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Autor: JDF8453
¿Mentiras?, poca broma
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Juan Domingo Fernández | 12-10-2017 | 7:19| 0

Cuando un diplomático dice «sí» quiere decir «quizá»; cuando dice «quizá» quiere decir «no», y si dice «no» no es diplomático. Ese viejo dicho confirma mi buen Yorick que esta patulea de dirigentes políticos, ahora por desgracia en la mente de todos, son ajenos al cuerpo diplomático y por descontado, incompatibles con las mínimas normas de la decencia democrática y legal.
«Si me engañas una vez, tuya es la culpa. Si me engañas dos, la culpa es mía», dejó escrito el filósofo griego Anaxágoras.
A un país como España, experimentado en sufrir durante años ‘treguas trampas’ del terrorismo y otras iniquidades, las argucias de «sí, pero no» le causan forzosamente antes que indignación, vergüenza e hilaridad. Para comprobarlo basta entrar en las redes sociales y carcajearse con los abundantísimos ‘memes’ y parodias que suscitan los últimos episodios del innombrable y poco honorable protagonista.
Como en la vieja fábula, el parto de los montes fue un ridículo ratón. O si acaso, el par de cigüeñas que anida –en uno de los montajes humorísticos– sobre el pelucón del sujeto. O el camarote de los hermanos Marx simulando su salón de reuniones; o el acto de la firma del ¿acta? de la independencia; o al diputado que ganó en el sorteo una impresora portátil… Humor y desenfado. Quizás el mejor contrapunto al desbarre de quienes además de transgredir las normas legales del respeto y la convivencia democrática se obstinan en la mentira como arma política y estrategia partidista.
¿Alguien cree que puede edificarse una sociedad estable, justa y próspera sobre la base de la mentira, la tergiversación y el engaño? ¿Alguien puede creerse que siendo esa región una de las más desarrolladas y beneficiadas por todos los gobiernos de España desde tiempos inmemoriales se trata de una tierra «oprimida» política, cultural o socialmente? ¿Cuánto tiempo pueden sostenerse trolas tan descomunales sin causar sonrojo? Por no hablar de la ‘mitificación’ de un pasado que olvida u obvia detalles relativos a la convivencia sin los que resulta incomprensible o más falso que el cartón piedra de un decorado cinematográfico. «Nadie puede engañar a todos durante todo el tiempo», dijo el presidente Abraham Lincoln.
Hay un viejo poema de Jon Juaristi: ‘Spoon river, Euskadi’, de su libro ‘Suma de varia intención’ (1987) que a mí me encanta y que se ha citado más veces como explicación del ‘lavado de cerebro’ y de la atmósfera que propició el doloroso delirio terrorista en el País Vasco. Dice así:
«¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes, / y por qué hemos matado tan estúpidamente? / Nuestros padres mintieron: eso es todo».
Salvando las evidentes –gracias a Dios– diferencias de muertes por terrorismo en una comunidad y otra, no conviene minusvalorar en cualquier caso el peligro de la mentira, del engaño, de la falsedad como origen y causa de las más graves enfermedades sociales; es decir, del progresivo envenenamiento de la convivencia. Ante ese riesgo (aunque sea latente) poca broma.

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Cataluña, la ley y la violencia
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Juan Domingo Fernández | 05-10-2017 | 7:09| 0

HACE poco me inquietaba si la farsa separatista en Cataluña derivaría en esperpento o en tragicomedia. Ahora lo que me inquieta es saber si el tren sin frenos acabará en la Padania o en los Balcanes…
Supongo que a la carcunda nacionalista y a sus esforzados compañeros de viaje les embargará (metafóricamente, claro) igual entusiasmo que a los agricultores el primer día del Diluvio Universal: «¡Qué buena cosecha vamos a tener este año!». Quiero decir que tras los episodios del 6 y 7 de septiembre en el Parlament, el megaparipé del 1 de octubre, los engolados ‘autoaplausos’ por la ‘heroica’ proeza de pisotear la ley, la democracia y los derechos constitucionales del conjunto de la sociedad catalana igual esperaban que la respuesta del resto de España siguiera siendo más diálogo, subir la puja y una palmadita en la espalda.
Anoche Puigdemont arengó a los suyos como si se tratara del primer día del Diluvio Universal. ¿Piensa quizás que sus acciones van a quedar impunes? Alfonso Guerra ha sido el último que ha insistido en la evidencia del cuento sobre ‘El traje del emperador’. El veterano dirigente socialista ha tenido que insistir en esas verdades como puños que la ‘posverdad’ y ‘poslegalidad’ independentista tratan de presentar como género averiado. ¿Qué verdades? Pues el carácter esencialmente reaccionario de los nacionalismos (sobre todo de los nacionalismos identitarios o supremacistas), la interesada ‘confusión’ entre el conjunto de la sociedad (¡somos todo un pueblo!) y la ciudadanía con ánimo sectario; el desprecio ‘de facto’ a la soberanía nacional, representada por el conjunto de España y no por los habitantes de un territorio…
Es cierto que casi toda la culpa de lo que está ocurriendo hay que atribuírsela a los dirigentes nacionalistas y populistas que con ánimo transgresor han sepultado la Constitución para situarse –sin rodeos– fuera de la ley, es decir, al margen de la democracia. Y me da igual que lo hayan hecho forzados por sus nuevos ‘compañeros de viaje’ o como quien huye perseguido por la sombra alargada del latrocinio y las corrupciones. Es así, pero el porcentaje de culpa restante corresponde a quien consintió que el enfermo empeorara sin aplicarle medidas quirúrgicas cuando la operación resultaba menos traumática.
Creo que no tiene mucho sentido preguntarse a estas alturas si son galgos o son podencos. Lo hecho hecho está; procede resolver la avería: lo urgente y a la vez importante; retomar la senda constitucional y garantizar la única legalidad posible y democrática. ¿Cómo hacerlo? Ahí es donde todos los implicados directamente tendrán que mover ficha. El Gobierno de la nación y los representantes políticos de todas las administraciones en Cataluña. La gravedad es extrema. Las apelaciones a la responsabilidad, generales. ¿Límites? Acaso la conocida y sabia advertencia de Lanza del Vasto: «Ningún conflicto se resuelve por la violencia porque la violencia es el conflicto mismo». ¿Hay tiempo?

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Savater, las putas y los intelectuales
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Juan Domingo Fernández | 28-09-2017 | 6:15| 0

Profeso admiración por Fernando Savater desde el momento en que descubrí su deslumbrante libro ‘La infancia recuperada’, una de esas obras ‘nutricias’ que constituyen un antes y un después en la formación sentimental de cualquier lector; y más aún si, como era mi caso, se trataba de un lector joven, recién exiliado de la adolescencia…
Los pequeños ensayos de aquel libro me enseñaron a mirar la literatura sin prejuicios ante algunos géneros ‘proscritos’ (entre otros la novela policiaca desde Allan Poe a Agatha Cristie, la ciencia ficción, las llamadas ‘novelas de aventuras’) y también a distinguir lo que la literatura conlleva de mirada moral, de espejo del hombre. Lecciones sobre el papel del héroe en los cuentos clásicos o indagaciones en torno al genio literario de Borges, Shakespeare o Robert Louis Stevenson.
Fernando Savater suma a la claridad de ideas el compromiso, la coherencia cívica y una valentía que le han llevado a levantar la voz incluso frente a la mordaza del terrorismo y la barbarie sectaria. Savater ha sido un testigo incómodo para los variados matones y voceros del fanatismo ideológico y político durante las últimas cuatro décadas en España. Por eso me alegro del premio que acaba de entregarle la Asociación de Editores de Madrid y de algunas de sus afirmaciones tras recibir el galardón. Por ejemplo, disentir de los ataques al Gobierno de Rajoy por su «inmovilismo». «Como si la ley tuviera que moverse», apostilló. Y otros comentarios relativos a la situación catalana: «Algunos personajillos deberían llevar una temporada en la cárcel, que tiene también una función educativa».
A mí lo que me parece más relevante de las declaraciones de Savater es la crítica abierta a los intelectuales respecto a la coyuntura que se vive en Cataluña. «Nadie quiere dejar de gustarle a una mayoría», «hay una cobardía generalizada en España, también entre los intelectuales», «la cuestión es que los intelectuales somos como las putas, vivimos de gustar, y queremos gustar, aunque sea arrinconando otros valores», «esa es la enfermedad que los intelectuales han desarrollado en este país».
¿Se trata de juicios excesivos, de opiniones extemporáneas del filósofo? Basta reparar en las lindezas que han tenido que escuchar estos días personajes como Serrat, Marsé o Boadella por mostrarse contrarios al referéndum convocado para el 1-O…
Al autor de ‘La tarea del héroe’ hay que agradecerle también su veterano desdén por los nacionalismos excluyentes (todos los son) y su insistencia en el carácter ‘cultural’ (no político) del concepto nación catalana frente al de ciudadanía. «Si ligáramos otra vez la ciudadanía con la tierra, volveríamos a la época medieval».
En resumen, el viejo enfrentamiento entre lo ‘sentimental-mitológico’ y lo ‘racional-democrático’ que tan rentablemente llevan mezclando ciertos dirigentes políticos en Cataluña para beneficio propio.

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Pla, Cataluña y los puntos suspensivos
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Juan Domingo Fernández | 21-09-2017 | 6:17| 0

Vuelvo a la relectura de ‘El cuaderno gris’, de Josep Pla, que me reconcilia con una Cataluña bastante distinta de la del ‘procès’. Me adentro en sus páginas con el ánimo de encontrar precisamente el contrapunto a la tragicomedia del separatismo. En Pla me divierte su inclinación al sentido práctico: alguien anuncia que él y sus amigos recibirán cuatro pesetas y enseguida lo traduce: «dieciséis cafés por barba». Recrea escenas populares que tienen más de costumbrismo que de apunte sociológico. «Un pescador de Calella, aficionado a cantar, me dice:
—Me gustaría más saber tocar la guitarra que tener panteón…». Regala al lector el hallazgo del ingenio. Hay un ejemplo fulgurante de ironía que resume al mejor Pla de ‘El cuaderno gris’. Cuenta cómo Eugeni d’Ors habla ante su peña del Ateneo y dice:
«—Los hombres son de dos clases: los que sirven para la Filosofía y los que no sirven para nada…
—Sí, claro –ha dicho Pujols–, pero siempre se exagera…».
Le basta contraponer tal respuesta rematada por puntos suspensivos para subrayar la potencia irónica del descreimiento ante la exageración sentenciosa de d’Ors.
Pla huye casi siempre de la retórica, de la grandilocuencia, pero no del juicio contundente. Hablando de Baroja señala: «Sus novelas apenas tienen argumento y las personas que las leen buscando el interés, la emoción de los trucos dramáticos, quedan decepcionados. Pero en estas novelas, la vida española de su tiempo está admirablemente retratada. En este sentido, su obra, en la cual la gente hormiguea, es la comedia de un determinando momento». (…) «El defecto de Baroja», añade Pla, «es que es un hombre de adjetivo ligero. A veces juzga, adjetiva, ligeramente –los lanza como los burros los pedos».
Hoy me gustaría leer a Pla y conocer su opinión acerca de unos acontecimientos graves y trascendentes, acaso tan relevantes como los que recogió en su crónica sobre el advenimiento de II la República.
La voz de Pla en este libro no es la del frío notario que registra una sucesión de hechos y de días, es la del cronista que aventura también un juicio sobre los grandes creadores de nuestra cultura, y lo hace con perspicacia, humor y humanidad. Un escritor, como dijo de él Valentí Puig, que «supo ser perfectamente inteligente, estratégicamente huraño, secretamente generoso y brutalmente sentimental».
Levanto la mirada de ‘El cuaderno gris’ ante los últimos acontecimientos de Cataluña y me dan ganas de salir corriendo. No solo echo de menos a Pla sino a referentes como Vázquez Montalbán. ¿Qué hubiera dicho el autor de ‘Crónica sentimental de España’ ante el pandemónium catalán? Tal vez la ‘tropa’ separatista anhelaba que el Estado les conminara con tanques… pero me parece que no se esperaban a los ‘cobradores del frac’ (o sea, la Ley y los mandamientos judiciales) escoltados por la Guardia Civil.

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Los impuestos y el ‘selfi del mono’
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Juan Domingo Fernández | 14-09-2017 | 7:27| 0

LA oenegé FACUA-Consumidores ha denunciado abusos detectados en bares y restaurantes como cobrar por los cubiertos, por el hielo para un café, por el mantel de la mesa, usar el servicio y otras arbitrariedades por el estilo. Entre picos, palas y azadones, mil millones… La lista de conceptos susceptibles de ser rentabilizados vía impuestos debe de ser tan larga como el afán escrutador del ministro Montoro.
Así de golpe, los intentos de convertir en mero paganini a quien solo busca comer en el restaurante o tomarse algo en el bar pueden parecernos atrabiliarios o desvergonzados, pero bien pensado no es una práctica tan extraña. Basta compararla por ejemplo con la interminable serie de conceptos por los que una entidad financiera, sin ir más lejos, puede cobrarnos comisiones. Yo recuerdo todavía el escándalo que supuso permitir legalmente a la banca que penalizara a los clientes por la devolución anticipada de los créditos. O las ahora famosas ‘cláusulas suelo’. O el oneroso rescate con la excusa de que dejar caer a la banca sería incurrir en ‘riesgo sistémico’… Al lado de semejantes enjuagues, cobrar por el cubierto en la mesa se queda solo en pillería infantil.
La fijación de impuestos suele ir unida al reconocimiento de un derecho. Un tribunal estadounidense decidió el pasado lunes que los derechos del famoso ‘selfi del mono’ que se hizo en Indonesia el macaco Naruto al apoderarse de la cámara del fotógrafo David Slater no pertenecen al mono (en realidad hembra de macaco negra con cresta) sino al dueño de la cámara, aunque el fotógrafo deberá donar el 25% de los ingresos que obtenga en el futuro por el «selfi del mono» a organizaciones dedicadas a proteger y mejorar el hábitat de Naruto y de los macacos negros de Indonesia.
¿Pagar impuestos por los robots? Bill Gates, fundador de Microsoft, cree que sería una buena medida a medio plazo para luchar contra los puestos de trabajo que destruirá la la progresiva automatización y el uso masivo de la inteligencia artificial. El secretario general de UGT, Pepe Álvarez, también defiende la posibilidad de que coticen los robots si esas máquinas sustituyen a trabajadores.
¿Debe incluirse entre los paganinis de impuestos a quienes se pasan el día pidendo a Siri o a su correspondiente asistente virtual que les resuelvan tales o cuales cuestiones? ¿Dónde fijar los límites? Y sobre todo, ¿quién se encargará de hacerlo? ¿La ONU?
La periodista y abogada Ángela Murillo planteaba ayer tarde en Facebook una cuestión que ella misma intuye polémica: «A riesgo de que me linchen, opino que los 25.000 perros que viven en Badajoz deberían pagar un impuesto. En otras ciudades los dueños ya pagan una cantidad simbólica por el uso y abuso de la vía pública». Era el breve comentario a una noticia de HOY que enlazaba en su muro: «El parque canino de Badajoz tendrá 7.000 metros cuadrados junto al Puente Real». En fin, que los carguen en la cuenta de Naruto, o en las de los blindados ante el ‘riesgo sistémico’.

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