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Autor: JDF8453
La felicidad y el futuro
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Juan Domingo Fernández | 10-08-2017 | 11:49| 0

Dice el psiquiatra Luis Rojas Marcos en una entrevista que le hace Íñigo Domínguez en ‘El País’ que el ser humano está programado para el optimismo y que esa es la mejor herramienta para afrontar el discurso del miedo tan vigente en nuestro tiempo. Poco días antes, en otra entrevista de Víctor M. Amela en ‘La Vanguardia’, Chökyi Nyima Rimpoché, monje y maestro de budismo tibetano en Nepal afirmaba que la bondad es la base de la felicidad y la salud. Y descendía a los detalles: «La única política justa será la basada en la bondad. Un político bondadoso, que ame al otro, jamás será injusto ni corrupto». Es decir, la felicidad como un estado al que se llega cuando sabes apreciar lo que tienes, a través de la calma y la ‘bondad plena’ que equivalen a «querer lo mejor para el otro, regocijarte de sus éxitos y felicidad».

Reconozco que no siento particular inclinación por la literatura de autoayuda ni por esas filosofías multirremedios de manual. Pero es curioso, Rojas Marcos no se limita a enunciar una frase bonita, relaciona por ejemplo la importancia que tiene en Estados Unidos esa condición optimista frente a Europa, –más proclives a la «cultura de la queja»– en las tasas de suicidios: mientras en Europa siempre se sitúan entre un 8 o un 9 por 100.000, en los ‘optimistas’ y ‘felices’ USA esas tasas no aumentan. El valor antropológico de la felicidad.

En el caso del monje budista, su lección me resulta tan familiar como la gran recomendación cristiana: «ama a tu prójimo», o todas las tesis vinculadas a la felicidad (eterna) que se contienen en las bienaventuranzas.

Cuando releo una de las frases de Chökyi Nyima Rimpoché: «La única política justa será la basada en la bondad. Un político bondadoso, que ame al otro, jamás será injusto ni corrupto»…  confieso sin embargo que enseguida esbozo una sonrisa no tanto porque descrea de la tesis sino porque imagino a cualquier estratega electoral de España recetando a sus huestes la medicina de la bondad con el adversario. Y la sonrisa asciende a carcajada si busco mentalmente algún ejemplo que pruebe de forma empírica la recomendación del tibetano…

Probablemente la relación entre felicidad y optimismo y entre bondad y felicidad esté ya siendo reformulada por la ciencia a través de algún algoritmo que nos alegrará la existencia, sin necesidad de psiquiatras o de monjes budistas… Algún programa o alguna aplicación que nos redirija, como el GPS del espíritu, hacia modos de vida placenteros: un país pongamos por caso donde los jóvenes obligados a marcharse por la crisis puedan regresar sin sucumbir en los ‘trabajos basura’; un país donde el cambio climático no sea considerado una ‘posverdad’; donde los populismos tengan fecha de caducidad; donde no haya crisis de crecimiento; donde el futuro no lo escriban las grandes plataformas tecnológicas. Un futuro en el que Trump o el líder norcoreano solo quepa imaginarlos dentro de un cómic y donde se castiguen por ley, –y de una vez por todas– las llamadas durante la siesta para que cambiemos de compañía telefónica.

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Del cónsul burlón y ozú con el Facebook
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Juan Domingo Fernández | 03-08-2017 | 9:02| 0

La destitución fulminante del cónsul español en Washington por mofarse del acento andaluz y de Susana Díaz me recuerda aquella humorada de «no me importa que fume si a usted no le importa que le vomite encima». La justicia poética de la reciprocidad.
Ya saben la historia: con motivo de la visita de la Reina a Málaga el pasado 20 de julio el diplomático puso en su Facebook (solo para sus amigos) un post ridiculizando el habla andaluza y a la presidenta de la Junta de Andalucía: «Hay q ver q ozadia y mar gusto la de la susi, mira que ponerse igual que letirzia, cmo se ve ke n sabe na de protoculo ella tan der pueblo y de izquieida. Nos ha hecho quedar fatá a los andaluse dimicion ya».
Pocas horas después y tras haber exigido la Junta la reprobación por el comentario en la red social, el ministro de Exteriores, Alfonso Dastis, destituyó de inmediato a Enrique Sardá Valls como cónsul en Washington. Donde las dan las toman.
Reniego del falaz argumento de que el ya excónsul tiene derecho a título personal de mofarse de quien quiera aunque no le asista ese derecho cuando lo hace en su condición de responsable público. A mí me parece que lo alarmante de verdad no es que la mofa y el escarnio la cometan un albañil, un taxista o un diplomático; lo alarmante no es que la perpetre fulanito de tal o menganito de cual sino que se efectúe a través de las redes sociales. Aquí el medio también es el mensaje. Y la condición de responsable público un mero agravante.
Así que la pregunta no es ¿dónde hemos llegado que hasta los servidores públicos se mofan de forma improcedente de las autoridades o representantes del Estado? La pregunta sería ¿dónde hemos llegado que hasta los servidores públicos utilizan las redes sociales para burlarse en público?
Mi buen Yorick convendrá conmigo que tras el ejemplo de Donald Trump en lo relativo a redes sociales, la parodia supuestamente desenfadada del excónsul en Washington se queda casi en travesura infantil. Sin embargo lo alarmante sería aceptar como referencia o precedente válido ese tipo de exabruptos, tales comportamientos indebidos en las redes sociales. Ya se sabe que las redes son un albañal, una cloaca, pero han llegado para quedarse. Por esa razón especialmente, porque han venido para quedarse y no constituyen un fenómeno efímero es preciso conocer sus posibilidades y sus peligros.
Se ha repetido mil veces: las redes son un instrumento, una herramienta, y como tales no cabe juzgarlas ‘malas’ o ‘buenas’ en sí; depende del uso que hagamos de ellas. Una pared de la calle puede servirnos para fijar anuncios útiles o hacer pintadas insultantes. Con las cuentas de Facebook y Twitter ocurre igual. Tal vez sea cuestión de tiempo. Visto así, la destitución fulminante del cónsul contribuya a diluir la fatal sensación de impunidad en Internet. Quien la hace la paga.

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¿Quién escribirá los nuevos esperpentos?
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Juan Domingo Fernández | 27-07-2017 | 8:13| 0

Sin ánimo de parecer frívolo, confieso que mi curiosidad mayor respecto al referéndum de octubre en Cataluña no se refiere tanto a cómo caerá la moneda (con perdón) sino a quién será el autor capaz de resumir para la posteridad esta época esperpéntica. Si Valle-Inclán inmortalizó en el primer tercio del siglo XX los disparates de una sociedad conquistada por sus propias caricaturas y Albert Boadella anticipó los excesos de Pujol and company en su genial ‘Ubu president’, lo que me gustaría conocer ya mismo es cuántos cuadernos de notas lleva emborronados el autor que inmortalizará los desvaríos del independentismo y el pandemónium del ‘procés’.
La vieja frase de Marx de que los grandes hechos y personajes de la historia se repiten primero como tragedia y luego como farsa se nos antoja también un calco profético de la situación catalana durante la II República (la fase trágica) y en estos últimos años del bucle soberanista (la fase cómica). Qué película ha perdido Berlanga.
La aparición sobre el escenario de la farsa de unas pocas figuras: Yoko Ono, Peter Gabriel o Hristo Stoichkov… –firmantes de la campaña soberanista «Dejad votar a los catalanes»– viene a poner la guinda foránea, la pincelada colorista en su afán por ‘internacionalizar’ el conflicto en busca de relevancia. Y es comprensible, pues la facción separatista procura así atenuar los rotundos rechazos cosechados en las instituciones europeas y en el resto del mundo democrático. Y me parece que persigue también contrarrestar las voces disidentes de nombres de prestigio como los de Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Javier Cercas, Jordi Évole, Javier Sardá, Isabel Coixet y tantos otros, que muestran estos días su rechazo o distancimiento con el fondo y las formas del referéndum separatista.
Por eso, si abrimos el foco, la comparecencia ayer de Mariano Rajoy declarando como testigo en la Audiencia Nacional por el ‘caso Gurtel’ resulta desde luego bochornosa y poco edificante por tratarse de la cabeza visible de un gobierno democrático europeo. Pero más allá de esas paradojas temporales, de la jugarreta del calendario, no cabe oponer la posible ‘ilicitud’ de su comportamiento político y personal para justificar o ‘legitimar’ la estrategia y los procedimientos de Puigdemont y cía. Entre otras cosas porque aun siendo relevante el problema de la corrupción en el PPy en el conjunto de España, se trata de un problema coyuntural, episódico, mientras que el llamado ‘procés’ es un problema estructural, no circunstancial, fundado en un desafío a la lógica, a la historia y a la ley del que tan solo caben esperar repercusiones imprevisibles y desde luego catastróficas.
Así que con este panorama acaso la mejor salida sea incurrir doblemente en el marxismo (el de Karl y el de los hermanos de Groucho), confiando en que la farsa del ‘procés’ y del referéndum del 1-O se resuelva con risas y sin llantos. Y que la escriba un autor con futuro.

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Promesas y paraísos
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Juan Domingo Fernández | 20-07-2017 | 8:26| 0

Quizás el daño colateral más relevante del proceso independentista catalán no sea el distanciamiento emocional, la desafección recíproca que se está produciendo entre buena parte de los españoles y quienes nutren las filas del sector separatista. La consecuencia más perjudicial del llamado ‘procés’ es la constatación de que cualquier sociedad, por desarrollada y culta que parezca a primera vista, resulta igualmente susceptible de ser influida y manipulada hasta extremos inimaginables. Cuando se habla de manipulación política solemos pensar en regímenes totalitarios extremos como la Alemania nazi, la Unión Soviética de Stalin o la Corea del Amado Líder…
Pero la experiencia demuestra que procesos intensos de sugestión colectiva se registran ahora y en nuestro país, como si se tratara de prodigios más cercanos a las creencias supersticiosas que a la lógica y la razón. Cómo se explica que en un periodo muy corto y en pleno siglo XXI las preocupaciones políticas, las prioridades sociales, las aspiraciones cotidianas de una sociedad desarrollada y caracterizada por su espíritu abierto y europeísta como la de Cataluña se ‘ensimisme’ con veleidades de ensueño igual que en la canción de Sabina: «No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió».
Dice Max Jacob que «el sentido común es el instinto de la verdad» y yo tengo la impresión de que ese sentido común tantas veces vinculado con la sociedad catalana se está diluyendo ante la presión descomunal de unas políticas públicas que han hecho bandera de la secesión y del sectarismo como si tales anhelos fuesen imprescindibles para la vida y vinieran a satisfacer las necesidades de una sociedad en la Europa de 2017.
Cuando digo cómo se explica este estado de cosas estoy haciendo, claro está, una pregunta retórica. Se explica por un conjunto de causas entre las que sobresale –más allá de la responsabilidad de cada cual– la de los dirigentes políticos que juegan la baza independentista al precio que sea, es decir, por encima del sentido común, de la verdad y de la razón. «Donde hay poca justicia es grave tener razón», afirmaba Quevedo, y yo deseo vivamente que nadie concluya lo mismo porque en Cataluña ciertos políticos independentistas antepongan deseos interesados a la justicia; es decir, a la ley, a la democracia y a la historia.
El ‘proceso de desconexión’ ha crecido a través de insistentes ejercicios de precalentamiento en el victimismo y la indignación («¡España nos roba!») y repicando desde los campanarios soberanistas la ‘promesa’ del fin de todos los males en el mismo instante en que Cataluña sea independiente de España y se convierta en la nueva tierra prometida donde mana leche y miel.
¿Cómo disolver el convencimiento de quien se cree víctima de un ogro inexistente y que además confía en habitar su paraíso en un mañana incierto? La verdad, no lo sé; pero acaso le consuele el viejo proverbio hindú: «No hay árbol que el viento no haya sacudido». Quiero decir que el resto de España también se siente víctima y no renuncia al paraíso en común.

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No es serpiente, es Pesesín
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Juan Domingo Fernández | 13-07-2017 | 7:25| 0

En periodismo hay un género clásico que sobrevive a la propia evolución de los medios: la serpiente de verano. Me refiero a ese tipo de noticias sin excesiva relevancia, vinculadas a las vacaciones y bastante llamativas, a las que en casi todas las Redacciones se acudía en socorro ante la escasez de hechos destacados. La ‘serpiente de verano’ podía ser el avistamiento de ovnis, los excesos de ciertas fiestas ancestrales en lugares remotos o las noticias alarmantes sobre el abandono de mascotas en periodo estival.
En estos tiempos de plena transición entre el soporte papel y los soportes digitales, el periodismo no ha renunciado a las serpientes de verano, aunque tal vez sí reclama para ellas un carácter esencialmente de entretenimiento y una procedencia preferente: el universo digital y las redes sociales. Más que en las páginas impresas de los periódicos el hábitat ideal para reproducirse la especie son las redes sociales. La galaxia digital.
¿Por qué digo todo esto? Por la historia de Pesesín, de la que ayer se hacía eco ‘El País’. En pocas palabras: el dueño de un pez (que resultó ser dueña) se va de vacaciones y deja en el descansillo del edificio donde vive un pececito en su pecera junto a un bote de comida y un cartel con instrucciones sobre cómo cuidarlo: «¡Hola vecinos! me voy de vacaciones y no me dejan llevarme a PESESÍN. Necesito vuestra ayuda para que le deis de comer. Solo se le debe echar una vez al día. Dejo la comida y un cuadro para saber cuándo comió». Hasta ahí los primeros datos. ¿Pero en qué momento el cartel y el pez se convierten en algo más que la anécdota de una comunidad de vecinos? Justo en el instante en que la tuitera @Nuria_GMz, vecina también de ese bloque de pisos, decide subir a la Red un tuit con un par de fotos contando la historia que hasta ahora, mientras escribo, ha logrado ya más de mil comentarios, 50.000 retuits y 87.000 ‘me gusta’.
Aparte de otros detalles sobre las opiniones de los tuiteros respecto al comportamiento de la persona dueña del pez, ‘El País’ informa también de que hasta la Policía Nacional a través de su perfil de Twitter se hace eco de la historia recordando (con humor y emoticono incluido) que «¡Siempre hay una alternativa al abandono animal!».
Desde luego, mil veces mejor estas ‘noticias’ que las habituales también durante julio y agosto de ancianos ‘abandonados’ en sus domicilios o en los hospitales de las grandes ciudades porque sus familias no pueden hacerse cargo de ellos en vacaciones…
Los dioses me libren de la demagogia o de la argumentación tramposa. Yo no critico que asuntos tan ‘ligeros’ como el de Pesesín conciten el interés de miles de tuiteros y dediquen su tiempo a comentar y entretenerse con la historia del pececito. Aunque se asemeje a las serpientes de verano. ¿Cómo no preferir, por ejemplo, esta historia frente al espectáculo indecoroso del grupo de dirigentes independentistas catalanes que se empeñan en disparatar hoy menos que mañana?

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández

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