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Cuando éramos celtas: de hogueras, lunas y calaveras
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Israel J. Espino | 27-07-2012 | 07:59

 

Ilustración: Jimber

   A la luz de la luna, grandes hogueras iluminan los montes extremeños en noches de plenilunio. Alrededor del fuego danzan los celtas y entonan canciones. El fuego purifica el alma mediante la incineración del cuerpo.

 

Alrededor de los castros como Villaviejas del Tamuja, en Botija, o de Capote, en Higuera la Real, los enfermos se exponen en los caminos para ser curados por los que han sufrido la misma enfermedad.

 

A la Luna se la adora en Ibahernando, Santa Cruz de la Sierra, Abertura y Arroyo de la Luz.  Se han encontrado en Extremadura miniaturas, en metal, de medias lunas grabadas para colgar a niños pequeños con el fin de librarles de maleficios e impedir que se alune. Según Barrientos, Cerrillos y Álvarez, el culto a la Luna con connotaciones funerarias pervive en Extremadurahasta bien entrado el siglo IV  a. C., lo que constituye una muestra de su enorme importancia en la mentalidad popular. Estos amuletos lunares continúan pasándose de abuelas a nietas, miles de años después. Yo misma tengo uno que pasaré a mi hija.

El viento Céfiro fecunda a las yeguas (Fotografía: Jimber)

 

Respiran y adoran al viento Céfiro, que fecunda a sus yeguas y ayuda a la creación del famoso veneno llamado “hipomanes”. Plinio el Viejo escribe que

 

“es verdad que en Lusitania las yeguas vueltas hacia el viento favonio (el céfiro del oeste) respiran sus fecundantes auras, preñándose de este modo, los potros que paren salen rapidísimos en la carrera, pero su vida no pasa de tres años”.

 

También el poeta Virgilio declara, ahondando en los ribetes mágicos, que

 

“sin otro ayuntamiento, las fecunda el viento solo. Entonces se dispersan desatentadas por los peñascales y las profundas cañadas… Entonces es cuando destilan del útero el espeso veneno a que los pastores dan el nombre de hipomanes, el cual suelen recoger las malditas madrastras para mezclarlo con hierbas y conjuros”.

 

 

 

Tienen un temeroso respeto al rayo, y para librarse de sus devastadores efectos procuran tener cerca la llamada piedra del rayo, que no es otra cosa que las conocidas hachas de diorita negra que los hombres del neolítico han dejado esparcidas por toda la región. Creían (y aún se cree en muchos pueblos) que esta piedra cae del cielo junto a los árboles, y que al cabo de unos años vuelve a salir a la superficie.

 

 

Poblado del Saliente, en Santa Cruz de la Sierra (Fotografía: Jimber)

          Nuestros antepasados creen también en las divinidades de las aguas, de las fuentes y de los árboles. Veneran a la encina. Los bosques y los montes son también adorados, y convierten sus fondas y cuevas en santuarios, como el descubierto en la Cueva del Valle de Zalamea de la Serena, en la que se han encontrado toscas terracotas representando figuras humanas, ofrendas de los indígenas a una deidad desconocida, que ofrecen a sus dioses sacrificios en progresión que, desde los frutos, alcanzaban al hombre. Estrabón nos cuenta que

 

“Los lusitanos hacen sacrificios; observan las entrañas, pero sin extirparlas. También observan las venas del pecho y conjeturan palpándolas. Predicen mediante las entrañas de los prisioneros de guerra, cubriéndolos con sagos. Luego, cuando el hieroskópou lo golpea por encima de las entrañas predicen primero según la forma en la que cae el cuerpo. Cortan a los prisioneros la mano derecha para consagrarla como ofrenda… Sacrifican a Ares un chivo, prisioneros de guerra y caballos.”

 

                        Los celtas que pueblan nuestras tierras son zoolatras. Creen que la divinidad se manifiesta por medio de los animales, por ello algunos, como el toro, la cabra, el caballo, el cerdo y sobre todo la cierva son tenidos como animales sagrados. El jabalí, la serpiente y el lobo están muy vinculados a las creencias funerarias, en calidad de fieras infernales. De hecho, en Puebla de Alcocer aparece una figura escultórica del dios celta Sucellus, que lleva sobre la cabeza una piel de lobo.

 

La ofiolatría, o culto a la serpiente, tiene también vigencia en nuestras tierras. El motivo de la serpiente viene ya desde antiguo asociado al nombre de sabios y sacerdotes que transmiten las verdades ocultas.

 

Celebran (celebramos) una fiesta que dura desde el 31 de Octubre hasta el 1 e incluso el 2 de Noviembre. Se encienden miles de velas y los celtas conmemoran la muerte del “dios cornudo”, que volverá a renacer mas tarde, en Imbolc.

 

Nuestros antepasados lo llamaban “Samhain“. Nosotros, Día de los Difuntos.  Hay grandes semejanzas entre el símbolo de Halloween (la calabaza), que coincide con Samhain, y la tradición extremeña de las calaveras. En muchos pueblos extremeños, niñas y niños, al caer la noche entre octubre y noviembre vacían una sandía y le abren tenebrosos ojos y boca, le atan una cuerda y meten dentro una vela encendida. En algunos pueblos de Cáceres cantan:

 

“La calavera, zapatos verdes, vestido de seda…

 

Y en Quintana de la Serena  :

 

 “La calavera el Konqui, ya se murió…”, y

 

 “La Calavera el Konqui, no tiene pelo ni cola…”

En todos los casos los niños van en fila y balancean las calaveras mientras cantan, el Día de Todos Los Santos por la noche, justo a la entrada del Día de los Difuntos.

 

Y es que muchos de celta nos queda aún por las venas y por los pueblos.

Será cuestión de no perderlo. Por Cornutus.

 

 

 

 

Sobre el autor Israel J. Espino
Mitos, creencias y leyendas de Extremadura http://extremadurasecreta.com/

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