Si hay algo que tienen casi todos los pueblos extremeños son moras encantadas. Y también gallinas. Y a veces las dos juntas.
Algunas pueden desencantarse, y otras no, como la “Mansaborá”, la princesa mora hija del Caid de Cáceres, que se enamoró de un capitán cristiano al que daba acceso al alcázar por una galería subterránea llamada “Mansa Alborada” que avanza, tortuosa, soterrada y ya obstruida hasta la ronda de las huertas. Los encuentros galantes se suceden hasta que el capitán utiliza el pasadizo para acceder con todo su ejército y ganar la ciudad.
El Caid maldice a su hija, a su aya y a sus doncellas, transformándolas en una gallina y varias polluelas de plumaje de oro recamado de piedras preciosas, que solo pueden salir del túnel donde quedaron encerradas la noche de San Juan, para andar por los alrededores lanzando lastimeros píos.
Pero la “Mansaborá” no está sola. La transformación de moracantana en gallina tiene honda tradición en Extremadura, puesto que la bella localidad de Segura del Toro tiene, además de moracantana, ecos de tierra legendaria, pues sus habitantes afirman que sus pagos existía una ciudad de evocador nombre: “Verdeoliva”, con un gran castillo donde vivía la Reina Mora, quien lo construye huyendo de la corte y de los requerimientos amorosos del rey cristiano.
– “Segura estoy…”– cuentan que afirmaba desde sus torreones, cambiando con esta frase el primer nombre del pueblo que la acoge.
Pero la Reina Mora se equivoca al sentirse segura, porque el rey cristiano, cegado por la pasión y el despecho, se instala en el pueblo de Abadía, y desde allí comienza a disparar cañonazos que derriban la torre, haciendo que la Reina Mora tenga que esconderse en los sótanos de la fortaleza.
Viéndose incapaz de matar a la dama, el rey cristiano encarga a su mejor ballestero que la asesine al descuido. El ballestero se sube a la sierra, se esconde en la maleza y espera pacientemente a tenerla a tiro. Una tarde, estando la reina mora sentada en su trono, con el balcón abierto mirando a la sierra, el ballestero, que se encuentra en el Picute, ve su oportunidad y dispara una flecha que atraviesa el corazón de la Reina Mora, quien desde entonces, se sigue apareciendo a quien quiera verla en lo alto de la sierra, transformada, eso sí, en gallina encantada que pone huevos de oro.
Las gallinas picotean los granos de oro en la mañana de San Juan (Extremadura Secreta)
En Portezuelo Domínguez Moreno nos pone sobre la pista de la legendaria finca de Macailla o Macaela, donde hay enterradas grandes ollas repletas de monedas y alhajas, al parecer escondidas ante la invasión árabe. Una gallina marca el lugar exacto del tesoro, y la coplilla así lo confirma:
Macaela, Macaela,
¡cuánto oro y plata en ti queda!
Si una gallina escarbara,
¡cuánto oro y plata en ti hallara!
Es cierto que hoy los lugareños no tienen fe en dar con las susodichas riquezas por la sencilla razón de que ya hace muchos años pasaron a manos de un boticario de Torrejoncillo, que hasta ese lugar de La Macailla acudió una noche de luna llena con todo un gallinero. Las gallinas se encargaron de poner al descubierto todo el oro y la plata, como reza el dicho que con cierto aire de resignación o desencanto también se escucha en Portezuelo como broche a los versos anteriores:
Y una gallina escarbó,
¡y el tesoro que encontró!
El premio también espera a los que aguardan al solsticio de verano para hacerse con la granja que asoma y se esfuma entre los riscales sobre los que se asienta el castillo de Santibáñez el Alto:
Desde el fondo del castillo
en la noche de San Juan
salen pollitos de oro
pa quien los pueda cazar
Los pollitos de oro solo aparecen en la noche de San Juan. (Extremadura Secreta)
Parece ser de la misma familia que la pollada que en la mítica noche picoteaba entre las arenas del Alagón extrayendo pepitas de oro, como bien sabía un orive de Ceclavín que sólo dio cuenta de ello en el lecho de muerte. Su hijo, no conforme con la cosecha de granos que les proporcionaba la pollada, pretendió sin éxito cazar los animales, razón por cual el prodigio desapareció para siempre. Y es que, como bien se sabe, la avaricia rompe el saco, pero especialmente si hablamos de encantos emplumados.
Un mágico moro convertido en gallo merodea la fuente de los haberes , en Eljas (Extremadura Secreta)
Muy cerca, en la Sierra de Gata, en Eljas, y si hacemos caso a Publio Hurtado, podemos encontrar un “mágico moro” transformado en gallo de plumaje de oro empavonado y recamado de diamantes, amatistas, zafiros y rubíes, que ornando el erguido cuello ostenta un collar de doce cascabeles de oro. Es el poco discreto guardián del tesoro escondido en la Fuente de los Haberes, un lugar con un nombre también indiscreto porque todo el pueblo sabe que “haberes” y “tesoros” son sinónimos.
Niña, en la fuente
De los Haberes,
reza un gallito
con cascabeles
Aviso a navegantes: para deshacer el conjuro y lograr el tesoro, basta lanzar al gallo un poco de agua de la misma fuente. Parece ser que la última persona que avistó al esquivo animal fue la Tía Eleuteria Moreno, a finales del siglo XIX, quien trató de capturarlo pese a su avanzada edad. Finalmente, el animal desapareció. Tarde recordó la buena mujer que con un poco de agua de la fuente, el gallo y su tesoro hubiesen sido suyos.
Y no acaban aquí las instrucciones, porque todo lo anterior solo debe hacerse si la gallina y los pollos son negros. Si se encuentran en su estado aúreo sólo se debe cobrar una pieza, ya que en caso contrario toda la caza se convertiría en piedras y carbones, que es lo que suele pasar con los tesoros encantados, especialmente los que pertenecen a los seres feéricos como duende , hadas y encantos.
En Tornavacas también existe una gallina y sus polluelos que permanecen encantados, vaya usted a saber porqué, y que solo se hacen visibles en las mañanas de ciertos días de Cuaresma y en la del Viernes Santo en los alrededores del puente de Santa María, un puente que a decir del antropólogo extremeño Fernando Flores del Manzano es “punto mágico donde los haya, pues allí viven encantos y brujas”.
No sea usted gallina y no se deje amedrentar por brujas ni espantos, que una gallina encantada, un gallo de diamantes o un pollito de oro bien vale un buen susto o una noche al raso… Y si hay suerte ya sabe que, como siempre, vamos a medias.