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Israel J. Espino

Extremadura Secreta

Los misterios de Garrovillas de Alconétar

 

 

Ilustración: Jimber

Duendes, diablos, brujas, monaguillos muertos, pasadizos secretos, sirenas malditas, princesas encantadas, tesoros ocultos y hasta supuestos caníbales jalonan sus piedras y sus campos.

 

De la Sirena de Garrovillas ya hablamos en otra ocasión, y también de sus brujas, que salen las noches del sábado por las chimeneas, montadas en escobas, para asistir a sus aquelarres.

 

Y es que adentrarse en la plaza medieval  de Garrovillas de Alconétar es comprar un pasaje al pasado.  Y pasear por sus calles y por sus campos es descubrir, en cada recodo, una leyenda, un mito y un pedazo de historia.

La plaza de Garrovillas de Alconétar (Jimber)

 

 

En la misma plaza, pétreo y bello, el palacio de los Condes de Alba de Liste aguarda al viajero, reconvertido hoy en Hospedería. Era el palacio morada de duendes, a decir de Moisés Marcos de Sande, aunque debieron huir con la reforma del edificio. Y de sus subterráneos, afirma el pueblo, surge un pasadizo que lo une al ruinoso y mágico convento de San Francisco y a la iglesia de San Pedro.

 

Entrada al aljibe subterráneo en la iglesia de San Pedro (A. Briz)

Es esta iglesia, monumental y sorprendente, curiosa como pocas. Tiene al diablo encerrado. O al menos, eso dice el pueblo. Se cuenta que cuando se estaba construyendo la iglesia de San Pedro el diablo quiso cotillear lo que pasaba dentro,  y se asomó a una ventana gótica. Pero Dios, que todo lo ve,  quiso castigar la satánica curiosidad y cerró de repente las pétreas paredes, aprisionando al demonio, que quedo con el culo y las patas fuera del templo, mientras que su cabeza, con sus cuernecillos de carnero y cara de espanto, aseguran que asoma al interior, aunque no puede verse por estar cubierto por el retablo mayor.

El culo del diablo en la iglesia de San Pedro (A. Briz)

 

 

 

 

El párroco, Nicolás Rivero, no es amigo de cuentos y consejas, y sí hombre de acción al que no le cuesta mancharse la sotana. Resuelto a disolver la leyenda por los hechos, y convencido de que el culo que asoma al exterior de la iglesia no era de diablo, sino de evangelista. Me cuenta sus teorías: Si la cabeza oculta es de toro, era una representación de   Lucas. Si la cabeza es de león, es Marcos. El enigma se resolvió cuando, con motivo de unas obras, pudo ver la parte frontal de la bestia pétrea. Era león, me afirma convencido. Marcos, pues. Pero el pueblo, tozudo él, sigue señalando, al pasar por la iglesia, al culo del diablo.

 

 

El monaguillo muerto (A. Briz)

 

No es el único enigma pétreo que se encuentra en Garrovillas. Al lado de otra iglesia, esta vez la de Santa María de la Consolación en la plazuela de las Nieves, descubro en una humilde casa una extraña figura esculpida y encalada bajo la chimenea. Parece un hombre, tocado con un extraño sombrero, con una intensa expresión de dolor o de miedo, que alza sus brazos al cielo. Intrigada, indago su origen. Me cuentan (y más tarde me aseveran que ocurrió de veras) que hace muchos años un monaguillo tocó las campanas con tanto ahinco que la fuerza bestial del bronce lo volteó, arrojándolo desde lo alto de la torre y estrellándose contra el suelo. Quisieron los familiares rendirle tributo y no olvidarlo, y esculpieron en la casa contra la que murió esa extraña figura triste y aterrorizada, alzando eternamente los brazos como queriendo asirse a una cuerda inexistente.

 

 

Pero no es el monaguillo prematuramente muerto el único personaje recordado en Garrovillas de Alconétar. Todavía hay quien rememora a El Parro, un extraño vecino al que Marcos de Sande nos describe como huraño en el trato, de trato y ademanes bruscos, rostro taciturno y larga barba, que hacía huir a los niños solo con oír su nombre. A este “asustaniños” de carne y hueso se le atribuían robos, crímenes, violaciones y hasta canibalismo, aunque en realidad era un ser completamente inofensivo. Vivía en el campo, cerca del arroyo “Morisca”, a dos kilómetros de Garrovillas, en una cueva natural donde se creía que guardaba un inmenso tesoro en monedas de oro.

 

Y hablando de tesoros garrovillanos no podemos olvidar el de la Peña del Soldado, del que ya hablamos en otra ocasión, o el de La Peña del “Bolsicu”, otrapiedra del tesoroque para todos aquellos que quieran probar suerte se encuentra a un kilómetro del pueblo, en la margen derecha del camino de Rehana. Es una roca de casi cinco metros de altura que se yergue verticalmente y que recuerda la forma de un bolsillo. Se cuenta que un judío escondió en la roca un bolsillo con monedas de oro. Conseguir las riquezas tiene truco, ya que para alcanzarlo hay que subir gateando, ya que si se asciende de cualquier otra manera el tesoro se hunde inmediatamente en las entrañas de la roca.

 

Otra peña mágica es la La peña de la Jilandera, situada detrás de la huerta de los frailes,  en el camino que desde el Cristo del Humilladero conduce a la Peña de la Vista. Se trata de un cubo de piedra, de un metro aproximadamente, que oculta en su interior una princesa encantada que hilará eternamente en su rueca de marfil, hasta que la llegada del príncipe la libere de su encantamiento. Y aún se cuenta que aplicando el oído a la cara superior de la piedra se oye el ruido de la rueca.

 

Más magia quedan aún en sus entornos, que ya desentrañaremos otro día: La torre de Floripes y sus alaridos desgarradores, los buscadores de tesoros, el puente de Mantible, el fiero Fierabrás y su quijotesco bálsamo que aparece en San Juan, el mantel de la Última Cena y sus secretos templarios

 

Volveremos, palabra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una puerta abierta a nuestros mitos

Sobre el autor

Periodista especializada en antropología. Entre dioses y monstruos www.lavueltaalmundoen80mitos.com www.meridasecreta.com


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