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Israel J. Espino

Extremadura Secreta

Ni tantos ni tan calvos: los crecepelos mágicos

 

Ilustración: Borja González

Extremeños calvos ha debido haber desde que el mundo es mundo, y ya en el siglo XVII la Santa Inquisición, según nos cuenta el investigado Fermín Mayorga,  echa mano de hechiceras que se dedican, entre otras cosas, a hacer crecer el pelo allí donde se ha perdido.

Ines Sánchez, alias “La lindica”, era una curandera de La Haba que allá por el 1638 ya recetaba fórmulas magistrales para ello. Solo había que tomar “cagadas de rata”, unas moscas y un poco de aceite, freírlo todo junto y untarse la zona en la que se quería que creciese el pelo. Mano de santo, oiga.

El pueblo de La Haba debía ser la Meca de los calvos por esas fechas, porque otra hechicera, llamada María de Sande también fue condenada  en el mismo año por la Santa Inquisición por hacer crecer el pelo, además de por intento de asesinato mágico. La bruja mandaba enterrar un gato negro y esperar a que empezase a pudrirse. Cuando la putrefacción del animal comenzaba había que coger la grasa del minino y utilizarla como jabón sobre la zona calva.

Otro remedio que mandaba, para quien no quisiese convertirse en “gaticida”, era el de freir unos lagartos y ponerse el sebo resultante en la cabeza. Este remedio no solo valía para las personas, sino que al parecer era el remedio que se utilizaba para hacer crecer las colas a los caballos.

Y hablando de equinos, dicen que no hay burro calvo, ni calabaza con pelo, y eso debió pensar nuestro siguiente personaje, mucho más reciente en el tiempo. Se trata de  Amador Rubio, el “Crecepelo”. Vive en Villanueva de la Sierra, en la Sierra de Gata, y ofrece desde hace décadas un ungüento denso y negruzco de fabricación propia que, a golpe de vieja alquitara y oraciones secretas, cuentan que obra  milagros con la calvicie.

Todo empezó cuando un buen día de hace muchos años Amador descubrió una ponzoñosa herida en una de las patas de su mula, por lo que decidió seguir antiguas recetas herbales que con celo se guardaban en su familia desde hacía muchos años con las que licuó una sustancia oleaginosa con la que roció a la burra, observando que esta no solo queda curada, sino que la pierna del animal ha recuperado su recio pelaje tras haber quedado calva debido a la herida.

Sorprendido, decide actuar sobre sí mismo, consciente de su incipiente calvicie. Desde entonces, Amador luce una espesa mata de pelo, y lo mismo dicen cientos de “clientes” que han probado el “milagro”. Por ahora, su fórmula se mantiene bajo el sello del secreto confidencial, a pesar de que varias multinacionales han intentado comprársela a un alto precio.

Pero cuenta el investigador Félix Barroso que todo empezó de forma mucho más poética, cuando harto de los estudios, Amador regresó a su pueblo. Y como a la ocasión la pintan calva, aprovechó para comenzar con sus experimentos naturistas, y cuando “sus estudios sobre la botánica hurdana y sus visitas a determinados puntos mágicos y esotéricos, a fin de recibir los pertinentes flujos de energía, comenzaron a dar el fruto apetecido. De vez en vez, subía (y aún sigue subiendo) a la cima de la Sierra de Dios Padre y, al igual que hacía don Miguel de Unamuno en la cresta de la Peña de Francia, se despojaba de sus hábitos e impregnaba su cuerpo con los vahos serranos de las alturas. Y aún más: en los días tormentosos, sus miembros se electrizan y se cargan de energía; resplandecen bajo el trallazo del relámpago y tamborilean al son del trueno”.

“Recorriendo los ondulados campos de Villanueva, Amador se hizo mitad botánico, mitad boticario. Recogió plantas y escudriñó viejos pergaminos donde se garabateaban esotéricas recetas. Su mente se columpió de las cabelleras de los druidas célticos, se introdujo en el mundo de las agoreras y nigromantes, brujeó por los laberintos inquisitoriales y anotó el curioso recetario de la tradición oral

Amador ha estudiado a fondo la botánica hurdana que extrae las raíces de la “ortiga bullonera”, para machacadas luego a la luz de la luna en recios morteros de madera de encina; recoge el agüilla del “llorio de las parras” que surge solo cuando se podan, cuece semillas del lino, macera raíces de romero y no olvida la a la “toña”, una planta sagrada de la antigüedad con la que se siguen haciendo cruces para alejar a brujas y tormentas.

Desde aquel momento, Amador comenzó a amasar en una rústica pila de granito –que hoy sigue utilizando– aquel mejunje que acabaría dando la vuelta al mundo. Según afirma Barroso, “antes de comenzar el preparado, Amador cae en trance y deja que sus manos resbalen mágicamente entre el cocimiento de hierbas. Todo es artesanal, original, primitivo”.

Como Amador no tiene un pelo de tonto sabe que la virtud de su crecepelos reside en un cincuenta por ciento en sus componentes, y en otro cincuenta por ciento en el extraño poder paranormal que proyectan sus manos y su mente que renuevan, en los días de tormenta, su energía, contactando, en el picacho de la sierra de Dios Padre, con la desnuda Naturaleza.

Las fuentes sanjuaneras son mano de santo para los calvos (Jimber)

Y de la relación con estas energías de la naturaleza saben bien nuestros paisanos, que siguen echando mano de ancestrales ritos para lucir melena, especialmente en la noche mágica de San Juan.

Así, en Las Hurdes y en la sierra de Gata saben que para que el cabello crezca con rapidez hay que restregar la cabeza por un linar a la salida de los primeros rayos solares en la noche de San Juan, a poder ser con el cráneo untado en aceite virgen.

En otros lugares, como en Valverde de la Vera, hay que esperar a la mañana de San Juan, y bien temprano, hay que ir a darse un chapuzón en el agua de un pilón o una fuente, mientras se recita el siguiente ensalmo:

 

“San Juan bendito me guarde el pelo,

y mi alma se lleve al cielo.”

Y es que en toda Extremadura para los extremeños calvos o con poco pelo una de las prácticas más socorridas es la de sumergir la cabeza en cualquiera de las fuentes o pilares del pueblo durante la noche más corta del año.

De todas maneras, y si nada de esto le hace efecto, recuerde ese viejo adagio que afirma que

 “Con aceite de bellotas,

 sale pelo hasta en las botas”.

 Y si tampoco esto hace efecto, no sufra usted, que me ha dicho un pajarito que de aquí a  cien años, todos calvos.

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Una puerta abierta a nuestros mitos

Sobre el autor

Periodista especializada en antropología. Entre dioses y monstruos www.lavueltaalmundoen80mitos.com www.meridasecreta.com


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