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La bruja está en la cueva
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Israel J. Espino | 23-03-2012 | 08:53

Ilustración: Borja González Hoyos

Ilustración: Borja González Hoyos

Me preguntaba ayer un lector si ha habido brujas en Extremadura, y mi respuesta no podía ser más rotunda: haberlas, “húbolas”. Y muchas. Y con nombres y apellidos. Y con apodos. Y casi en cada pueblo, aunque en unos más que en otros. Y es que el extremeño, hasta hace bien poco, podía decir, como Chamizo:

“Sé quién es y cómo es
la bruja dende chiquillo,
y la conozco al deíllo
 del derecho y del revés”.

A formar la rica personalidad de los extremeños han contribuido numerosas culturas, por lo que no es de extrañar que nuestras raíces mágicas se hundan un poco en cada uno de estos pueblos que aportaron no solo su modo de vida, sino también su modo de entender la muerte, y sobre todo sus creencias.

Iberos, celtas, vetones, lusitanos, fenicios, romanos, visigodos, y árabes y han contribuido a que Extremadura sea, hoy por hoy, una tierra rica en sabiduría popular y en sus manifestaciones.

Nuestros antepasados ya pintaban a sus brujos en sus cuevas (Fotografía: Jimber)

Los fenómenos naturales como las tormentas o los eclipses; los episodios de la vida, el amor, la fecundidad y la esterilidad, el nacimiento y la muerte, todo es magia.
 
En una sociedad atormentada por la precariedad existencial, rodeada de enemigos y peligros no siempre previsibles y obsesionada por la oscuridad de las largas noches es lógico que junto al paisaje real hecho de hombres y animales, de bosques y de campos, de cabañas y de aldeas,  de ríos y de caminos, llegue a perfilarse, invisible y amenazador, un paisaje fantástico poblado por espíritus malignos, por monstruos horribles y por una infinidad de fuerzas ocultas que enriquecen la historia de la mitología popular.

Siguiendo a Caro Baroja, es fácil deducir que las brujas nacen  en nuestros campos o nuestras cuevas, debido quizás a la pericia en el conocimiento de las hierbas.

Las mujeres se dedican a recoger plantas silvestres para el sustento de su comunidad, mientras los hombres cazan o roban lo que pueden. En su búsqueda seguramente alcanzan a distinguir no solo las plantas útiles, sino también las dañinas.

Las brujas sabían discernir las plantas que curan... y las que matan (Fotografía: Jimber)

 No es raro pues, que Extremadura sea tierra fértil en brujas y hechiceras, que no por menos conocidas han de ser menos reales, al menos para el pueblo. Y es precisamente el pueblo, con sus creencias y tradiciones, el que hace a la bruja un ser real, poniéndole incluso su nombre a pozos, fuentes, montes o prados.

Y como ejemplo, una ristra de  botones toponímicos: en Almendral existe una Fuente de las Brujas;  en Cañamero tenemos las “mesas de brujas”, el “cancho de la bruja” , “las brujeras”, el “cerro de brujas” y “la brujera del mirador”. En Jaraiz de la Vera está situado el “Charco de las Brujas”, y en Pasarón El cancho de la bruja”, aunque también abundan en nuestras tierras las Suertes de las Brujas y los Cerros de la Brujería. Incluso hay pueblos enteros con fama de abundar en brujas, como CalamonteAhigal.

De hecho, existe en Extremadura una localidad con tanta fama de brujeril que a sus habitantes se les denominas “los brujos”. Hablamos de Villagarcía de la Torre, bello pueblecito con castillo situado en la Campiña Sur, del que se dice que sus casas carecen de chimeneas para impedir la entrada de las brujas. Simeón Vidarte cuenta que esta población, en su infancia, allá por el comienzo del siglo XX, “era tierra de brujas”.

(Fotografía:Jimber)

“Tenían ungüentos y filtros para hacer amar y aborrecer. Cuando querían matar a alguien hacían una muñeca de cera y la clavaban alfileres y la persona sufría mucho, contraía enfermedades, adelgazaba y después moría.

También sabían secretos para que los niños no nacieran. Algunas hacían mal de ojo, porque tenían sustancias venenosas en los ojos y otras partes del cuerpo. Ellas daban mala suerte, “malferio”; traían el “cenizo”.

Con hierbas que buscaban en la sierra de San Miguel debilitaban la voluntad de los hombres y los convertían en muñecos humanos. También echaban las cartas y averiguaban el porvenir”.

Actualmente no sabemos si queda alguno que ejerza, pero los “brujos” de Villagarcía de la Torre han sacado pecho y orgullo y muy sabiamente han sacado partido a su pasado “brujeril”: Desde el año 2000 celebran el  Akelarre, que consta de varias representaciones teatrales y una rúa en las que se representa el espíritu pagano que corría por estas tierras en la antigüedad. E  incluso llegaron a celebrar durante varios años el Festival de Música Villaembrujada. Esto es lo que se llama rentabilizar la fama.

Pero no solo de brujas vive el pueblo extremeño. Curanderos, nigromantes, adivinadores y magos campaban, perseguidos o a sus anchas, por estos campos de Dios o del Diablo. Retazos quedan y aquí los veremos.

Pero será otro día…

 

Sobre el autor Israel J. Espino
Periodista especializada en antropología Entre dioses y monstruos http://extremadurasecreta.com/

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