Hoy
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LA INMORTALIDAD DE LOS SENTIMIENTOS
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Diego Algaba | 05-01-2018 | 10:08| 0

img-20170428-wa0003-1-miliHace unos días vi en la tienda de Granja el Cruce de la Avenida Juan Sebastián Elcano, ese negocio que Inma trabaja como si fuera suyo, una oferta de chorizo Revilla y me acordé de cuando hice la mili. En aquel año y pico que estuve sirviendo al ejercito por 130 pesetas al mes en Zaragoza, mi madre me enviaba paquetes con queso y chorizo, también me ponía giros y de vez en cuando me escribía una carta que firmaban todos los miembros de la familia. Aunque las cartas que más ilusión me hacían era la de una novia que unos meses antes de terminar aquel año militar me dejó por otro que estaba exento al tener los pies planos, el roce hace el cariño, aunque sea con pies planos. Pasé los indomables 20 años domado en un cuartel con cantina donde vendían las cervezas por cajas y los calimochos por litros. En la mili aprendí a beber y a hacer guardias con un CETME delante de un calabozo que tenía como único arrestado una bicicleta que estaba castigada porque un capitán,después de varias horas en el bar, se cayó de ella en mitad del patio.

dscn1682-3Mi madre me mandaba chorizos y giros y yo solo le regalé una estampa de la virgen del Pilar que compré en los puestos próximos a la basílica de tejas azules y verdes de Zaragoza. Han pasado muchos años de aquello. Mi madre murió hace cuatro. Sin embargo, días atrás, volví a verla sentada en su sillón emparejando calcetines con su sonrisa y esa mirada pura de bondad tan pasada de moda en estos tiempos. Con la piel tersa y el pelo cano regresó a casa cuando abrí la caja de colacao donde guardaba las cosas importantes:

foto de internetel libro de familia, su carnet de identidad,la esquela de su hermana, las fotos de la primera comunión de sus nietos y esa estampa de la Virgen del Pilar donde pude leer por detrás, escrito con letra redonda de grandes trazos, realizada con la lentitud de los que ponen mucha atención en lo que hacen por falta de práctica: “Protege a Diego en la mili y en la vida”. Aquella letra tan familiar me hizo entender que no solo los grandes escritores están vivos en la tinta de sus textos. Quizás alcanzar la inmortalidad no depende tanto de la ciencia como de los sentimientos.

Diego Algaba Mansilla

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FOTOGRAFÍAS
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Diego Algaba | 08-12-2017 | 21:17| 0

dsc04099-2Voy andando por senderos de tierra. No ha llovido y las botas mueven el polvo a cada paso. Hay piedras y jaramagos que crecen sin orden en el camino. El cielo azulea como en un mañana de agosto, como un cuadro de Sorolla. El sol acecha escondido como un cazador detrás de su camuflaje de pasto y plástico. Donde tenía que haber sombra hay sol y donde charcos tierra seca y estriada. De repente, como un espejismo, fiel a noviembre, aparecen los colores del otoño a los lados del camino y el paseo se convierte en varios paseos: aquí los ocres de las hojas en el suelo, allí el amarillo que todavía resiste en el árbol . Me quedo quieto para ver esas pinceladas de la naturaleza. Miro y mirando acoto el campo. La vista se me va a ese espacio finito del encuadre que no tiene límites en belleza y me acuerdo de Finicio. “La obra artística solo representa un modelo reducido del universo”. Saco la cámara y disparo. Disparo para retener el instante, como si los momentos no fueran irrepetibles. Algún día dejaré de fotografiar para disfrutar sin interrupción, no se puede atrapar la naturaleza que es lo mismo que retener el tiempo para que luego, en casa, sentado frente al ordenador, una foto sea incapaz de provocar lo que siento en el bosque, en el barbecho. Hay que pisar la tierra, oír caer las hojas, acariciar el pétalo de una flor. Mi niña corre sonriente hacia mí con las manos llenas de hojas secas y esa emoción no la puedo captar con la cámara, la apago y sigo paseando de su mano.

dsc04097-3Por el camino me cruzo con un corredor vestido de rojo, un pescador tira la caña protegido con unas botas de agua hasta la rodilla, una bandada de pájaros blancos vuelan en formación, un cardo borriquero parece que me dsc04023-2mira,como si quisiera gritar ¡quiero agua!, un ciclista pasa sigilosa a mi lado.

Es domingo. La ciudad duerme. El campo está salpicado con colores de Decathlon que vuelan libre como una bandera sin patria. Caen unas gotas, se levanta el aire, el frío nos acurruca, llega el invierno, se va noviembre, llega diciembre, el tiempo pasa tan rápido que nada se puede retener ni siquiera en una foto. La niña sigue creciendo. Papá, ¿cuánto queda para mi cumple?

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LA ESQUINA DEL BAR
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Diego Algaba | 20-11-2017 | 20:59| 1

20171120_203658-2La esquina del bar es como un útero materno, como un líquido amniótico de cerveza fría y café caliente que nos protege en esos días en los que la soledad aprieta. La esquina del bar nos abraza cuando no tenemos a nadie a quien abrazar. La esquina del bar es el refugio de solitarios, observadores, tertulianos… Una esquina dotada con el don de parar relojes y esquivar navidades.

En el bar el Paso, detrás de los Maristas, todas las mañanas nos disputamos la esquina tres clientes en esa primera hora del café de salida, de la primera vuelta al periódico antes de entrar a trabajar.

20171120_203638-2El bar Leñador está en la Banasta, junto al ventanal que da a la calle hay un rincón por el que entra una luz generosa para leer el periódico acompañado con un vino de Esparragosa y aperitivos de cuchara.

El bar la Parada tiene una esquina junto a la ventana donde puedes leer el periódico de espalda al salón sin la distracción del resto de clientes. se puede poner a tñu lado algún conductor de autobús o Andrés, un señor mayor de agradable conversación.

En los pasajes de Zafer está el Emigrante ahora conocido como bar de Nino, este bar tiene una solicitada esquina los días de Fútbol donde casi siempre está Monchi. Este era el bar del llorado Angel de Universitas. El corcho del tablón de anuncio lo preside una foto suya con un poema. Todo lo que pueda escribir de Angelito ya lo ha hecho antes mejor que yo Alvarez Buiza.

En San Roque está el bar Calle Trece que tiene unas vistas excepcionales a la Plaza de la Iglesia de la Concepción desde donde sale la procesión de la borriquita y del silencio. Una esquina donde puedes disfrutar con los colores de los árboles en otoño y la fachada de la Iglesia mientras tomas una cerveza con un generoso aperitivo.

En la esquina del bar el Cortijo del Corazón de Jesús puedes encontrar los domingos, desayunando migas, cachuela o zurrapa a hombres del campo, cazadores,funcionarios de prisiones, columnistas del HOY, mujeres de presos de ETA hablando en eusquera,ese lenguaje de difícil fonética un lenguaje duro, de piedra.

dsc03748-2Mi esquina es la del bar que hay debajo de mi piso, una esquina que es la prolongación de mi salón donde voy con la misma naturalidad que a mi cocina. Entro después de tirar la basura con ropa de estar en casa. Esa esquina es mi esquina. mi útero materno donde la banqueta de madera es el más cómodo de los sillones, siento ese rincón tan mío como lo siente Romy,su propietaria.

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SENDERISMO
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Diego Algaba | 12-11-2017 | 07:07| 0

20171029_115719-a-2Desde Badajoz sale los domingos un autobús de hombres y mujeres vestidos con gorras, pantalones de bolsillos laterales, mochilas y ganas de escapar de los malos humos de la ciudad para hacer ejercicio y respirar naturaleza a esa hora donde la mayoría de las personas están remoloneando en la cama. Me apunté a una ruta con la intención de escribir este artículo. El día elegido tocaba Monfragüe. Había visto el recorrido en el blog del HOY “Senderos de Extremadura”.

20171029_115621-2Estuve a las 8 de la mañana en la parada de autobús, frente de la parroquia de San José uniformado: estrené un pantalón de muchos bolsillos, unas botas y un palo de andar. Llegué “sobrao”con la misma seguridad que iba a las rutas cuando corría maratones. Uno no es consciente del paso del tiempo. Hace dos años que no corro, además he ganado algunos kilos.

20171029_133841-2Después de tres horas de viaje llegamos a Serradilla donde vimos el famoso Cristo de la Victoria. Empezamos la caminata. Un kilómetro y medio de cuesta me devolvió a la realidad de mi peso y de mi inactividad, pero ya era tarde para volver atrás. Había que continuar. Tocaba sufrir. Una subida, una bajada… y así, subiendo y bajando caminos de tierra y piedra completé los 14 km. del recorrido soportando el fuego del calor de primeros de noviembre, que es el mismo calor que hacía años atrás a últimos de agosto. El campo estaba seco, el río Tajo en los huesos y yo exhausto. Este año el otoño es una palabra sin color. Cuando terminé la ruta y llegué a mi destino, Villareal de San Carlos, pedí la botella de agua y la jarra de cerveza más grande del bar. Me senté. Una vez sentado ya no podía levantarme pero tuve que hacer un último esfuerzo para volver al autobús que estaba aparcado en el punto más alto del pueblo. Tres horas de carretera con los pies palpitando dentro de las botas con la misma fuerza como me palpitó el corazón mientras subía la Sierra de Santa Catalina.

20171029_135324-2Prometo volver más entrenado y más ligero para disfrutar en lugar de sufrir y contarlo en un nuevo artículo.

Cuando llegué a casa me había quedado la radio puesta. Seguían hablando de Puigdemont pero en ese momento me importaba más mi inconsciente locura que la suya y me puse a escribir este artículo.

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PARCELEROS
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Diego Algaba | 26-10-2017 | 14:07| 0

dsc03324-2Entre el pueblo y el río se extendían las parcelas. Las últimas llegaban hasta los eucaliptos. Cinco hectárea de aquella tierra de secano convertida en regadío para cada agricultor. La mayoría sembraba tomates dándole al marrón de la tierra una capa de color rojo vivo solo interrumpida por el claro de las besanas. En aquellos tiempos todavía no se habían inventado los aspersores, ni el riego por goteo. El grifo que regulaba el mayor o menor flujo de agua eran los montones de tierra que se hacían con la azada para guiar el líquido por unos surcos u otros.

dsc03170-2Los niños se entretenían poniendo nombre a los animales. Las golondrinas formaban como disciplinados soldados encima de los cables de la luz, vigilando la llegada de cazadores con escopetas de balines o muchachos con tiradores hechos con las gomas de las cámaras viejas de las bicicletas. Los parceleros se cargaban con la energía del sol y el agua de lluvia que eran su gasolina, la sangre que fluía en el interior de rudos cuerpos curtidos a la dsc03028-2intemperie protegidos por un sombrero de paja.

Hombres de campo fuertes y trabajadores que tenían como reloj el sol. Al caer la noche, sentados en sillas de enea, se charlaba de la siega y la siembra en el porche donde cuatro o cinco hijos jugaban en la puerta con otros cuatro o cinco niños del vecino de parcela con pelotas de trapo y cajas de cartón. Los domingos se vestían de domingo y después de misa se tomaban un vino en la taberna para seguir hablando de campo. Se comía del huerto, de las gallinas, de la vaca… En época de recolección cogían lápiz y libreta para hacer unas cuentas que nunca salían. Muchos de estos parceleros acabaron sus días en la ciudad, en casa de esos hijos que jugaban en el porche, esos a los que se empeñaron en dar estudios para que no pasaran frío en invierno, ni calor en dsc03049-2verano.

Me he acordado de los parceleros después de ver a uno de ellos cogiendo las aceitunas de un Olivo que hay al final de la Avenida María Auxiliadora. Porque para los que han vivido en la libertad del campo les resulta difícil adaptarse a las cuatro paredes de un piso al que hay que subir en ascensor.

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EL LEGIONARIO
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Diego Algaba | 14-10-2017 | 21:31| 0

dsc04488-2Nunca subió a un avión aunque le hubiera gustado conocer otros mundos, otras tierras, sobre todo Sudamérica. Le gustaba la nobleza de los bolivianos que conoció cuando trabajó de albañil en Gerona. Aunque nunca lo dijo, era un tipo inexpresivo para el amor, se ponía inquieto cada vez que se cruzaba con Rosario, la boliviana que cuidaba a la señora María, la madre del maestro. Nunca se le conoció novia, ni tuvo casa propia, ni coche. Aunque después de la biopsia se compró el Ibiza de segunda mano.

De la legión conservaba un acompasado braceo al andar, unas letras ilegibles tatuadas en el pecho y una cicatriz en la cara, junto a la boca. Algunos decían que se la habían hecho en una pelea callejera, aunque lo cierto es que fue provocado por una caída encima de una botella una noche que iba borracho. Nunca nadie se atrevió a dudar sobre el navajazo en la cara, que a fuerza de repetirlo se convirtió en real.

Una poblada barba, la cicatriz, su 1,90 y la anchura de hombros infundía temor. Aunque tenía barriga todavía conservaba el cuerpo fuerte y robusto que le había dado la genética y el trabajo duro de los andamios. No se le conocía familia, nadie sabia quienes eran sus padres o si tenía hermanos. Un día llegó al pueblo y se quedó para siempre.

Todos los días aparcaba en el mismo sitio y a la misma hora. Dejó de entrar en el bar del Pecas, desde que le hicieran las pruebas en el Hospital, tampoco volvió a probar ni una gota, solo bebía agua. Cada tarde salía al campo. Al anochecer se metía en casa, algunos decían que le había dado por leer libros de política. Siempre fue comunista y a pesar de las decepciones lo seguía siendo.

Desde hace una semana nadie lo ha visto. El coche está en el mismo sitio y parece que no ha abierto ni cerrado la puerta. En el bar del Pecas todos lo piensan aunque no quieren decirlo. Nadie quiere entrar para enfrentarse al terrible olor de la muerte.

Su muerte esconde tantas incógnitas como su vida.

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NO QUIERO ESCRIBIR SOBRE PUIGDEMONT
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Diego Algaba | 10-10-2017 | 16:46| 0

dsc00104Se me pasó septiembre sin escribir ninguna artículo titulado “Septiembre”, así que retomo algunas imágenes que no llegaron a tocar el papel y que circularon por mi la cabeza sin conocer el perfume adictivo de la tinta del periódico.

En septiembre estuve de vacaciones y eso me permitía disfrutar de la ciudad como lo hacía cuando era un nini sin porvenir que solo paseaba y miraba, mucho antes de pertenecer al mundo de las obligaciones laborales, aquellos tiempos en los que no estaba acostumbrado a tener un euro en el bolsillo para entrar en un bar a tomar una caña, ni dos para un cupón, ni siquiera usaba cartera y del bolsillo de atrás del pantalón sobresalía un pañuelo rojo como el de Miguel Bosé en el que tenía puestas muchas esperanzas de seducción que no dieron el resultado esperado. Quizás porque la melena rubia del cantante se asemejaba en mí a la acaracolado del negro de Bony M y dentro de mi cabeza los sueños ganaban a la realidad.

dsc00105-2Cuando uno lleva un tiempo de vacaciones se siente como si fuera otro; como si estuviera fuera del sistema; como si una persona nueva hubiese tomado tu cuerpo, hubiese vaciado la mente de la preocupación diaria, del estrés laboral, de esa lidia con los compañeros de trabajo, probablemente las personas con las que más tiempo pasamos en nuestra vida sin haberlos elegidos.

Todos los septiembre regreso para ser aquel joven que desconocía los despertadores, las duchas matinales, las camisas de rayas, las batas blancas y terminar de vestirme frente al espejo del ascensor. Aquellos tiempos en los que se podía admirar la belleza femenina por la calle sin ser calificado de machista. Ahora no se me ocurre mirar a una mujer guapa y mucho menos volver la cabeza como entonces. Ahora paso delante de ellas con la misma indiferencia que ellas han mostrado siempre ante  mi, así que cuando voy paseando por la calle solo veo a perros cagones, calles llenas de chicles pegados al suelo, papeleras vacías, todo al ritmo del tableteo de las baldosas de las aceras.

dsc01045Termino el texto haciéndome daño en los dientes de apretarlos para no escribir de Cataluña y poner el tono triste e irracional.

Ojalá que todas esas banderas de España que veo en los balcones sean también banderas blancas de paz.

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A LA INTEMPERIE
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Diego Algaba | 01-10-2017 | 18:03| 0

dsc01829-3Vuelvo una noche más de la fiesta del universo, esa que tiene estrellas de colores y arco íris en blanco y negro. Subo las escaleras borracho de mundo. Bebo  otro trago de la botella sin fondo y vuelvo a tomar a pequeños sorbos sus  caricias, sus gestos, sus palabras, su mirada de ojos marrones que ponen los tonos alegres al cuadro de la vida, un cuadro sin marco, sin límites. Se acabaron los tangos tristes, los atardeceres deprimentes, las tardes de los domingos con soniquete a partidos de fútbol. Se acabaron los tiempos de huida, de bares nocturnos, de ambientes sórdidos. Todo lo que quiero lo encuentro entre estas paredes blancas, su presencia lo llena todo. Aquí está todo lo que quiero, Se acabaron aquello tiempos en los que tenía que bajar al bar para huir de mi, de la soledad,también de ella. de su sombra, eso ya no existe. Estas cuatro paredes encierran todo lo que necesito para vivir.

Enciendo un cigarro. Abro las puertas. Voy a la terraza. ¿ Qué hago? Si yo no fumo. Entonces me despierto, palpo al otro lado de la cama, sigue tan frío y vacío como lo estuvo siempre.

Pronto llegará la mañana y será otro día.

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DONDE NACE LA ENVIDIA
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Diego Algaba | 15-09-2017 | 21:52| 0

dsc01777-2Escribo esta Plaza Alta desde otra ciudad donde se siente Badajoz como al hijo al que no vemos sus defectos. Desde esa otra ciudad castellana que cuando respiras el aire de sus calles sientes el deseo de matricularse en una de las filologías, y cuando entras en su Plaza Mayor quieres sentarte en una terraza para mirar, para ver a otras personas con vidas diferentes, marcadas por costumbres distintas. Aunque nos diferencie de ellos el paro, el tren, la pobreza… somos iguales o parecidos. La mano que da y la mano que espera. dsc01778-2Una plaza que absorbe mi atención sin olvidar que en los próximos días me espera San Francisco con su olor a bocadillos de calamares, sus palomas y sus roedores. Si en Sevilla se te pone el cuerpo rumbero, en Salamanca se impregna del olor de la tinta de los libros colocados en la estanterías de sus librerías. Hay tantas y tan bonitas como en Badajoz bares. En Salamanca entran ganas de sentarte en el huerto de Melibea a leer la Celestina, o a orillas del Tormes junto a la estatua del Ciego y el Lazarillo para leer sus aventuras y desventuras, igual que en nuestro río de nenúfares mexicanos apetece leer a dsc01851-2Valhondo, Lencero o Pacheco. Y cómo no hacerte una fotografía abrazado a la estatua de Unamuno igual que en Badajoz lo hacemos a altas horas de la madrugada con el Porrina y su guitarrista. Turistas con máquinas de fotos de grandes objetivos colgadas del cuello, que intentan llevar a la pantalla de su ordenador la Catedral, la Casa de las Conchas, el Palacio de Fonseca, o captar la luz del embrujo de las calles de color del oro, tan misteriosas y diferentes como los atardeceres naranjas del Guadiana fotografiados con nuestros móviles.

En los alrededores de Salamanca la gente habla terminando las palabras en s y ado y dice mucho majo, aunque la plaza mayor sea una Babel de idiomas y acentos diferentes donde de vez en cuando se alza entre las voces un acho.

Salamanca y su casco antiguo es una zona para fotografiar, para leer, para entrar en sus librerías y en sus bares aunque no te pongan a mediodía aperitivos como en Badajoz, y una voz familiar te diga, ¿Diego, lo de siempre? Y ahí es donde les nace la envidia.

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COLAS EN AGOSTO
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Diego Algaba | 31-08-2017 | 05:35| 0

dsc01285-2El termómetro que mide las ausencias de Badajoz en agosto son los huecos libres en los aparcamientos y en este agosto hay muchos. Sin embargo, para los que nos quedamos,las colas y horas de espera aumentan.

Fui a desayunar el domingo, dando un paseo en bici, a uno de los chiringuitos del río. Los de Badajoz nos hemos acostumbrado a desayunar en la calle así que solo había una mesa libre. Me senté. Había una camarera. Una camarera que tenía más aspecto de estudiante universitaria ganándose unas perrillas que de profesional de la hostelería. (ya escribí un artículo sobre la Marina y aquellos camareros de antes) Ella, sola, atendía todas las mesas. No daba abasto. Hacia un trabajo disciplinado: apuntaba a bolígrafo la consumición, luego lo comunicaba a la cocina, después venía con una remesa de cafés, luego salía con otra bandeja de tostadas para repartir entre las mesas. Me puso el café al cuarto de hora de pedirlo, cuando lo había tomado, me dijo, Ya queda poco para que salga la tostada”. Contesté que no se preocupase por la tostada. Pagué el café, 1,40 y me fui. Me pidió disculpa, pero ella no tenía la culpa, estaba sola para atender a todas las mesas y a los que había en la barra.

dsc01045Nos hemos acostumbrado, amparados en la crisis, a que un solo trabajador realice el trabajo de dos o tres.

En el Centro de Salud, donde en invierno hay cuatro personas atendiendo al público en verano hay una. Una administrativa corriendo para atrás y para adelante,un teléfono sonando sin ninguna mano para poderlo coger. Entran ganas de sentarse en alguna de las sillas que han quedado libre por vacaciones y no han sido ocupadas por ningún sustituto, para echar una mano. El trabajador atiende a dos o tres cosas a la vez. Personas enfermas guardando colas, gente enfadada, y un solo trabajador realizando la tarea de los compañeros ausentes.

dsc00104Dicen que ya no estamos en la misma situación, que la economía ha mejorado, pero los trabajadores siguen haciendo el mismo esfuerzo que se les exigía al principio de la crisis. Uno realizando el trabajo de tres.

Las colas de Badajoz en agosto son como las de los museos de las grandes capitales cuando anuncian una exposición de Sorolla, de Dalí,o exhiben de nuevo el Guernica.

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