La huerta encantada del Abrilongo: El refugio de los seres mágicos | Extremadura Secreta - Blogs hoy.es

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Israel J. Espino

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La huerta encantada del Abrilongo: El refugio de los seres mágicos

 

 

Ilustración: Borja González Hoyos

Todo empezó hace cuatro años. O quizás miles. Pero lo cierto es que fue en el 2010 cuando un joven diseñador extremeño reconvertido en hortelano  decide abrir un pozo en su huerta ecológica. Y al excavar, descubre algo que no estaba previsto y que, al parecer, desencadena una serie de extraños acontecimientos.

En el subsuelo, a unos dos metros de profundidad, aparece  un manantial de agua pura y cristalina, y sobre él, en la roca madre, una piedra calcolítica con una serie de extrañas cazoletas grabadas en su superficie. Sobre ella, en los estratos superiores, restos de tejas romanas y de un suelo de pizarra, posibles restos de antiguos  cultos anteriores y que hoy se han perdido en las aguas del tiempo.

Javier Piris no es un hortelano cualquiera. Es un diseñador informático extremeño  afincado en Escocia  al que un buen día el destino (en forma de enfermedad de su padre) empujó a desertar de los ordenadores y volver a dar vida a la huerta del Abrilongo, una parcela de tierra que sus ancestros poseían en la localidad rayana de La Codosera.

 Y precisamente La Codosera no es tampoco un lugar cualquiera. Esta localidad liminal y fronteriza es conocida por sus apariciones marianas (la virgen de Chandavila), sus casas encantadas y por la cantidad de ermitas y de fuentes asentadas en el término municipal, un espacio singular de  culto que ya se manifestaba en la Edad de Bronce, como avala la magnífica  tapa de incensario de la Edad del Bronce aparecida en sus tierras y conservada ahora en Museo Arqueológico de Badajoz.

La sacralización de estos lugares continúa en época romana, pues hay historiadores que sitúan aquí el poblado de As Septem Ara, o Siete Altares.

La huerta del Abrilongo (Ángel Briz)

Una extraña niebla brillante y una misteriosa tonada femenina

Y quizás uno de estos siete altares fuese el que descubrió accidentalmente Javier, porque desde la aparición del manantial y de los misteriosos restos arqueológicos que lo cubren comienzan a sucederse una serie de hechos inexplicables.

El verano toca a su fin y ya se intuye el otoño del 2011.  Javier lleva algo más de  dos horas trabajando con las zanahorias mientras una extraña y hermosa melodía se repite insistentemente en su cabeza.

El sol comienza a decaer, y los límites se difuminan. Javier decide irse. Ha sido una tarde provechosa. Sube una pequeña loma y llega hasta la pequeña casa de estilo alentejano que preside el terreno. Javier se detiene y algo le hace volverse. Está atardeciendo,  (y ya sabemos que el ocaso y el amanecer son momentos claves en el mundo de las hadas y los daimones. Son momentos liminares, cuando las fronteras entre los dos mundos se hacen mínimas) y Javier observa una niebla que brilla, que deslumbra. Era una niebla tan extraña que Javier, años después, sigue sin darle una explicación: “yo me he criado en el campo y nunca he visto esa niebla…”, me apuntaba sorprendido.

En ese momento Javier se da cuenta de algo sorprendente: La tonada que pensaba que llevaba toda la tarde tarareando no estaba en su cabeza. Viene de fuera. De la niebla. “Me doy cuenta de que era una voz de mujer. Una melancólica canción sin palabras definidas ni música. Se escuchaba muy bajito al principio. Solo la voz,  sin acompañamiento. Venía de la niebla…”. Mientras Javier recuerda para mí aquellos momentos, yo recuerdo las palabras de ciertos investigadores del mundo feérico: “Una vez que el oído humano capta la música hechicera de las hadas, esta música permanece siempre en su mente, aunque resulta imposible recordar la melodía o las palabras”.

Javier no se lo piensa y da media vuelta, decidió a internarse en la niebla y buscar el origen de la misteriosa tonada. Pero al llegar a la huerta (apenas unos metros) la niebla se ha disuelto como por arte de magia, llevándose consigo los ecos de la extraña melodía.

La casa de la huerta del Abrilongo (Ángel Briz)

El neozelandes que no tenía miedo

Los años pasan y llega un nuevo verano. Es 2014 y una pareja australiana de Nueva Zelanda, Simon y Hanna, se encuentran trabajando de voluntarios en la huerta del Abrilongo. Un reencuentro con la madre tierra a cambio de comida y alojamiento.

De nuevo todo ocurre al atardecer, en esa frontera entre la luz y la oscuridad en la que todo es posible y en la que los espíritus, los seres legendarios, los dioses y los daimones se manifiestan con tanta asiduidad. Simon ha bajado a la huerta para coger algunas verduras para la cena, cuando de repente  escucha, cerca de una higuera, la risa de una mujer joven. Al volverse, contempla sorprendido como las tomateras se estremecen como si alguien se estuviese ocultando entre ellas. Piensa que puede ser Hanna gastándole una broma, pero acaba de dejarla en la casa preparando la cena, y es además es  imposible que una mujer pueda ocultase en las pequeñas tomateras. De pronto, Simon se percata de que la atmósfera está enrarecida, y de que una campana de irrealidad cubre la huerta del Abrilongo.

Simon, el enorme australiano, observa que la oscuridad se va adueñando de la huerta y decide subir a la casa para comprobar si su mujer se encuentra allí. Y allí la encuentra, cocinando, por lo que,  aún extrañado, decide contarle la extraña experiencia. La ventana está abierta, y ambos escuchan de repente  unos pasos que se acercan. Pero la casa y la huerta están en medio del campo. Nadie tiene porqué estar allí.  Justo en ese momento, el contador de la luz salta y  los australianos quedan a oscuras. Pero Simon no se amilana fácilmente. Sus dos metros lo avalan. Decide iluminarse con el resplandor del móvil, pero en ese momento la batería, que estaba completa, se vacía de repente. Simon no se asusta y sale a la oscuridad, iluminada tan solo por la luna. Rodea la casa. No hay nadie. Vuelve a entrar en la pequeña vivienda y tranquiliza a Hanna. No hay nadie fuera. No pasa nada. Pero sí pasa. En el momento en que ambos se están riendo de sus recientes miedos, todos los platos caen al suelo entre un terrible estrépito… ¿Duendes traviesos? ¿Hadas juguetonas? Simon y Hanna nunca lo averiguaron, y aún hoy, en la lejana Australia, deben recordar su encuentro con la magia en un rincón escondido de Extremadura.

Los alrededores de La Codosera son realmente mágicos (Jimber)

Alex, el inglés que se perdió en la negrura

Lo cierto es que ellos no fueron los únicos ni los últimos moradores de la huerta del Abrilongo que han tenido extrañas experiencias en los últimos años.

Incluso este mes de agosto, según comenta Javier, había dos parejas de voluntarios en la huerta, y cada pareja ha tenido extrañas experiencias…

 “Como con casi todos los voluntarios, antes de irse les cuento un poco que han estado en un sitio especial (no se lo cuento antes para que no anden asustados), y a una de las parejas, al contarles que la aparición de Chandavila era en principio como una sombra negra, se sobresaltaron un poco.  Me contaron que una noche bajaron a la huerta, y estando cerca del río vieron en la otra orilla algo parecido a  la sombra de una persona quieta mirándolos. No se movía y  tenía los bordes borrosos. No diferenciaban si era una persona o qué era. En ese momento pensaron que era un extraño que les estaba observando, y que su vista les estaba jugando una mala pasada, así que se asustaron y se fueron a la casa”.

La otra pareja de voluntarios eran dos amigos ingleses que la noche antes de irse de la finca fueron a cenar en bicicleta al caserío de La Tojera. Al volver, Alex, que iba delante, entró de repente en una extraña negrura.  No veía nada a su alrededor. Y el amigo que iba detrás decía que era como si de repente hubiera desaparecido.  La extraña experiencia solo duró un instante, pero la sensación de irrealidad de ese momento tardarán mucho tiempo en olvidarla.

El manantial descubierto por Javier en su huerta (A. Briz)

¿Dónde está el país de las hadas?

Y es que algo o alguien invisible parece haber decidido habitar la huerta y el río ahora que el hombre ha vuelto a unirse a la naturaleza. O quizás siempre estuvieron ahí y no podíamos oírlos…

O quizás el descubrimiento del manantial y las antiguas diosas de las aguas tengan mucho que ver. Porque aguas y fuentes es precisamente lo que le sobra a la zona donde se encuentra esta huerta , en la orilla del Abrilongo, una arroyo que salta cantarín a la sombra de grandes árboles, un riachuelo transparente que conserva la esencia de los antiguos cauces encantados, un agua sagrada que se convierte en frontera de países. En una orilla, la huerta extremeña. En  la otra, a dos metros escasos, Portugal.

Y es esa agua a la que se ha rendido culto en la península Ibérica desde el principio de los tiempos.  Y como bien afirma entre otros el profesor Luis Alonso Rubio, en las religiones primitivas de la Península, las fuentes se identifican con el lugar donde, por lo general, habitan seres beneficiosos, preferentemente femeninos, que alcanzan incluso la categoría de deidades.

Para el mundo romano, las fuentes eran el lugar de residencia de ninfas y náyades, mientras que con la llegada del cristianismo, y ante la imposibilidad de la Iglesia de erradicar del todo estas creencias tan arraigadas entre la población, las fuentes se consagran a personajes del santoral, curiosamente, y en la mayoría de los casos, a la Virgen María.

Mientras, la tradición popular coloca en las fuentes a seres fabulosos tales como damas encantadas, hadas o moras cuidadoras de fabulosos tesoros, que no dejan de ser las sucesoras reconvertidas de las primeras divinidades paganas.

Tapa de Incensario del siglo IV a.C. hallado en La Codosera (A. Briz)

Las antiguas diosas han vuelto

La zona de la Codosera permite descubrir todavía algunos elementos que denotan la existencia de estos cultos a las aguas en tiempo pasado e, incluso, su pervivencia en la actualidad.

Una de las inscripciones más antiguas que se conservan en la comarca es la aparecida en la Ribeira da Venda (Arronches), casualmente a tan solo unos 15 kilómetros de la huerta del Abrilongo. Es del siglo I a.C., y recoge uno de los pocos textos conocidos en lengua lusitana. Se trata de una ofrenda múltiple de animales a  divinidades indígenas, algunas de ellas relacionadas con el mundo acuático, como Brieniae, o Broenia.

 

Piedra grabada con cazoletas aparecida sobre el manantial (Javier Piris)

El enigma de las cazoletas grabadas

La devoción a esta diosa  prerromana a pocos kilómetros quizás explicarían la aparición de la extraña piedra con cazoletas encima del manantial. Algunos Otros investigadores afirman que pueden ser recipientes horadados para realizar libaciones y ungüentos, y hay quien afirma que incluso, al ser las cazoletas rellenadas de agua, reflejarían mágicamente la posición de ciertas estrellas en noches especiales como los solsticios.

Como antropólogo y arqueólogo, el teósofo Roso de Luna relaciona las cazoletas con la escritura ogmica y con los templos: “No sé por qué suerte de afinidad parecen constituir los templos un núcleo de atracción de las piedras con cazoletas. Casi todas las que hemos visto se hallan en los atrios de las iglesias y en los poyos de sus portadas. Otras, no obstante (…) están grabadas en la viva roca”.

Estas cazoletas estarían, según estas ideas,  sacralizando un manantial como zona mágica y de culto, un lugar que posteriormente la civilización romana pudo utilizar igualmente como lugar de ofrenda a los dioses. Los dioses del agua.

Altar levantado en la Codosera a la virgen, a algunos santos... ¡Y a dos gnomos! (A. Briz)

Recuperando los antiguos ritos mágicos

Y es que este culto a las aguas, lejos de olvidarse, se ha perpetuado, aunque disfrazado con los ropajes del cristianismo.

Así, la religiosidad popular atribuye poderes curativos a las aguas de determinados pozos y fuentes, como ocurre en el caso del cercano paraje de de “Chandavila”, donde la aparición de una extraña mujer vestida de negro a unas niñas se relación inmediatamente con la virgen de los Dolores, lo que hizo que se erigiese un santuario que ha día de hoy sigue acogiendo a peregrinos y creyentes que aspiran a beber su milagrosa agua.

Un santuario en el que el viajero, si decide olvidar el gran santuario y adentrarse en el agreste monte, encontrará una pequeña capillita levantada en el lugar exacto  en el que tuvo lugar la primer aparición. Una capilla en la que, como en una extraña religión sincretista, se une el culto a la virgen, a  Jesucristo, a los ángeles, a santos antiguos y santas modernas… y a duendes.

 En otras ocasiones, las fuentes juegan un papel protagonista en la celebración de ritos como los de la noche de San Juan, pervivencia de cultos paganos coincidentes con la celebración del solsticio de verano. Así, hasta hace no muchos años, algunas fuentes como la “Fuente Arriba”, al llegar la víspera de San Juan eran limpiadas, blanqueadas y engalanadas con flores.

Al llegar la noche, en torno a ellas se celebraban reuniones de vecinos que allí acudían a recoger la denominada “agua de San Juan”, a la que se le atribuían facultades curativas y protectoras. Javier decidió hace unos años recuperar en la huerta del Abrilongo los ritos sanjuaniegos en la noche del 23 de junio, tal y como hacían sus antepasados.

Y los dioses (y las antiguas diosas), por lo que se ve,  respondieron.

 

 

 

 

 

Leyendas y creencias de una tierra mágica

Sobre el autor

Periodista especializada en antropología. Entre dioses y monstruos www.lavueltaalmundoen80mitos.com www.meridasecreta.com


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