa. No el mensaje en sí.
Y al separatismo golpista, al que se empecina en hacernos tragar como legítimo lo que en el fondo y en la forma atenta contra la Constitución y la convivencia del conjunto de los españoles le vienen de perlas estas diatribas. Sirven a sus intereses más que por contribuir a ‘su’ causa, por dar verosimilitud de legalidad a planteamientos llenos de prejuicios, de odio e ignorancia.

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La vejez, la soledad y otros estragos
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Juan Domingo Fernández | 25-01-2018 | 7:54| 0

LA vejez y la soledad crecen unidas igual que la enredadera que trepa por el árbol. A veces la soledad de la persona mayor –incluso rodeada de seres queridos permanentemente– no es tanto una realidad física sino un sentimiento de náufrago, de ‘robinsoncrusoe’ que le va alejando de ese ayer compartido con sombras que ya son ausencias y recuerdos que se diluyen en el calendario. Unos recuerdos que como bien advierte Flaubert «no pueblan nuestra soledad, como suele decirse, antes al contrario, la hacen más profunda». La soledad con casillas en blanco.
No la soledad buscada, sino la impuesta; no la que nos libera, sino la que nos condena. No aquella soledad de Henry David Thoreau satisfecho en su cabaña perdida en el bosque: «Jamás hallé compañía más sociable que la soledad».
Es un problema de tales dimensiones que la primera ministra de Reino Unido, Theresa May ha anunciado la creación de un departamento, dependiente del Ministerio de Sociedad Civil, para luchar contra el aislamiento que sienten nueve millones de británicos. Según informa Álvaro Soto, la soledad se ha convertido en una «epidemia nacional» en Reino Unido, donde los médicos atienden a una media de entre uno y cinco pacientes al día por esta causa. Los datos que revela el informe ministerial son inquietantes: de los nueve millones de británicos que se sienten aislados, la mayoría de quienes superan los 75 años viven solos (igual que los adultos con discapacidad) y 200.000 personas aseguran que pasan hasta un mes sin hablar con un amigo o con un familiar. «Porque la soledad mata», señala Álvaro Soto. «Quienes no mantienen contacto con nadie tienen más probabilidades de sufrir demencia, mortalidad temprana y alta presión arterial. Los médicos dicen que estar solo es peor que fumar quince cigarrillos al día».
En el caso de España el panorama también resulta alarmante. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) el número de hogares unipersonales es de 4.6 millones, de los que el 41,7% corresponde a mayores de 65 años y de ellos, el 70,7% son mujeres. Cada año aumenta el número de personas que viven solas en nuestro país.
La decisión del gobierno británico, planteada en colaboración con voluntarios, empresas y otras instituciones, creo que constituye una magnífica referencia para el conjunto de las sociedades europeas, donde causa estragos la epidemia de la soledad. Todavía me conmueve la historia de aquellos ancianos italianos de 89 años ella y 93 su marido al que los vecinos llamaron a la policía ante los llantos desconsolados que salían de su piso. Cuando llegaron los agentes descubrieron que allí no se había producido ninguna otra violencia que la del golpe desgarrador de sentirse solos.
Quizás la mejor manera de medir la altura moral de una sociedad sea observando cómo trata a los ancianos y a los niños. Y de manera prioritaria a quienes padecen la soledad impuesta. Decía Joseph Joubert que «la vida es un país que los viejos han visto y en el que han habitado». Quién iba a suponer que ese país, ahora, lo pueblan en soledad.

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Doña Celia y la jubilación del albañil
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Juan Domingo Fernández | 18-01-2018 | 8:21| 0

A cuenta de la jubilación y del futuro de las pensiones, Celia Villalobos, veterana diputada del PP y presidenta de la Comisión de Seguimiento del Pacto de Toledo, ha vuelto a encender la polémica con unas declaraciones que alimentan a la vez la indignación y el desasosiego. «Hay que favorecer que los trabajadores tengan una mochila que se llevan a la empresa donde van con un fondo privado, que no necesariamente tiene que ser de un banco sino un fondo de la empresa donde tú puedes meter dinero», aconseja ante la previsible necesidad de ‘reforzar’ sus pensiones los empleados que ronden los 45 años…
Ocurre que oír en el mismo discurso los términos «pensiones» y «fondos privados» es para ponerse a temblar. Y más si quien habla preside precisamente la Comisión de Seguimiento del Pacto de Toledo. Dice Hermann Hesse que «cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros». En este caso el poder es nada menos que el del partido en el Gobierno. La declaración de Celia Villalobos que más alboroto ha causado ha sido otra, sin embargo: «Hay ya un número importante de pensionistas que está más tiempo en pasivo, es decir, cobrando la pensión, que en activo, trabajando», que es un ‘reproche’ descomunal al que quiso quitar hierro apostillando que es debido «gracias a Dios, y eso es una gran noticia», a que «nos morimos cada vez más viejos y cada vez mejor». ¿Qué decir? Tal vez la mejor respuesta se la ha dado en las redes sociales Julio Pérez, periodista de ‘El Faro de Vigo’ con un texto mínimo pero demoledor, que ayer había sido retuiteado en cerca de 10.000 ocasiones: «Mi padre, albañil, tiene 64 años. Lleva 47 cotizando. Con sus manos deformadas por el esfuerzo, el frío y el calor, no podría jugar al Candy Crush. No le queda otra que esperar a los 65 para evitar una pensión miserable. Lecciones, señora Celia Villalobos (6.000 €/mes), a otros».
En este problema me temo que no caben las simplificaciones. No se puede cambiar el reglamento a mitad de partido. Ni se puede ‘generalizar’ respecto al tiempo trabajado y las expectativas de vida porque aunque estas últimas es obvio que aumentan año tras año, no lo hace el primer factor, es decir: la vida laboral de millones de españoles, a duras penas sorteando aún los vericuetos de una crisis económica y financiera de la que únicamente han sido víctimas, no responsables.
Así que lo inquietante de las declaraciones de Celia Villalobos no es tanto la música (lo relativo al tiempo que se ‘disfruta’ la pensión) sino la letra: las alusiones explícitas a los planes de pensiones y a los fondos privados. Lagarto, lagarto. Cuando no te fías del uso que puede hacerse del dinero público desde el poder es cuando me entran los temblores y me acuerdo de la frase de Hermann Hesse que he citado más arriba. La pensión máxima en España (ahora) son 2.570 euros. Con lo que ella cobra como diputada por supuesto que querrá trabajar hasta los 80. Yo en su lugar tampoco lo dudaría.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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