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El clima, factor turístico en Extremadura
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Adolfo Marroquín Santoña | 19-01-2018 | 10:57| 0

01-extremadura-paisaje-y-estrellasEs bien conocido el hecho de que el turismo se mueve a impulsos de un conjunto de elementos que deciden el destino a elegir, y que uno de esos elementos es muy frecuentemente el clima. Veamos por tanto los posibles atractivos, aunque a veces parezca que no los hay, que el clima extremeño puede presentar para un turista potencial.

Por mi parte, como enamorado de esta bendita tierra, afirmo categóricamente que a mí “de Extremadura me gusta hasta el clima“, ahora bien, como climatólogo, tengo que admitir que en ocasiones algunos elementos climáticos tienden a desmadrarse. Pero en esto, como en casi todo, conviene ser objetivos y no dejarse llevar por los sentimientos sino por los números o por los índices basados en ellos.

Un índice turístico bastante conocido, basado exclusivamente en valores climáticos, es el Índice Turístico de Peguy, al que nos referiremos como ITP para abreviar. Naturalmente no procede entrar aquí en los aspectos fisicomatemáticos de la fórmula que expresa el citado índice, pero señalaré que en ella intervienen como elementos esenciales para el cálculo, los valores medios mensuales de la insolación, medida por el número medio de horas de sol despejado, la temperatura y el número de días de lluvia.

Pues bien, al calcular el ITP mes a mes a 61 poblaciones, tanto de la España peninsular como de la insular, en las que existían observatorios meteorológicos dependientes del antiguo Servicio Meteorológico Nacional, después Instituto Nacional de Meteorología, con series de datos climáticos suficientemente largas y fiables, que figuraban en la publicación “Guía resumida del tiempo en España”, un estudioso del clima, Diego Jover, encontró que de los 732 valores obtenidos (61 poblaciones por 12 meses), el valor máximo para el índice ITP era 409, resultado que correspondía precisamente al ¡mes de julio en Badajoz!. Y, por cierto, el valor mínimo mensual del ITP era de -44 (negativo) en el mes de diciembre en Vitoria.

Según Peguy, el creador del citado índice turístico, el resultado es bueno cuando alcanza o supera el valor 100. Pues bien, hay que decir que Jover encontró que en Badajoz se superaba el valor 100, en todos los meses del año, excepto diciembre, en que era sólo de 92.

Analizados los 732 valores mensuales, así como las características de cada una de las 61 poblaciones, de las que proceden los datos, se observa que, en general, el índice turístico ITP, en las áreas montañosas es superior al obtenido para las ciudades cercanas a ellas, debido a su mayor insolación. Resultaba entonces que el Montseny era más turístico en invierno que Barcelona y Gerona, así como que Izaña, con su observatorio en el Teide, superaba a Las Palmas y a Tenerife durante todo el año, debido a la gran insolación del Teide, casi siempre por encima del mar de nubes producido por los alisios en Canarias.

Dado que estos resultados chocaban con la realidad turística, se propuso modificar el índice ITP, quitándole importancia a la insolación y aumentando la de la temperatura. Esto corrigió lo que parecían ser desajustes en la fórmula original de Peguy, al aplicarla a España; obteniéndose tras las correcciones, el ITPC (Índice Turístico de Peguy Corregido). Este nuevo índice corregía las anomalías detectadas en el Montseny, en Izaña, y en algunas otras áreas, casando mejor el valor del nuevo índice con la realidad turística observada.

Pero entonces, al obtener los valores anuales de ambos índices, ITP e ITPC, mediante la suma de los doce valores correspondientes a los doce meses del año, y ordenamos los resultados obtenidos en orden decreciente de bondad turística, obtenemos un nuevo ranking para cada uno de los dos índices, resultando que en ambos aparece Badajoz en el puesto 12 de los 61 analizados, como puede observarse en la siguiente tabla de los “Top-Twenty”. Por tanto, Badajoz estaría, según ambos índices turísticos, entre los veinte mejores destinos turísticos de España, o, para ser exactos “entre los doce mejores”.

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Los índices indican, como es su obligación, que climáticamente Badajoz no tiene porqué “acomplejarse” por su clima, a la hora de emprender campañas turísticas. La realidad es que la idea de que el turismo puede y debe ser un factor importante en el desarrollo de la Región no es nueva. Bien es cierto que “Vaya, vaya, aquí no hay playa…” como dice una popular canción, pero tampoco hay playa en muchas otras regiones y poblaciones del planeta que, sin embargo, disfrutan de un apreciable turismo.

Por otra parte, no somos pocos los que procuramos no meternos en la arena playera y procuramos quedarnos, bien en algún chiringuito costero, bien en alguna de las piscinas próximas, pero eso sí, disfrutando del clima. Ahora bien, como ya hemos expuesto, los índices al uso, indican que el clima es propicio, para el turismo en Extremadura, o al menos no parece ser hostil… ¿y entonces? ¿Por qué no buscar alicientes, complementarios a los que el clima nos ofrece, para suavizar algunos de los extremos meteo-climáticos que, admitámoslo, son también característicos de nuestra Región?

Pues bien, de hecho, desde hace ya bastantes años, aparecen y desaparecen periódicamente, como los famosos “ojos del Guadiana”, momentos en los que el interés sobre el tema se refleja en los medios de comunicación, e incluso parece que en la actualidad la idea está arraigando, y de hecho son cada día más numerosas las actuaciones de la Administración, y de un buen número de particulares, que han comenzado a hacer camino al andar, siguiendo el sabio y poético consejo al caminante.

En particular, en la web de la JEX, “Extremadura Turismo”, no aparece un apartado específico dedicado al clima de Extremadura, o al menos yo no lo he visto, pero sí son varias las referencias a ese clima, y en particular a sus extremos térmicos, Y así, buscando los términos frío o calor, encontramos enlaces muy interesantes. Por ejemplo, en relación con el frio enlazamos con “Escapadas para disfrutar de los días de frío”, donde se dicen cosas como:

Anochece antes y hace frío, pero Extremadura, siempre bella, ofrece numerosas opciones para disfrutar de sus pueblos y ciudades monumentales, sentir la naturaleza a través de sus paisajes y saborear su gastronomía. Guadalupe, lugar de peregrinación desde hace siglos, se ha puesto de moda gracias a los premios y distinciones que ha recibido recientemente. La villa serrana, en la que destacan el imponente Monasterio de Santa María de Guadalupe, Patrimonio Mundial de la Unesco, y su casco histórico, con hermosas callejuelas, plazas, soportales y balcones, ha sido elegida “Primera Maravilla Rural 2017” por los usuarios del portal Toprural y ganadora del concurso “Luce tu pueblo 2017”, organizado por Ferrero Rocher.

Se citan, además de Guadalupe, una serie de localidades con encanto que encontramos de norte a sur de Extremadura, todas ellas merecedoras de una visita para deleitarse con su belleza y patrimonio, a pesar de los rigores del frío.

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Análogamente, otra de las ventajas que nos ofrece nuestro clima es la bondad de las noches con cielos despejados en la región extremeña, que encuentra su referencia en la web de la JEX, en el apartado referido al astroturismo, donde se dice que Extremadura es un auténtico paisaje de estrellas.

A sus atractivos naturales se unen unas condiciones extraordinarias para ver el cielo estrellado y un sector turístico especializado. La baja contaminación lumínica en gran parte de Extremadura, el buen clima, con numerosos días sin nubes durante los doce meses del año, la existencia de localizaciones espectaculares y la creciente implicación de instituciones públicas, alojamientos y empresas para fomentar el astroturismo hacen de la región un paraíso para la contemplación de las estrellas.

Por toda la Comunidad Autónoma es muy fácil encontrar un lugar que reúna buenas condiciones para explorar el firmamento. En este sentido, la guía “Extremadura, paisaje de estrellas”, editada por la Dirección General de Turismo, propone hasta diez zonas de observación donde disfrutar al máximo de la experiencia. Zonas que la naturaleza y el clima han preparado para ser magníficos observatorios de las luces estelares, pero donde también se han aplicado los consejos para anular o al menos reducir en lo posible la creciente contaminación lumínica.

Bastando para ello con seguir tres principios que están al alcance de nuestra mano. El primero es iluminar solo lo que necesitemos que sea iluminado. El segundo, hacer uso de la iluminación exterior cuando sea realmente necesaria. Por último, usar luminarias que eviten totalmente el flujo de luz hacia el horizonte o hacia el cielo; es absurdo derrochar energía enviando luz hacia el espacio exterior.

Entre las formas de contaminación lumínica, la más polémica y frecuente es el brillo artificial del cielo nocturno en enormes áreas, sobre y alrededor, de las grandes ciudades. Una iluminación artificial inadecuada es la causa del actual incremento de ese brillo difuso del cielo nocturno que, al dirigirse parcialmente hacia arriba y hacia el horizonte, crea una burbuja de contaminación lumínica que diluye la oscuridad natural de la noche y nos impide ver las estrellas.

Acomodarse al clima, gozar con la naturaleza y mirar hacia el cielo es algo que se puede hacer en muchas regiones del planeta, pero disfrutar del clima, de la inmersión en la naturaleza y no sólo mirar, sino ver el cielo y sus infinitas luminarias, requiere estar en Extremadura.

Adolfo Marroquín Santoña

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Que el ciclo hidrológico, no sea hidroilógico
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Adolfo Marroquín Santoña | 09-01-2018 | 19:03| 0

Es evidente que, en cualquiera de los estados, sólido, líquido o gaseoso, en los que el agua se presenta en la naturaleza, resulta ser un elemento vital para nuestro planeta, pero resulta también evidente que, a medida que cambie el clima, cambiarán también los recursos de agua dulce, sobre los que se basan nuestras sociedades y economías. Por tanto, debería ser lógico vigilar atentamente, y cuidar nuestra relación con el agua.

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En las dos imágenes anteriores se presenta a la izquierda el ciclo hidrológico, con el esquema de los procesos que tienen lugar de forma natural, y a la derecha el que podríamos llamar ciclo menos lógico, o directamente ciclo hidroilógico (hidro-ilógico). No entraremos aquí en el detalle de los procesos físicos que tienen lugar durante el ciclo hidrológico normal, que citados de la forma más elemental posible son la evaporación,  por la que el agua pasa de líquido a vapor y asciende a la atmósfera, enfriándose en ese ascenso, por lo que se condensa en forma de nubes, precipita después desde estas hacia el suelo, y en él se produce la filtración hacia el subsuelo y la escorrentía superficial, que lleva el agua hacia los acuíferos.

Y la cosa ha venido funcionando así, desde hace miles de años, y sigue funcionando hoy, de manera que mientras el ciclo es lógico, es decir, mientras que las precipitaciones se presentan a lo largo del año, con valores similares a las medias estadísticas de las series climáticas, no tenemos problemas de suministro de agua, para todos los usos habituales de la misma, que son muchos. Pero cuando uno o más años las precipitaciones escasean, tienen lugar entonces una cadena de acontecimientos que van desde la inicial normalidad de la lluvia, con la apatía que esa normalidad provoca, a una secuencia decreciente de precipitaciones, inicialmente imperceptible, pero que acaba llevándonos a la sequía (drought, que dirían los angloparlantes), y es entonces cuando tomamos conciencia (awareness, que dirían ellos) de que algo no va bien, dando comienzo a una cierta inquietud, camino de la ansiedad (concern, ya saben), que, a medida que pasa más y más tiempo,  acaba desembocando en pánico (panic, eso está claro), lo que nos lleva a llamar a Emergencias 112 ( 911, en versión USA), desde donde desviarán nuestras llamadas a Protección Civil, o a la correspondiente Confederación Hidrográfica, o al Servicio de Meteorología, o a …

Pero, será inútil, nadie nos aliviará del pánico, que seguirá “in crescendo” con el paso del tiempo, tanto más cuanto más tarden en producirse las precipitaciones. Pero, mientras tanto, lo que ocurre, es algo muy difícil de conseguir en este país, la unanimidad; estando todos de acuerdo en que “hay que hacer algo y pronto”.  Y entonces es cuando se produce el milagro… LLUEVE, porque, como enseña la historia del clima, siempre que ha habido sequías, tras ellas acaba volviendo a llover, y justo en ese momento se cierra el Ciclo Hidroilógico, ya que, con la presencia de la lluvia (o sea, la rain anglosajona), todo vuelve a la normalidad, y de ahí se pasa a la apatía, etc. etc., reiniciándose el absurdo ciclo.

Ambos ciclos se han producido en nuestro país, y en los demás países del mundo, cientos de veces, desde siempre, desde bastante antes de que se pusiera de moda culpar de todo, y también de esto, faltaría más, al Cambio Climático, que algo tiene que ver con las modificaciones y anomalías en el ciclo hidrológico, naturalmente.

Pero ¿quiénes son los actores invitados a esta ceremonia de la confusión, que amenaza con complicarnos el suministro de agua, de calidad adecuada y en cantidad suficiente, para tener y mantener un nivel de vida y un ritmo de desarrollo, adecuados a las necesidades que nosotros mismos nos hemos impuesto? Pues, echemos una ojeada a uno de los actores principales de estos episodios, la SEQUÍA:

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Es evidente que, en principio, toda sequía está asociada a la escasez de recursos hídricos, pero la definición de sequía, depende del ámbito en que se padezca esa escasez.

Así puede hablarse, entre otras, de:

.- Sequía meteorológica.

.- Sequía hidrológica.

.- Sequía agrícola.

.- Sequía medioambiental.

.- Sequía socioeconómica.

.- Sequía climática.

En efecto, el término sequía puede hacer referencia a la sequía meteorológica (precipitación bastante inferior a la media), hidrológica (caudales fluviales bajos y niveles bajos en ríos, lagos y aguas subterráneas), agrícola (humedad del suelo baja) o medioambiental (combinación de las anteriores). Los efectos socioeconómicos de las sequías pueden provenir de la interacción entre las condiciones naturales y ciertos factores humanos, como pueden ser los cambios de uso de la tierra, alteraciones de la cubierta de suelo, o la propia demanda y uso del agua.

Pero en el marco del clima, y sobre todo del cambio climático, la definición que nos interesa es la de sequía climática, y en ese caso, recurriendo a la máxima autoridad en la materia, es decir a la OMM (Organización Meteorológica Mundial), encontramos que este organismo define la Sequía Climática en un área determinada, como “Un período, de más de dos años consecutivos, durante los que la precipitación registrada, en más del 50% del área, está incluida entre el 40% de los valores más bajos de su serie climatológica”.

De acuerdo con los estudios realizados por la propia OMM, así como por el IPCC, Grupo Internacional de Expertos en Cambio Climático, resulta que, desde comienzo de los años 70, las sequías se han hecho más frecuentes en todo el mundo, especialmente en las áreas tropicales y subtropicales. Se sabe que la superficie afectada por la sequía ha aumentado desde entonces, siendo muy probable que haya habido una contribución humana a esa tendencia. La disminución de la precipitación sobre tierra firme y el aumento de las temperaturas, que han incrementado la evapotranspiración y reducido la humedad del suelo, son factores importantes que han contribuido a la aparición de sequías en un mayor número de regiones del mundo, lo que se aprecia en los valores de un conocido indicador de la virulencia de las sequias, el PDSI (Índice de Palmer de Severidad de Sequías).

En la siguiente figura se muestran los valores mensuales, registrados en todo el planeta, desde el año 1900, del citado índice de sequía, que mide el déficit acumulado en la humedad superficial del suelo, teniendo en cuentas las precipitaciones registradas y la humedad atmosférica, con un sistema de contabilidad hidrológica. Como vemos en la figura de la parte izquierda, las áreas rojas y anaranjadas del mapa son más secas que sus valores estadísticos medios, y las áreas azules y verdes más húmedas que sus valores promedios. En la gráfica de la parte derecha, puede verse la evolución de la magnitud, desde 1900, del citado Índice de Palmer (PDSI), siendo la curva negra, ajustada a los valores, la que indica las variaciones decenales. Puede apreciarse cómo la serie temporal muestra una tendencia creciente del PDSI, a lo largo de todo el período, con pequeñas oscilaciones y variaciones interanuales, en toda la superficie terrestre mundial.

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En consecuencia, es prácticamente seguro que, salvo que se tomen serias medidas, a nivel de todo el planeta, para revertir el cambio climático, en los próximos decenios, en algunas regiones del planeta, que incluyen la cuenca mediterránea, y dentro de ella a la Península Ibérica, serán más abundantes y más severas las sequías. Por tanto, al circuito del ciclo hidrológico, que la naturaleza mantendrá activo, habrá que añadirle la alternancia del hidroilógico, que nosotros, como ilógica humanidad, hemos creado y mantenido. Por nuestra parte, lo lógico ahora sería cumplir el reciente Acuerdo de París sobre el Cambio Climático, pero…

Adolfo Marroquín Santoña

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Calor para todos, agua sólo para algunos
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Adolfo Marroquín Santoña | 24-12-2017 | 12:19| 0

01-antes-y-despues-del-cambicliEn la actualidad, durante el año 2017, la mayor parte de España ha sufrido una seria sequía, otra más deberíamos decir, puesto que sequías las hemos tenido siempre y seguiremos teniéndolas para siempre y, lo que es peor, probablemente las que están por venir serán más serias que las ya pasadas, al menos para algunas áreas del planeta, como para la nuestra en particular, tal como indican la práctica totalidad de los modelos climáticos.

Por cierto, aclararé, para los que puedan no tenerlo claro, que un modelo climático, es la representación físico-matemática del sistema climático, es decir del conjunto formado por las cinco componentes principales implicadas en el clima: la atmósfera, la hidrosfera (el agua), la criosfera (el hielo), la litosfera (la parte sólida del planeta) y la biosfera (todo cuanto tiene vida en el planeta), incluyendo en el modelo todas las propiedades conocidas de cada una de esas cinco componentes, así como información sobre las interacciones e intercambios entre ellas.

Conviene recordar aquí que, en el marco del cambio climático en que estamos inmersos, es seguro el calentamiento global, es decir el calentamiento de todo el planeta, y son seguras las anomalías pluviométricas, que serán también globales; pero la diferencia, que debemos tener clara, es que la globalidad del calentamiento significa que las temperaturas son, y serán, más altas en todas partes. Mientras que las precipitaciones serán anómalas en todas partes, es decir distintas de las registradas hasta ahora, pero con cantidades de precipitación más altas en unas partes y bastante más bajas en otras. Añadiéndose una característica, que pone peor las cosas para todos, en el sentido de que la precipitación total anual, sea mayor o menor que la actual, se concentrará en el tiempo y en el espacio, con intensidades (cantidades registradas por unidad de tiempo) muy altas, dando lugar a sequías interanuales, y al mismo tiempo a inundaciones locales.

En las nueve figuras siguientes se muestra el tanto por ciento de variación de las temperaturas previstas en este siglo XXI, respecto a los valores registrados durante el pasado siglo XX, resultados obtenidos mediante distintos modelos climáticos, trabajando con diferentes escenarios, es decir teniendo en cuenta los cambios que puedan producirse en la actividad humana. Puede comprobarse como ninguno de los modelos, en ningún escenario y para ningún periodo de tiempo actual o futuro, a lo largo de este siglo XXI, presenta tonos azules, que significarían enfriamiento. Todo son tonos marrones o rojizos en todo el planeta, es decir calentamiento global, extendido literalmente a todo el globo.

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Vemos también que la subida de temperaturas para el período inicial, en el que nos encontramos, el 2011-2030, está entre 1 y 2ºC, que pasa a ser entre 3 y 4ºC para el período 2046 a 2065, y superándose los 4 y 5ºC a partir del 2080. Se observa también que los aumentos máximos corresponden a las áreas de mayor latitud, sobre todo hacia el norte, en las zonas árticas. Pero queda claro que el calentamiento será planetario.

Por el contrario, esta homogeneidad de tendencia, que significa “siempre más calor para todos”, no se dará en el caso de las precipitaciones, puesto que lo que se prevé es que se produzcan aumentos de la cantidad media mundial de precipitación durante el siglo XXI, pero con una distribución espacial poco homogénea, con áreas de valores máximos de aumento en las regiones tropicales y también en latitudes altas de ambos hemisferios, tanto en el norte como en el sur. Mientras que, por el contrario, se presentan disminuciones generales en las regiones subtropicales, y también disminuciones generalizadas en latitudes medias, excepto en Asia oriental.

Los resultados sobre la distribución de las variaciones de los porcentajes de precipitación que se muestran en la siguiente figura, han sido obtenidos a partir de los modelos climáticos, manejados por el conocido IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático), y es destacable el descenso previsto en la escorrentía, es decir en el “agua potencialmente utilizable” tras las precipitaciones, descenso que debería ser preocupante, para algunas zonas del planeta, concretamente las “marrones”. Mientras que, al mismo tiempo las áreas “azules”, tanto en el hemisferio norte como en el sur presentan porcentajes crecientes de precipitaciones y escorrentía, con aumentos de hasta el 30 o el 50%.

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La clara disminución del porcentaje en los valores de la precipitación (del 20 al 30%) y de la escorrentía (del 30 al 40%) previstos para la cuenca mediterránea en general y para España en particular, durante la segunda mitad del siglo en curso, respecto a los valores medios registrados en esas áreas en el siglo pasado, hacen recomendable que nos planteemos algunas dudas sobre la atención a la creciente demanda de agua en el futuro.

El suministro de agua, de calidad adecuada y en cantidad suficiente, es esencial para tener y mantener un nivel de vida y un ritmo de desarrollo, de acuerdo con las necesidades que nosotros mismos nos hemos impuesto. Y ese suministro está condicionado por el llamado ciclo hidrológico; en consecuencia, sería lógico que nos preocupáramos y que, cuanto antes, nos ocupáramos de no perturbar la lógica de ese ciclo.

Adolfo Marroquín Santoña

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Las sombras de la luz
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Adolfo Marroquín Santoña | 10-12-2017 | 11:57| 0

En una de las publicaciones del Dr. Mercola, del conocido “Boletín de Salud Natural”, se dice que “incluso las velas son una mejor fuente de luz que algunas lámparas actuales”, y justifica esa afirmación en que no hay electricidad involucrada en la luz de una vela y en que además, es la luz que nuestros antepasados utilizaron durante muchos milenios, por lo que nuestros cuerpos ya están adaptados a ella.

No parece aconsejable, sin embargo, dar el gran paso atrás que supondría volver al uso de vela y candil, pero lo cierto es que todas las fuentes de luz, desde el propio Sol, que es la fuente cuasi perfecta, pasando por todas las luminarias conocidas, incluida también la luz de las velas, todas digo, tienen sombras; dicho sea lo de “sombras” en el sentido de “pegas o fallos”. De forma que vamos a dejar las velas para el caso de la oscuridad que acompaña al corte imprevisto de suministro eléctrico, y revisemos aquí las diferentes sombras que arrastran las fuentes de luz convencionales, desde la natural del día, hasta las artificiales, más o menos elaboradas, en busca de algunas de esas sombras que son potencialmente perjudiciales para nuestro bienestar.

En un artículo anterior, que titulaba “La luz es claridad, pero también oscuridad”, me refería básicamente a la contaminación lumínica, consecuencia de un inadecuado direccionamiento de la luz artificial; comentaba asimismo allí que los efectos de la iluminación nocturna sobre el organismo humano, son más severos con la utilización de la luz azul, que con la conocida como luz cálida, de mayor longitud de onda, por lo que si queremos descansar y “cargar las pilas” durante las horas nocturnas, deberíamos evitar la utilización de lámparas que emitan luz de longitud de onda por debajo de la luz azul o violeta. Pues bien, echemos ahora un nuevo vistazo a la luz que nos alumbra y a sus sombras.

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La luz de día, luz procedente del Sol, que es la verdadera luz natural presenta su máxima intensidad, en el intervalo de las longitudes de onda visibles para los humanos. En esa banda el espectro de la luz de día es continuo, sin grandes picos ni huecos, siendo la proporción de los colores de onda corta (azul) mayor que la de los colores de onda larga (rojo). Desde el punto de vista de la potencial influencia sobre la salud humana, resulta importante distinguir entre la luz natural, que nos llega del Sol, y la artificial, que se compone también de luz visible, ultravioleta e infrarroja, pero en proporciones que, pueden llegar a ser muy diferentes de las de la luz solar, como podemos ver a la derecha de la imagen superior, que corresponde a una bombilla incandescente.

La luz de día, es la que disfrutamos, gratuitamente por cierto, durante la mayor parte de las horas centrales entre el orto (salida del Sol) y el ocaso (ocultación del Sol), y tiene fundamentalmente dos componentes, la primera es la luz directa, es decir, la luz que llega a la superficie de la Tierra directamente desde el Sol, tras atravesar la atmósfera terrestre, por lo que sólo estará disponible plenamente, cuando el cielo esté despejado de nubes. La segunda componente es la luz difusa, cuyo origen es también el Sol, pero que no nos llega desde él directamente, sino que es absorbida por las partículas, sólidas o líquidas, suspendidas en la atmósfera y reemitida después por éstas.

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Como se aprecia en la ampliación que se incluye bajo la figura anterior, la luz visible es una pequeñísima parte del espectro total de radiaciones electromagnéticas, que van desde las ondas más largas, como son las ondas de radio, hasta las ondas más cortas, como los rayos cósmicos. La citada ampliación de la parte inferior, corresponde a la luz solar, fuera de la atmósfera, que incluye la visible, junto a sus vecinos, los cálidos rayos infrarrojos y los más cortos, pero biológicamente muy activos, rayos ultravioletas.

Debemos recordar que tanto la luz natural como la artificial pueden alterar el reloj biológico humano y el sistema hormonal, causándonos problemas de salud; en este sentido, es importante conocer y analizar los niveles de las componentes ultravioletas y azules de la luz que estemos utilizando, puesto que, en determinadas circunstancias, son potencialmente las más dañinas. Conviene señalar que después de la puesta del Sol y antes del amanecer, la luz difusa que nos llega del cielo, puede contener una gran dosis de color azul intenso.

La luz azul, que puede ser beneficiosa o no, según las circunstancias, nos la encontramos de hecho por todas partes. Cuando estamos de día al aire libre, la luz solar viaja a través de la atmósfera, donde las ondas de luz azul, las más cortas y de mayor energía, chocan con las moléculas del aire causando que se disperse fuertemente en todas las direcciones. Esto es lo que hace que el cielo se vea azul.

En su forma natural, nuestro cuerpo utiliza la luz solar azul para regular sus ciclos naturales de sueño y vigilia, lo que es conocido como el ritmo circadiano. Cuando no hay luz natural, comienza el ciclo nocturno para nuestro cuerpo, que está regulado por la producción de melatonina, una hormona que resulta indispensable para que nuestro cuerpo descanse, se desintoxique y se regenere durante la noche.

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Las ondas de luz azul están entre las más cortas y de más alta energía en el espectro de luz visible. Estas “ondas azules” o de “Alta Energía Visible” (HEV, de sus siglas en inglés) parpadean más que las longitudes de ondas más largas, que son más débiles, y este parpadeo puede reducir la observación del contraste, afectando a la nitidez y la claridad de la visión; lo que puede ser una de las razones para explicar la fatiga visual, los dolores de cabeza, o la fatiga mental y física causada al permanecer muchas horas sentados frente a la pantalla de un ordenador o de cualquier otro dispositivo electrónico.

Desde los orígenes de la humanidad, el organismo humano evolucionó bajo las condiciones de la luz del día, por lo que las células humanas se fueron acomodando a esa luz natural disponible al aire libre. Por tanto, resulta lógico pensar que la composición espectral de la luz de día, incluyendo la parte no visible, debe tener influencia sobre el organismo humano. Al mismo tiempo, es muy probable que permanecer mucho tiempo bajo luz artificial, que carece de muchas de las propiedades de la luz natural, deberá tener efectos negativos. De ahí que pasar cada día un tiempo, digamos del orden de media hora, al aire libre debe ser algo a incluir en nuestra agenda diaria, puesto que simplemente con eso obtendremos la dosis diaria de luz natural necesaria para nuestro bienestar.

En la naturaleza, al aire libre, el ciclo circadiano de la luz, noche-día, produce una estimulación cíclica de los neurotransmisores, que son los mensajeros de la información entre neuronas. Nuestro reloj biológico responde a la luz, y la luz diurna favorece la producción de serotonina y dopamina, que activan la atención y estimulan la actividad. Por el contrario en ausencia de esos estímulos luminosos, aumenta la melatonina, que nos induce al sueño. Llevar la contraria al ciclo luminoso natural del Sol, provocará que se altere el ciclo hormonal, lo que dará lugar a que se “permuten los papeles”, ocasionando somnolencia matinal e insomnio nocturno.

La luz viaja “cabalgando” sobre ondas que emiten energía y tienen distintas longitudes de onda. Cuanto más corta es la longitud de onda, más alta es la energía que transporta. La luz azul tiene una de las longitudes de onda más cortas del espectro visible, y por tanto es de las más energéticas. Ahora bien, la luz azul es beneficiosa si es natural, es decir si está asociada a la luz de día, pero puede resultar perjudicial si forma parte de la luz artificial.

Durante el día, la componente azul de la luz artificial impide que nuestro cuerpo sintetice melatonina, lo que afectará a nuestro descanso y regeneración nocturna. Si durante las últimas horas del día nos exponemos a la luz azul artificial, esto retrasará varias horas la producción de melatonina en nuestro organismo, lo que nos hará más vulnerables. Además, otro fallo, otra sombra, de la luz artificial es que no tiene un espectro de colores, tan amplio ni tan continuo como el de la luz natural, por lo que no nos ofrece los beneficios de ésta.

Los principales beneficios y daños que podemos encontrar según sea la hora, del día o de la noche, que elijamos para exposición a la luz azul, son:

Beneficios de la luz AZUL natural – DIURNA

.- Ayuda a regular el ritmo circadiano, el ciclo natural del cuerpo de sueño y vigilia.

.- Aumenta el estado de vigilancia y alerta.

.- Aumenta la memoria y la función cognitiva.

.- Mejora el estado de ánimo.

Daños de la luz AZUL artificial – NOCTURNA

.- Interrumpe el ritmo circadiano.

.- Provoca síndrome de Fatiga Visual Digital: visión borrosa, dificultad para enfocar, ojos secos e irritados, dolores de cabeza, cuello y espalda.

.- Mayor riesgo de ciertos tipos de cáncer.

.- Mayor riesgo de diabetes, enfermedades coronarias, obesidad y depresión.

.- Riesgo de pérdida de visión por la degeneración macular asociada a la edad.

Podríamos citar también otras sombras que acompañan a la luz, incluso a la natural cuando nos encerramos tras las ventanas, puesto que nos impiden recibir aquella parte de la luz solar que no puede cruzar el cristal de dichas ventanas, es decir la ultravioleta (UV), ya que el vidrio común, por su alto contenido en hierro, no permite el paso de las frecuencias UV. Y recordemos que los rayos UV, que recibimos al tomar el sol, son la única fuente natural de vitamina D.

Finalmente, es evidente que en invierno hay menos horas de luz natural y menor intensidad de la misma y que además, debido al frío, pasamos más tiempo en el interior de edificios, con una iluminación artificial, que no siempre es la más adecuada. De manera que, aunque se sabe que el abuso de los rayos ultravioleta puede provocar daños en la piel, sin embargo, actuando con la debida prudencia, deberíamos buscar un ratito cada día para escapar del encierro y echarnos a la calle, para disfrutar de nuestro amigo el SOL.

Adolfo Marroquín Santoña

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En el futuro faltará agua y sobrará calor
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Adolfo Marroquín Santoña | 24-11-2017 | 10:49| 0

01-estado-del-clima-mundialHace ya unos años, el “International Food Policy Research Institute” (IFPRI), planteaba algunas preguntas y ponía sobre la mesa algunos temas para el debate: ¿Puede la Tierra producir alimentos suficientes para 9.000 millones de personas?, ¿Para 10.000 millones?, ¿Dónde está el límite de esas posibilidades? Pues resulta que se ha encontrado que el agua será uno de los principales factores que podrían limitar la producción futura de alimentos, y que este recurso escaso debe enfrentarse permanentemente a una fuerte, e insostenible, demanda creciente de usuarios de todo tipo.

En este planeta de nuestros pecados, que llamamos Tierra, los usos ambientales del agua, pueden ser clave para asegurar la sostenibilidad de la oferta frente a la demanda, no sólo del agua en sí, sino también de todos los alimentos que, a medio o largo plazo, no serían posibles sin ella; no obstante, pese a su enorme importancia, muchos de los estudios y conclusiones alcanzadas sobre el tema, son con frecuencia objeto de escasa atención. A nivel global, refiriéndonos a todo el planeta, que es como debemos considerar estos problemas, de nada sirve tener políticas, técnicas y tecnologías para ahorrar agua, si no se aplican y cumplen.

Cuando, en gran parte del planeta, los incentivos para el ahorro no existen, o no son claros, y cuando los organismos de control no existen, o no son claros, el resultado es un uso ineficaz del agua. Lo cierto es que todos, tanto los usuarios, como sobre todo las autoridades responsables, deberían dedicar mucha más atención a cuáles serán mañana los resultados de las decisiones que se tomen hoy.

En la actualidad, en todo el mundo se riegan más de 250 millones de hectáreas, casi cinco veces más que a comienzos del siglo XX. El riego ha ayudado a aumentar los rendimientos y la producción de la agricultura, pero el crecimiento de la población mundial hará que aumente la demanda de agua para consumo doméstico e industrial, y sobre todo para riego con el fin de satisfacer las necesidades de la producción de alimentos. Es evidente que el acceso seguro a agua para beber y para la higiene es crucial para mantener la salud; sin embargo, más de 1.000 millones de personas en todo el mundo carecen de agua suficiente para cubrir sus niveles mínimos de salud.

Globalmente, en la segunda mitad del siglo XX, la extracción de agua para fines domésticos e industriales creció en un 400%, el doble de lo que creció para la agricultura, donde en el mismo período el aumento fue “sólo” de un 200%. Por otra parte, los humedales almacenan agua durante las lluvias, la liberan en los períodos secos, y la purifican de muchos de sus contaminantes; pero desgraciadamente durante el siglo XX el planeta perdió más de la mitad de los humedales. Por otra parte, los bosques reducen la erosión y la sedimentación de los ríos y recargan el agua subterránea; pero desgraciadamente también los bosques están sufriendo el acoso del desarrollo insostenible. Y en el siglo XXI no parecen ir mucho mejor las cosas para este viejo problema, que se reactiva de nuevo, como viene ocurriendo, decenio a decenio, desde hace ya demasiado tiempo.

Como se muestra en el siguiente mapa, los problemas asociados a la escasez de agua en el planeta, tanto por ausencia física de la misma, como por carencias económicas para su gestión, es mucho mayor en los continentes y comarcas del Sur que en las del Norte.

02-mapa-de-escasez-de-agua

Pero, con carácter general, hablando de todo el planeta en su conjunto, se podría decir que no hay una escasez mundial del agua como tal, aunque, bajando al detalle, son muchos los países y regiones concretas que necesitan una solución urgente a los problemas críticos que se les presenta por el estrés hídrico, por tanto el problema debería ser tratado en su conjunto, considerando el agua como un recurso potencialmente suficiente, pero a la vez escaso en su accesibilidad; enfocando el problema más hacia la gestión del agua disponible y su redistribución, que a la disponibilidad en sí.

Sin embargo, lo cierto es que las anomalías pluviométricas, tanto en la distribución espacial como en la temporal de las precipitaciones, que el cambio climático está produciendo ya en todo el mundo, y que seguirá produciendo cada vez más en el futuro, creará serios problemas para mantener la disponibilidad permanente de agua para todo y para todos, que sin duda sería muy deseable, pero que, tal como van las cosas, no deja de parecerse bastante a una utopía.

Desde todos los puntos de vista, el agua es nuestro recurso natural más importante. Más del 70% de la superficie del planeta Tierra está cubierta por agua. En los océanos se encuentra el 97,5% del agua planetaria, pero en forma de agua salada, y el resto, es decir sólo un 2,5% del total es agua dulce, pero la mayor parte de ésta no está en forma líquida, sino en forma de hielo, fundamentalmente en la Antártida, el Ártico, glaciares, etc., lo que complica su acceso y utilización. No obstante, lo cierto es que la cantidad de agua potable en el mundo sería suficiente, si pudiéramos disponer de ella, dónde y cómo quisiéramos.

Pero la realidad es que existen enormes desigualdades entre unas áreas y otras del planeta. Analizado el problema globalmente, resulta que de los 2.100 millones de personas que no disponen de agua de forma segura, 844 millones no tienen ni siquiera un servicio básico de agua potable. Esto incluye a 263 millones de personas que tienen que emplear más de 30 minutos en cada viaje que hacen para recoger agua de fuentes que se encuentran lejos de su hogar, y 159 millones que todavía beben agua no tratada, de muy dudosa salubridad, procedente de fuentes superficiales no vigiladas ni controladas.

En cuanto a las temperaturas planetarias, en una reciente publicación de la OMM (Organización Meteorológica Mundial) se señala que el 2017 va a ser uno de los tres años más cálidos registrados hasta ahora en el mundo, y al mismo tiempo uno de los que han presentado más episodios de efectos devastadores, como huracanes catastróficos y crecidas, alternando éstas con enormes sequías. A lo que hay que añadir que los indicadores del cambio climático a medio y largo plazo, como el incremento de las concentraciones de dióxido de carbono, el aumento del nivel del mar y la acidificación del océano, siguen apuntando previsiones nada optimistas.

La cubierta de hielo marino del Ártico continúa estando por debajo de la media, y la extensión del hielo marino de la Antártida, que se ha mantenido estable durante siglos, está alcanzando en la actualidad niveles mínimos, nunca registrados antes.

Las temperaturas del planeta, desde enero a octubre de 2017, han alcanzado una media global de aproximadamente 1,1 °C por encima de los niveles preindustriales, lo que en términos estadísticos de tendencia del clima es muy mal síntoma. El resultado, de momento, es que el período de 2013 a 2017 será el quinquenio más cálido jamás registrado.

El mapa de anomalías de las temperaturas medias planetarias, respecto al treintenio de referencia, 1981-2010, es el que se presenta a continuación; en él que puede apreciarse como la peor parte del calentamiento anómalo corresponde a las altas latitudes del Norte, con lo que el deshielo del Ártico se ha incrementado notablemente. El sur de Europa, concretamente en sus costas mediterráneas, presenta también altas anomalías, siendo España, y dentro de ella algunas comarcas de Andalucía, las que han registrado temperaturas medias del orden de más de 2 ºC, por encima de sus valores de referencia.

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Para el futuro, pero no un futuro muy lejano, sino el futuro en que vivirán nuestros hijos y nietos, ambas variables meteorológicas, las precipitaciones y las temperaturas, nos crearán bastantes complicaciones, en un caso por defecto y en el otro por exceso, complicaciones que tendrán importancia notable sobre nuestras condiciones de vida, e incluso sobre nuestra salud. Por tanto, todo lo que hagamos para moderar sus efectos será beneficioso para nosotros, y cuanto antes empecemos a tomar medidas de adaptación, tanto mejor para todos.

Refiriéndonos al sur europeo, en concreto España, y tanto más cuanto más al sur dentro de ella, nos espera una disminución de la precipitación anual, con un aumento del número de tormentas fuertes, con precipitaciones muy intensas, lo que dará lugar a frecuentes inundaciones, si no se prevén y mantienen los canales de descarga naturales; es decir la lluvia total será menor, pero acumulada en pocos e intensos episodios, por lo que vendrán acompañadas de un aumento de las sequías “intra-anuales” e interanuales. Y, para acompañar a estas sequías, la temperatura media seguirá en ascenso, con elevadas máximas absolutas y olas de calor. Lo que, a fin de cuentas, no será sino el clima que la humanidad, se ha ganado a pulso.

Adolfo Marroquín Santoña

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La luz solar es esencial para nuestra salud
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Adolfo Marroquín Santoña | 19-11-2017 | 19:43| 0

01-corazon-solar-bateria-y-gusLa vida sobre nuestro planeta Tierra sería totalmente imposible, al menos tal como la conocemos hoy, sin la presencia vital del Sol. Esto es tan evidente que, en sentido general, no procede recordarlo, pero tal vez sí convenga recordar algunas características que, aun siendo conocidas, no son muy tenidas en cuenta, pese a irnos en ello nuestra salud.

El tipo de vida actual nos lleva a vivir gran parte de cada día, sin la luz natural del Sol. En invierno, la mayoría de los humanos, al menos mientras dura nuestra vida laboral, nos levantamos antes del orto, es decir antes de la salida del Sol, trabajamos la mayor parte del día en puestos de trabajo, los que tienen la suerte de tenerlo, sin luz natural, y en la mayoría de los casos regresamos a casa después del ocaso, cuando el Sol está ya por debajo del horizonte. Pues bien, la falta de luz natural, de luz solar en concreto, es muchas veces causa de desánimo, apatía, cansancio injustificado y hasta algunas depresiones; males estos, que suelen manifestarse preferentemente en la época del año, próxima al oscuro invierno.

Sin embargo, cuando, a finales del siglo XIX, se perfeccionó la lámpara incandescente, creímos haber encontrado la solución a todos nuestros problemas de falta de luz y, desde entonces, la vida de la mayor parte de la población mundial se ha convertido en un fenómeno fundamentalmente “de interior”. Nuestra vida se desarrolla entre las cuatro paredes de la casa o el trabajo, y bajo iluminación artificial, pero esa no es una buena solución, puesto que la vida depende de la luz del Sol y, de hecho, son muchos los procesos de la Naturaleza que se rigen por esa luz. Y la vida de los humanos no es, por supuesto, una excepción a esa regla.

En consecuencia, casi simultáneamente al exponencial crecimiento del número de bombillas incandescentes, que alumbraron la vida del mundo desde la puesta en el mercado de aquellas bombillas, comenzó la realización de estudios comparativos sobre la luz natural y la artificial, desde el punto de vista de sus efectos sobre los seres humanos. Por lo que, muy pronto se supo que nuestro organismo necesitaba de la luz del Sol, no sólo para eludir la oscuridad nocturna o la de los espacios interiores, sino sobre todo para mantener un equilibrado desarrollo, dado el positivo efecto de la luz solar sobre nuestro sistema nervioso.

Parece lógico pensar que, para intentar resolver el nuevo problema planteado, deberíamos recurrir a bombillas, y equipos de luz artificial, que trataran de imitar la luz solar y sus propiedades. Y así se intentó, y se sigue intentando, mediante numerosos estudios dirigidos a obtener la luz más adecuada, que sería la más parecida a la luz solar. Los primeros resultados se centraron en desarrollar lámparas, o bombillas fluorescentes, que lograran producir una iluminación de color blanco puro, similar a la del Sol, y que contuvieran todas las longitudes de onda de los distintos colores que componen el arco iris.

02-espectro-solar-y-de-lamparas

En la imagen superior se muestran, a la izquierda los dos espectros (intensidad de la radiación en función de la longitud de onda) correspondientes a la luz solar fuera de la atmósfera (AM0), y su perfil cuando alcanza el suelo del planeta (AM1,5), después de atravesar la atmósfera, apareciendo en esta figura el área de ultravioleta (UV) y el infrarrojo (IR) a izquierda y derecha, respectivamente, del visible (VIS). Fijándonos sólo en la luz visible, la parte derecha de la imagen superior presenta los espectros correspondientes a la luz solar diurna, la denominada luz día, junto a los espectros correspondientes a una bombilla incandescente, un tubo fluorescente, una lámpara halógena, y dos bombillas LED, una de luz fría y otra de luz cálida.

Puede observarse que, los muchos avances en la investigación y en la tecnología, llevaron a fabricar las llamadas lámparas de espectro completo, es decir en las que están presentes prácticamente todas las longitudes de onda de la luz solar. Al mismo tiempo, entre los objetivos propuestos, uno esencial, además de que las lámparas tuvieran una composición espectral, equivalente a la solar, era que las lámparas presentaran una reducción en las frecuencias asociadas a los rayos ultravioletas (UV), eliminando así los efectos nocivos de estos. En la imagen presentada, puede verse como, excepto en el caso de la iluminación fluorescente, que tenía espacios casi vacíos en algunas longitudes de onda, todos los espectros de las demás luminarias contenían prácticamente todas las longitudes de onda de la luz solar, si bien con intensidades bastante diferentes a las de la luz recibida del Sol.

Por otra parte, no fue hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando se consolidó la Teoría de los Biofotones. Un fotón es una partícula de luz que se propaga en el vacío, y cuando los fotones entran en relación con sistemas biológicos, como plantas, animales o personas, pasamos a denominarlos biofotones. Pues bien, parece que, el primero en estudiar a fondo las interrelaciones entre los fotones y las células, fue el doctor Fritz Albert Popp, director del Instituto de Biofísica de Kaiserslautern (Alemania), para quien los biofotones, y por tanto la luz, eran los responsables de establecer la comunicación entre los seres vivos y sus células, por lo que, según este investigador, el origen de muchas de nuestras enfermedades podría encontrarse en una falta de luz en las células.

El Dr. Popp demostró que todas las células tienen relación directa con la luz solar, que todas ellas tienen y emiten su propia luz, y que todas reciben información de la luz natural. Todo esto explicaría por qué una mala iluminación puede provocar cambios de humor y de conducta, bajo rendimiento, falta de concentración, sensación de estrés, irritabilidad, ansiedad, trastornos del sueño, mareos, malestar general y cansancio injustificado.

En relación con estas dolencias, se ha observado que muchas de las deficiencias, asociadas al estado de ánimo, empiezan a manifestarse en otoño, y que su efecto se prolonga a los meses de invierno. Es frecuente que estos síntomas se traten con antidepresivos, pero hay especialistas que afirman que “una alteración del ritmo determinada por la falta de luz sólo puede combatirse con luz”, basando esta afirmación en el hecho de que al ser la luz responsable de la producción y regeneración hormonal, e influyendo por ello sobre nuestro estado anímico, físico y mental, lo importante es que las personas depresivas o que estén atravesando momentos de desánimo utilicen el revitalizador efecto de la luz natural en cualquier época del año, pero especialmente en los meses de otoño e invierno.

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La fototerapia es una técnica de tratamiento que emplea radiaciones electromagnéticas de origen natural o artificial para el tratamiento de algunas enfermedades dermatológicas; habiendo se demostrado también su utilidad en trastornos del estado de ánimo como la depresión. Esta recomendación de aprovechar los beneficios que reporta tomar el sol, con moderación, es muy antigua y de hecho era ya utilizada en las prescripciones de los médicos en la Grecia clásica del siglo X. Siglos después, con el paso del tiempo y una vez claramente probados los efectos beneficiosos del sol en enfermos con infecciones de piel, se puso de moda potenciar estancias en los balnearios, que anunciaban los beneficios de la luz solar.

Origen, y parte esencial de la fototerapia, es la helioterapia, que utiliza la exposición al sol de manera dosificada para fines terapéuticos, siempre en base a una serie de cuidados, que evitan, o al menos limitan, algunos de los efectos, potencialmente perjudiciales, que podría ocasionar una exposición excesiva a la radiación solar. Algunos consejos elementales, entre otros, a aplicar antes de “tumbarse al sol”, son el comenzar la exposición progresivamente, evitar las horas de mayor intensidad solar y proteger las zonas especialmente sensibles del organismo, como los ojos.

Como cualquiera de nosotros puede comprobar “en sus propias carnes”, la exposición moderada del cuerpo humano al sol produce, física y psicológicamente, una sensación de salud, de sosiego natural y bienestar general, además de una acción estimulante; esa formidable fuente de energía que es el Sol desencadena una serie de procesos biológicos y bioquímicos esenciales para la vida del hombre. Por citar sólo algunos de ellos, favorece la formación de vitamina D, refuerza el sistema inmunológico, estimula la circulación y contribuye a la regulación de estados depresivos.

De manera que, si usted tiene la suerte de poder incluir en su vida más luz solar, al tiempo que quita de ella algo de luz artificial, eso que saldrá ganando. Y si, para colmo de suerte, tiene la posibilidad de dar frecuentes paseos por el campo, la montaña o la playa, y tumbarse un ratito al sol, hágalo sin dudarlo, y su organismo se lo agradecerá, mejorando su salud física y mental, que buena falta nos hace a todos.

Adolfo Marroquín Santoña

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El clima y sus cambios, frente a la salud
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Adolfo Marroquín Santoña | 04-11-2017 | 19:51| 0

01-antes-y-despues-del-cambio-climaticoA nivel mundial, el número de desastres naturales relacionados con la meteorología, y con las cambiantes condiciones que acompañan al cambio climático, se ha triplicado desde los años sesenta, y cada año esos desastres causan decenas de miles de muertes, sobre todo en los países en desarrollo.

En un artículo de la Universidad de Carolina del Norte (EE. UU.), recientemente publicado por HealthDay, se afirma que, si no se hace nada para abordar el problema del cambio climático que estamos padeciendo, decenas de miles de muertes prematuras adicionales podrían ocurrir en todo el mundo como consecuencia de la contaminación atmosférica.

Por su parte, la OMS (Organización Mundial de la Salud) prevé que, entre 2030 y 2050, el cambio climático causará un incremento de muertes cada año, superior incluso al previsto hasta ahora, debido a la malnutrición, el paludismo, la diarrea, la malnutrición, la malaria, el dengue y el propio estrés calórico, porque muchas de las enfermedades más mortíferas, son muy sensibles al clima y es de prever que se agravarán con el cambio climático.

Por otra parte, el aumento del nivel del mar y unos fenómenos meteorológicos cada vez más violentos, sobre todo en las zonas costeras, destruirán hogares y otros muchos servicios esenciales. No debemos olvidar que, más de la mitad de la población mundial vive en una franja de 60 km de ancho a lo largo de las costas de mares y océanos, por lo ambos acontecimientos, subida del nivel del mar y aumento de fenómenos violentos, pueden obligar a muchas personas a tratar de protegerse, cambiando su lugar de residencia y desplazándose a zonas más seguras, lo que aumentará a su vez el riesgo de efectos en la salud, en aspectos que van desde trastornos mentales, asociados al estrés de todo cambio, hasta enfermedades transmisibles.

La OMS advierte de que la creciente variabilidad, tanto temporal como espacial, de las precipitaciones afectará también, al suministro de agua dulce, lo que provocará escasez de ésta, con lo que puede ponerse en peligro la higiene, aumentando las enfermedades. En los casos extremos, la escasez de agua causará la temible sequía y su funesta compañera, la hambruna. Se estima que a finales del siglo XXI es probable que el cambio climático haya aumentado la frecuencia e intensidad de las sequías a nivel regional y mundial.

Al mismo tiempo, el efecto combinado del aumento de las temperaturas y la variabilidad de las lluvias reducirán probablemente la producción de alimentos básicos en muchas de las regiones más pobres del planeta. Lo que aumentará la actual malnutrición y desnutrición, que actualmente causan ya millones de defunciones cada año. Las temperaturas extremas del aire, durante los meses centrales del año, contribuyen directamente a las defunciones por enfermedades cardiovasculares y respiratorias, sobre todo entre las personas de edad avanzada.

Como muestra, en la ola de calor que sufrió Europa en el verano de 2003, se registró un incremento de la mortalidad, cifrado en 70.000 defunciones. Las temperaturas altas provocan además un aumento de los niveles de ozono troposférico, es decir el conocido como “ozono-malo”, que se acumula en las capas bajas de la atmósfera, junto al suelo, donde actúa como contaminante, junto con algunas otras componentes nocivas del aire, que agravan las enfermedades respiratorias.

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Una cuestión que podemos plantearnos es ¿a qué regiones y a qué personas afectarán más los efectos del cambio climático? Pues bien, en la práctica todas las áreas del planeta se verán afectadas, pero ciertamente algunas regiones son más vulnerables que otras. Por ejemplo, los habitantes de los pequeños estados insulares en desarrollo y de otras regiones costeras, megalópolis y regiones montañosas y polares son especialmente vulnerables. Los niños, en particular los de los países pobres, son una de esas poblaciones más en riesgo ante los problemas sanitarios previsibles y que además se verán expuestos por más tiempo a las consecuencias sanitarias de los cambios. Se prevé así mismo que los efectos en la salud serán más graves en las personas de mayor edad y, lógicamente, en las personas con achaques, dolencias o enfermedades preexistentes.

A corto plazo, las perturbaciones meteorológicas intensas, que se presentan como anomalías térmicas, con calor o frío alejados de los valores estadísticamente normales, para la época del año en la región de que se trate, también pueden afectar gravemente a la salud, causando estrés térmico, y provocando el aumento de la mortalidad por enfermedades cardiacas y respiratorias. Otro aspecto a tener en cuenta  es que el aumento de la temperatura global modificará los niveles y la distribución estacional de aerosoles naturales, como el polen, lo que puede provocar asma. De hecho, hay aproximadamente 300 millones de personas en el mundo que padecen asma y se teme que, con la esperada elevación de la temperatura del planeta, aumente el número de personas con dicha enfermedad.

Frente a tanto riesgo asociado al cambio climático ¿estamos haciendo algo los humanos para tratar de paliar los daños? Pues, de momento, casi lo único que podemos decir aquí, al respecto, es aquello que decía Humphrey Bogart a Ingrid Bergman, y que quedaba tan bien, en la famosa película Casablanca… ¡Siempre nos quedará París! Refiriéndonos, en este caso, al conocido como Acuerdo de París, que fue el primer pacto internacional, al más alto nivel, para reducir las emisiones de gases contaminantes, de efecto invernadero, a la atmósfera.

Este Acuerdo, fue ratificado en París en diciembre de 2015, por casi 200 naciones, entre las que se encontraban Estados Unidos, con el presidente Obama, y también China, es decir los dos mayores contaminadores del mundo. Se presentó allí un plan mundial de actuaciones, para mantener el calentamiento del planeta muy por debajo de 2 °C, lo que se estimó como imprescindible para no superar el llamado “punto de no retorno”, por encima del cual las consecuencias de los potenciales daños, asociados al cambio climático, serían irreversibles.

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Sin embargo, de momento al menos, parece que el citado Acuerdo de París presenta algunas sombras que pueden apagar, o al menos oscurecer, sus luces. Porque, aunque hay que admitir que aparentemente este Acuerdo plantea soluciones, con muchas expectativas de éxito, lo cierto es que existen algunas dudas, como son:

1.- Todos los países participantes, cerca de 200, acordaron mantener el aumento de la temperatura mundial por debajo de 2 ºC y, si fuera posible, no llegar siquiera a 1,5 ºC respecto al comienzo del siglo XX; lo que me parece muy difícil, en primer lugar porque ya ha aumentado más de 1 ºC y además porque, en mi opinión, el Acuerdo presupone un elevado “buenismo” de los firmantes, y la realidad vivida hasta ahora demuestra que “no todo el mundo es tan bueno”.

2.- El Acuerdo crea mecanismos voluntarios de revisión, de acuerdo con los cuales, los países deberán presentar un primer balance en el 2023 y, después cada cinco años. Pero los compromisos de reducción de GEI (Gases de Efecto Invernadero) por parte de los países no serán jurídicamente vinculantes, tal como solicitó Estados Unidos, lo que posteriormente, con Trump en la Casa Blanca, ha complicado aún bastante más las cosas.

3.- Los países firmantes se comprometían a comenzar la reducción de emisiones de gases “tan pronto como fuera posible”. O sea, cada uno a su aire. Además, a las potencias emergentes como China e India no se les obligaba a cuantificar la reducción de emisiones y sólo se les pedía que hicieran esfuerzos por cumplir. También se excluían del tratado las emisiones de la aviación y el transporte marítimo, pese a que suponen un 8% de las emisiones mundiales de GEI.

4.- Finalmente, la llegada de Donald Trump a la Presidencia de los EEUU, y su intención, manifestada en varias ocasiones durante su campaña electoral, de “sacar” a EEUU del bloque de países comprometidos con el Acuerdo de París, apunta a serias dificultades en el cumplimiento del mismo.

Es sabido, que la mayor parte de la causa del cambio climático está en el modelo energético que hemos mantenido durante décadas, quemando combustibles fósiles y emitiendo contaminantes, literalmente como si no hubiera un mañana. Pero el gran problema que se esconde tras ese modelo y por tanto tras la deseada solución es la economía. Sabemos cuál es el problema, conocemos la solución y sabemos cómo resolverlo, pero es muy caro. Sin embargo, no perdamos la esperanza, porque “Siempre tendremos París”.

Adolfo Marroquín Santoña

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Huracanes en Europa, improbable pero no imposible
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Adolfo Marroquín Santoña | 25-10-2017 | 17:13| 0

A estas alturas del siglo XXI, es ya suficientemente conocido y admitido, prácticamente sin discusión, que el clima mundial está cambiando debido al calentamiento global del planeta, y que los cambios están aumentando la frecuencia de algunos fenómenos meteorológicos extremos como los huracanes, e incluso cambiando las trayectorias tradicionales de éstos, lo que dará lugar a problemas, con los que tendremos que aprender a convivir.

Por poner un ejemplo de los citados problemas, el de los potenciales cambios de trayectorias de los huracanes, podríamos mencionar que en octubre de 2017, el huracán Ophelia, fue el primer huracán de categoría 3, en la escala de Saffir-Simpson, que se acercó a Europa, con vientos que, lamentablemente por cierto, contribuyeron a avivar los incendios que, en las mismas fechas, se estaban produciendo en el norte de Portugal, en Galicia y en Asturias. Y aunque, ciertamente cuando Ophelia se aproximó a las costas gallegas, ya no era propiamente un huracán, sino un ciclón extratropical, habiendo perdido buena parte de su fuerza, conviene recordar sin embargo que España ha sido ya testigo, anteriormente, de la proximidad de algunos otros ciclones tropicales.

01-saffir-simpson-y-trayectorias

Un huracán, también conocido como ciclón o tormenta tropical, por gestarse en los trópicos, no presenta frentes, pero sí una impresionante masa nubosa que mantiene una circulación, perfectamente organizada, rotando en sentido contrario a las agujas del reloj (en el hemisferio norte). Suele nacer como una perturbación tropical, con vientos relativamente flojos, que van aumentando a medida que avanza sobre las aguas del océano, de las que va tomando la energía, necesaria para seguir creciendo y avanzando. Una vez que los vientos en superficie, que acompañan a la perturbación, alcanzan y superan los 120 Km/h, adquieren la categoría suficiente para ser llamados huracanes, entre los que se pueden alcanzar cinco niveles, del 1 al 5, crecientes en intensidad, fuerza y daños, según se observa en la Escala Saffir-Simpson, presentada a la izquierda en la imagen superior.

Precisamente a la derecha de la citada imagen se presentan las trayectorias de 1.325 casos de huracanes, seguidos desde su nacimiento hasta su extinción. Puede verse en esa imagen como, tras el nacimiento de los “huracancitos” en el entorno de las Islas de Cabo Verde, las trayectorias se dirigen hacia el norte del Atlántico, si bien algunas de las ramas de trayectoria giran a veces hacia el noreste, e incluso claramente hacia el este, dirigiéndose con ello hacia Europa, y en particular a Portugal y a España.

Así, en 1967, el ciclón Chloé, formado en las costas de Cabo Verde, llegó a afectar al Cantábrico. En 1984, la tormenta tropical Hortensia se dejó sentir en Galicia, concretamente en Ferrol, con más de 150 Km/h. En 2005, dos perturbaciones, con origen y características tropicales, afectaron también a España, una en el área de Cádiz, el ciclón Vince, y otra en Canarias, el Delta, ambos con vientos superiores a los 100 Km/h. En 2006, el huracán Gordon llegó a las Azores, debilitándose después, camino del noroeste de la Península Ibérica. Y en 2009, el Klaus azotó las costas gallegas, con vientos de 200 Km/h.

El hecho de que hasta ahora no hayamos recibido “de lleno” la indeseable visita de un huracán, tiene una explicación lógica, que se entiende bien si repasamos cuáles son las Condiciones mínimas para el nacimiento y desarrollo de un HURACÁN, a saber:

1.- Gran aporte de humedad en superficie (Formación exclusivamente en el océano).

2.- Temperatura superficial del agua oceánica superior a 26-27ºC

3.- Latitud superior a 5º (N ó S). Es necesaria la fuerza desviadora (de Coriolis) para que se organice un vórtice.

4.- Convergencia de aire en superficie y divergencia en altura (es decir, existencia previa de una perturbación).

5.- Disminución rápida de la temperatura con la altura (el aire que se eleva desde superficie se encontrará en un entorno inestable)

6.- Existencia de elevada humedad en las capas medias de la atmósfera.

De estas seis condiciones, que deben cumplirse todas, varias de ellas no se han cumplido nunca, hasta ahora, en ningún país de Europa, pero los europeos, muy especialmente Portugal y España, debemos preocuparnos y ocuparnos de que sigan sin cumplirse, por lo que antes veíamos; puesto que somos el frente natural de ataque que presenta Europa a esos “malvados y malvenidos” visitantes potenciales.

Porque veamos ¿Cuántas y cuáles de las citadas condiciones podrían cumplirse, y con ello facilitar el camino a un verdadero huracán? Bien, no seamos pesimistas desinformados, sino optimistas, pero bien informados; porque como suele decir un conocido humorista de nuestra televisión “eso no va a pasar, pero… ¿y si sí?

La C-1 (Condición 1) la cumplimos de lleno, puesto que ahí está el Atlántico.

La C-3 la cumplimos sin remedio, puesto que nuestra latitud es la que es. ¡Sí, ya sé que me he saltado la C-2, esperen!

La C-4 la cumplimos cada vez que nos llegan borrascas atlánticas, lo que es muy frecuente.

La C-5 la cumplimos con frecuencia, porque ¿recuerdan las numerosas citas, en los medios de comunicación, de la famosa “gota fría”?, por cierto, nombre poco adecuado, que deberíamos sustituir por DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos), pues bien, se presenta con relativa frecuencia, cumpliéndose con ello la C-5.

La C-6 es una de las “madres del cordero”, la existencia de la humedad, suficiente y necesaria, en las capas medias de la atmósfera, no es algo muy frecuente en nuestras coordenadas geográficas, pero tampoco tan infrecuente o extraordinario. Les daré una pista que les hará entender a ustedes la rareza e importancia de la cosa. Esa condición se cumplió de lleno durante los tristes días 5 y 6 de noviembre de 1997, en los que el temporal que cruzó la Península Ibérica, entrando por Portugal y avanzando en dirección diagonal, de suroeste a nordeste, dio lugar en Extremadura a registros absolutamente extraordinarios de precipitaciones y vientos, causando desgraciadamente 23 víctimas mortales. Pues bien, aquel extraordinario desarrollo, conocido como “ciclogénesis explosiva”, encontró la ayuda que necesitaba para desarrollar el inmenso mecanismo generador de precipitaciones que se formó. Esa ayuda fue la presencia e inyección de la humedad necesaria y suficiente, en los niveles medios del monstruo, para poder crecer tan descomunalmente. Por tanto podemos asegurar que no es probable que esto pase, pero no es imposible, puesto que de hecho pasó.

De forma que, de las seis condiciones necesarias, y que podrían ser suficientes, para que uno de los muchos huracanes que nacen cada año en el trópico, concretamente en los alrededores de Cabo Verde, llegue a visitarnos, con todo lo que eso puede suponer en cuanto a la pérdida de vidas, de haciendas, de infraestructuras, etc., cumplimos, o podríamos cumplir, cinco de ellas. Entonces ¿porqué parece que ese riesgo, que aparentemente existe, no preocupa en absoluto en Europa?

Bueno, vamos a ver qué pasa con la condición C-2 que habíamos dejado pendiente. ¿Es, o puede ser superior a 26-27ºC  la temperatura superficial del agua oceánica, no sólo en las costas europeas, sino bastantes kilómetros mar adentro, como ocurre en el Golfo de México? Evidentemente la respuesta es que, hoy por hoy, no se dan, ni se esperan, esos valores. De hecho, en la imagen siguiente les muestro, a la izquierda, porqué  las trayectorias que antes veíamos se dirigen al Golfo de México y sus alrededores, y no a Europa, salvo contadas excepciones, que además acaban extinguiéndose.

02-trayectorias-y-caso-del-delta-2005

En la parte derecha de la imagen, les muestro lo sucedido con el pobre ciclón extratropical Delta, cuando el año 2005, intentó separarse de lo que hacían las otras trayectorias y dirigirse a Canarias. Pues lo que le pasó al pobre Delta, frustrado aspirante a huracán, fue que se encontró que las temperaturas del agua en el océano iban bajando de 24-23-22ºC a medida que avanzaba (véanse en la figura las isotermas del agua del Atlantico) y no pudo llegar a los 21ºC, porque antes falleció de “inanición energética”.

Y, si eso ocurre en la latitud de Canarias, imagínense el futuro que esperaría a una borrasca, aspirante a huracán, al llegar a Lisboa, a Coruña, y de ahí para arriba. Ahora bien, el hecho de que un huracán serio, como Dios manda, necesite temperaturas del agua del mar por encima de los 26 o 27ºC ¿nos deja a nosotros libres para siempre de la amenazadora visita de un huracán? Pues la verdad es que no, fundamentalmente por dos razones, la primera es que, como demuestran algunas de las trayectorias ya vistas, siempre puede existir una excepción para una norma, sobre todo si esta es estadística. Y la segunda razón, por la que se mantiene la duda es porque no sabemos hasta dónde llegaremos nosotros, los insensatos humanos, con el descontrol del calentamiento global planetario, hecho incontestable que afecta también naturalmente a los océanos.

En fin, lo cierto es que, aunque los humanos nos empeñáramos en transformar nuestros océanos en sopa de pescado, la Naturaleza (así, con mayúscula), modificaría las corrientes oceánicas, que son las verdaderas cintas transportadoras de energía, para que las cosas no se le fueran de las manos. ¡Tenemos una Naturaleza que no nos la merecemos!

Adolfo Marroquín Santoña

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La ciencia avanzando, y nosotros con estos pelos
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Adolfo Marroquín Santoña | 14-10-2017 | 10:53| 0

01-investigador-y-pelo-vegetalConsidero que el estudio de la influencia del clima en la salud humana, debería ser de interés siempre, pero más aún en estos tiempos de cambios climáticos, por lo que, buscando ampliar conocimientos sobre el particular he entrado en el sitio de la NLM (National Library of Medicine) de los EEUU, donde me han llamado la atención, entre los fondos disponibles, algunos artículos sobre las interrelaciones clima-salud, que analizaré a la brevedad posible. Pero de momento, los que me han llamado la atención son unos que trataban de la pérdida de cabello, la denominada alopecia, y en los que se incluían consideraciones y se analizaban potenciales causas.

Ciertamente, este tema no tenía, en principio, mucha relación con mi búsqueda inicial, pero me pareció que contenía aspectos que podrían ser de interés para muchas personas, de forma que opté por informarme y trasladar a ustedes algunos de los citados aspectos.

Por ejemplo, se sabe que el ciclo normal del crecimiento del cabello dura de 2 a 3 años y que cada pelo crece aproximadamente un centímetro al mes durante esta fase. Los estudios realizados aportan estadísticas, de las que se deducen que alrededor del 90% del cabello en el cuero cabelludo está creciendo simultáneamente, mientras que el 10% restante se encuentra en una fase de inactividad, de reposo podríamos decir. El reposo dura del orden de 3 a 4 meses, tras lo cual ese cabello inactivo se cae y en su lugar comienza a crecer nuevo cabello. La pérdida de cabello puede no ser permanente, puesto que los folículos pilosos no se destruyen, y a veces puede que sólo estén pasando una fase de descanso.

Pero ¿sabían ustedes que es normal que una persona pierda aproximadamente 100 cabellos de su cabeza cada día, y que en la mayoría de los casos esos cabellos vuelven a crecer?, ¿y sabían que el cuero cabelludo contiene normalmente alrededor de 100.000 cabellos? Naturalmente todas estas cifras se refieren a valores medios, de gentes medias, en condiciones medias, por lo que son meramente orientativos, de forma que, para individuos concretos, pueden presentarse importantes desviaciones de esos valores medios, e incluso desviaciones absolutas, en algunos casos.

Cada pelo sigue su “ciclo del cabello” de forma independiente del resto, lo que permite que mudemos nuestro pelo progresivamente a lo largo de todo el año. Sin embargo, a igualdad de todo lo demás, parece ser que a principios de otoño los cambios hormonales hacen que crezcan menos pelos nuevos que en otras estaciones. Eso implica que, si en condiciones normales se desprenden diariamente alrededor de 100 pelos, entre septiembre y noviembre la pérdida capilar puede duplicarse o triplicarse. El proceso no suele durar más de tres meses y no debe preocuparnos demasiado, porque, en la mayoría de los casos, suele ser reversible.

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Es un hecho que muchos hombres y algunas mujeres pierden pelo a medida que envejecen, pero también pueden perderlo si sufren ciertas enfermedades, como problemas de tiroides, diabetes o lupus, o si están tomando ciertas medicinas o, como es bien conocido, si se encuentran en tratamiento de quimioterapia por cáncer. Otras causas pueden ser el estrés, una dieta baja en proteínas, la existencia de un origen genético, con antecedentes familiares, o simplemente una mala nutrición. Cuando la calvicie es de origen genético, lo que significa que usted heredó un gen para la calvicie, no hay manera de evitarla; sin embargo, algunas otras causas de la pérdida excesiva del cabello sí pueden prevenirse.

Algunas pérdidas de cabello reparables, son las ocasionadas por problemas hormonales. Si usted sufre de hipotiroidismo o hipertiroidismo, su cabello puede caerse, más de lo normal y, por lo general, esta pérdida de cabello puede abordarse y minimizarse tratando su enfermedad de tiroides. También la pérdida de cabello puede ocurrir si las hormonas masculinas o femeninas, conocidas como andrógenos y estrógenos, están desequilibradas. En este caso, corregir el desequilibrio hormonal puede detener esa pérdida de cabello.

En la mayoría de los casos, la pérdida notable de cabello es gradual, lo que significa que ocurre durante un largo período de tiempo; esto es especialmente cierto en los hombres. La pérdida del cabello se considera excesiva cuando aparecen zonas aisladas de calvicie o bien cuando se produce un debilitamiento notable de todo el cabello, o de gran parte del mismo. También, en ocasiones, el cabello puede caerse de forma repentina, debido a un shock repentino, físico o emocional.

Es evidente que el pelo no es solamente el cabello que tenemos en la cabeza; de hecho, tenemos pelo (o vello) en casi todas las partes del cuerpo, excepto los labios, las palmas de las manos y las plantas de los pies. La mayor parte del pelo que tenemos en el cuerpo es fácil de ver, como por ejemplo el de las cejas, la cabeza, los brazos o las piernas. Según el lugar donde se encuentre, el pelo cumple diferentes funciones. El pelo de la cabeza, aparte de la componente estética, que suele llevar emparejada, proporciona a la misma cierta protección contra el frío, el calor y hasta los golpes. Las pestañas protegen los ojos, disminuyendo la cantidad de luz y polvo que puede penetrar en ellos; y las cejas protegen los ojos del sudor que puede gotear por la frente.

El pelo siempre crece a través de la piel de la misma manera, sin importar de dónde salga (de tu cabeza, brazo, pierna, etc.); comienza en la raíz capilar, debajo de la piel, donde las células se agrupan para formar la queratina, la proteína de la que están formadas las uñas. La raíz está dentro de un folículo, que es una especie de tubo pequeño insertado en la piel.

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El pelo crece de la raíz, sale del folículo y atraviesa la piel, haciéndose entonces visible. Los pequeños vasos sanguíneos que se encuentran en la base de cada folículo alimentan la raíz del pelo para permitir su crecimiento. Pero una vez que el pelo emerge de la superficie de la piel, las células que lo forman ya no están vivas. Las células de cada uno de los pelos que ves en tu cuerpo están muertas.

El tipo más común de pérdida de cabello se llama alopecia androgenética, también conocida como calvicie de patrón masculino o femenino. Tiende a ser hereditaria y provoca la caída gradual del cabello. A medida que los hombres envejecen, pueden empezar a perder cabello en la parte frontal de su cuero cabelludo. El patrón de pérdida de cabello para las mujeres es diferente. Su cabello puede debilitarse por todo el cuero cabelludo, pero a menudo es más evidente a lo largo de “la raya del peinado”. En cuanto al color del cabello, es debido a la melanina, la sustancia que también da color a la piel, de forma que cuanto más claro es el cabello, menos melanina estará presente; una persona con cabello negro o castaño tiene mucha más melanina que una con cabello rubio o pelirrojo. A medida que la gente envejece, la cantidad de melanina disminuye y es entonces cuando comienzan a salir las canas.

Un consejo para lucir un hermoso cabello, mientras dure, es seguir una dieta saludable. Suena raro, pero no lo es. Una dieta rica en nutrientes adecuados ayuda a nuestro cuerpo en general, y en particular a nuestro pelo, por lo que… ¡Debemos cuidar nuestro cabello de dentro hacia fuera!

Adolfo Marroquín Santoña

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Geofísica, la física del planeta Tierra
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Adolfo Marroquín Santoña | 05-10-2017 | 15:41| 0

Hace unos días, “enreando” (término acuñado por mi santa esposa, para referirse a mis búsquedas de información), pues bien, enredando entre mis apuntes de los viejos tiempos como estudiante, hace más de medio siglo, en la Universidad Complutense, encontré una serie de anotaciones referidas a Geofísica, que me llamaron la atención, en primer lugar por su vigencia, pese al tiempo transcurrido, y por otra parte porque me recordaron lo interesante que entonces me parecieron, y que siguen pareciéndome.

Trataré de compartir con ustedes algunas de aquellas ideas y teorías, intentando hacerles copartícipes de lo atractivo que son los fundamentos que subyacen bajo y sobre la superficie de este planeta Tierra, al que tanto debemos y al que tan mal pagamos. Por ejemplo, deben saber ustedes que sería bastante acertado comparar al planeta Tierra con un huevo escalfado, duro o casi, tanto por su forma, como por la disposición de sus distintas capas; de hecho, la Tierra no es una esfera, sino un geoide, y está compuesta por la corteza, el manto y el núcleo, que corresponderían a la cáscara, la clara y la yema del citado huevo.

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Para conocer el estado y la composición de la Tierra a grandes profundidades y para grandes extensiones, la Geofísica recurre al estudio de las ondas originadas por los movimientos sísmicos, registradas en los sismógrafos que se encuentran distribuidos por todo el mundo. Cuando se produce un terremoto en cualquier lugar del planeta, las ondas producidas viajan por el interior de la Tierra, y se puede deducir mucha información sobre la composición y el estado, sólido o fluido, de lo que hay bajo nuestros pies, a partir de la propagación del movimiento sísmico, por la diferencia del tiempo transcurrido y por la forma de las ondas registradas, en la red mundial de sismógrafos,.

Así fue como en 1909 se descubrió como a algunas decenas de kilómetros bajo la superficie del planeta, existía un cambio brusco en la propagación de las ondas sísmicas, debido a un cambio sustancial en las condiciones físicas en que se encontraba el material del subsuelo a esa profundidad, pasando de sólido a fluido. La capa a la que se producía ese cambio se denominó discontinuidad de Mohorovicic, en honor del sismólogo yugoeslavo que la descubrió; posteriormente conocida, recortando el apellido del descubridor, como discontinuidad Moho, que es la zona que separa la corteza (parte sólida superficial) de la siguiente capa, el manto.

La profundidad a que se encuentra la discontinuidad Moho, entre corteza y manto, no sólo no es constante, sino que varía enormemente entre valores que orientativamente podemos tomar como 10 Km en zonas oceánicas y hasta más de 60 Km en áreas continentales; pero recordemos que la estructura del planeta no es estática, sino dinámica, es decir está variando continuamente, puesto que, como es sabido, los continentes se mueven a través de la deriva continental; teoría desarrollada por el meteorólogo alemán Alfred Wegener.

En la actualidad, siguen existiendo numerosas dudas respecto a cuándo, cómo y por qué, las enormes placas que constituyen la corteza terrestre habrían empezado los desplazamientos asociados a su lentísimo viaje, que se estima comenzó hace más de 3.500 millones de años (MA), pero con un amplio abanico de dudas, puesto que la estimación de ese tiempo va desde un mínimo de 1.000 MA, hasta más de 4.200 MA. Un intervalo temporal demasiado grande para que se pueda entender la evolución de la Tierra primitiva, de forma que hay que trabajar con hipótesis.

Lo que sí se sabe es que el movimiento de las placas debió remodelar radicalmente el planeta, tallando las cuencas oceánicas y alzando las cordilleras. También se debió alterar la composición de la atmósfera y de los océanos, lo que, sin duda, afectaría al suministro de nutrientes de las formas primitivas de vida del entonces joven y oscuro planeta. Y digo oscuro planeta, porque se piensa que la Tierra primitiva debía de parecerse mucho a la Islandia actual, con oscuros campos de lava negra y oscuras playas de arena, bordeando la tierra firme.

Estos desplazamientos de la corteza de la Tierra, sobre la superficie del planeta, hay que analizarlos a escala geológica, ya que, considerados a escala humana, son enormemente pequeños y extraordinariamente lentos. Sin embargo, llama la atención que diminutos testigos biológicos, como lombrices o caracoles, hayan venido a apoyar algunas de las teorías que la Geofísica ha ido apuntando. Así, la presencia y distribución de algunas especies de gusanos de tierra y de caracoles, encontrados en la parte occidental de Europa y en la parte oriental de Norteamérica, es decir en las costas de ambos continentes situadas “frente a frente”, sugiere que, en tiempos remotos, las costas de esos territorios tuvieron que estar en contacto, puesto que es evidente que el océano hubiera sido un obstáculo insalvable para la emigración de estos animales.

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En realidad, la teoría de la deriva continental, planteada por Wegener, es una idea que “salta a la vista” cuando se observan las formas del continente americano y de los continentes europeo y africano, puesto que, simplemente a ojo, parece que el Atlántico es en realidad una enorme grieta, llena de agua, que separa esos continentes, que debieron estar originariamente unidos. Naturalmente, esa tentadora apariencia de formas coincidentes debe ser confirmada por más cosas, y así encontramos que además de la coincidencia de gusanos y caracoles, de linajes coincidentes, en las costas de Norteamérica y Europa; ocurre algo similar con las costas de Sudamérica y África, siendo garantes de esa proximidad física los fósiles encontrados a ambos lados del Atlántico.

También las analogías geológicas y geofísicas, y hasta la propia paleoclimatología, parecen confirmar la teoría de Wegener, pese a lo cual éste investigador, o más bien su teoría, fue duramente atacada por muchos de sus colegas, tanto geólogos como geofísicos, en los comienzos del siglo XX.

Al hilo de la teoría de la deriva continental, encontramos también algunas ideas sobre el misterio del magnetismo terrestre. Hoy día es bien conocido, y se enseña ya a los parvulitos en la escuela, que la Tierra es un enorme imán, pero este hecho no se conoció hasta el siglo XVI, y desde entonces han sido muchas las investigaciones relacionadas con el tema. Como curiosidad recordemos que el polo norte de la aguja de las brújulas señala, muy aproximadamente al polo norte geográfico, lo que puede parecer raro, puesto que sabemos que los polos contrarios de los imanes se atraen, con lo que lo lógico sería que el norte del imán-brújula señalara al sur del imán-Tierra… Y así es, puesto que, en la Tierra, el sur magnético está próximo al norte geográfico de la misma, siendo el ángulo de desviación de ambos polos la denominada declinación.

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Aunque nuestro planeta se comporte como un inmenso imán esférico, los valores del campo magnético terrestre sobre la superficie no son homogéneos ni constantes, ni en el espacio ni en el tiempo; de hecho, las constantes mediciones que se realizan en cualquier observatorio demuestran que el campo magnético varía continuamente, y aun cuando la variación es pequeña, es sin embargo detectable incluso de un día para otro, con la conocida como variación diurna, que a veces presenta picos importantes, como consecuencia de las tormentas magnéticas.

Las causas de estas perturbaciones no están en el interior de la corteza terrestre, sino que hay que buscarlas en las capas superiores de la atmósfera, a unos cuantos centenares de kilómetros por encima de la superficie terrestre, en la zona denominada ionosfera, en la que abundan los electrones libres, arrancados a los átomos de oxígeno y nitrógeno por la radiación solar. Otras perturbaciones, generalmente más pequeñas y a nivel local, sí suelen ser debidas a la presencia de depósitos minerales magnéticos, bajo la capa de la corteza terrestre, de forma que los geofísicos utilizan las prospecciones magnéticas para localizar y evaluar el contenido de estos yacimientos.

Y hablando del magnetismo terrestre, puede que no identifiquemos océanos con ese magnetismo, pero también los océanos forman parte, aunque pequeña, del escudo magnético protector de nuestro planeta. Este campo magnético nos protege de la radiación cósmica y de las partículas cargadas que, procedentes del Sol, bombardean constantemente la Tierra. Sin ese escudo protector, la vida sería prácticamente imposible sobre nuestro planeta, al menos tal como la conocemos en la actualidad.

Los satélites Swarm de la Agencia Espacial Europea (ESA) han realizado nuevos descubrimientos sobre la naturaleza eléctrica del interior de la Tierra, y así hemos sabido que, cuando el agua salada de los océanos se mueve bajo el campo magnético terrestre, se generan corrientes eléctricas que, a su vez, inducen una respuesta magnética en el manto, la región profunda bajo la corteza terrestre. Los nuevos resultados, obtenidos mediante las observaciones satelitales, son importantes para comprender la tectónica de placas, que, como antes decíamos, es la teoría que sostiene que la litosfera terrestre se compone de placas rígidas que se deslizan sobre la masa caliente y más fluida, que funciona a modo de lubricante permitiendo así su movimiento.

De esta forma, las modernas técnicas de observación han venido a ayudarnos a entender y explicar algunas dudas que las anteriores teorías, como la de la tectónica de placas, tenían pendientes.

Todo sea para poder conocer más y mejor este planeta nuestro, el único que tenemos, al que tanto debemos y al que tan mal pagamos.

Adolfo Marroquín Santoña

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Cambio climático, catástrofe o negocio
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Adolfo Marroquín Santoña | 17-09-2017 | 08:40| 0

01-cambio-clima-y-beneficiosPermítanme revisar y comentar aquí algunos hechos:

1.- Nunca, desde hace casi un millón de años, la concentración de GEI (Gases de Efecto Invernadero), había alcanzado y superado las 400 ppm (partes por millón) como está ocurriendo en la actualidad, manteniéndose la tendencia creciente.

2.- Nunca, desde hace casi dos siglos, se habían registrado tantos y tan violentos FMA (Fenómenos Meteorológicos Adversos) extendiéndose a todo el planeta.

3.- Nunca se ha hecho el caso necesario y suficiente, a los avisos que sobre este tema vienen difundiéndose, entre otros, por parte del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático), creado en 1988, que ha emitido ya cinco informes de evaluación sobre el cambio climático, sus causas, posibles repercusiones y estrategias de respuesta.

4.- Nunca deberíamos esperar que algunos de los gobernantes actuales, que en muchos países tienen como única formación la adquirida en su larga etapa de políticos profesionales, entiendan la relación causa-efecto entre GEI y FMA, como les viene advirtiendo reiteradamente el IPCC, donde también hay políticos, no nos engañemos, pero donde al menos existen, a su alrededor, muchos y buenos científicos climáticos.

Pese a todo, en 2015 tuvo lugar en París la vigésimo primera sesión de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21) de la que nació el conocido como Acuerdo de París, en el que se estableció, no sin muchas dudas, reservas y objeciones, el marco global de lucha contra el cambio climático, que debería regir a partir de 2020. Un intento, supuestamente global, para resolver los problemas que causaría el cambio climático, éste sí realmente global.

Y ahí tienen ustedes a Donald Trump, presidente de uno de los países más poderosos y contaminantes del planeta, que como gobernante no procede de la cantera de políticos profesionales, sino del mundo de los “negocios a la americana”, y que quiere excluir de la COP21 a los EEUU, porque tiene sus dudas en la citada relación causa-efecto GEI-FMA, pero, sobre todo, por su convencimiento de que ese acuerdo perjudicaría a la economía de su país, aun cuando medioambientalmente fuera beneficioso para el planeta en su conjunto.

En la actualidad, varios de los mayores bancos del mundo han promovido, junto con la ONU, la transparencia financiera en materia climática; entre estos bancos, con un capital de más de siete billones de dólares, se pueden citar a ANZ, Barclays, Bradesco, Citi, Itaú, National Australia Bank, Royal Bank of Canada, Santander, Standard Chartered, TD Bank Group y UBS.

Sinceramente, no dudo que estos bancos, y algunos más que, llegado el caso, se les irán uniendo, tengan buenísimas intenciones, pero naturalmente sería utópico pensar que entre esas intenciones no figure la de su propio beneficio; lo que, por otra parte es no sólo lícito y lógico, sino fundamental en un mundo regido por las finanzas y la obtención de máximos beneficios económicos. Obviamente, los bancos y las entidades financieras en general no son organizaciones sin ánimo de lucro (OSAL), sino muy al contrario, son organizaciones que persiguen el máximo lucro posible. Hasta ahí, todo bastante normal y natural.

Sin embargo, el cambio climático es, hoy por hoy, uno de los mayores problemas a que se enfrenta la humanidad; en este diagnóstico coinciden tanto científicos, como políticos, empresarios y hasta los propios banqueros. Pero, el cambio climático que estamos padeciendo en la actualidad, y el que padeceremos si las cosas no cambian mucho y pronto, no se ha producido de forma natural, al menos no totalmente, puesto que ha sido causada sobre todo por la enorme y rapidísima acumulación de GEI en la atmósfera y en los océanos, como consecuencia de un modelo productivo inadecuado e insostenible, en el que hay responsables y víctimas.

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En la imagen superior, he colocado a la izquierda los países más contaminantes del mundo, coloreados de marrón oscuro a blanco, con el significado de cuanto más oscuro el color, más pecador, es decir más responsable por su acción contaminante; como se puede comprobar a simple vista, los máximos responsables de este problema se sitúan en el hemisferio norte. En la derecha figuran los países que más padecerán las consecuencias, coloreados también en marrón, pero significando ahora que cuanto más oscuro el color, más víctimas, es decir más muertos a consecuencia del cambio climático. Al contrario que antes, se comprueba ahora que las víctimas se concentran en países situados en el hemisferio sur.

Dicho lo anterior, lo cierto es que casi todos, somos responsables de haber llegado a la actual situación climática, y todos somos víctimas. Sin duda, somos responsables y, a la vez, somos víctimas, pero debe quedar claro que unos son mucho más responsables que otros y estos otros serán mucho más víctimas que aquellos unos.

Sin embargo, en la cobertura, tanto científica como periodística de este fenómeno de dimensiones planetarias, frecuentemente se ignora el papel de los causantes, y se dirige el foco sólo a los efectos y a las víctimas. Si nos planteamos, por ejemplo, porqué el presidente Trump ha querido sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París, la realidad hay que buscarla, no en la justicia social, ni en la seguridad climática, sino la seguridad de la economía de su país, como dijo ya claramente en su toma de posesión: “America first”.

Ahora bien, esa seguridad económica buscada, les va a crear en el futuro muy poca seguridad meteo-climática, a los “súbditos americanos” de Trump, como se han encargado de demostrar algunos de los recientes huracanes, como Harvey, Katia, Irma, José, … y los que vendrán después, siguiendo la ruta marcada por las aguas cálidas de los océanos, consecuencia del calentamiento global del planeta.

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Lamentablemente, y aunque sea muy triste tener que reconocerlo, lo cierto es que no se va a plantear ningún cambio ni del funesto modelo energético, ni del desarrollo insostenible, mientras ello suponga perder beneficios. Pero ¿se puede conseguir reducir riesgos climáticos y aumentar beneficios? Pues eso será muy difícil, por no decir imposible. Sin embargo, ahí están los financieros (bancos) y los políticos (gobiernos) para plantearse la cuadratura del círculo, consiguiendo hacer negocio ante las catástrofes que acompañan y acompañarán al cambio climático.

Se trata, dicen, de un esfuerzo colectivo dirigido por ONU – Medio Ambiente (ONU-MA), para fortalecer la evaluación y divulgación que hacen las instituciones financieras sobre los riesgos y oportunidades relacionados con el clima. La iniciativa permitirá a los bancos, dicen, seguir las recomendaciones de los grupos de trabajo, presentadas recientemente en la cumbre del G20. Al mejorar, dicen, su comprensión de los riesgos y oportunidades relacionados con el clima, las instituciones estarán mejor capacitadas para ayudar a financiar la transición hacia una economía más estable y sostenible.

Según plantea el propio Erik Solheim, Director Ejecutivo de ONU-MA, “El mensaje de los pesos pesados del mundo financiero es claro: el cambio climático plantea una amenaza real y seria para nuestra economía. Al mismo tiempo, hay enormes oportunidades de negocio en el campo de la acción climática. La transparencia sobre cómo las instituciones financieras mitigan los riesgos y aprovechan las oportunidades mientras hacemos frente al cambio climático es crucial para impulsar a los mercados a apoyar activamente un mundo resiliente, bajo en carbono”.

Ojalá sea así y llegue el momento en que todos ganemos en este negocio en el que, por ahora, la mayoría perdemos, mientras sigue habiendo responsables y víctimas.

Adolfo Marroquín Santoña

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En clima, como en otras cosas, el peligro es la velocidad
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Adolfo Marroquín Santoña | 03-09-2017 | 11:27| 0

Recuerdo haber oído decir en una ocasión que “las balas no matan, lo que mata es la velocidad que llevan”; lo que resulta ser una absoluta evidencia…; y lo mismo podríamos decir de los accidentes de tráfico, en los que resulta también evidente que lo que mata es la velocidad de los vehículos implicados, puesto que estando aparcados son bastante inofensivos. Pues bien, aunque no siempre resulte tan evidente, la velocidad es también el problema fundamental en relación con el conflicto climático, en que estamos metidos; concretamente la velocidad con la que hemos inyectado en la atmósfera los tristemente famosos GEI (Gases de Efecto Invernadero).

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Si las emisiones de esos gases hubieran sido razonablemente lentas, entendiendo por tal el ritmo de emisión compatible con la capacidad de absorción por parte del Sistema Climático de nuestro planeta, como había venido ocurriendo a lo largo de los siglos anteriores al XIX, no hubiera pasado nada, o casi nada, puesto que la naturaleza, que no soporta las prisas y los desequilibrios, se hubiera encargado de mantener el deseable equilibrio; evitándose así el calentamiento global del planeta y las consecuencias asociadas, incluidas las numerosas anomalías climáticas, que se conocen bajo la denominación general de Cambio Climático.

Según datos del IPCC (Intergubernamental Panel sobre Cambio Climático) la temperatura promedio del planeta, como consecuencia de la emisión de GEI, fundamentalmente del famoso dióxido de carbono (CO2), se incrementó en 0,7 ºC durante el pasado siglo XX y de acuerdo con las estimaciones aumentará del orden de entre 2 y 4 ºC en el presente siglo. Estos valores pueden parecernos poco importantes, y sin embargo suponen el mayor y más rápido aumento, de los últimos cientos de miles de años.

La superficie terrestre absorbe el calor de la radiación solar incidente y vuelve a irradiarlo hacia la atmósfera y el espacio. Pero, los gases de efecto invernadero absorben buena parte de este calor, impidiendo su devolución hacia el espacio exterior, y volviendo a reemitirlo hacia la superficie del planeta.

Este proceso es lo que se conoce popularmente como “efecto invernadero”, pero quizás sería más apropiado denominarlo “efecto de abrigo”. Aunque los gases de efecto invernadero constituyen tan sólo el 1% del total de los gases presentes en la atmósfera, su capacidad de atrapar el calor, abrigando al planeta e impidiendo la devolución de ese calor al espacio, es enorme. Y nosotros, al quemar cada día más combustibles fósiles, en la práctica estamos amontonando más y más capas de abrigo que calientan el planeta tanto, y tan rápidamente, que la naturaleza no es capaz de adaptarse.

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Por otra parte, el vapor de agua es sin duda el más importante de los gases de efecto invernadero que ocurren naturalmente, ya que es responsable del 60% de dicho efecto, en comparación con el dióxido de carbono, que aporta tan sólo el 26%. Si bien las actividades humanas no aumentan la cantidad de vapor de agua en la atmósfera directamente, lo cierto es que el calentamiento producido por otros gases, como el CO2, provoca más evaporación y aumenta la cantidad de vapor de agua que puede contener la atmósfera. De hecho, desde 1988 nuestros satélites han detectado un incremento en la humedad atmosférica sobre los océanos, del orden del 7% por cada grado centígrado de calentamiento.

Todo esto da lugar a “la pescadilla que se muerde la cola”, puesto que, a su vez, este vapor de agua adicional aumenta el calentamiento, ya que, como hemos dicho, el vapor de agua es uno de los gases más potentes de efecto invernadero o abrigo. Por otra parte, la presencia de más vapor de agua también puede aumentar la producción de nubes, cuyo efecto es complejo, ya que pueden enfriar la atmósfera, reflejando la luz solar, y también calentarla, atrapando el calor. Es decir que, como vemos, estamos complicando a la naturaleza su tarea de seguir haciendo su trabajo, que es el de mantener el equilibrio.

Si bien las moléculas individuales de los otros gases de efecto invernadero, como el vapor de agua, son más potentes en términos de su capacidad de atrapar el calor, la enorme cantidad de dióxido de carbono introducida en la atmósfera durante el último siglo debido a las emisiones generadas por el ser humano y la capacidad de dicho gas de permanecer en la atmósfera durante decenas e incluso cientos de años, explican por qué el dióxido de carbono es un tema de permanente preocupación.

El incremento de la temperatura global causa alteraciones en los patrones del clima, una atmósfera más caliente, a la que no estamos dando tiempo de enfriarse de forma natural, almacena más energía y una atmósfera cargada de energía genera más y más eventos, cada vez más extremos y frecuentes, como está ocurriendo ya en la actualidad con la presencia de olas de calor en muchas áreas del mundo, alternándose espacial y temporalmente con olas de frío, dando lugar a anomalías en las temperaturas, pero también las precipitaciones, que alteran el día a día de los humanos.

De hecho, como decíamos, el cambio climático no sólo conlleva un aumento de las temperaturas medias a nivel mundial, sino que implica también un aumento en la variabilidad climática; batiéndose numerosos récords por altos valores, tanto de temperaturas como de precipitaciones, pero pasados unos meses, se presentan también récords en el número de días de heladas o en las sequías. Se trata por tanto de fuertes anomalías térmicas, pero también de anomalías que afectan y afectarán a todas las componentes del sistema climático y del medio ambiente en general.

Durante las últimas décadas hemos vivido cambios a escala planetaria, presididas por un calentamiento global, pérdidas de biodiversidad por la extinción de especies, destrucción de hábitats, etc. Y, en todos estos procesos, la responsabilidad de la actividad humana es evidente, no sólo por la emisión de gases contaminantes, sino por los cambios en los usos del suelo, por la urbanización descontrolada, por la extracción y explotación, a un ritmo totalmente imprudente, de los recursos naturales del planeta, etc.

En la actualidad ya hemos superado las 400 ppm (partes por millón) de CO2 en la atmósfera, y cada año batimos varios récords en temperaturas, con inviernos más calurosos y olas de calor en verano, los glaciares de montaña y también los casquetes en Groenlandia y en la Antártida están fundiéndose con rapidez, y la disminución del periodo de banquisa en el Ártico abre la amenazadora visión de un Polo Norte sin hielo, lo que ocurrirá tan pronto como en los veranos de la próxima década, desapareciendo el permafrost en muchas áreas del planeta, sobre todo en altas latitudes y montañas.

03-pasado-futuro-tempSabemos que nuestro planeta, a lo largo de los millones de años de su existencia, ha sufrido importantes cambios de temperatura; de hecho se dispone de datos que lo demuestran, a lo largo de las sucesivas glaciaciones, en los últimos 800.000 años, pero la velocidad a la que están ocurriendo los cambios en la actualidad es muy superior a la de los cambios climáticos anteriores, que eran naturales, y parece evidente que no podemos, o al menos no debemos, esperar décadas o siglos para constatar los efectos del actual cambio rápido en el aumento del nivel del mar, en la temperatura, en la fusión de los hielos, y todas las demás consecuencias, puesto que puede ser demasiado tarde para poner en marcha medidas de mitigación o de adaptación al cambio.

En la antigüedad de la historia de la Tierra, cuando el clima era mucho más cálido, el material vegetal quedaba enterrado en enormes ciénagas, con tal rapidez que no llegaba a descomponerse; después estos restos enterrados estuvieron sometidos a calor y presión, con lo que finalmente se transformaron en carbón. De forma análoga, los microorganismos enterrados en fondos marinos y lacustres a lo largo de la historia del planeta se convirtieron en petróleo. Estos procesos secuestraron grandes cantidades de carbono en forma de petróleo, gas natural y carbón. Al quemar después estos materiales, a un ritmo creciente, sobre todo en los últimos 150 años, hemos liberado a la atmósfera, muy rápidamente, el carbono que el planeta había almacenado a lo largo de cientos de millones de años.

Eso es precisamente lo que la naturaleza no soporta, las prisas, y más aún las prisas que provocan desequilibrios; de forma que, si no queremos entrar en conflicto con la propia naturaleza, o frenamos mucho y pronto la velocidad de nuestras emisiones, o la naturaleza nos hará pagar por ello… Y NO NOS GUSTARÁ CÓMO.

Adolfo Marroquín Santoña

 

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El Sol, y sus cinco ayudantes, origen del clima y sus cambios
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Adolfo Marroquín Santoña | 24-08-2017 | 10:55| 0

01-sistema-climatico-e-inter-relacionesA lo largo del tiempo, durante miles y millones de años, el clima de la Tierra ha ido cambiando, y esto se debe a que muchos fenómenos terrestres, oceánicos y espaciales han participado en la modelación de los climas del planeta. El Sol es el principal agente generador del clima, puesto que prácticamente es la única fuente de la energía que alimenta el funcionamiento del Sistema Climático.

Este Sistema Climático (SC) esta a su vez constituido por cinco Subsistemas, a los que he calificado de ayudantes en el título de este artículo, puesto que son cooperantes necesarios para que las cosas sean como son en el clima. Vamos a echar una breve ojeada al papel e importancia que el Sol y algunos de sus citados ayudantes juegan en este asunto.

La energía que el Sol emite, y que la Tierra recibe, no es estrictamente constante, pero sus variaciones son proporcionalmente tan pequeñas, al menos por ahora, que no influyen de manera esencial en el cambio climático que venimos padeciendo. Sabemos que, en los dos últimos siglos, la producción energética del Sol aumentó en aproximadamente un 0,1 %, lo cual pudo suponer un aumento de apenas una décima de grado en la temperatura de nuestra atmósfera durante la primera mitad del siglo XX.

Sin embargo, los datos obtenidos desde 1979, cuando comenzamos a realizar mediciones desde el espacio de la energía aportada por el Sol, indican que la Tierra ha seguido calentándose, sin que se haya producido ningún cambio significativo en la energía solar media que ha venido recibiendo; por tanto, no parece que el actual calentamiento del planeta deba asociarse a cambios en la emisión de energía desde el Sol.

Por otra parte, algunos cambios producidos en los ciclos repetitivos de la órbita terrestre pueden afectar al ángulo de incidencia de la radiación solar, y con ello a los efectos de la energía solar incidente. El ángulo de inclinación del eje terrestre, el movimiento producido por la precesión de los equinoccios y el grado de estiramiento (excentricidad) de la órbita de nuestro planeta producen los llamados ciclos de Milankovitch que parecen ser los que activaron y desactivaron las glaciaciones de los últimos millones de años.

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Pero estos cambios tardan miles de años en producirse, o sea que tampoco parece ser ésta la causa del rápido calentamiento ocurrido en el planeta Tierra a lo largo del último siglo.

Por otra parte, a lo largo de millones de años, el movimiento de los continentes alteró profundamente el clima, provocando cambios en los casquetes polares y en la trayectoria de las corrientes oceánicas, que son las verdaderas responsables del transporte de energía, distribuyendo el frío y el calor desde y hacia los abismos oceánicos.

Estas corrientes, distribuidas por todos los océanos del planeta son, a su vez, las responsables de muchos de los procesos atmosféricos, que a lo largo del tiempo van perfilando los climas, y con ellos los paisajes, de las diferentes zonas. La presencia y cantidad de nieve y hielo en la Tierra también afecta a la meteorología, y a través de ésta al clima, ya que las superficies de hielo y nieve reflejan más energía solar que el manto terrestre o las aguas oceánicas, ambos más oscuros y por tanto con una mayor captación de la radiación energética. La inyección de aerosoles, cenizas y otras partículas, sólidas o líquidas en la estratosfera, por gigantescas erupciones volcánicas cada vez más frecuentes, también es capaz de enfriar el planeta.

La opacidad atmosférica que resulta, tras las fuertes erupciones volcánicas, puede hacer que disminuya la radiación solar entrante, por períodos de hasta uno o dos años, tras el suceso. El polvo y las pequeñas partículas arrojadas al aire, como consecuencia de la difusión de enormes nubes de polvo, procedente de los desiertos, por procesos naturales, o como resultado de actividades humanas, pueden producir efectos similares a los de los aerosoles volcánicos.

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La litosfera ha contribuido al reequilibrio del sistema climático en su conjunto. Existen numerosas referencias bibliográficas acerca de la gran actividad volcánica desde mediados del siglo XVIII, actividad que muy probablemente ha jugado un papel importante en el balance radiativo del planeta, por la inyección de enormes cantidades de aerosoles, que podríamos evaluarlas en millones de toneladas, que llegan a alcanzar la estratosfera, permaneciendo durante meses, e incluso años, durante los cuales se reduce la entrada de la radiación solar incidente y con ello el calentamiento del sistema.

Es conocido el efecto que determinadas erupciones volcánicas han tenido sobre el clima, en concreto sobre la temperatura del planea. Algunas conocidas erupciones, muy potentes, capaces de lanzar aerosoles hasta la estratosfera, en los siglos XIX y XX, fueron las de Tamborra en 1815, Krakatoa en 1883, Katmal en 1912, Santa Helena en 1980, El Chichon en 1982, Rebout en 1990, entre otras; todas las cuales dieron lugar a descensos globales en las temperaturas del planeta.

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Todos estos procesos y sus consecuencias, son bien conocidos, mientras que sin embargo no está suficientemente investigado, al menos en mi opinión, el papel del Sistema Climático (SC) en su conjunto, desde el punto de vista de la coordinación de sus cinco componentes, los cinco ayudantes del Sol, sobre todo bajo el aspecto de la organización y reparto de tareas entre los cinco. Por ejemplo podríamos planearnos si las erupciones volcánicas que antes citaba, que tanta importancia han tenido de suavizar el calentamiento, pudieran tener una “potencial voluntariedad”, como si hubieran sido decididas y ordenadas por parte del conjunto de los cinco ayudantes.

Esto puede parecer raro, puesto que supondría que la propia naturaleza ha tomado parte activa en las decisiones, sin embargo no es algo tan raro, y de hecho nos llevaría a una aproximación a la teoría que subyace tras la conocida como Hipótesis Gaia, que considera que el planeta en su conjunto actúa como lo haría un ser vivo, no siéndolo naturalmente… ¿o tal vez sí?, interactuado sus componentes, los cinco ayudantes, como lo harían las componentes del cuerpo humano, cuando se siente atacado por una enfermedad.

Adolfo Marroquín Santoña

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Las anomalías del clima se veían venir desde el siglo XIX
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Adolfo Marroquín Santoña | 02-08-2017 | 17:04| 0

01-antes-y-despues-del-cambicliDesde hace ya varios años, los términos efecto invernadero, calentamiento global, cambio climático, extinción de especies, degradación de suelos, desertificación, y otros, se han hecho habituales en los medios de comunicación, por lo que resultan ya generalmente conocidos, al menos “de oídas” o “de leídas”, a pesar de lo cual siempre faltan cosas por conocer y aclarar. Por ejemplo, es frecuente llamar “cambio climático” al conjunto formado por las causas y sus efectos, cuando convendría separar ambos conceptos.

Frecuentemente se dice que son consecuencia del cambio climático cosas que poco o nada tienen que ver con él, y sin embargo no se le achacan situaciones que sí son consecuencia de ese cambio. Es como si se hubiera troceado el tema, separando las piezas como si se tratara de un puzle, y después tratásemos de forzar la entrada de una pieza en un hueco, sea el suyo o no.

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Algunas realidades, constatadas por la observación, son que los glaciares están derritiéndose en todo el mundo y que, con cada verano, disminuyen más y más los hielos marinos, de forma que las criaturas marinas tienen ya dificultades para sobrevivir en aguas cada vez más cálidas y la reducción de las poblaciones de peces amenaza el sustento de aquellos que dependen de la pesca.

Los incendios forestales y las olas de calor son cada vez más frecuentes y violentos, produciendo cada año numerosos daños materiales, y lo que es peor incluso pérdidas de vidas, al tiempo que los cambios en los patrones de distribución de las enfermedades hacen que la población humana sea más vulnerable a brotes de infecciones, algunas de ellas graves, que hasta ahora no nos habían atacado. Al mismo tiempo, algunas regiones se enfrentan a inundaciones devastadoras, mientras que otras atraviesan períodos de sequía de larga duración.

Todos estos eventos afectan enormemente a nuestra sociedad y a muchas de sus actividades, y las previsiones de los climatólogos sugieren que estas situaciones seguirán presentándose en el futuro, y cada vez con mayor intensidad, de forma que estos temas seguirán dominando los titulares de los medios de comunicación. Sin embargo, el tema no es nuevo, puesto que hace más de siglo y medio que este asunto ha venido preocupando y ocupando a los científicos. Volviendo al símil del puzle, la situación es similar a armar uno de ellos gigantesco, en el que cada pieza individual aportara un poco de información, pero de manera que, a medida que colocamos más piezas en sus sitios, el puzle va adquiriendo una forma que podemos identificar, pese a que algunas partes aún quedan por terminar.

03-svante-arrheniusHoy en día, prácticamente la totalidad de los climatólogos, sobre todo aquellos de primera línea, que tienen un cierto prestigio, coinciden en que las partes del puzle, que hemos logrado armar hasta ahora, muestran claramente que en efecto se está produciendo un cambio climático inducido por la actividad humana. Pero ésta no es una teoría reciente, puesto que ya en el siglo XIX, un respetado científico sueco llamado Svante Arrhenius publicó una serie de artículos e incluso un libro en 1896, en los que hacía una predicción que, en aquellos momentos parecía descabellada, pero que, con el transcurso del tiempo, demostró ser acertada.

Arrhenius estaba investigando el ciclo del carbono con un colega, un estudio que incluía, entre otras cosas, un cálculo aproximado de los cambios producidos en el nivel de dióxido de carbono (CO2) por procesos naturales tales como la meteorización de las rocas, las erupciones volcánicas y la absorción de dicho gas por los océanos. Esto se había hecho ya en décadas anteriores al trabajo de Arrhenius, pero lo que nadie se había planteado antes era considerar como una posible fuente de CO2, al propio ser humano y sus actividades, planteándose la pregunta ¿Será posible que el ser humano llegue a cambiar el clima en el futuro?

Arrhenius calculó que sería suficiente duplicar el dióxido de carbono presente, en su época, en la atmósfera para que la temperatura de la Tierra aumentara del orden de 5 a 6 °C, pero a él le tranquilizaba pensar que, al ritmo de emisiones de 1896, esa subida tardaría miles de años en producirse. Sin embargo, para cuando sus artículos y publicaciones sobre el tema salieron a luz, concretamente en 1908, la cantidad de carbón que se estaba quemando había aumentado tanto que Arrhenius cambió su estimación anterior, modificando sus previsiones y pasando el plazo que él había estimado en miles de años a “unos pocos siglos”.

Por otra parte, esta aceleración en la emisión de gases de efecto invernadero, no preocupaba demasiado a Arrhenius, que incluso creía que un clima más cálido sería beneficioso, lo que únicamente se comprende, si tenemos en cuenta que él vivía en Estocolmo, a unos pocos cientos de kilómetros del círculo polar ártico, donde una subida de temperaturas se veía como algo lleno de interesantes posibilidades.

Arrhenius ganó el Premio Nobel de Química en 1903, y transcurrido más de un siglo desde sus estimaciones originales, se ha encontrado que fueron sorprendentemente cercanas a los mejores cálculos actuales. Hoy día los climatólogos no tenemos ninguna duda de que estamos inmersos en un cambio climático y de que la rapidez con la que se está desarrollando ha sido inducida por la actividad humana. Y, por supuesto, lejos del optimismo de Arrhenius, válido únicamente para algunas áreas de Suecia, las consecuencias del cambio no pueden considerarse como globalmente beneficiosas, sino más bien todo lo contrario.

Todas las formas de medición a nuestra disposición indican que el planeta está calentándose, y que hace varios decenios que la temperatura está bastante más alta que sus valores de referencia anteriores. Si bien un aumento del orden de 0,7 °C a lo largo del último siglo no parecería una gran amenaza, hay que recordar que se trata de un promedio mundial, por lo que la situación, para áreas concretas de nuestro planeta, está presentando ya valores que sitúan a muchas personas bastante lejos del confort deseable. Siendo el calentamiento mayor sobre tierra firme que sobre los océanos y mayor en las latitudes altas que en las regiones tropicales, como puede comprobarse en los siguientes gráficos de anomalías térmicas globales, generados por la University Corporation for Atmospheric Research.

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Es evidente que en la actualidad estamos ya experimentando algunos de los efectos asociados al cambio climático. Un ejemplo de ello podemos encontrarlo en cómo, recientemente, en los últimos decenios, se están registrando récords de temperaturas máximas, y episodios de intensas y prolongadas sequías, con una elevada frecuencia y con patrones similares en todo el planeta.

Mientras el clima global ha permanecido relativamente estable durante varios miles de años, las variaciones regionales en el clima han influido profundamente en la historia de la humanidad; ahora sabemos que lo contrario es cierto también, es decir que las actividades humanas, como la quema de combustibles fósiles y la deforestación de grandes áreas, han tenido una gran influencia en el clima de la Tierra.

El IPCC (Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático) llegó a la conclusión de que el efecto neto de las actividades humanas desde mediados del siglo XVIII ha sido un apreciable aumento de la temperatura a lo largo del siglo XIX, continuando, e incluso incrementándose, durante el XX y en el presente XXI. El IPCC atribuye la influencia humana en el calentamiento global principalmente al incremento de tres gases, que han resultado claves para atrapar calor en la atmósfera, el dióxido de carbono, el metano y el óxido nitroso.

Pues bien, la mayor parte de todo esto que hemos comentado, se sabía desde hace más de un siglo, y se ha venido anunciando y denunciando desde entonces, en todos los foros, a través de todos los medios y a todos los niveles, local, regional, nacional, continental y global, por desgracia con muchas reuniones, llenas de fotografías y brindis de los reunidos, pero vacías de unanimidad en los acuerdos y sobre todo de la voluntad en el cumplimiento de los mismos.

Ojalá que GEA (GAIA) nos eche una mano, antes de que crucemos el punto de no retorno.

Adolfo Marroquín Santoña

 

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El clima puede que se defienda atacando
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Adolfo Marroquín Santoña | 16-07-2017 | 09:55| 0

En un artículo anterior, que titulaba “Calor, frío y viceversa, alguien está loco”, les exponía a ustedes las anomalías térmicas padecidas por gran parte de Europa, y sobre todo España, a finales de la primavera y comienzo del verano del 2017. Pues bien, de momento los modelos climáticos de predicción indican que, durante gran parte de este verano las altas temperaturas se van a prolongar, en el hemisferio norte, por lo que he decidido comentar con ustedes algunas cosas, referidas a sus reales, o al menos potenciales, efectos sobre nuestra salud o nuestras actividades de esas altas temperaturas.

En un artículo que aparece en una edición reciente de la revista “Nature Climate Change”, en la U.S. National Library of Medicine, se afirma que las ciudades podrían ser las más afectadas por el cambio climático, puesto que el asfalto, el hormigón, los coches, los equipos de aire acondicionado, etc., intensifican el efecto del calor en las ciudades, dando lugar a las conocidas como “islas de calor urbanas”.

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Esto se agrava cuando las superficies naturales como la vegetación y el agua son reemplazadas por el cemento y el asfalto, que captan el calor de la radiación solar y lo reemiten en forma de radiación infrarroja de onda larga. Se calcula que, para 2050, el efecto de la isla de calor hará que se añadan, como media, al menos 2 ºC, a las previsiones del calentamiento global en las grandes ciudades.

Las temperaturas crecientes aumentarán los costos económicos de la vida en las ciudades de varias formas; por ejemplo, los costos potenciales incluyen el aumento del consumo de energía para la refrigeración, con aumento en la contaminación del aire y el agua, así como una productividad más baja de los trabajadores. Se piensa que poner en marcha medidas de adaptación, a nivel de cada ciudad, para limitar el calentamiento local, producirán en el futuro importantes beneficios económicos netos, para casi todas las ciudades del mundo, y conviene tener en cuenta que las ciudades, que cubren apenas un 1 % de la superficie de la Tierra, producen casi un 80 % del PIB mundial, consumiendo cerca del 78 % de la energía del planeta, y acogiendo a más de la mitad de la población del mismo.

En la revista “Science Advances”, se afirma, lo que por otra parte es evidente, que dormir mal puede tener un enorme impacto en las personas, tanto en su la calidad de vida, como en el rendimiento en el trabajo, por lo que las crecientes temperaturas nocturnas que el cambio climático está trayendo podrían significar que millones de personas duerman cada vez peor, puesto que el cambio hará que, muy probablemente, aumente la frecuencia de temperaturas nocturnas inusualmente altas.

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En el estudio, llevado a cabo en Estados Unidos, se realizaron encuestas sobre miles de personas, domiciliadas por todas las regiones del país, que cada día anotaban cómo habían dormido la noche anterior. Posteriormente los investigadores recogieron los datos meteorológicos de cada noche, en cada una de las ciudades en que vivía cada participante de la encuesta, y compararon las temperaturas nocturnas con los reportes de insomnio, encontrando que en las noches calurosas es más difícil conciliar el sueño para todos, pero lo es más para las personas con ingresos bajos y de más edad.

Las causas son que las personas con poco dinero suelen vivir en lugares que, o no disponen de aire acondicionado, o no pueden permitirse dejar funcionando el equipo todo el tiempo. Por otro lado, las personas mayores no pueden regular su temperatura corporal tan bien como las más jóvenes, lo que las hace más vulnerables al calor. Evidente, si se daban las dos circunstancias, es decir para las personas mayores con ingresos bajos, se encontró que fueron las que tuvieron más dificultades: 10 veces más noches de insomnio que todas las demás.

No recuerdo haber oído hablar de este asunto a los gobiernos, ni a los políticos en general, y sería deseable ir ocupándose y hasta preocupándose por ello, sobre todo en aquellos países que, como España, van camino de encontrarse CON TODO: muy altas temperaturas, muy alta población de edad avanzada y muy bajas pensiones.

El estudio del que se han obtenido estos datos se ha hecho en Estados Unidos, uno de los países más ricos del mundo y que tiene un clima relativamente templado, de forma que podemos anticipar que los efectos serán bastante más graves en países como España, Portugal, Italia o Grecia. De lo contrario llegaremos a que unas noches cálidas más frecuentes, podrían conducir a un aumento en los fallecimientos de personas mayores, que necesitan el sueño para recuperarse del estrés por el calor. Ánimo gobiernos y políticos… (¡Montoro, absténgase!).

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En otro orden de cosas, la revista “Nature Ecology and Evolution”, publica un artículo en el que se afirma que el cambio climático podría favorecer que se produzcan más incendios forestales extremos en todo el mundo en las próximas décadas. En este trabajo se analizaron los datos de casi 500 incendios forestales extremos que se produjeron en todo el mundo entre 2002 y 2013. Los autores del estudio concluyeron que, salvo que se tomen medidas para rebajar la emisión de gases invernadero, habría en el mundo un aumento de entre un 20 y un 50 % en el número de días en que las condiciones serían óptimas para los incendios, siendo máximo este riesgo en zonas como Australia o Europa, y más en concreto los países ribereños del Mediterráneo.

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En un estudio publicado recientemente, por un equipo de científicos de la Universidad de Hawái, en la revista “Nature Climate Change”, se afirma que habrá más olas de calor letales con el cambio climático. A día de hoy, más o menos un 30 % de las personas del mundo están expuestas a olas de calor letales cada año, e incluso con los esfuerzos que podrían conducir a una reducción significativa en las emisiones de gases que fomentan el cambio climático, un 48 % de la población seguirá estando en riesgo en 2100, según el equipo internacional de investigadores, que ha desarrollado este trabajo.

El cambio climático ha puesto a la humanidad en un camino que se hará cada vez más peligroso y difícil de revertir; más vale que muy pronto se tomen serias medidas para la disminución de las emisiones de los GEI (Gases de Efecto Invernadero) en todo el planeta; porque, de no hacerlo así, el clima nos hará la vida… ,digamos que “muy incómoda”.

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Pero saben ustedes qué es lo más triste de este asunto, pues el hecho de que quienes tienen que tomar las decisiones necesarias, y sobre todo imponer, a ser posible convenciendo, que esas decisiones se cumplan, Y NO LO HACEN, son las personas, organizaciones y naciones más ricas y poderosas del mundo; mientras que quienes más padecerán este pecado de omisión, llegando incluso a la PÉRDIDA DE VIDAS, serán las naciones y personas más pobres y débiles de este planeta.

En fin, que Dios, o quien tenga esa responsabilidad, castigue a unos y premie a otros, de acuerdo con la responsabilidad y sufrimientos de cada uno, ¡AMÉN!

Adolfo Marroquín Santoña

 

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Adolfo Marroquín, Doctor en Física, Geofísico, Ingeniero Técnico Industrial, Meteorólogo, Climatólogo, y desde 1965 huésped de Extremadura, una tierra magnífica, cuna y hogar de gente fantástica, donde he enseñado y he aprendido muchas cosas, he publicado numerosos artículos, impartido conferencias y dado clases a alumnos de todo tipo y nivel, desde el bachillerato hasta el doctorado. Desde este blog, trataré de contar curiosidades científicas, sobre el clima y sus cambios, la naturaleza, el medio ambiente, etc., de la forma más fácil y clara que me sea posible.