Hoy

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SENDERISMO
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Diego Algaba | 12-11-2017 | 07:07| 0

20171029_115719-a-2Desde Badajoz sale los domingos un autobús de hombres y mujeres vestidos con gorras, pantalones de bolsillos laterales, mochilas y ganas de escapar de los malos humos de la ciudad para hacer ejercicio y respirar naturaleza a esa hora donde la mayoría de las personas están remoloneando en la cama. Me apunté a una ruta con la intención de escribir este artículo. El día elegido tocaba Monfragüe. Había visto el recorrido en el blog del HOY “Senderos de Extremadura”.

20171029_115621-2Estuve a las 8 de la mañana en la parada de autobús, frente de la parroquia de San José uniformado: estrené un pantalón de muchos bolsillos, unas botas y un palo de andar. Llegué “sobrao”con la misma seguridad que iba a las rutas cuando corría maratones. Uno no es consciente del paso del tiempo. Hace dos años que no corro, además he ganado algunos kilos.

20171029_133841-2Después de tres horas de viaje llegamos a Serradilla donde vimos el famoso Cristo de la Victoria. Empezamos la caminata. Un kilómetro y medio de cuesta me devolvió a la realidad de mi peso y de mi inactividad, pero ya era tarde para volver atrás. Había que continuar. Tocaba sufrir. Una subida, una bajada… y así, subiendo y bajando caminos de tierra y piedra completé los 14 km. del recorrido soportando el fuego del calor de primeros de noviembre, que es el mismo calor que hacía años atrás a últimos de agosto. El campo estaba seco, el río Tajo en los huesos y yo exhausto. Este año el otoño es una palabra sin color. Cuando terminé la ruta y llegué a mi destino, Villareal de San Carlos, pedí la botella de agua y la jarra de cerveza más grande del bar. Me senté. Una vez sentado ya no podía levantarme pero tuve que hacer un último esfuerzo para volver al autobús que estaba aparcado en el punto más alto del pueblo. Tres horas de carretera con los pies palpitando dentro de las botas con la misma fuerza como me palpitó el corazón mientras subía la Sierra de Santa Catalina.

20171029_135324-2Prometo volver más entrenado y más ligero para disfrutar en lugar de sufrir y contarlo en un nuevo artículo.

Cuando llegué a casa me había quedado la radio puesta. Seguían hablando de Puigdemont pero en ese momento me importaba más mi inconsciente locura que la suya y me puse a escribir este artículo.

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PARCELEROS
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Diego Algaba | 26-10-2017 | 14:07| 0

dsc03324-2Entre el pueblo y el río se extendían las parcelas. Las últimas llegaban hasta los eucaliptos. Cinco hectárea de aquella tierra de secano convertida en regadío para cada agricultor. La mayoría sembraba tomates dándole al marrón de la tierra una capa de color rojo vivo solo interrumpida por el claro de las besanas. En aquellos tiempos todavía no se habían inventado los aspersores, ni el riego por goteo. El grifo que regulaba el mayor o menor flujo de agua eran los montones de tierra que se hacían con la azada para guiar el líquido por unos surcos u otros.

dsc03170-2Los niños se entretenían poniendo nombre a los animales. Las golondrinas formaban como disciplinados soldados encima de los cables de la luz, vigilando la llegada de cazadores con escopetas de balines o muchachos con tiradores hechos con las gomas de las cámaras viejas de las bicicletas. Los parceleros se cargaban con la energía del sol y el agua de lluvia que eran su gasolina, la sangre que fluía en el interior de rudos cuerpos curtidos a la dsc03028-2intemperie protegidos por un sombrero de paja.

Hombres de campo fuertes y trabajadores que tenían como reloj el sol. Al caer la noche, sentados en sillas de enea, se charlaba de la siega y la siembra en el porche donde cuatro o cinco hijos jugaban en la puerta con otros cuatro o cinco niños del vecino de parcela con pelotas de trapo y cajas de cartón. Los domingos se vestían de domingo y después de misa se tomaban un vino en la taberna para seguir hablando de campo. Se comía del huerto, de las gallinas, de la vaca… En época de recolección cogían lápiz y libreta para hacer unas cuentas que nunca salían. Muchos de estos parceleros acabaron sus días en la ciudad, en casa de esos hijos que jugaban en el porche, esos a los que se empeñaron en dar estudios para que no pasaran frío en invierno, ni calor en dsc03049-2verano.

Me he acordado de los parceleros después de ver a uno de ellos cogiendo las aceitunas de un Olivo que hay al final de la Avenida María Auxiliadora. Porque para los que han vivido en la libertad del campo les resulta difícil adaptarse a las cuatro paredes de un piso al que hay que subir en ascensor.

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EL LEGIONARIO
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Diego Algaba | 14-10-2017 | 21:31| 0

dsc04488-2Nunca subió a un avión aunque le hubiera gustado conocer otros mundos, otras tierras, sobre todo Sudamérica. Le gustaba la nobleza de los bolivianos que conoció cuando trabajó de albañil en Gerona. Aunque nunca lo dijo, era un tipo inexpresivo para el amor, se ponía inquieto cada vez que se cruzaba con Rosario, la boliviana que cuidaba a la señora María, la madre del maestro. Nunca se le conoció novia, ni tuvo casa propia, ni coche. Aunque después de la biopsia se compró el Ibiza de segunda mano.

De la legión conservaba un acompasado braceo al andar, unas letras ilegibles tatuadas en el pecho y una cicatriz en la cara, junto a la boca. Algunos decían que se la habían hecho en una pelea callejera, aunque lo cierto es que fue provocado por una caída encima de una botella una noche que iba borracho. Nunca nadie se atrevió a dudar sobre el navajazo en la cara, que a fuerza de repetirlo se convirtió en real.

Una poblada barba, la cicatriz, su 1,90 y la anchura de hombros infundía temor. Aunque tenía barriga todavía conservaba el cuerpo fuerte y robusto que le había dado la genética y el trabajo duro de los andamios. No se le conocía familia, nadie sabia quienes eran sus padres o si tenía hermanos. Un día llegó al pueblo y se quedó para siempre.

Todos los días aparcaba en el mismo sitio y a la misma hora. Dejó de entrar en el bar del Pecas, desde que le hicieran las pruebas en el Hospital, tampoco volvió a probar ni una gota, solo bebía agua. Cada tarde salía al campo. Al anochecer se metía en casa, algunos decían que le había dado por leer libros de política. Siempre fue comunista y a pesar de las decepciones lo seguía siendo.

Desde hace una semana nadie lo ha visto. El coche está en el mismo sitio y parece que no ha abierto ni cerrado la puerta. En el bar del Pecas todos lo piensan aunque no quieren decirlo. Nadie quiere entrar para enfrentarse al terrible olor de la muerte.

Su muerte esconde tantas incógnitas como su vida.

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NO QUIERO ESCRIBIR SOBRE PUIGDEMONT
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Diego Algaba | 10-10-2017 | 16:46| 0

dsc00104Se me pasó septiembre sin escribir ninguna artículo titulado “Septiembre”, así que retomo algunas imágenes que no llegaron a tocar el papel y que circularon por mi la cabeza sin conocer el perfume adictivo de la tinta del periódico.

En septiembre estuve de vacaciones y eso me permitía disfrutar de la ciudad como lo hacía cuando era un nini sin porvenir que solo paseaba y miraba, mucho antes de pertenecer al mundo de las obligaciones laborales, aquellos tiempos en los que no estaba acostumbrado a tener un euro en el bolsillo para entrar en un bar a tomar una caña, ni dos para un cupón, ni siquiera usaba cartera y del bolsillo de atrás del pantalón sobresalía un pañuelo rojo como el de Miguel Bosé en el que tenía puestas muchas esperanzas de seducción que no dieron el resultado esperado. Quizás porque la melena rubia del cantante se asemejaba en mí a la acaracolado del negro de Bony M y dentro de mi cabeza los sueños ganaban a la realidad.

dsc00105-2Cuando uno lleva un tiempo de vacaciones se siente como si fuera otro; como si estuviera fuera del sistema; como si una persona nueva hubiese tomado tu cuerpo, hubiese vaciado la mente de la preocupación diaria, del estrés laboral, de esa lidia con los compañeros de trabajo, probablemente las personas con las que más tiempo pasamos en nuestra vida sin haberlos elegidos.

Todos los septiembre regreso para ser aquel joven que desconocía los despertadores, las duchas matinales, las camisas de rayas, las batas blancas y terminar de vestirme frente al espejo del ascensor. Aquellos tiempos en los que se podía admirar la belleza femenina por la calle sin ser calificado de machista. Ahora no se me ocurre mirar a una mujer guapa y mucho menos volver la cabeza como entonces. Ahora paso delante de ellas con la misma indiferencia que ellas han mostrado siempre ante  mi, así que cuando voy paseando por la calle solo veo a perros cagones, calles llenas de chicles pegados al suelo, papeleras vacías, todo al ritmo del tableteo de las baldosas de las aceras.

dsc01045Termino el texto haciéndome daño en los dientes de apretarlos para no escribir de Cataluña y poner el tono triste e irracional.

Ojalá que todas esas banderas de España que veo en los balcones sean también banderas blancas de paz.

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A LA INTEMPERIE
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Diego Algaba | 01-10-2017 | 18:03| 0

dsc01829-3Vuelvo una noche más de la fiesta del universo, esa que tiene estrellas de colores y arco íris en blanco y negro. Subo las escaleras borracho de mundo. Bebo  otro trago de la botella sin fondo y vuelvo a tomar a pequeños sorbos sus  caricias, sus gestos, sus palabras, su mirada de ojos marrones que ponen los tonos alegres al cuadro de la vida, un cuadro sin marco, sin límites. Se acabaron los tangos tristes, los atardeceres deprimentes, las tardes de los domingos con soniquete a partidos de fútbol. Se acabaron los tiempos de huida, de bares nocturnos, de ambientes sórdidos. Todo lo que quiero lo encuentro entre estas paredes blancas, su presencia lo llena todo. Aquí está todo lo que quiero, Se acabaron aquello tiempos en los que tenía que bajar al bar para huir de mi, de la soledad,también de ella. de su sombra, eso ya no existe. Estas cuatro paredes encierran todo lo que necesito para vivir.

Enciendo un cigarro. Abro las puertas. Voy a la terraza. ¿ Qué hago? Si yo no fumo. Entonces me despierto, palpo al otro lado de la cama, sigue tan frío y vacío como lo estuvo siempre.

Pronto llegará la mañana y será otro día.

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DONDE NACE LA ENVIDIA
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Diego Algaba | 15-09-2017 | 21:52| 0

dsc01777-2Escribo esta Plaza Alta desde otra ciudad donde se siente Badajoz como al hijo al que no vemos sus defectos. Desde esa otra ciudad castellana que cuando respiras el aire de sus calles sientes el deseo de matricularse en una de las filologías, y cuando entras en su Plaza Mayor quieres sentarte en una terraza para mirar, para ver a otras personas con vidas diferentes, marcadas por costumbres distintas. Aunque nos diferencie de ellos el paro, el tren, la pobreza… somos iguales o parecidos. La mano que da y la mano que espera. dsc01778-2Una plaza que absorbe mi atención sin olvidar que en los próximos días me espera San Francisco con su olor a bocadillos de calamares, sus palomas y sus roedores. Si en Sevilla se te pone el cuerpo rumbero, en Salamanca se impregna del olor de la tinta de los libros colocados en la estanterías de sus librerías. Hay tantas y tan bonitas como en Badajoz bares. En Salamanca entran ganas de sentarte en el huerto de Melibea a leer la Celestina, o a orillas del Tormes junto a la estatua del Ciego y el Lazarillo para leer sus aventuras y desventuras, igual que en nuestro río de nenúfares mexicanos apetece leer a dsc01851-2Valhondo, Lencero o Pacheco. Y cómo no hacerte una fotografía abrazado a la estatua de Unamuno igual que en Badajoz lo hacemos a altas horas de la madrugada con el Porrina y su guitarrista. Turistas con máquinas de fotos de grandes objetivos colgadas del cuello, que intentan llevar a la pantalla de su ordenador la Catedral, la Casa de las Conchas, el Palacio de Fonseca, o captar la luz del embrujo de las calles de color del oro, tan misteriosas y diferentes como los atardeceres naranjas del Guadiana fotografiados con nuestros móviles.

En los alrededores de Salamanca la gente habla terminando las palabras en s y ado y dice mucho majo, aunque la plaza mayor sea una Babel de idiomas y acentos diferentes donde de vez en cuando se alza entre las voces un acho.

Salamanca y su casco antiguo es una zona para fotografiar, para leer, para entrar en sus librerías y en sus bares aunque no te pongan a mediodía aperitivos como en Badajoz, y una voz familiar te diga, ¿Diego, lo de siempre? Y ahí es donde les nace la envidia.

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COLAS EN AGOSTO
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Diego Algaba | 31-08-2017 | 05:35| 0

dsc01285-2El termómetro que mide las ausencias de Badajoz en agosto son los huecos libres en los aparcamientos y en este agosto hay muchos. Sin embargo, para los que nos quedamos,las colas y horas de espera aumentan.

Fui a desayunar el domingo, dando un paseo en bici, a uno de los chiringuitos del río. Los de Badajoz nos hemos acostumbrado a desayunar en la calle así que solo había una mesa libre. Me senté. Había una camarera. Una camarera que tenía más aspecto de estudiante universitaria ganándose unas perrillas que de profesional de la hostelería. (ya escribí un artículo sobre la Marina y aquellos camareros de antes) Ella, sola, atendía todas las mesas. No daba abasto. Hacia un trabajo disciplinado: apuntaba a bolígrafo la consumición, luego lo comunicaba a la cocina, después venía con una remesa de cafés, luego salía con otra bandeja de tostadas para repartir entre las mesas. Me puso el café al cuarto de hora de pedirlo, cuando lo había tomado, me dijo, Ya queda poco para que salga la tostada”. Contesté que no se preocupase por la tostada. Pagué el café, 1,40 y me fui. Me pidió disculpa, pero ella no tenía la culpa, estaba sola para atender a todas las mesas y a los que había en la barra.

dsc01045Nos hemos acostumbrado, amparados en la crisis, a que un solo trabajador realice el trabajo de dos o tres.

En el Centro de Salud, donde en invierno hay cuatro personas atendiendo al público en verano hay una. Una administrativa corriendo para atrás y para adelante,un teléfono sonando sin ninguna mano para poderlo coger. Entran ganas de sentarse en alguna de las sillas que han quedado libre por vacaciones y no han sido ocupadas por ningún sustituto, para echar una mano. El trabajador atiende a dos o tres cosas a la vez. Personas enfermas guardando colas, gente enfadada, y un solo trabajador realizando la tarea de los compañeros ausentes.

dsc00104Dicen que ya no estamos en la misma situación, que la economía ha mejorado, pero los trabajadores siguen haciendo el mismo esfuerzo que se les exigía al principio de la crisis. Uno realizando el trabajo de tres.

Las colas de Badajoz en agosto son como las de los museos de las grandes capitales cuando anuncian una exposición de Sorolla, de Dalí,o exhiben de nuevo el Guernica.

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COLAS EN AGOSTO
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Diego Algaba | 27-08-2017 | 13:10| 0

dsc01285-2El termómetro que mide la tranquilidad de Badajoz en agosto son los huecos libres en los aparcamientos y en este agosto hay muchos. Sin embargo, para los que nos quedamos este mes en casa,las colas y horas de espera aumentan.

Fui a desayunar el domingo dando un paseo en bici a los chiringuitos del río. Los de Badajoz nos hemos acostumbrado a desayunar en la calle así que solo había una mesa libre. Me senté, solo había una camarera. Una camarera que tenía más aspecto de estudiante universitaria ganándose unas perrillas que de profesional de la hostelería. Ella, sola, atendía todas las mesas. No daba abastos hacia un trabajo disciplinado: apuntaba con un bolígrafo en una libreta la consumición, luego lo comunicaba a la cocina, después venía con una remesa de cafés en una bandeja, luego salía con otra bandeja de tostadas para repartir entre las mesas. Me puso el café al cuarto de hora de pedirlo, cuando ya me lo había tomado, me dijo que quedaba poco para que saliese la tostada, Contesté que no se preocupase por la tostada. Pagué el café, 1,40 y me fui. Me pidió disculpa, pero ella no tenía la culpa, estaba sola para atender a todas las mesas y a los que había en la barra. No hemos acostumbrado, amparados en la dsc01042-2crisis, a que un solo trabajador realice el trabajo de dos o tres.

En el Centro de Salud, donde en invierno hay cuatro personas atendiendo al público en verano hay una. Una administrativa corriendo para atrás y para adelante, entran ganas de sentarse en algunos de los sillones que han quedado libre por vacaciones y no han sido ocupados por ningún sustituto, para echar una mano. El trabajador atiende a dos o tres cosas a la vez. Personas enfermas guardando colas, gente enfadada, y un solo trabajador realizando la tarea de los compañeros ausentes.

dsc00100-3Dicen que ya no estamos en la misma situación, que la economía se restituye, pero los trabajadores siguen haciendo el mismo esfuerzo que se les exigía al principio de la crisis. Uno realiza el trabajo de tres.

Las colas en agosto son como las de los museos de las grandes capitales cuando anuncian una exposición de Sorolla, Dalí,o exhiben el Guernica.

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LLERENA
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Diego Algaba | 17-08-2017 | 17:23| 0
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Leo en el HOY un reportaje sobre los cortos de Llerena. Cada año se presentan más películas, este 870. Los mejores cortos que se hacen en España pasan por este concurso que tiene un origen curioso.

dsc00382-3Cuando empezó todo yo vivía en Llerena. Paco Freire se fue a estudiar audiovisuales a Sevilla. Eran pocos los que hacían esa carrera. Una vacaciones que Paco estaba en al pueblo, por la Virgen, se fueron a los alrededores del castillo de Reina con una cámara e improvisaron su primer corto que trataba sobre la pesca en secano. Con un caña y subidos a un olivo empezaron a improvisar ocurrencias y quedó una grabación graciosa y surrealista a esa hora de la mañana en la que empezaba a salir el sol y los bares nocturnos echaban el cierre para inundarse el pueblo con el olor a café y churros de la Coronela. De aquella anécdota viene esto. Las películas de un grupo de amigos que se pusieron el nombre de Morrimer y cuya obra mas conocida ha sido La columna de los ocho mil. Las películas se proyectan en las paredes blancas de un pueblo de cine que no tiene cine. Este años ha ganado en el apartado de la Campiña Sur y Tentudía el corto “La Venganza” de Rogelio Sánchez. Conocí a Rogelio cuando era un niño delgaducho y tímido que hablaba poco y observaba mucho. La película la protagoniza Tere Montero, que participa en algunas ocasiones en la sección de cartas al director de esté periódico y que es

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autora de 9 libros o libretos, como le gusta decir a ella.

Veo por televisión a Alvaro Martín Uriol Batuecas. Cuando vivía en Llerena, yo corría medias maratones. Salía a entrenar por el camino que va al pantano. Al contrario que ahora, que sales a a correr y tienes que ir sorteando corredores, cuando lo hacía en Llerena íbamos Lola Labrador y yo solo por caminos vírgenes de pisadas deportivas y llenos de huellas de herraduras. De pronto empezamos a cruzarnos con dos jovencitos que venían en sentido contrario, y si ya era raro encontrar a alguien corriendo más raro era verlos haciendo marcha. Lola, que era maestra y conocía a los muchachos del pueblo, me dijo que eran el hijo de Basilio el abogado, y Alvaro, de Macarena, la veterinaria. Ahora, años después, sentado frente a la televisión veo emocionado a aquel muchacho pecoso como queda noveno del mundo.

Para conseguir los sueños se necesita fe y constancia. Llerena sabe mucho de eso.

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UNA CIUDAD CON RÍO O EL PRIMER BESO
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Diego Algaba | 09-08-2017 | 17:26| 0

dsc00092-3No sé si hacía menos calor que ahora o lo soportaba mejor entonces. Los años. Esa pesadez del tiempo que no solo cae sobre nuestros cuerpos enlenteciendo sus movimiento, también en el alma arrastrando recuerdos en noches de vinos y nostalgias.

Aquel día de mediados de Junio sentí la sensación repentina de que me hacía mayor. Terminó el curso. Aprobé todo aunque solo obtuve buena nota en Literatura. El autor de aquel resultado no fui yo. Fue el profesor que tuvo la capacidad de sacar partido de un adolescente alelado. Enrique Segura me inyectó el veneno de las letras. No sé si estar agradecido por ello. Ha sido una carga que he soportado al ser ese tipo diferente, aburrido, que en lugar de decir lo mismo que todos para ser aceptado en el grupo se me escapaba de vez en cuando una frase leída en los libros, una cita del Quijote, o algún ejemplo del Lazarillo, o del Libro del Buen Amor. Era un bicho raro que tenía entre mis entretenimiento la lectura por la que había abandonado cosas importante como el argot juvenil, ese código secreto de palabras inventadas y gestos. Muchas veces me he preguntado qué habría sido de mi si en lugar de haber tenido aquel profesor de Literatura hubiese sido otro el que me sedujera. Por ejemplo el de Física, el de Química. Quizás en lugar de estar escribiendo estaría ahora con los ojos aumentados por la lente del microscopio intentado descubrir los secretos de las células de la rana, o buscando algo que sirviera para curar el cáncer, o quien sabe si me pondría a buscar la inmortalidad, aunque a eso he llegado demasiado tarde. Tendría que haberla encontrando antes de que muriera mi padre. Él fue el primero en dejarme un poco más solo. A fin de cuentas la literatura y la investigación es lo mismo, soñar.

Aquel último día del curso fuimos unos cuantos de la clase al río Guadiana, al embarcadero. Un lugar que forma parte de mis años de juventud y donde siempre acababa cuándo tenía que celebrar cosas importantes: primer amor, primeros amigos, primeros tragos.

Aquella mañana de Junio, con cinco compañeros que habíamos pasado por las penalidades y alegrías del bachiller, sentados en la hierba de la orilla con unas latas de sardinas que se abrían girando una llave, un pan y dos litro de cerveza que pasaban de mano en mano para beber todos de la misma botella, tuve la sensación de que mi vida iba a cambiar, de que iba a formar parte de ese numeroso club desconocido y aburrido de los adultos. Una nueva etapa en la que tenía que modelar mi vida, darle forma, comenzaba el momento de mudar la piel suave y protegida del niño por la áspera del hombre. Aquel día en el río sentí por primera vez todo el peso del porvenir en mi conciencia rodeado por unos compañeros con la misma inquietudes que yo y que pensábamos en el mañana con igual optimismo que pesimismo. Mirando el agua sentíamos sed de futuro. Uno quería ser banquero, otro arquitecto, profesiones más cercanas a las que conocían en el ambiente familiar que a sus gustos. Cinco vidas iguales que desde ese momento tomarían rutas diferentes . A uno se lo llevó por delante la heroína, otro se hizo maestro, otro médico, Miguel ingeniero y Luis, que no estudió, fue diputado después de pegar muchos carteles. Ahora es director general en una Consejería. Cuándo me ve por la calle me saluda con un fuerte abrazo, aprieta mi espalda con la seguridad que tienen los que viven unos escalones por encima de nosotros.

Recuerdo aquel día igual que aquel año. Fue cuando la conocí. Mi primera novia. Un primer amor para toda la vida que solo duró un verano. Un verano mágico y dulzón de besos y abrazos. Aquello era mejor que todo lo que había leído. Muchos años tuvieron que pasar para darme cuenta que las historias de los libros son mejores que los paralizantes amores románticos.

Por la tarde iba con ella al embarcadero. Fue en uno de aquellos atardeceres naranjas en los que se fundía el sol con la luna y teniendo como único testigo un río de agua clara, cuando di mi primer beso. El beso puro de dos jóvenes enredados en la hierba de la orilla. Aquel fue un momento mitológico en el que me pareció ver emerger del interior del agua un Neptuno de grandes barbas con tridente para guiñarme un ojo de complicidad. Una felicidad que nunca más volví a sentir con esa sensación primeriza de pasión y amor. Porque lo primero siempre fue lo primero aunque lo que estaba por llegar fuese mejor.

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