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Autor: JDF8453
Los libros y la biblioteca ideal
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Juan Domingo Fernández | 14-12-2017 | 8:12| 0

LAS luces navideñas son para mí la señal anunciadora de que han llegado los libros al Paseo de Cánovas. Del variado mercadillo que se forma en estas fechas, los puestos de libros –nuevos y viejos– constituyen la mayor atracción, el principal imán de mi interés. Busco y me entretengo repasando las colecciones de títulos de aventuras, las cajas con volúmenes sueltos descatalogados, las viejas series de obras clásicas en ediciones populares… Me gusta el olor de esos libros de papel algo ajado y amarillento que el librero despliega ante nuestros ojos como si fueran cautivos del enésimo embalaje a la espera de su oportunidad. Hay libros en los que percibo la misma dignidad que la de un sabio sometido al silencio y que anhela lectores a quienes desvelar la elocuencia del tesoro, el universo fantástico y deslumbrante de sus páginas.
«Quizás no hay días de nuestra niñez vividos más plenamente que aquellos que creemos que dejamos pasar sin vivirlos del todo: esos días que dedicamos a la lectura de nuestros libros preferidos», escribió Marcel Proust. Una buena manera de blindarme contra el riesgo de tal incertidumbre son las visitas a los puestos de libros callejeros. De esta forma no solo me reconcilio con viejos amigos que leí en la infancia y en la juventud, sino que además trato de buscar aquel ejemplar que presté y nunca volvió, o aquel otro que sucumbió a los sucesivos traslados o sencillamente fue pasto del olvido.
Recorrer las baldas de estos puestos de libros tiene algo de liberador y de terapéutico. Me desahogo conmigo mismo y atenúo mi desapego sobrevenido al toparme por ejemplo con aquel libro que pensé que nunca olvidaría y ahora reencuentro sin evocar muchos detalles de su historia. La misma sensación que te embarga cuando vuelves a vivir un pasaje del ayer y ahora compruebas que apenas se perfila como una estampa sepia y devastada por el tiempo.
Los libros nos permiten vivir infinidad de vidas. Y pueden obsequiarnos con vidas más vivas que la vida misma. «Nuestra vida está hecha más por los libros que leemos que por la gente que conocemos», decía Graham Greene, un escritor que transitó con sus obras por algunos de los laberintos morales de la condición humana, y del que se puede asegurar que sabía bien de lo que hablaba.
Así que para mí la feria del libro también es la Navidad. Todo el año. Confieso no obstante que el cúmulo de libros sin leer me provoca ‘estados carenciales’ que procuro sobrellevar de la mejor manera posible. Necesitaría una vida ‘borgeana’ para leer los volúmenes de la mínima biblioteca ideal.
Dado que es más determinante releer que leer y teniendo en cuenta que el hombre puede leer con provecho –Borges dixit– unos dos centenares de libros más o menos en esta vida, la clave está en seleccionarlos bien para acertar. ¿Alguien lo garantiza? Por supuesto que no. Descreo de los ‘cánones’ y de las listas universales. La tarea es que cada lector elabore su propia relación de obras imprescindibles y habite esa biblioteca ideal. Una vida da para mucho.

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De la creatividad
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Juan Domingo Fernández | 07-12-2017 | 7:22| 0

El diario El Correo publicaba hace poco un documentado reportaje y dos entrevistas de Luisa Idoate acerca de esta cuestión: «¿Tiene edad la creatividad?». Dos subtítulos adelantaban algunas posibles respuestas: «Miguel Ángel esculpió ‘La Piedad’ con 24 años y Picasso pintó un autorretrato de mirada feroz con 91. Juventud y vejez son territorios fértiles para los genios volcados en el trabajo». «A cada talento, su momento. Algunos artistas firman su obra cumbre en la juventud, otros en la madurez y los elegidos, durante toda su vida».
A esos ejemplos cabe añadir otros muchos: cuando el veinteañero Leonardo da Vinci pinta ‘La Anunciación’ ya era famoso y más aún cuando inicia, con 55 años de edad, su obra más conocida, ‘La Gioconda, que seguiría retocando hasta los 67 años. El adolescente Pablo Ruiz Picasso (Málaga, 1881-Mougins, 1973) vio cómo su cuadro ‘Ciencia y Caridad’ era premiado en un concurso nacional cuando solo tenía 16 años. Pero poco antes de morir seguía creando y ya había revolucionado casi un siglo del universo plástico. Salvador Dalí (Figueras, 1904-1989) pinta sus mejores obras a los 25 y 26 años (’El gran masturbador’ y ‘La persistencia de la memoria’), pero tras su rentable paso por Estados Unidos y su regreso a España demuestra que le quedan talento y fuerzas para asombrar con cuadros como ‘Madonna de Port Lligat’ (1950), ‘Crucifixión’ (1954) y ‘La última cena’ (1955).
Qué decir de Mozart, al que le bastaron 35 años de vida para dejar un patrimonio genial; o de Verdi, que compuso su última ópera con 80 años. Luisa Idoate recuerda también la trayectoria de grandes arquitectos. Entre ellos Walter Gropius, fundador de la Escuela Bauhaus, quien brilló a los 28 años con el revolucionario diseño de la fábrica Fagus y décadas después, tras enseñar en Harvard, aún firma proyectos como la sede de la Pan Am en Nueva York (1963), con 80 años, cuatro antes de su muerte. Genios de la arquitectura como Mies van der Rohe, que concibe su obra maestra con 43 años (el Pabellón de Alemania de la Expo Universal de 1929 en Barcelona) y alguno de los más famosos rascacielos de vidrio y metal cuando había cumplido los 82. O el caso de Le Corbusier, que construye su primera casa con 17 años y 18 años después proyecta –aunque nunca se construye– su ciudad ideal. Y el ejemplo de Frank Lloyd Right, con su Casa Kaufmann o Casa de la Cascada, ya sexagenario, y casi una década después el Museo Guggenheim de Nueva York cuando rebasa los 74 años…
En literatura la lista sería interminable. Cervantes finaliza la segunda parte del Quijote con 69 años, el mismo de su muerte; Faulkner, triunfa a los 32 con ‘El ruido y la furia’; Rimbaud, deja de escribir a los 19 años tras ‘Una temporada en el infierno’ e ‘Iluminaciones’…
La clave quizás haya que buscarla en la frase atribuida a Picasso: «Cuando llegue la inspiración que me encuentre trabajando». El éxito suele ser una larga constancia. Y nadie es genial en todos los ámbitos de la vida. El psiquiatra Juan José Martínez Jambrina se lo dice a Luisa Idoate con otras palabras: «El genio se hace, la creatividad se aprende. El talento se desarrolla y fomenta». Para mí hay una frase muy sabia de Henry Ford acerca de la creatividad y la innovación: «Si le hubiera preguntado a la gente qué querían, me habrían dicho que un caballo más rápido».

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De la literatura como refugio y consuelo
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Juan Domingo Fernández | 30-11-2017 | 7:29| 0

ES un consuelo que la actualidad reserve huecos, pequeños refugios donde guarecerse del cansino asunto del separatismo catalán y sus matracas colaterales. En los últimos días ese consuelo –al menos en mi caso– llega en forma de libros, varios de ellos relacionados con autores de la Generación del 27, que están resultando ser más trascendentes y memorables que muchos personajes políticos de aquella época de la que no quedan, como se dice popularmente, ni los rabos…
Uno de esos libros ‘Gerardo Diego-Juan Larrea. Epistolario, 1916-1980’, edición de Juan Manuel Díaz de Guereñu y José Luis Bernal, se presentó el pasado martes en la Residencia de Estudiantes, en Madrid, que lo publica dentro de su proyecto Epístola y en coedición con la Fundación Gerardo Diego.
El volumen, de 1050 páginas, reúne más de 414 cartas que se cruzaron Diego y Larrea entre 1916 y 1980, aunque la mayoría son anteriores a junio de 1937 cuando la guerra civil interrumpe la correspondencia. Según señalan los editores, el periodo más intenso del epistolario documenta la estrecha amistad entre ambos poetas –que se remonta a sus años en Bilbao como alumnos de la Universidad de Deusto– y «desgrana el vivo diálogo poético y personal que mantienen entre ellos durante su etapa de formación y primera madurez», con numerosos datos inéditos sobre el proceso creativo de sus obras y de versiones tempranas de poemas que luego vieron la luz.
Es una garantía que junto a Juan Manuel Díaz de Guereñu, catedrático de Comunicación en la Universidad de Deusto y autor de monografías sobre Diego y Larrea, se haya encargado de la edición José Luis Bernal Salgado (Cáceres, 1959), poeta, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Extremadura, decano de su Facultad de Filosofía y Letras, autor de varias ediciones y estudios de la obra del santanderino, entre ellos ‘La biografía ultraísta de Gerardo Diego’ y ‘Manual de espumas. La plenitud creacionista de Gerardo Diego’, con el que obtuvo precisamente la séptima edición del Premio Internacional Gerardo Diego de investigación poética.
Mil páginas de un epistolario con el fondo de esa España que seguía desperezándose del siglo XIX y por la que desfilan decenas de nombres que van de Rubén Darío a Juan Ramón, de Antonio Machado a Ortega y Gasset, de César Vallejo a Neruda, más los de Bergamín, Salinas, Huidobro, Guillén, Dámaso Alonso, Aleixandre, Altolaguirre, Cernuda, Alberti… El universo de la ‘Edad de Plata’, como la bautizó José-Carlos Mainer.
Un libro enriquecido con poemas en el que los autores del epistolario no solo desvelan la complicidad de sus guiños creativos sino el deslumbrante escenario intelectual y artístico por el que transitan las figuras clave de ese paréntesis español.
La colección Epístola, de la Fundación Giner de los Ríos y la Residencia de Estudiantes, ha publicado ya entre otros los epistolarios de Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre y el cruzado entre Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. Buena ruta.

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De la fatal intolerancia
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Juan Domingo Fernández | 24-11-2017 | 11:55| 0

Lo peor del intolerante emboscado es la aspiración a que comulgues con ruedas de molino y le agradezcas encima la generosidad del gesto. Como en el mundo de los toros, los intolerantes más peligrosos son los mansos, no los bravos; es decir, aquellos que se camuflan tras la sonrisa meliflua mientras ‘de facto’, infringen la legalidad y violentan la convivencia. Un ejemplo prototípico de intolerante emboscado es el diputado Rufián, que simula escandalizarse al tiempo que agita unas esposas desde el escaño o finge asombros ante divertidas columnas de opinión como ‘La vía mística de Fray Junqueras’, de Rubén Amón en ‘El País’.
El intolerante emboscado opera en estos casos igual que aquel energúmeno que acompasaba los bofetones al adversario con la frase: «¡Que no te estoy pegando…! ¡Que no te estoy pegando…!», intentando desmentir con palabras lo que proclamaban sus manos. Vamos, el no afirmativo…
Para el intolerante emboscado las respuestas nunca son contestaciones, son agresiones; el hecho de que el vecino se defienda siempre lo considerará un ataque y la exposición de argumentos en su contra (aunque se formulen de la manera más educada e inteligente posible) lo juzgará como un mero desprecio a lo que ha decidido que son ‘sus’ derechos o ‘su’ santa voluntad.
Hipocresía y contumacia. El intolerante emboscado retorcerá el argumento y la historia hasta que el espejito mágico se olvide de Blancanieves y confiese que la más guapa del reino (o de la república) es la reina bruja de su coalición…
El intolerante emboscado suele ser de piel delicada, lleva mal que se le lleve la contraria y sobre todo lleva mal que le den de su misma medicina. Dice Pope que «Nuestros prejuicios son igualitos a nuestros relojes: nunca están de acuerdo, pero cada uno cree en el suyo». Para el intolerante fatal no hay sin embargo más relojes ni más huso horario que los de su aldea. Los otros siempre son «los otros». La oposición, por ejemplo. Y más si están en minoría.
Frente a los intolerantes emboscados no cabe la equidistancia ni la indiferencia, a riesgo de incurrir en complicidad. Cuando un dirigente político se considera ‘con derecho’ e investido no se sabe con qué mandato de los dioses para subvertir la legalidad y dinamitar una convivencia de siglos, más que un representante público es una amenaza pública para la democracia. Para una democracia del siglo XXI, no para una ‘república emocional’ en la era de la posverdad. Al igual que otros muchos separatistas crecidos al calor del ‘procés’, Rufián es más un síntoma que un problema. Por eso encaja tan mal que haya quien desvele la tramoya del insostenible ‘procés’ y proclame, como el niño del cuento, que el emperador está desnudo…
Por desgracia, los primeros damnificados no son los dirigentes políticos sino muchos ciudadanos de Cataluña legítimamente esperanzados en un proyecto de sociedad democrática y con futuro que se disipa por el capricho insensato de quien solo mira su ombligo. Ante este vértigo se entienden mejor que nunca las palabras del siempre sabio Joseph Joubert: «Es mejor que haya muchas personas engañadas a que haya muchos granujas».

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De Gabo a Canetti con escala en Cáceres
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Juan Domingo Fernández | 16-11-2017 | 8:28| 0

EN agosto de 1967, apenas mes y medio después de publicarse ‘Cien años de soledad’, Gabriel García Márquez confesaba en una entrevista periodística con el crítico literario Luis Harrs que la muerte de su abuelo materno, cuando el niño tenía 8 años, marcó una división definitiva en su existencia. «Después todo me resultó bastante plano», dice. Crecer, estudiar, viajar, «nada de eso me llamó la atención. Desde entonces no me ha pasado nada interesante».
Ese reconocimiento al territorio primigenio de la infancia se ha citado muchas veces como factor fundamental en la génesis creativa del novelista colombiano. Pero no es, claro está, exclusivo suyo; al revés: García Márquez no es la excepción sino la regla. Nada más universal que lo local y nada más universal tampoco que esos primeros años en Aracataca para el autor de ‘El coronel no tiene quien le escriba’, un tiempo que alimentó la biblioteca fabulosa de sus historias y el fervor imperecedero por el abuelo con el que pasó toda la niñez.
En la ‘Lengua absuelta’, el también premio Nobel de Literatura Elías Canetti escribe: «Todo lo que escribí después ya había ocurrido alguna vez en Rustschuck». ¿Y qué es Rustschuck? Pues la ciudad búlgara donde Canetti vive su infancia y primera juventud, que pervive siempre en su recuerdo como el paraíso de los descubrimientos esenciales y del color. Con una particularidad en este caso: solo al principio de ‘La lengua absuelta’ Canetti se refiere a Rustschuck como una ciudad «porque todo lo que cuenta después transcurre en una calle, en la casa familiar y el patio de la misma: un ámbito diminuto, que metonímicamente había convertido ‘la maravillosa ciudad’ en una aldea», escribe Tomás Salvador González (’50 escritores’, Papeles Mínimos, 2015), quien apunta una hipótesis para esa digamos concentración en lo local: «seguramente era más potente en su significación si el escenario donde todo ya ha ocurrido alguna vez era un pueblo y no una gran ciudad». Menos es más.
Respecto al mapa de los paraísos primigenios, en García Márquez no hay lugar a dudas: se llama Aracataca. Y a quien le apetezca aproximarse a ‘lo real maravilloso’ del fundador de Macondo tiene una oportunidad espléndida visitando en el Instituto de Lenguas Modernas en Cáceres la exposición «El mundo de Gabo en el cincuentenario de ‘Cien años de soledad’», organizada por la Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste con material proveniente del Museo del Escritor en Madrid. La muestra permanecerá abierta hasta el 7 de diciembre.
De Gabriel García Márquez puede decirse lo que escribe Angélica Tanarro acerca de Flannery O’Connor: «Vio lo que otros miraban sin ver (¿qué otra cosa es la buena literatura?)». En la muestra ahora en Cáceres pueden vislumbrarse algunos de esos itinerarios invisibles que conducen desde el paraíso de la infancia al ‘realismo mágico’ de una obra magistral. Imperecedera.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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