Los ruidosos duendes extremeños | Extremadura Secreta - Blogs hoy.es

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Israel J. Espino

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Los ruidosos duendes extremeños

Ilustración: Jimber/

Los duendes, aunque no se lo crean, recorren con sus cortas piernas toda Extremadura. Aparecen en Las Hurdes y en La Serena,  en la comarca de La Vera, y en el Valle del Ambroz, en Trujillo y en Badajoz.

 En Las Hurdes, el investigador Félix Barroso nos presenta al Duende Jampón, que pese a ser diminuto necesita engullir siete arrobas de comida al día y se cuela por las casas devorando todo lo que encuentra.

 Allí también  se habla también de duendes guardianes de tesoros enterrados en el campo. Afirma Flores del Manzano que si alguien trata de apropiarse de ellos desoyendo las advertencias del duende, éste transforma en carbón no sólo el propio tesoro, sino todos los ahorros y riquezas que el descubridor guardaba en su casa.

El paraje de San Martín, hogar del duende de Garganta La Olla (Israel J: ESpino)

El paraje de San Martín, hogar del duende de Garganta La Olla (Israel J: ESpino)

En la comarca de La Vera  los duendes imponían juramentos que de no cumplirse acarreaban la infertilidad a las mujeres. Estos duendes han sido vistos e incluso se cuenta que a principios del siglo XX varios vecinos persiguieron a uno de ellos, en Garganta la Olla, en el paraje de San Martín cuando impuesto el juramento a una mujer, intentaron acabar con él para evitar la maldición. Estos duendes veratos miden unos 40 centímetros de altura, tienen un color verde especialmente brillante por la noche y cuando es descubierto huye muy rápidamente a cuatro patas, y en  zig-zag.

 Tienen pinta de ser parientes  de los “Frailecillos” de los que Publio Hurtado ya nos habla en 1902, unos duendes que se iluminan con lucecitas verdosas o violáceas, se cuelan por las cerraduras y pellizcan en los ojos a la gente mientras duermen, cortan apéndices con navajas barberas y te cosen el culo si te descuidas.

 Y encima no hay fuerza humana que los eche de la casa, porque pesan como si estuvieran rellenos de plomo, y cuando se escarranchan sobre una persona, la inmovilizan totalmente.

 Es difícil librarse de ellos, ni aún mudándose de casa. Y si no que se lo digan a los pobres habitantes  de un lagar de Madroñera quienes, según cuenta Hurtado, cansados de seguir sufriendo  los cambios nocturnos de muebles que un duende se dedicaba a realizar noche tras noche, decidieron abandonar la casa y dejarla a merced del elemental. Montaron las escasas pertenencias que les quedaban enteras en un carromato y cuando ya se iban, creyendo alejarse de la casa maldita y del duende, vieron como el enano se acomodaba en el carro, diciendo con guasa:

 

¿Qué, nos mudamos?

 

Ni que decir tienen que la familia decidió quedarse y seguir soportando al duende. El lagar pasó a llamarse desde entonces  “El Lagar del Miedo”.

 Parecido nombre tomó una casa de Badajoz cuando en marzo de 1901 un duende comenzó a hacer ruidos y a destrozar la ropa de los habitantes de la casa número 23 de la plaza de San Vicente, suceso que saltó a la prensa de la época y que convirtió a este inmueble en “La Casa del Miedo”.

 La condición de seres enredadores y retozones es la nota que mejor define a los duendes extremeños. Además de hacer ruido en las casa también se dedican por la noche a contar los huesos de las costillas de las personas que duermen en las casas que tienen tomadas, haciendo que la gente se levante por la mañana con grandes dolores de espalda.

 Como podemos ver, los duendes castúos adoptan diferentes apariencias, desde frailes en miniatura hasta enanillos de aspecto grotesco, aunque la mayoría son “chiquininos y negros como el carbón”, y tienen unos pies bastantes grandes para su estatura. Otros dicen que tienen las orejas tan grandes como abanicos, o brazos que les llegan hasta el suelo, o jorobas tremendas, o caras de viejos…como nuestro siguiente personaje, al que vieron en un internado de Villanueva de la Serena.

Ya desde los años 50 en el Hogar Pedro de Valdivia se habla de extraños seres que aparecen por la noche y atemorizan a los internos. Un alumno de los años cincuenta, afirma que el mismo vio entre las camas a un pequeñísimo personaje que caminaba a saltitos, “exactamente como lo hacen los pájaros”. Pudo verlo a la luz de la luna, y afirma que su rostro era el de un hombre unos cincuenta años, con una expresión aterradora, un pelo negrísimo, rizado y abundante y una piel muy oscura, al igual que su vestimenta.

 Y no solo eso. Cuenta Hurtado cómo a una señora de Aldeanueva del Camino un duende que se queda de “okupa” en su casa se dedica a desparramarle el trigo, colgar los cuadros del revés, poner patas arribas los platos y las sartenes y derramar el agua de las tinajas, entre otras mil perrerías. La señora afirma haber visto al duende con sus propios ojos una docena de veces, y afirma que se parece mucho (no parpadeen, que esto es de traca) a un san Antón barroco que estaba en la iglesia del pueblo.

 No es el duende más extraño que tenemos por estas tierras. También tiene telita (o al menos hilo) el que se aparecía en Esparragosa de la Serena en el camino de Zalamea. Vive en un molino, a orillas del río Guadalefra , en lugar de hablar bala como un cordero, y  a veces se aparece a los que por allí pasan en forma de un extraño ovillo de hilo negro que rueda ante ellos por el camino y desaparece ante sus estupefactos ojos cuando intentan cogerlo.

Casas antiguas de Ladrillar, patria del "Duende" más famoso de Las Hurdes (A. Briz para Extremadura Secreta)

Casas antiguas de Ladrillar, patria del “Duende” más famoso de Las Hurdes (A. Briz para Extremadura Secreta)

Pero volvamos a Las Hurdes. Sólo han  pasado 5 años desde que Hurtado publica alguna de estas historias cuando se celebra en Plasencia  el Primer Congreso de Hurdanófilos. Es 1907. El párroco de Ladrillar, Isaac Gutierrez, relata en primera persona, y ante numerosos y notorios personajes, su encuentro, y el de todo el pueblo, con un temible duende que tiene aterrorizada a la pequeña alquería. No son solo imaginaciones. Una niña ha muerto.

 Ladrillar pasa tres eternos días de terror, concretamente entre el 26 y el 28 de febrero. El relato de estos acontecimientos se conserva aún en el Archivo Episcopal de Cáceres. También se conserva el acta de defunción de la pequeña María Encarnación Martín, que afirma que la muerte se produjo por causas desconocidas, y que cayó fulminada ante el fulgor de una de las luminarias que acompañaban al que, desde entonces, se conoce como “el Duende de Ladrillar”.

 

 Según el párroco,

 

 “el duende vestía ropajes ceñidos y oscuros enfundados en un menudo cuerpo, la cabeza era desproporcionada por lo grande, y las extremidades cortas”.

 

Algo parecido a un descomunal cuervo revolotea emitiendo un extraño chillido durante la noche entera sobre las casas de la alquería.  Incluso hay quien asegura haberlo visto en forma humana.

Ha  pasado más de un siglo, y ya apenas se escucha hablar de duendes en Extremadura. Los platos siguen cayendo sin motivo alguno en ciertas casas, misterioso ruidos siguen resonando por la noche y algunos objetos cambian de lugar sin que mano humana los mueva. Pero ahora ya no se culpa a los duendes, sino a espíritus errantes, al poder de la mente o a algo con un nombre tan feo como los poltergeist.

 Lo duendes, que no olvidan y tienen mucho tiempo, deben estar preparando su venganza. Y les recuerdo que entran por las cerraduras, cosen culos y amputan miembros indeterminados, así que no se dejen engañar por su tamaño. Avisados quedan.

 

Una puerta abierta a nuestros mitos

Sobre el autor

Periodista especializada en antropología. Entre dioses y monstruos www.lavueltaalmundoen80mitos.com www.meridasecreta.com


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